
Ilustración: Joaquina Illán
Hoy, más que nunca, a través de la red, fluyen masivamente mensajes de todo tipo. Nos hacemos la ilusión de que esta hipercomunicación crea un plural nosotros en contacto constante, cuyas pululantes misivas, desapareciendo al ser leídas, son sustituídas por otras de modo inmediato. La eficacia tiene su contrapartida en este carácter fantasmático del mundo virtual. Sólo cuando los mensajes enviados o los artículos se cargan de un contenido sustantivo notable y es vislumbrable una obra, requieren de un soporte impreso (lo hemos visto recientemente en el caso del blog editado de Félix de Azúa, o en la correspondencia entre Bernard-Henri Lévy y Michel Houellebecq, por ejemplo). Lo que era un texto virtual, inmaterial, se encarna entonces en un libro.
Podríamos imaginar la historia de la literatura universal como una galaxia de textos en rotación, de modo parecido a como Octavio Paz imagina el desenlace del universo al final de El mono gramático: textos prestos a materializarse, a actualizarse, a encarnar su sentido en el momento en que un lector conectase con alguno de estos mensajes a la deriva. ¿Podríamos hacer lo mismo con todas las cartas y misivas que la humanidad ha intercambiado entre sí? Una carta tiene la entidad semiótica de un texto. Su singularidad consiste en que el azar, cualquier tipo de interferencia, la alternancia más o menos prolongada, es decir, la espera de una probable respuesta, forman parte – parte accidentada, paradójicamente - de su continuidad.
Este condicionamiento espacio-temporal es lo que le presta toda su carga metafórica y patética a la carta. Ya en la primera estrofa del poema que Miguel Hernández titula Carta, el poeta explicita desde dónde se escribe y cómo escribe el que escribe cartas. Con la habilidad sintética del don poético, enumera rápidamente esas condiciones: “...desde las trémulas mesas/ donde se apoya el recuerdo, /la gravedad de la ausencia, /el corazón, el silencio”. La carta, tanto como hecho común, o como género literario, no sólo implica una teoría de la comunicación, grosso modo, sino que postula el diálogo de almas.
La literatura epistolar tiene una larga historia: desde los clásicos griegos y romanos, hasta los clásicos españoles y románticos. El poema de Miguel Hernández, Carta, se inscribe pues en una tradición literaria definida y conocida. Lo que resulta notable en el poema de Hernández es su redondez formal y, sobre todo, el vivaz mensaje de esperanza que late en él. ¿Esperanza de qué? De trascender el tiempo a través de lo que la palabra guarda y promete.
La tradición y la literatura crítica moderna definen al poeta como el depositario de la memoria común, el cantor de la belleza y de la libertad, pero también como un visionario. La empresa del poeta es, pues, algo más que una empresa lingüística. La poesía transforma – trasciende – el lenguaje a través del lenguaje mismo. Recordemos lo que decía Lezama Lima: “La poesía no resiste la escritura”. Es decir, la poesía es algo distinto a su registro gráfico, es antes música que formalización de un sentido. Hernández no escribe sobre un paisaje, objeto físico cualquiera o anécdota, sino sobre el hecho mismo de escribir, de comunicarse en plenitud e intimidad, cuyo logro no puede expresarse más óptimamente que en el espacio inmaterial, intelectivo y sentimental de la palabra poética. Por ello, creo que podríamos contextualizar un poema como éste percibiendo que la dimensión específica del género literario de las cartas iría más allá del confinamiento en el texto de unas “voces”. Precisamente, no hay inercialmente texto en tanto que la comunicación se produce. Cuando no hay receptor, cuando no hay diálogo, la carta es entonces sólo texto. Y precisamente la carta no tiene otro destino, otra prioridad que la de ser leída por la persona a la que va dirigida.
Ante la desazón por el posible extravío de la carta, y evitando al ánimo crítico probables disquisiciones ontológicas no pertinentes, Hernández especifica con naturalidad dónde se produce la conexión del mensaje: en “el espacio de tu aliento”, es decir, en la mayor intimidad sentimental de la persona. Si hemos acordado que la poesía crea sus propias leyes a partir del ritmo, - la experiencia primera del ser humano con el tiempo, según Agustín García Calvo -, es en el ámbito de la poesía misma y en el mundo que ella instituye donde debemos localizar la respuesta a la feliz consecución del entramado dialógico que supone la carta.
Para un Borges, por ejemplo, la historia tiene, ineludiblemente, un efecto acumulativo sobre la cultura, convirtiéndola en un Texto hecho de textos, es decir, en un palimpsesto. Este efecto cuantitativo y penoso de textos sumidos en otros, de textos olvidados o acumulados, lo encontramos en la sexta estrofa del poema hernandiano: las más diversas y apasionadas expresiones del amor, consignadas en manuscritos que se apiñan tristemente en un rincón. Tengamos en cuenta la estupefacción del poeta al comprobar esto y el interrogante humano que a partir de tal imagen podemos plantear. El fin de una carta es la de hacer llegar un contenido a un receptor que posiblemente espere tal comunicación, con la idea, probablemente, de recibir respuesta y continuar así un diálogo pautado por esa condición espacio-temporal. Nada más patético que una carta que no ha podido ser leída. La voz del comunicante ha naufragado en el proceloso océano del espacio-tiempo. ¿Y qué otro simbolismo más ineludible y dramático podemos derivar de esa distancia espacio-temporal que el de la muerte?
Precisamente contra esa condición, contra ese obstáculo que se interpone entre los comunicantes - la muerte - se erige el propósito del poeta. Si bien la Carta la dirige Hernández a su amante, es a través del estribillo que va cincelando formalmente el poema, cuando se dirige a todos nosotros, a cualquier lector: Aunque bajo la tierra/mi amante cuerpo esté, /escríbeme a la tierra/que yo te escribiré.
Un texto cualquiera puede esperar a su lector, a ese lector, quizá ideal y proverbial que encuentre en tal texto, el universo, la solución que iba buscando. Pero una carta sin destinatario es un mensaje que no ha sido escuchado, una confesión perdida, un proyecto que no se ha cumplimentado, y que, a lo sumo, otros leerán como texto disperso en las mareas del tiempo. Porque no es un discurso cualquiera o una ficción lo que permanece sin merma de la eficacia de su contenido en el rincón de un estante o depositado en los nichos de una biblioteca, sino que lo que se frustra, quizá para siempre, es un mensaje concreto dirigido a alguien, el deseo de comunicar algo concreto a alguien concreto. Fijarnos en un poema como este de Hernández pone a las claras, a pesar de la aventura tecnológica que estamos viviendo, la necesidad de una comunicación auténtica entre las personas, el ardor de verdad que porta en sí la palabra amante y qué barreras puede proponerse superar tal imaginación amorosa.
El entusiasmo por las ventajas que nos ofrece la red se confunde, a veces, con la fascinación que produce el propio instrumento. La facilidad, la accesibilidad, la extrema velocidad de la comunicación internauta son tan útiles como responsables de la producción masiva de un inmenso cementerio de palabras, ingrávido y virtual cuya duración es la de un segundo: el mensaje desaparece tras su lectura. El tiempo de la eficacia a toda costa no es, quizá, el tiempo de lo memorable. Lo que postula el poema de Hernández (ningún poema postula nada, sino que lo revela o lo canta) es la resurrección en la memoria no tanto de los devotos lectores, sino del que se arriesga a expresarse, a entregarse, a comunicarse con autenticidad, a comulgar con el otro en el seno de la palabra.
José María Piñeiro