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sábado, 22 de octubre de 2011

A mi manera (My Way)


(Variaciones y fugas en torno a My Way)



AHORA que cae el tiempo,

Otoño al que miro en los espejos

del recuerdo

te narraré sin titubeos mi vivencia

que conozco bastante bien.

He vivido una vida completa

he andado cada uno de los caminos

y más, mucho más que eso

y lo hice siempre a mi manera.


Fracasos y tristezas, he tenido muchas

pero, haciendo balance, pocas para mencionarlas.

Hice lo que tuve que hacer

¡¡y fue sin excepciones!!

Dudo ahora si planeé cada camino

cada paso a lo largo de la vida

pero lo hice,

y siempre fue a mi manera.


Sí, hubo veces, seguro que lo sabes,

que quise abarcar,

más de lo que podría apretar,

se llamasen Isabel, María José, Carmen o Irina

no sonrías,

(lembranças permacem jovens

no poema)

porque a pesar de todo,

no me tragué las palabras,


.............................dije lo que debía, sin miedo,

me mantuve en pie

y siempre lo hice a mi manera.


Ya ves, he amado, he reído, he llorado

me tocó ganar, también perder,

y ahora, cuando no sé aparcar las lágrimas,

lo encuentro todo tan pleno,

tan joven, tan reciente,

que me reafirmo:

¡lo hice a conciencia!,

y siempre fue a mi manera.


¿Qué es un hombre sino el tiempo que ha vivido?

¿Qué tiene si no es a sí mismo?,

y, si no es así,

nada tiene.

Decir siempre las cosas que sientes

jamás hincar las rodillas, nunca claudicar.


Te aseguro que asumí los golpes

pero lo hice a mi manera.


Sé que nada se acaba hasta que se acaba.


Sí, pero a mi manera.


Francisco Javier Illán Vivas



My Way



Now that time is running out,
I look at Autumn in the mirrors of memory
I'll tell you my life without hesitation
that I know quite well.
I've lived a complete life
I've walked every path and more,
much more than that
and I did it my way.

Let down and sadness, I've had a lot
but, weighing them up, too few to mention.
I did what I had to do
without exceptions!
Now I doubt if I planned each path
each step throughout my life,
but I did it,
and it was always my way.

Yes, there were times surely you know,
that I wanted to take on,
more than I could fit,
they were called Isabel, María José, Carmen o Irina
don't smile,

because in spite of everything,
I didn't swallow the words,
I said what I should have, without fear,
I kept standing,
And I always did it may way.

Now you see, I've loved, laughed and cried
it was my turn to win, and also lose,
and now, when I don't know how to stop the tears,
I find it so fulfilling,
so young, so recent,
that I know for sure
I did it thoroughly!
and I always did it may way.

What is a man but the time he has lived?
What does he have if he isn't himself?
and he is not like that,
he is nothing.
Always saying the things you feel
your knees never trembling, never surrendering.

I assure you that I took some hits
But I did it my way.

I know that nothings ever over, until it's over.
Yes, but my way


Traducción: Imelda Silva


jueves, 30 de junio de 2011

Redención (ΛΥΤΡΩΣΗ)

ΛΥΤΡΩΣΗ

(REDENCIÓN)


Από μέρα σε μέρα

μέσα στον αέρα του κόσμου

βαρύς από όνειρα σε περιμένω.

Στάχτες μετά το φως

νεκρές θάλασσες

σιωπηλά βουνά

πόνος ανέκφραστος.

Η χαρά δεν με βρίσκει

κι ο Θεός μου άεργος

στην αντικρυνή όχθη

την ανίκητη των τάφων.


REDENCIÓN

(ΛΥΤΡΩΣΗ)


Día tras día en el aire del mundo

repleto de sueños te espero.

Cenizas después de la luz

mares difuntos

montañas en silencio

indecible dolor.

La alegría no me alcanza

impasible Dios

allá enfrente en la orilla

invulnerable de los sepulcros.

Leftéris Poúlios
Traducción de Bartolomé Fuentes

martes, 28 de junio de 2011

Apenas adivino… (ΜΟΝΟΣ ΜΑΝΤΕΥΩ ...,de Το θεώρημα)

ΜΟΝΟΣ ΜΑΝΤΕΥΩ ...

(APENAS ADIVINO…, de Teorema)


Μόνος μαντεύω το είναι μου

μη καταπιωμένος απ' το βόρβορο

στα θεοσκότεινα θεμέλια

όπου γέννηση και θάνατος

αναμειγνύονται σε δίνη. Αλλά,

Θεέ μου, τίποτα δεν μπορώ

να κάνω με κύρος.


APENAS ADIVINO…

(ΜΟΝΟΣ ΜΑΝΤΕΥΩ ...,de Το θεώρημα)


Apenas adivino mi ser

no engullido por el fango

en la oscuridad fundamental

donde en un torbellino

nacimiento y muerte se mezclan. Pero,

Dios mío, nada valioso

soy capaz de hacer.

Leftéris Poúlios.
Traducción de Bartolomé Fuentes

lunes, 27 de junio de 2011

Hernández 2010

A veces muda, fría de naufragios.

A veces, luna grande coronada

como yo de laureles torrenciales.

De anochecida paso por el río,

corro por el camino ensangrentado.


Aladas y desmemoriadas almas,

el avión y la garza y el vencejo

compiten reiteradamente solos

en la púbica fronda de las cañas


Parecen sus antiguos compañeros

que, al pasar, le miraban y miraba

también con esos ojos culminados

que luego abatirían, como piedras,

las escalofriantes estaturas.


¿Será esta sombra, negra silueta,

la de entonces, la misma innominada

siniestra, recortada fortaleza?


¿Seré narcotizado por la vega,

por la sangre que bebo de sus hojas

y que pintan mis labios como labios?


De anochecida corro por el río,

sabor a bayas, moras negras, negras

como el eco feraz del sacrificio.



(Orihuela, Octubre de 2010)

Santiago Romero Portilla


domingo, 26 de junio de 2011

Estar sin parecer estar (al modo místico)




Él venía de no estar

y en aquella estancia estaba;

que sin ruido de su pie,

se notaba su pisada.


El oído no lo oía

y el silencio lo ocultaba,

mas, si se hablaba de amor,

en las palabras estaba.


Sin estar, iba y venía,

del no aparecer, al alma,

y parecía no estar

y en ella ponía su casa.


Esquivo de verse, huía,

y, en la huida, se encontraba

o al ir a partir el pan

o al mirarse en tu mirada.


Que él venía de no estar

y en aquella estancia estaba.


Vicente García Hernández

viernes, 24 de junio de 2011

Que no haya mensajes a la deriva. A propósito del poema carta, de Miguel Hernández



Ilustración: Joaquina Illán

Hoy, más que nunca, a través de la red, fluyen masivamente mensajes de todo tipo. Nos hacemos la ilusión de que esta hipercomunicación crea un plural nosotros en contacto constante, cuyas pululantes misivas, desapareciendo al ser leídas, son sustituídas por otras de modo inmediato. La eficacia tiene su contrapartida en este carácter fantasmático del mundo virtual. Sólo cuando los mensajes enviados o los artículos se cargan de un contenido sustantivo notable y es vislumbrable una obra, requieren de un soporte impreso (lo hemos visto recientemente en el caso del blog editado de Félix de Azúa, o en la correspondencia entre Bernard-Henri Lévy y Michel Houellebecq, por ejemplo). Lo que era un texto virtual, inmaterial, se encarna entonces en un libro.

Podríamos imaginar la historia de la literatura universal como una galaxia de textos en rotación, de modo parecido a como Octavio Paz imagina el desenlace del universo al final de El mono gramático: textos prestos a materializarse, a actualizarse, a encarnar su sentido en el momento en que un lector conectase con alguno de estos mensajes a la deriva. ¿Podríamos hacer lo mismo con todas las cartas y misivas que la humanidad ha intercambiado entre sí? Una carta tiene la entidad semiótica de un texto. Su singularidad consiste en que el azar, cualquier tipo de interferencia, la alternancia más o menos prolongada, es decir, la espera de una probable respuesta, forman parte – parte accidentada, paradójicamente - de su continuidad.

Este condicionamiento espacio-temporal es lo que le presta toda su carga metafórica y patética a la carta. Ya en la primera estrofa del poema que Miguel Hernández titula Carta, el poeta explicita desde dónde se escribe y cómo escribe el que escribe cartas. Con la habilidad sintética del don poético, enumera rápidamente esas condiciones: “...desde las trémulas mesas/ donde se apoya el recuerdo, /la gravedad de la ausencia, /el corazón, el silencio”. La carta, tanto como hecho común, o como género literario, no sólo implica una teoría de la comunicación, grosso modo, sino que postula el diálogo de almas.

La literatura epistolar tiene una larga historia: desde los clásicos griegos y romanos, hasta los clásicos españoles y románticos. El poema de Miguel Hernández, Carta, se inscribe pues en una tradición literaria definida y conocida. Lo que resulta notable en el poema de Hernández es su redondez formal y, sobre todo, el vivaz mensaje de esperanza que late en él. ¿Esperanza de qué? De trascender el tiempo a través de lo que la palabra guarda y promete.

La tradición y la literatura crítica moderna definen al poeta como el depositario de la memoria común, el cantor de la belleza y de la libertad, pero también como un visionario. La empresa del poeta es, pues, algo más que una empresa lingüística. La poesía transforma – trasciende – el lenguaje a través del lenguaje mismo. Recordemos lo que decía Lezama Lima: “La poesía no resiste la escritura”. Es decir, la poesía es algo distinto a su registro gráfico, es antes música que formalización de un sentido. Hernández no escribe sobre un paisaje, objeto físico cualquiera o anécdota, sino sobre el hecho mismo de escribir, de comunicarse en plenitud e intimidad, cuyo logro no puede expresarse más óptimamente que en el espacio inmaterial, intelectivo y sentimental de la palabra poética. Por ello, creo que podríamos contextualizar un poema como éste percibiendo que la dimensión específica del género literario de las cartas iría más allá del confinamiento en el texto de unas “voces”. Precisamente, no hay inercialmente texto en tanto que la comunicación se produce. Cuando no hay receptor, cuando no hay diálogo, la carta es entonces sólo texto. Y precisamente la carta no tiene otro destino, otra prioridad que la de ser leída por la persona a la que va dirigida.

Ante la desazón por el posible extravío de la carta, y evitando al ánimo crítico probables disquisiciones ontológicas no pertinentes, Hernández especifica con naturalidad dónde se produce la conexión del mensaje: en “el espacio de tu aliento”, es decir, en la mayor intimidad sentimental de la persona. Si hemos acordado que la poesía crea sus propias leyes a partir del ritmo, - la experiencia primera del ser humano con el tiempo, según Agustín García Calvo -, es en el ámbito de la poesía misma y en el mundo que ella instituye donde debemos localizar la respuesta a la feliz consecución del entramado dialógico que supone la carta.

Para un Borges, por ejemplo, la historia tiene, ineludiblemente, un efecto acumulativo sobre la cultura, convirtiéndola en un Texto hecho de textos, es decir, en un palimpsesto. Este efecto cuantitativo y penoso de textos sumidos en otros, de textos olvidados o acumulados, lo encontramos en la sexta estrofa del poema hernandiano: las más diversas y apasionadas expresiones del amor, consignadas en manuscritos que se apiñan tristemente en un rincón. Tengamos en cuenta la estupefacción del poeta al comprobar esto y el interrogante humano que a partir de tal imagen podemos plantear. El fin de una carta es la de hacer llegar un contenido a un receptor que posiblemente espere tal comunicación, con la idea, probablemente, de recibir respuesta y continuar así un diálogo pautado por esa condición espacio-temporal. Nada más patético que una carta que no ha podido ser leída. La voz del comunicante ha naufragado en el proceloso océano del espacio-tiempo. ¿Y qué otro simbolismo más ineludible y dramático podemos derivar de esa distancia espacio-temporal que el de la muerte?

Precisamente contra esa condición, contra ese obstáculo que se interpone entre los comunicantes - la muerte - se erige el propósito del poeta. Si bien la Carta la dirige Hernández a su amante, es a través del estribillo que va cincelando formalmente el poema, cuando se dirige a todos nosotros, a cualquier lector: Aunque bajo la tierra/mi amante cuerpo esté, /escríbeme a la tierra/que yo te escribiré.

Un texto cualquiera puede esperar a su lector, a ese lector, quizá ideal y proverbial que encuentre en tal texto, el universo, la solución que iba buscando. Pero una carta sin destinatario es un mensaje que no ha sido escuchado, una confesión perdida, un proyecto que no se ha cumplimentado, y que, a lo sumo, otros leerán como texto disperso en las mareas del tiempo. Porque no es un discurso cualquiera o una ficción lo que permanece sin merma de la eficacia de su contenido en el rincón de un estante o depositado en los nichos de una biblioteca, sino que lo que se frustra, quizá para siempre, es un mensaje concreto dirigido a alguien, el deseo de comunicar algo concreto a alguien concreto. Fijarnos en un poema como este de Hernández pone a las claras, a pesar de la aventura tecnológica que estamos viviendo, la necesidad de una comunicación auténtica entre las personas, el ardor de verdad que porta en sí la palabra amante y qué barreras puede proponerse superar tal imaginación amorosa.

El entusiasmo por las ventajas que nos ofrece la red se confunde, a veces, con la fascinación que produce el propio instrumento. La facilidad, la accesibilidad, la extrema velocidad de la comunicación internauta son tan útiles como responsables de la producción masiva de un inmenso cementerio de palabras, ingrávido y virtual cuya duración es la de un segundo: el mensaje desaparece tras su lectura. El tiempo de la eficacia a toda costa no es, quizá, el tiempo de lo memorable. Lo que postula el poema de Hernández (ningún poema postula nada, sino que lo revela o lo canta) es la resurrección en la memoria no tanto de los devotos lectores, sino del que se arriesga a expresarse, a entregarse, a comunicarse con autenticidad, a comulgar con el otro en el seno de la palabra.

José María Piñeiro

jueves, 23 de junio de 2011

Ella, la luz

Para Carlos Figueroa

y Antonia Ferrández


Entra en el día

como el reactor que abre

las guaridas de sombra.

Ella, la luz

acaricia y se estremece y se desliza y crece

y llega hasta donde nadie jamás llega

y traspasa la aparente opacidad del muro

y hurga en los sótanos y penetra

en las galerías del árbol muerto

y hace fulgurar el atolladero de las vías muertas.

Ella, la luz,

alumbra los residuos de la misericordia

y los despojos de la crueldad,

expande la fragancia del verde

y ensalza el gris sucio de las cloacas.

Ella, la luz,

crepita, fluye y no acapara.

Ella, la luz,

toma posesión de los espacios muertos,

entra discreta en los pisos de los vecindarios pobres

y en las academias tristes

y en los autobuses atestados.

Ella, la luz,

visita la escalera sombría y el cuarto horrendo,

se pasea por las azoteas

pobladas de ropa vieja y antenas parabólicas;

se la ve en los arrabales

y en las maravillosas avenidas,

en las autovías y en los montes de lavanda.

Nosotros, que no sabemos si somos

hijos del sol o del barro, queremos

sobarla, modelarla, violarla, enjaularla,

y ella, la luz,

insurgente pero no rencorosa,

nos alimenta con su propio aliento


y nos ayuda a elegir las rutas sobre las raíces

y construye puentes para

unir el amor, el silencio, el miedo y la muerte.

Ella, la luz,

algo muy intenso y muy frágil

que huye y siempre regresa

para habitar heridas y alejar desgracias,

para desvelar lo imposible, lo grandioso, lo inútil.


José Luis Zerón Huguet

sábado, 18 de junio de 2011

Cabeza de caballo


Un hombre conduce un coche mientras piensa. Transita por una autopista bien cuidada y con poco tráfico. Hace pocos minutos ha conectado las luces a pesar de que no es necesario del todo, el sol ha desaparecido tras los montes más cercanos pero el cielo todavía está claro. Es una tarde de principios de primavera y la meteorología comienza a mostrarse más clemente, pero el hombre prefiere anticiparse y no verse sorprendido por las ráfagas de aviso de otro conductor. La poca densidad de vehículos ha hecho que poco a poco se haya ido sumergiendo en sus pensamientos, sabe que por ello puede tener alguna distracción leve, por eso trata de concentrarse en operaciones rutinarias para no perder el control. Piensa en la cabeza de un caballo, cercenada bajo la quijada. Al encender las luces ha perdido por un segundo el hilo de sus pensamientos y recuerda que en ese momento el maletero del coche está vacío. Y por un instante los dos pensamientos se mezclan y calcula exactamente cuantas cabezas de caballo podrían caber dentro del maletero. Estima que no más de tres, a no ser que sean de potro, que supone ocuparían menos volumen. Pero no tiene la seguridad de saber cuanto más pequeña puede ser esa cabeza respecto a la de un caballo adulto. Al pensar en una cabeza de caballo independiente del cuerpo tiene presente la escena que aparece en la primera parte del Padrino, pero no posee ninguna referencia en cuanto a cabezas de potro. En realidad cuando piensa en ellas lo que le viene es la cabeza de un poni, no está seguro de haber visto en toda su vida lo que se entiende por un potro. En su niñez ha visto yeguas con sus crías, pero cuando estas eran aun demasiado pequeñas y él entiende más bien que un potro es una especie de caballo joven, algo con más cuerpo. Al pasar por la palabra cuerpo retoma el tema inicial de su pensamiento. La luz ha cambiado entre tanto, el uso de las luces no es necesario pero sí muy conveniente. El cielo cambia muy deprisa tan al norte en esta época del año.

El hombre que conduce es escritor, quiero decir que escribe de forma diaria desde hace unos cuatro o cinco años. Desde que salio de la casa en la que comió con unos amigos y se metió en el coche piensa en un texto en el que quiere que aparezca un potro. Durante la comida sus amigos le hablaron de la matanza que habían hecho el invierno anterior. Lo mismo que el conductor había visto yeguas también había participado en la matanza de un cerdo, en las tareas más sencillas que le permitían participar por su edad. La familia de sus amigos es muy amplia y le han comentado que han matado dos cerdos de buen tamaño y un potro. Reservaron un par de piezas para embutido y con el resto de la carne hicieron chorizos y salchichones. Embutido de cerdo y potro. -¿Chorizos de potro?

El conductor ha probado la carne de caballo, pero por alguna razón le parece antinatural sacrificar y desollar a un potro para comérselo. Cuando alguien no sabe matar a un cochino, y aún así empuña el cuchillo largo y afilado que se usa para hundirlo en la yugular, chilla de una forma desgarradora, principalmente porque lo hace como una persona. Y una vez colgado de un gancho por los tendones de las patas traseras, abierto en canal y eviscerado también parece un cadáver humano. La piel, quemada para hacer desaparecer el vello se lava con agua y por la pérdida de sangre y consistencia, se contrae tirante y rosada, arrugada en los cortes como una puntilla. La carne también recuerda el tono de la carne desechada tras una amputación después de haber aprovechado la sangre en un barreño. La similitud entre el cuerpo sacrificado de un cerdo y un cadáver humano es grande y hay personas que por ese motivo no lo soportan. Aunque solo es un animal.

Pero por alguna razón al conductor le impresiona la imagen de un potro abierto desde el cuello hasta el ano sobre un gran banco de matanza. Su peso ha de ser demasiado para colgarlo de una argolla del techo. Tiene algo de sacrilegio el matar a un caballo joven, o esa es la impresión que le da en ese momento, pues no recordaba haber sentido algo así cuando años atrás comió cecina de caballo. Mientras conduce asimila la imagen del caballo agonizante a la muerte de un ser mitológico, de algo que participa de la esencia divina. Tal vez es la misma percepción que los indígenas de las regiones árticas podían tener del reno. Un caballo muerto, y además para hacer comida, le parece irreverente.

A este respecto, como en un lugar apartado, quedó la duda de qué se haría con la cabeza decapitada del potro. Podía ser que su carne fuera exquisita, pero no era capaz de imaginársela servida en una bandeja. Porque una cabeza de caballo es algo muy grande, algo más que una cabeza humana y en muchos sentidos más elegante que esta. Pensó que en el maletero ahora vacío de su coche podrían caber no más de tres cabezas de caballo. De potro puede que más, aunque no podía imaginar cuantas, solo le venía a la mente la cabeza de un poni.

La idea que tiene el conductor es la de hacer un texto en el que la mención del sacrificio y despiece de un potro sea el soporte sobre el que desarrollar un diálogo entre una pareja, a cerca del malestar que al hombre le ha producido comer con una persona que ha salido de la cárcel tras una condena por asesinato. Han hablado en el transcurso de la misma sobre la matanza de un caballo espiando las reacciones del asesino. La mujer reprochará al hombre sus prejuicios y con ellos se evidenciará el desmoronamiento de la propia pareja. El texto se llamará Cabeza de Caballo y es posible que lo trabaje en forma de diálogo, como una obra de teatro pero sin acotaciones. Pero el conductor no tiene claro cómo desarrollar el texto. No tiene dominio del trabajo teatral, de sus ritmos y códigos, pero sí tiene facilidad para escribir y hacer un diálogo como si fuese un cuento, un relato corto. El problema que tiene se debe a que no lo ve claro, no encuentra profundidad. Podría escribirlo al bajar del coche y llegar a su casa, y puede que incluso le saliese bien, puede que fuera un buen texto emotivo en el que crear tensión con unos personajes que intercalan la alusión al potro muerto entre sus propios problemas, en el que al final se descubriese que el invitado a esa comida había estado en la cárcel por asesinato. O tal vez podía resultar mejor empezar directamente diciendo que el invitado es un asesino y después que la pareja recordase la comida y las referencias al potro muerto. El conductor sabía que había muchas posibilidades para construir un buen texto, pero hay algo que se lo impide, que le perturba. Sus propios sentimientos al respecto del potro real, muerto y conservado meses atrás. Conforme más le da vueltas menos decidido se siente con la historia. Duda ya incluso hasta del título del texto a pesar de que le gusta, lo adecuado sería llamarlo Cabeza de Potro, pero suena indudablemente peor.

En ese momento le nace la imagen de una cabeza de potro, o a lo mejor la de un caballo joven, es igual. La cabeza que se imagina está putrefacta en un estercolero, medio cubierta de desperdicios en un basurero oscuro. Se pregunta qué es lo que se puede aprovechar de la cabeza de un caballo. Tiene en realidad poca carne y no conoce a nadie al que le gusten los sesos o los ojos de caballo. Necesariamente siente nauseas al pensar en una persona metiéndose en la boca un gran ojo de caballo, piensa en la posible textura del líquido ocular coagulado y blanco. Intenta evitar las nauseas diciéndose que la consistencia puede ser similar a la de un huevo cocido, pero eso tampoco las contiene, más bien al contrario.

Examina la autopista y no parece que haya un área de descanso lo suficientemente cerca. Pulsa el contacto de las luces de emergencia, que está al lado del ya accionado de las luces de largo, y detiene el coche en el amplio arcén. Se suelta el cinturón al mismo tiempo que apaga el contacto y abre su puerta. Le da el tiempo justo para rodear el capó del coche, cuya chapa nota caliente, antes de vomitar ruidosamente contra el asfalto húmedo.

La mujer que estaba dormida en el asiento del acompañante se ha despertado por el ruido. Baja la ventanilla y le pregunta si se encuentra bien. No recibe respuesta pero le acerca, estirándose, unos pañuelos de papel húmedos que hay guardados en la guantera para situaciones como esta. Hacía muchos años que el conductor no vomitaba al montar en un coche, ni siquiera yendo muy borracho.

Al volver al coche le explica a la mujer lo que ha pasado. Luego ella se calla y vuelve a dormir. El conductor recapacita y desecha la idea de escribir ese pequeño texto teatral, no cree que pueda con ello. No cree que lo pueda hacer bien. En su lugar imagina que tal vez pueda escribir un cuento sobre un escritor que quiere escribir una obra de teatro que se llame Cabeza de Caballo. En ese caso no importará que en realidad trate sobre una cabeza de potro.

Alejandro Ruíz Criado

jueves, 16 de junio de 2011

Díptico de Nueva York


I

La ciudad



Apenas sobrevienen unos copos

el operario detiene la máquina de hielo

y elegantes patinadoras aguijonean con destreza

el almidón de los banqueros y el vapor de las avenidas.


Un apuesto Corvette se desliza complacido entre las arterias,

miríadas de neones restallan sobre el nervio de sus faros,

y parpadea distante a un taxista hindú que conduce

a los ánades hacía las templadas aguas de Florida.


Recortada sobre el alféizar, una hermosa silueta tañe una guitarra,

encorvado, el hombre araña duerme sobre las marquesinas

y, tocado con sombrero de fieltro, un diminuto gangster

perfila sus bigotes en los colmados de Little Italy.


Amanece en el West Side, los surtidores emanan sin cesar.

En technicolor bandas de puertorriqueños ensayan tragedias griegas,

en escala de grises un judío aguarda embelesado la puesta

y repentino el día desborda las celestes lunas de Manhattan.



II

El poeta



Atracado en cubierta, junto a un moderno mercante,

un joven poeta recién barbado embebe el mar,

perfila su acróstico y anota compulsivamente un diario,

bajo la atenta mirada de una hermosa aristócrata de piel trigueña.


Aquel precede a un paisano suyo, delicada sombra,

llama al tiempo por su nombre y rememora su infancia,

aquellos ojos suyos atravesados por aristas cromadas

y el metálico aullido de las gárgolas del edificio Chrysler.


Su paso, descarnado y sórdido, lo recoge un cartógrafo,

exiliado de sí mismo conoce el aroma amargo

del rechazo y embate al destino con una certeza,

la ciudad del hombre no es menos desolada que su alma.


Y ahora sí, vagando entre ellos, como un boxeador sonado,

tanteo las calles con la guardia baja y el mentón herido,

danzando sobre la lona, el aliento providencial de un verso nuevo

congela la cuenta unos segundos antes de arrojar la toalla.



Toni Quero

martes, 14 de junio de 2011

Con musgo y viento


Escribo libertad con musgo y viento

y una herida o un vuelo en la palabra.

Sale de la palabra, brota caño

y empieza a ser rumor, tallo de gracia

que ejerce la función del paso que huye,

que se presta a la huida de columna,

sin capitel, sin teja, sólo hebra

huida.

Y la luz, que custodia su aventura,

prestándole reflejos y un corcel

para ir más lejos,

al más allá de no hay ya fin. Y canta

la libertad, y es pájaro, y aljibe

con agua al fondo y un sediento labio

que la bebe brillando, es lengua que arde,

que se presta a la llama del amor

cuando es dicha –la libertad–

con fuego entre los dientes.


Con fuego o con ceniza, con retama

a veces de oración, de yerba orante,

si alcanza la estatura, entonces,

la libertad de un vaso,

de una llaga o humildad sedientas,

de un silencio que voz al punto se hace,

o ruptura quizá, o asombro roto.

Y el hombre va en sus alas deletreando

la hermosa lejanía de su vuelo,

que siempre es ilusión al otro lado

del mar y sus caballos, selvas nuevas.


¡Qué galopada, entonces! ¡O estampida!

Y su tormenta se abre libro, flor,

una boca gritando libertad,

se abre, se rompe en mil pedazos, grito

que en el ciervo se lanza hacia el gran salto

y al regocijo en la hembra recostada.

Escribo libertad con musgo nuevo.

Y en el bosque, los árboles se acercan,

se conmueven, y libres (en mi amor)

se aman.

Vicente García Hernández

lunes, 13 de junio de 2011

Poema de Sabrina García Witzler

Me da calor y mucho, en demasía;

un fuego que me quema entera y

sin dejar ningún rincón dormido.

Soy muy chica cuando escucho

tu voz que me reclama;

me encanta querer dormirme

en tu almohada nuevamente.

Contigo se vuelve loco, tonto,

infantil locura el mundo.

Me encanta que eso ocurra;

porque en vos, en tus labios soy tan feliz.

Que me desmayo...

Sabrina García Witzler

viernes, 10 de junio de 2011

Paraiso profanado, ΒΕΒΗΛΟΜΕΝΟΣ ΠΑΡΑΔΕΙΣΟΣ

ΒΕΒΗΛΟΜΕΝΟΣ ΠΑΡΑΔΕΙΣΟΣ

(PARAISO PROFANADO, de Colección secreta )

Αφού η ζωή είναι μία

κι ό,τι είναι νά 'ρθει κανείς άνθρωπος

δε γνωρίζει,

ονομάζω αυτόν τον κόσμο καλό

και ιερή την πραγματικότητα

που δεν τολμώ

για να τη συζητήσω.




PARAISO PROFANADO

(ΒΕΒΗΛΟΜΕΝΟΣ ΠΑΡΑΔΕΙΣΟΣ, de Η κρυφή συλλογή )


Pues la vida es sólo una

y lo que es ningún hombre ha de venir

que lo sepa,

nombro a este mundo bueno

y santa a una realidad

sobre la que no me aventuro

a discutir.

Leftéris Poúlios
Traducción de Bartolomé Fuentes

viernes, 3 de junio de 2011

Lo que queda

Y murió. Nada más. O poco más. Ya no estaba. Un día, el sillón vacío. Al lado, en la pequeña mesa de madera oscura, un periódico, unas gafas, una lupa, las Memorias de Casanova con un punto de libro casi al final del libro, tres chocolatinas Mon chéri, un cenicero con cuatro clips y un caramelo de limón, una foto de sus tres hijos y otra, recortada de una revista, donde un gorila parece amenazar con el dedo medio levantado.


Un día tranquilo, apacible y gris, ligero e inofensivo, un día de pasión contenida, un día para mirar las últimas chispas de la leña en la chimenea. Y quedarse así, en el silencio digno de la pena contenida. Su cuerpo acaba de reunirse con el polvo de los antepasados que nadie recuerda. Fue así: se acostó, dijo estar muy cansado, nos miro, dijo “Os quiero” y se fue, se instaló en una respiración cada vez más discreta y ya no respiró. Deja su libro sin terminar, sus chocolatinas intactas y la foto de un gorila. Se ha levantado un poco el viento, está oscureciendo, la chimenea no procura ningún calor. Es hora de preparar la cena.


***


Desde la ventana del salón el parque salpicado de hojas amarillas, en el horizonte, la silueta imponente de los robles que ni la tempestad más furiosa consiguió nunca intimidar. ¿Pero a quien le importa los árboles ahora? Todavía no había amanecido cuando mi hermano anunció: “Hagáis lo que hagáis, por mí estará bien, adiós”. Y se fue. El sonido de las ruedas sobre la gravilla se uñó a las seis campanadas de la iglesia. Ahora mi hermana ha empezado, ha vaciado los cajones y la mesa del comedor se ha llenado de archivadores, carpetas, un sin fin de papeles, doblados, grapados, unidos por clips. Ahora mi hermana ha empezado. Siempre pensó que sus padres no eran lo que ella llamaba “los de verdad”. Siempre se imaginó que tenía otros, “más biológicos” (no dejó de intrigarme cuando me lo dijo), padres que al reencontrarse con ellos iban a corregir el trazado de su la vida, padres millonarios que cambiarían el color de sus cuentas bancarias que pasarían del temido rojo a un flameante dorado, una especie de aureola que le otorgaría un aire de santidad. Sí, una santa, una intocable que no pisaría el suelo, un santa con un cuerpo etéreo, desplazándose a unos metros por encima de los demás, un santa con la capacidad de repartir una cuantas miradas bondadosas y unos cuantos insultos para los hijos de la gran puta que siempre la despreciaron, que siempre la miraron de reojo, que siempre la anularon con el más sentido desdén. Ahora sería su turno. La revancha. De esta grieta constitutiva el mundo entero le tiene que rendir cuentas. Un reajuste del reparto de las cartas. Lo tiene ya todo preparado para cuando llegue EL momento. Pero para ESE momento le faltaba encontrar la prueba de lo que, a pesar de ser una profunda convicción, tenía la necesitad imperativa de convertirse en la evidencia de lo que siempre supo. Ahora ha empezado, y lee, y remueve, y se impacienta.


***


Se presentó la mañana. Mi hermana está sentada en el sillón, al lado de los Mon chéri y de las Memorias de Casanova. Llora. Dice: “Nada. Nada de nada. Cero. Nada.” No recuerdo quién definió el ser humano como “un miserable pequeño montón de secretos”, pero se equivocó. Mi padre no nos dejó más cosas que montones de papeles sin importancia, facturas, extractos bancarios, apuntes de un curso que hizo hace treinta años sobre arquitectura medieval, con unos dibujos de varios estilos de bóvedas, una caja con postales, un coleccionable de los genios de la pintura, álbumes de fotos, y no mucho más o en todo caso nada de lo que hubiera dado a mi hermana un índice de por dónde buscar, y lograr, lo que llama desde hace más de veinte años su “derecho a aspirar a más”. No se ha movido del sillón. Llora. Tendrá que seguir haciéndose a sí misma, sola, sin saber lo que albergaba la supuesta arca del tesoro. Desde que entró en esta casa, apenas si intercambiamos dos frases. ¿Qué necesidad hubiese podido tener de propiciar un diálogo que me conozco de memoria? Así que remueva lo que quiera, que siga creyendo que el mundo es un conjunto de fuerzas contrarias. ¡Pero me pregunto hasta qué punto no se le pasa por la cabeza que mi padre tiró lo que anda buscando desde hace más de veinte años! Después de sonarse, dice: “¡Habrá que buscar por otros sitios!”. Por lo visto sigue acudiendo a fuerzas mágicas, sigue siendo el penoso resultado de las historias de príncipes y princesas que se le han clavado en su capacidad de admitir que ella es la única responsable de sus desastres periódicos. No respondo. No hay respuesta. ¡Mi hermana y su arte de magia! Un bloqueo como un cuchillo entre los dientes al momento de atacar el barco pirata donde se guarda el oro de los náufragos… ¡Mi hermana! ¿”Mi” hermana? Una presencia que nunca se vinculó a ningún proyecto común, un estar aceptado por la indolencia y el cansancio de tener que reivindicar un espacio que no se nos negó. Ella en su cuarto, yo en el mío, mi hermano en otro y las comidas delante de la televisión: una perfecta manera de no tener que esforzarse para convertir la convivencia en lo que no era. Ya no llora, está comiendo un Mon chéri y mira la tapa de las Memorias de Casanova. Acabo de poner un par de leños en la chimenea. Me pregunta: “¿Y ese tal Casanova?”. En definitiva, quizá no se trate para ella de ser otra sino de no ser ella misma. Quizá quiera aniquilarse, diluirse, engañar a su propio reflejo, volatilizarse. Quizá quiera desaparecer. Y la única manera que encontró haya sido elucubrar una ficción en la cual poder borrar un pasado odioso por renacer, desde la nada, ni a partir de su propias cenizas, a una vida más luminosa, una existencia de bailes continuos. Quizá éste sencillamente infeliz. Quizá.


***


En la sutil luz de un fin de tarde de otoño acompañada por la crujiente presencia del fuego, miro el sillón, veo las gafas, las chocolatinas, las fotos y el libro con su punto de lectura casi al final. Por un hombre que admiraba más que todo en el mundo el rigor, la severidad, el austero desnudamiento de las paredes blancas de los monasterios cistercienses, la lectura de las Memorias de Casanova no deja de sorprenderme. Su último libro, y como una sinfonía inconclusa, estas páginas sin acabar. Abro la voluminosa obra mediante el punto de libro señalando la página 679. Acompaña el punto de libro un pequeño sobre. Lo abro y leo: “Mañana, sobre las diez y media, creo que dejaré de respirar. No digáis nada a vuestra madre. ¿De qué serviría? Dejadla ocupar sus días a contar los pétalos de las flores en compañía de sus nuevos amigos. Es verdad, no os dejo gran cosa, hasta la casa no es mía. Así que seguid buscando vuestro camino. No quiero ni sermones ni lágrimas ni crisantemos sobre mi tumba el día de todos los santos. Tiradlo todo. Quemadlo todo, menos las chocolatines que podéis comer, ¡son riquísimas! Quedan huevos y patatas, preparad una tortilla”. Está oscureciendo. No tengo hambre. Me siento en el sillón. Voy a leer lo que queda de las Memorias de Casanova.


Jean Cristophe Martin.

martes, 31 de mayo de 2011

Historia no tan real, aunque verdadera


Al curtido letrado Antonio Checa

A la bicicleta sindical de Eduardo



Q
ue el abogado de provincias, llegue a actuar en el Tribunal Supremo, no suele ser frecuente y, si lo hace, probablemente, con todos los honores, pierda la causa, y cuente luego en una cena a amigos y colegas que la sabiduría jurídica de su oponente no admitía réplica, o que, por supuesto, ya sabía que el caso estaba perdido, pero también agregará que ha sido un honor tenerlo por contrincante. Las cosas son como son, hay que aceptarlas y la provincia, seca o húmeda en la que se vive, sin duda no es lo mismo que la capital, el saber allí es algo que se respira; sin duda, los mejores viven allí.

Con esta idea fija, llegó a Madrid, Pedro Antonio, para un asunto laboral relacionado con curtidos, así que se sentó ante un tribunal, constituido por aguerridos profesionales con múltiples experiencias, dispuesto a ser derrotado por su oponente. En el hotel había ensayado ya la cara que pondría ante los colegas del bar Legis, e incluso ante sus compañeros de despacho.

Y empezó a hablar el ilustre catedrático, lo hizo detalladamente, recogiendo uno por uno los datos que los pasantes habían reunido, firmas extendidas por todo el territorio, empleados en cada una de ellas, fijos, fijos discontinuos y temporales, aquello parecía un fuego artillero contundente, sus argumentos eran irrebatibles, quizá se excedía un poco en el tiempo. Pasada la primera hora, el tribunal inclinaba la cabeza, unos en señal de respeto, otros abstraídos en su propia respiración que se iba haciendo acorde con cierta idea lejana, ajena al parloteo incesante del ilustre, así a la hora y media, tanto los respetuosos como los abstraídos, si no dormían, habían alcanzado un estupor semejante. A las dos horas cesó la catarata de vocales y consonantes pronunciadas con rigor categórico y tocó el turno a Pedro Antonio, abogado de provincias, dispuesto a ser la víctima propiciatoria. Su discurso fue breve, se lo he oído miles de veces, comenzó así:


- Señores, procedo de una tierra seca en la que apenas llueve, el suelo se agrieta, y entonces surgen unas matas rastreras que apenas levantan diez centímetros del suelo, pero que dan unas flores violetas, espléndidas, como pequeños soles que se hubiesen depositado sobre una alfombra parda, esas flores no son para ser admiradas, no se venden para ramos de novia o de felicitaciones, esas flores se comen, como también se come su fruto, e incluso las ramas que las sostienen.

Aquí, suele hacer un alto, y refiere la cara de asombro de su oponente y el gesto del dedo sobre su esfenoides girando como tornillo, o lo que es lo mismo que, abrumado por su discurso, había llegado a un estado de locura más o menos temporal. También los dormidos fueron incorporándose al estado de vigilia por el impacto lírico del ponente, quien prosiguió con este argumento:

- Esas flores y esos frutos son comercializados en mi tierra, allí se llaman tápenas, y en el resto son conocidos como alcaparras y alcaparrones, tras ser sometidos a un proceso que se conoce como encurtidos. Conviene también recordar que esas cosas verdes, amarillas o naranjas que tomamos con la popular ensalada rusa son encurtidos. Mi colega, señores, el ilustre catedrático, ha confundido curtidos con encurtidos.

Aquí, Pedro Antonio, calla, mira a los contertulios y cuenta cómo todos los miembros del tribunal, ya despiertos, rieron y miraron hacia el catedrático, el cual a su vez, entre rojo y pálido de ira, dirigía terribles miradas a sus pasantes. Después de este paréntesis, el tribuno continúa su discurso:


- Los datos abrumadores de mi oponente, hay que reducirlos sólo a los fabricantes de curtidos, que son estos…(Sigue la enumeración de empleados, fabricantes, productos y lugares…)

En ese momento la historia cede el paso a la actualidad, prosiguen brindis, se comenta el último caso y todo toma de nuevo ese aire provinciano en el que los héroes pierden su homérica dignidad y, como personajes de esperpento, mojan directamente el pan en la salsa.

José Luis Martínez Valero