Blog de la revista de creación literaria Ágora papeles de arte gramático. Ha cerrado.



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lunes, 12 de noviembre de 2012

El vivo retrato de mi padre

Como tantas veces había hecho de niño, corrí el pestillo del dormitorio. Mi mujer estaba trabajando pero mejor no correr riesgos. Fui sacando las cosas del arcón y las dispuse ritualmente sobre la cama. Frente al espejo, me vestí observando cómo se ceñía cada prenda. ¿Mi preferida? Sin duda, el corsé blanco. Me maquillé en el aseo y, por fin, saqué la peluca que acababa de recibir. Fue impresionante comprobar que, con la melena rubia, soy el vivo retrato de mi padre el día en que olvidó echar el pestillo de su cuarto y mamá y yo volvimos a casa mucho antes de lo habitual.

Mª José Villarroya Durá 
Mª José Villarroya Durá (Madrid, 1968). Ha publicado anteriormente en Ágora y en la serie Relatos de la Historia de Cartagena (Editorial Corbalán). Trabaja en el mundo de la educación. Ha dedicado muchos años al trabajo en prensa juvenil y digital, terreno en el que ha obtenido varios premios nacionales. Suya será la portada de Ágora nº 30.

lunes, 22 de octubre de 2012

El último plato de la vajilla




Hacía más de un mes que Augusto no dormía. El deleite de dormir se había ido tras la mujer que lo había abandonado. Desayunaba a la luz de las estrellas y almorzaba una cajetilla de cigarrillos con güisqui. Al amanecer cerraba los ojos en la espera de que una siesta milagrosa derrotara el desvelo, pero como único resultado obtenía el bullicio mañanero.


De vez en cuando se duchaba, pero no por razones de higiene, ni tan siquiera para apaciguar el vapor de su propia peste. Lo hacía con la ilusión de despertarse. Estaba casi seguro de que se había atascado en una pesadilla. Al sentir el agua fría en su nuca y permanecer estéril de alguna reacción, llegó a una conclusión: “Muerto, estoy muerto”.

Conseguía renunciar a la idea de su muerte cuando tarde en la noche, viendo anuncios en la televisión, escuchaba los estruendos que ocasionaba su vecina rompiendo, sabrían los cielos qué cosa. Pasaba la madrugada viendo testimonios televisivos: gordos que lograban la delgadez raquítica gracias a un té milenario descubierto en el Himalaya; mujeres sonrientes y excitadas ante la sanación de la disfunción eréctil de sus esposos, mediante una tabletita hecha de cuerno de rinoceronte albino. Sólo un testimonio había entrado en su complicada psiquis: el de un chef afeminado que mostraba los beneficios de poseer una licuadora mágica. Era capaz de hacer una batida hasta de un pepinillo. La curiosidad gastronómica que le generaba la idea de mezclar güisqui y pepinillo lo llevó inmediatamente a tomar la decisión e hizo el pedido. Pensó: “¿Cuánto tardará en llegar?” La nueva adquisición lo llevó a preguntarse algo que había olvidado: el paso del tiempo.

–¿Qué día será este? –al escuchar su propia voz una cadena de ideas se liberó de su mente.

“Eso de estar muerto y andar preguntándose los días en que se vive es cosa de locos, y yo no estoy loco, al menos no después de muerto”. Luego de una profunda meditación sobre muerte, pesadillas y locura concluyó que estaba más o menos loco, medio dormido y mediocremente muerto. Inconforme con su situación, decidió acabar con todo. Llevó hasta la terraza una silla, una corbata, un martillo y un clavo. Se anudó la corbata, se paró sobre la silla, tomó el martillo y clavó la parte colgante de la corbata en una de las vigas del techo. Lanzó el martillo al suelo y saltó decidido. Colgando desde la viga, sintiendo cómo la sangre comenzaba a acumularse en su cabeza, miró la tierra tosca del patio y pensó: “siempre quise tener un jardín”. Escuchó otra vez el ruido que provenía de la casa vecina y lo relacionó a la quebradura de alguna porcelana. Pensó que antes de su muerte merecía ver cumplido un último deseo. Su cuerpo suspendido se llenó de ilusión al recordar la nueva licuadora. “Ya es tarde”, lamentó resignado e intentando suspirar. La corbata sólo consiguió retrasar su caída algunos segundos. Augusto cayó  sin remedio al suelo. Maldijo el nudo Windsor y deseó haber aprendido antes a hacer un nudo doble.
 
–¡Puta corbata de mierda! – gritó de rabia por la inhabilidad de acabar con su vida.

–¡Cállese, imbécil, no ve que hay gente que intenta dormir! –gritó la vecina tras las cortinas de una ventana.

–¡Váyase a la mierda, maldita revoltosa! –contestó malhumorado.
–¡Muérase canalla! –contrarrestó la vecina.

–¡Eso intento, maldición! –aclaraba mientras buscaba nuevos instrumentos suicidas.

La vecina se alejó de la ventana algo preocupada, haciendo desaparecer la silueta tras las cortinas. La última manifestación del vecino consiguió resurgir en ella una vocación cristiana casi olvidada que la llevó nuevamente a mirar desde la ventana.

–¿De casualidad, tiene un plato que me preste? –preguntó intentando desviar al suicida de su encomienda.

–Venga por ellos, se los puede llevar todos –el tono malhumorado de Augusto ya se había convertido en uno de hastío.

La vecina salió a su encuentro, tanto por su vocación de cristiana, como para aprovechar las circunstancias y conseguir una vajilla gratuita. Llamó varias veces, pero nadie respondió. Asustada, se atrevió a entrar en la casa. Cuando llegó al patio vecino, ya Augusto amarraba una soga a la viga. Ella lo observó detenidamente, su delgado cuerpo delataba el hambre; detuvo sus ojos en la barba oscura y descuidada para luego dar con el semblante escabroso del que planea su propia muerte.

–Vine por los platos –susurró en un gesto compasible.

El tono en su voz infló aquellas palabras de otros significados. Él la escuchó, pero antes de voltear a verla acabó de hacer un tercer nudo a la soga.

La vio observándolo tímidamente. Era la primera vez que la veía. Su piel pálida se confundía con la seda blanca de su bata. La luz tras ella revelaba una silueta seductiva. Los rizos rojos de su melena caían sobre sus hombros, parecían llamas de fuego quemándolo todo. Su mirada verde, reflejaba una pureza que casi lo obligó a bajar la vista. Cuando al fin se decidió a hablarle, notó que su piel podía ponerse más lívida, se sorprendió del color casi traslúcido que obtenía la mujer. Los ojos verdes parecían volvérseles tornasoles; fue entonces cuando se desplomó.

Él corrió hasta ella. Acercó el oído hasta su pecho, y aún corroborando el latido de su corazón permaneció algún tiempo en la complacencia de sus firmes y mullidos senos. Acercó la nariz a su cuello y descubrió un olor a azucenas que tentó su boca a saborear la dócil piel. Miró la soga guindando desde la viga y en ausencia de la licuadora sustituyó su último deseo: haría el amor antes de morir.

Aquello no podía llamarse violación. No hubo objeción de la otra parte. Las caricias tiernas, los besos sumisos que le obsequiaba Augusto a su vecina no comparaban con el acto nefasto del que invade con violencia un cuerpo. Además, pese a todo, aquel cuerpo respondía, los senos se endurecían, la respiración se aceleraba, no hubo dificultad para el huésped. Más bien una reacción cooperativa y húmeda que daba la bienvenida. Él acabó con la impresión de que ella también había terminado. Le acomodó la bata, abotonó su pecho y esperó paciente a su lado. No iba a suicidarse hasta que ella despertara, no era de buena educación abandonar una dama en esas circunstancias (no luego de hacer el amor). Minutos después ella despertó. La naturalidad en sus ademanes hizo que Augusto, a falta de comprensión, permaneciera en silencio.

–Narcolepsia, me quedo dormida donde sea, pero en las noches me cuesta conseguir el sueño profundo. Reposo, pero no consigo dormir –dijo borrando la expresión incomprensiva de Augusto, con el tono orgulloso de los cristianos que aprenden a cargar su cruz–. ¿Por cuánto tiempo me quedé dormida?

–Lo suficiente –sonrió mirándola con ternura–. ¿Cómo te llamas?

–Lucía –contestó con la sensación de haberse perdido algo importante–. Me siento liviana.

–Yo me siento igual –dijo tranquilamente y muy satisfecho–. ¿Hace cuanto padeces la Nalosepia esa?

–Narcolepsia –lo corrigió simpática mientras le contaba su historia.

Lucía había ingresado en un convento, hacía muchos años. Los padres la habían enviado desde niña creyendo que su condición estaba relacionada con alguna posesión satánica. Allí nació su vocación de ser monja. A la edad de veintiséis años ya había hecho los votos. Al principio todos le admiraban por su lucha incansable contra el desorden del sueño. Pero según pasaba el tiempo Lucía se convirtió en la embajadora del desorden. Se ausentaba a misa con frecuencia, para luego ser descubierta tirada en algún pasillo. Cuando le tocaba cocinar, destrozaba los platos y en más de una ocasión fue salvada de los incendios que ella misma provocaba. Pero la intolerancia de la madre superiora, estalló al ver cómo Lucía se desmoronó y rodó escaleras abajo llevándose tres hermanas consigo.

Al despertar se topó con que una de las hermanas (la más gorda) estaba en coma, la más flaca había fallecido (no tanto a causa de la caída, como por el impacto de la que ahora estaba en coma) y la tercera aparentemente no se había hecho daño significante, desde entonces se le veía algo desbalanceada y poco tiempo después solo se le escuchaba rezar en latín. Fue por eso que la expulsaron, más que por desordenada, por preservar la seguridad del convento. Desde entonces vivía apartada del mundo, ocupada en las tareas del hogar y durmiendo esporádicamente.

Augusto, al escuchar la historia, comprendió los extraños ruidos que generaba su vecina. La ironía de la vida se revelaba ante sus ojos. Él, que tanto deseaba pegar ojo, era sorprendido por una mujer que donde quiera disfrutaba de una buena siesta diurna.

–Por eso venía a pedirme los platos –aportaba admirado–. No se preocupe, yo le daré todos los platos que necesite, pero hoy llévese sólo uno, si rompe éste regrese por otro. Augusto fue sorprendido hablando de otro día. Esa noche, con la ayuda del güisqui y otros misterios, ambos olvidaron la soga que colgaba desde la viga del techo y durmieron profundamente. Desde entonces, Lucía rompe el último plato de la vajilla cada noche y Augusto sonríe entusiasmado al escuchar los estruendos de su vecina.


Christian Marrero
Christian Marrero nació en la ciudad de Bayamón de Puerto Rico el 20 de julio de 1983. Culminó estudios de bachillerato en mercadeo en la Universidad Metropolitana Ana G. Méndez, en 2010 ingresó a la Universidad del Sagrado Corazón para estudiar maestría en Creación Literaria. Actualmente realiza su tesis, mientras se desempeña laboralmente como gerente de ventas. Sueña con algún día publicar sus escritos y poder vivir del cuento.

martes, 16 de octubre de 2012

Ruidos nocturnos

Me duermo. Los pensamientos flotando en una materia extraña, algo pegajosa, que va cerrando posibles salidas a nuevas ideas. La madera de los muebles se estira, se oye la carcoma, el cemento entre baldosas se dilata, las cucarachas salen de los desagües, aplastan su cuerpo, metiéndose por debajo de las puertas. La televisión, que parece dormir, hace el ruido del descanso, respirando lo trabajado. Algún papel se abre, desperezándose. Las bombillas se liberan del calor acumulado. Y una gota cayendo, el grifo mal cerrado de la cocina, se une a otra del lavabo. El ruido metálico del fregadero, junto con una caída más suave, algo más acuosa. Cerámica del lavabo, acero de la pila, cerámica lavabo, acero pila. Me levanto. Cierro grifos. Al acostarme, los ruidos cesan, hasta que ese papel que parecía desperezarse ahora cruje, liberándose de esa forma que le he dado.


Eva María Medina 
Fotografía: Toñy Riquelme 
Eva María Medina Moreno. Escritora española (Madrid, 1971). Licenciada en Filología inglesa y diplomada en Profesorado de Educación General Básica, por la Universidad Complutense de Madrid. Fue premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós por su relato «Tan frágil como una hormiga seca».

martes, 9 de octubre de 2012

El médano del loro y el ferrocarril bananero

La primera vez que me eché a la cara “Cien años de soledad”, con avidez, sorpresa y cierta inconsciencia fruto de los pocos años, me pasó desapercibida la muerte de Melquiades en los médanos de Singapur luego de haber dejado escrita la historia de José Arcadio Buendía y su familia con cien años de antelación. Siempre he recordado su aparición en las primeras páginas: un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión que, al frente de su tribu traía a Macondo la maravilla del hielo. Tiempo después, una lectura más sosegada me permitió comprender, entre los muchos juegos de luces y sombras de la obra, la aparición-desaparición del errabundo jefe de los gitanos, su rejuvenecimiento portentoso merced a una prótesis dental (todo el mundo se fue a la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquiades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante), y su definitivo final trasmutado en sombra fantasmal compañera de Aureliano Babilonia, ya viejo, mientras este se afanaba en descifrar los manuscritos en sanscrito donde se describía la historia de toda la familia, hasta sus detalles más triviales, con cien años de anticipación, para descubrir la profecía: El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas.

Pero nunca supe lo que era un médano y mucho menos que existieran en Singapur ni que la gente, por cualquier oscura razón, pudiera morir en ellos. Supuse que era un hijo más de los muchos que la portentosa fantasía de García Márquez alumbra a lo largo de toda la obra.

Pasados los años, en un lugar de la costa de Huelva, cerca de una de las muchas torres-vigía que, ya ruinosas, jalonan la costa y dan nombre a la zona, me salió al paso un cartel que decía “Médano del loro”. Y Melquiades volvió a revolverse desde el banco de platero del coronel Aureliano Buendía donde lo había dejado balanceando las piernas en el vacío, la última vez.

Empecé a comprender, después de visitar el “Médano del loro”, que probablemente la historia es circular y el tiempo vuelve a pasar una y otra vez por los mismos acontecimientos, porque unos kilómetros más adelante me topé con la historia de los mineros masacrados en la plaza de Riotinto por las tropas del regimiento Pavía cuando se manifestaban pacíficamente en defensa de sus derechos. Unos grandes paneles en el Museo del Ferrocarril cuentan la historia de 1888 que muchos niegan o minimizan. Los cientos de cadáveres que luego recogieron las tropas fueron amontonados en los vagones de un tren minero que los condujo a un cementerio lejano donde se perdieron sus rastros. Y era la misma historia de los trabajadores muertos en Macondo por las tropas regulares, cuando intentaban recuperar su dignidad en la plaza del pueblo ante los dirigentes de la compañía bananera. Allí también un regimiento de soldados ametrallaron sin compasión a los manifestantes y los cadáveres fueron luego amontonados en plataformas de carga y alejados en el silencio de la noche por un tren (el más largo que [José Arcadio Segundo] había visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, una locomotora en cada extremo y una tercera en el centro), que los condujo hasta el mar. Sin embargo, José Arcadio Segundo, que revivió de entre los cadáveres, no pudo encontrar a nadie que recordara el episodio pocas horas después: aquí no ha habido muertos. Desde el tiempo de su tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo, le dijo la primera mujer que lo reconfortó con un café caliente a su regreso. Nadie más –excepto él- recordó nunca el tren de los muertos. El pueblo se aplicó al olvido desde el primer momento.

Y puede que sea verdad, que los médanos de Singapur y de Huelva sean una misma cosa y que todos los trenes del mundo que transportaron cadáveres de trabajadores rebeldes fueran el mismo. O que nada de eso hubiera existido, que los médanos sean elucubraciones fantasiosas de los geógrafos y los trenes de muertos sean leyendas inexistentes, como Macondo. 


Mariano Sanz Navarro (Murcia, 1943). Ingeniero Técnico de profesión y licenciado en Historia, ha publicado un libro de narraciones, Desde el Asilo, IJK; un volumen de cuentos, Cuentos truculentos, y un libro de viajes: Viaje por el Sahara Occidental. 
Pinchando sobre su nombre se accede a su blog personal.  

jueves, 12 de abril de 2012

Buscando la paz

Me sentía agotado, hacía tres años que no me tomaba un descanso, más aún el último transcurrido había sido muy demoledor, la enfermedad de mi padre, me afectó enormemente, él siempre tuvo una vida muy sacrificada, pero en los últimos tiempos, sus cosas se le fueron haciendo más llevaderas, había logrado cierta estabilidad y gozaba de la paz espiritual que tanto anhelaba. Pero de repente una terrible enfermedad lo aquejó y lo lleva a una necesaria internación en el Hospital, donde lamentablemente se produce su posterior muerte.

Por eso al año de su fallecimiento decido tomarme un breve descanso, revisé mi vieja Rural Falcón 1968, hablé sobre el tema, con mi Señora y mis pequeños tres hijos, Adrián, Lorena y Ariel, de nueve, siete y cinco años respectivamente y empezamos los preparativos para irnos unos días a orillas del mar a disfrutar del Sol y la arena.

Cargamos todo lo necesario, incluso consultamos los pronósticos del tiempo de las zonas por dónde íbamos a pasar, todos indicaban buenas condiciones meteorológicas, y partimos, nos esperaban 500 kilómetros de una ruta angosta y transitada.

Ya transitando la ruta 29, habíamos recorrido apenas unos 100 kilómetros cuando en el cielo, contrariamente a todos los pronósticos empiezan a verse algunas nubes, luego se enloquecen, giran en cualquier sentido, se empieza a oscurecer, y comienza un torbellino de vientos huracanados, vuelan pastos, hojas secas y todo tipo de suciedades, el aire se hizo irrespirable, cálido y húmedo, el bullicio fue infernal, como un rugir de una fiera desconocida digna de un engendro del averno, se escuchaba una sinfonía de silbidos, chillidos, relinchos y gruñidos espantosos.

La oscuridad incipiente e imprevista, en pleno medio día, se transformó en absoluta, plomiza y pesada, no se veía más allá de los paragolpes del auto, simultáneamente empezó a caer una lluvia espesa, que arranca, arrastra, golpea, diluye, con la enloquecida irracionalidad de las poderosas fuerzas de la madre naturaleza.

Todo estaba complicado, era imposible abandonar la cinta asfáltica, ya que el estado de las banquinas de esa ruta era desastroso, existía el peligro de ir a parar a la profunda zanca completamente inundada, que corre paralela a ambos lados del camino, encendí todas las luces, incluso las del interior, velocidad mínima, veía luces por todos lados, ya que es una vía transitada por muchos camiones, todos con el mismo problema.

Por un lapso de tiempo pareció que volvía la tranquilidad, todo se aquietó, fueron instantes de calma, como si la vida se hubiera suspendido y el alivio, la esperanza, se compenetra en nosotros, pero transcurrido ese bálsamo, de nuevo renace la infinita furia de la naturaleza, recorriendo otra vez su camino de destrucción y pánico, tratando de derribar todo lo que encuentra a su paso, con la ayuda del feroz diluvio, incesante, penetrante y castigador.

Ya solo esperaba un milagro de Dios, aplacando la ira de los vientos y la terrible tempestad, mi señora e hijos, insistían en seguir andando sobre el camino, pensando con justa razón, que manteniendo la marcha, en algún momento dejaríamos atrás la desastrosa tormenta.

Yo estaba indeciso, pero de ninguna manera querría bajar a la banquina, porque todo se veía inundado, lodo por todos lados, me esforzaba por alejar el terror de mi mente. Mis tiernos niños asustados gritaban, aportaban sus ideas, sin dudas el miedo y las preocupaciones se había apoderado de ellos, no soportaban la situación, habían estado durmiendo apenas salimos de casa y se despertaron con algo tan pavoroso.

Solo veíamos luces que se acercaban, algunas imprudentes y velozmente, otras de atrás pugnaban por sacarnos del camino por la escasa velocidad que me animaba a mantener, el cansancio se estaba apoderando de mí, mis parpados se hacían pesados, intentaban tapar mi pupila, de repente aparece en mi mente la imagen sonriente de mi padre, su mirada vivaz me trasmite paz, bondad, me empieza a hablar, haz esto, haz aquello, ten firme tus manos en el volante, velocidad mínima, pie en el freno y embrague, todas las luces y señales funcionando, y un montón de recomendaciones más, pero por sobre todas las cosas era la tranquilidad espiritual que me transmitía, mi cerebro estaba mentalmente en contacto con el escuchando sus indicaciones, como si se hubiera producido un silencio absoluto, ya no percibía las voces de mi señora, mis hijos, el rugir de la tempestad, los bocinazos ajenos, ni los ruidos de los motores circundantes y pronto con el andar mínimo y seguro, fue desapareciendo la tenebrosidad oscura y se fue acercando la luz. Me encontraba sobre la cinta asfáltica, lentamente circulando con mi fiel automóvil y una cola interminable de autos y camiones detrás.

Empezamos a ver algunos lugares libres de agua, las voces alegres y placenteras de mis pequeños y de mi querida Rosita volvieron a mis oídos, y solo me interesaba llegar a un lugar apropiado y seguro dónde estacionar, para descansar y comer algo, hasta que tuviéramos las ganas de seguir hacia el lugar elegido y gozar de nuestras vacaciones.

A medida que avanzábamos un espléndido sol empezó a envolvernos y casi llegando a la localidad de General Belgrano, el día ya se había transformado en algo maravilloso, cálido, acogedor, como si nada hubiera ocurrido, elegimos el parque de una enorme estación de servicio para detener nuestra marcha, descansar y hacer dormir un rato nuestros hijos, era necesario luego de las horribles peripecias vividas.

Mientras dormitaba, cerrando los ojos por instantes, vino a mi mente, unas palabras que mi padre me decía cuando era adolescente: Cuando te encuentres en una situación difícil o con un dilema para resolver, y tienes dudas sobre cómo resolverlos, busca la opinión de la persona que más ama y si ya no la tienes en esta vida, búscala en el santo recuerdo, y si veis en sus labios o en sus ojos, tristeza, dolor o lágrimas, recapacita, detente, frena la marcha, si es necesario retrocede, porque el peligro aguarda en algún lugar, alguien quiere perjudicarte, el enemigo implacable espera tu perdición, pero en cambio sí vez en esos ojos y labios: alegría, aceptación y una sonrisa, adelante estas en la vía correcta para triunfar, que suenen los clarines de la gloria y entonen la marcha triunfal, porque vale la pena el esfuerzo, el éxito que buscas será tuyo.


Aldo Ciallella.

lunes, 2 de abril de 2012

Una historia de radionovela

Cuando uno esta empezando a conocer la vida siempre sueña con tener o pertenecer a una familia bonita, con valores, llena de expectativas, con sorpresas agradables y sueña también que uno es protagonista ya sea por que se casa y la esposa buscada, soñada y anhelada que le da una familia hermosa, son pieza clave y encajan en la familia, es decir, que la esposa le cae bien a las hermanas que es mucho decir y que las hijas e hijos propios son la adoración tanto para los primos como para los tíos de una parte y de otra.

Cincuenta años después, la realidad supera la ficción, la familia que me tocó a mí, pasó de ser una familia soñada a una familia del montón, ya los sueños de niño se esfumaron con el tiempo y los valores con los que soñaron papá y mamá se fueron al traste. La esposa soñada y anhelada se me fue en dos oportunidades debido a que para mi familia es más importante el dinero, la posición social, el barrio o ciudad de donde vienes, el color de tu piel, etc., pero nunca se fijarán en los valores que nacen, se reproducen y nunca mueren en un ser humano.

La única hija fruto de un amor nunca olvidado y que me lleva a mis recuerdos con nostalgia y mucho amor, ha tenido que pasar al anonimato por su seguridad, la protejo de malas influencias y porque nunca me perdonaría que por una imprudencia de propios o extraños le sucediera algo grave.

Esto parece una radionovela, de las de antes, cuando nuestros padres oían horas enteras, tardes inacabables las novelas que se pasaban en la radio en los años 50’s, 50 años atrás.

Los sueños de mis padres quedaron en simples recuerdos, mis hermanos y hermanas organizaron su vida cada uno independiente de la otra, la unión de que hablaban y soñaban mis papás quedó no el papel sino en sueños de viejos soñadores, sueños de ayer. Ahora cada uno se mueve en su propio eje y cada uno hace lo que le place sin importar si lo que le pase al vecino. Cuando hablo de que mi familia es algo particular es porque tocó meterla dentro del montón, la prefiero allí en donde están todas las familias que uno encuentra en el camino de la vida, en donde está el común de la gente, de adonde nunca debimos haber salido.


En mi familia por ejemplo, hay infidelidades de personas que uno jamás imaginó, como dice el dicho popular: salieron a buscar en la calle lo que tienen bien servido en la casa; otras por el contrario se dedicaron a ofrecerlo al mejor postor, a quién se le hubiese ocurrido años atrás cuando era tan solo una niña de primera comunión, verla hoy en el estado en que se encuentra, repartiendo amor a diestra y siniestra, cobrando lo que le place por unos minutos de felicidad y de goce; de los hombres de la familia ni se diga, afortunadamente a ninguno le dio el gusto por el mismo género, pero sin embargo hay tramposos en los negocios, atracadores callejeros, algunos son buscados internacionalmente por estafa o por terrorismo, en fin, esa es mi bonita familia. Y no es extraño que en cualquier día de la semana en la radio los anuncien como una noticia de nunca acabar.

Que dirían mis padres si bajaran del cielo y miraran la familia que tanto anhelaron y que hoy esta sumida en el abandono y en la mediocridad, que dirían las mujeres chismosas de pueblo que algún día nos imaginaron convertidos a unos en médicos, ingenieros, políticos, mejor dicho en otro plan diferente al que nos vemos ahora, si todas esas personas nos miraran de frente tendríamos que ver la sonrisa hipócrita de todos ellos, porque los sueños de niño, con los que deliré toda mi vida, se esfumaron debido al afán de tener dinero en montones de algunos, buenos carros de otros, buenas casas para unos cuantos, viajar para la mayoría sin importar el lugar del mundo, de darse gustos, pero acosta del sufrimiento de todos los demás, porque aunque no lo crean aún nos afecta en grupo o individualmente cuando oímos en la radio o la televisión y aún peor cuando lo vemos plasmado en un periódico, la fotografía de algunos de nuestros familiares, ya sean sobrinos, hermanos o cuñados involucrados en hechos ilícitos, eso duele, duele en el orgullo, duele en alma, duele porque eso desvaneció el sueño de mis padres, sueños que hoy se los llevó el viento y que nunca volverán.

Para reconstruir mis sueños tengo que hacer dos cosas: una volver a nacer y otra tener o pertenecer a otra familia diferente en donde sea más importante la persona y el ser que uno lleva adentro que los lujos y las comodidades.



Carlos Manuel Rentería de la Cruz

martes, 27 de marzo de 2012

República Jitanjáfora

Me robo mensajes ajenos. Me los copio desde la central que superviso (que es adonde llega cada mensaje de texto que sale de tu teléfono celular y desde donde vuelve a salir para llegar a destino), y tengo un archivo lleno de pedacitos de comunicación ajena. No te asustes, no llego a leer cada mensaje que pasa por la central. Son millones por día, es imposible hacerlo, incluso es imposible seguir un ida y vuelta de mensajes en particular, me volvería loco de sólo intentarlo. No. Lo que hago es pinchar de tanto en tanto en la máquina algún mensaje al azar y lo leo. Intento llevar estadísticas. Puedo ya mismo decir que el 85.7 % de los mensajes son variantes de: «¿Estás viniendo?», «Te mando un besito», «Hola bichi», «¿Llegaste bien?», «Se concretó la venta» y «Comprate una pizza». Naturalmente, se incluyen también mensajes genéricos expresando amor, enojo, todos más o menos iguales, además de sus variantes juveniles, que suelen caracterizarse por la falta absoluta de intención ortográfica: «Oi ke onda?». Un tercio del 14.3% restante comprende imágenes, animaciones y fotografías sin mensaje añadido. Lo interesante está cuando uno encuentra uno de los otros, de ese porcentaje residual que comprende ideas en pequeño, improbables, pero no imposibles.

He preparado una antología comentada que una editorial importante decidió publicar, convencidos de que tal emprendimiento es oro en polvo. «En la era de las comunicaciones, lo importante es decir poco, claro, y sencillo. El libro del mañana se parece a un cuaderno en blanco, páginas que el reflejen el mundo cotidiano del comprador.» Dicho de otro modo, dicen que el libro ideal para cualquier lector aleatorio es aquel que habla de su vida, pero, claro, al verse imposibilitado de redactarlo él mismo, necesita encontrarlo ya escrito por otro.

Yo sospecho que tal cosa es el límite definitivo de la literatura, pero tengo que pagar el alquiler, los servicios y el supermercado, así que acepté y envié un tiempo atrás el primer borrador a la editorial. Me lo devolvieron sin mayores observaciones excepto una serie de párrafos que me piden que quite. Una lástima, a mí me parecen de lo más jugoso, pero comprendo que se salen de la temática costumbrista que la editorial quiere mantener.

El objetivo de incluir esos párrafos censurados en este email es que puedas leer lo que no será leído jamás por el consumidor. Serás la única persona —aparte de mí, y confiando en que nuestros medios sean realmente privados— en coleccionar estos mensajes objetados. Sin más preámbulos, esto es lo que no leerán en las librerías.

«Mara: para cuando leas esto voy a estar muerto. Por tu culpa.» Simple y claro, pero de dudoso gusto. Mara no debe haber dormido bien esa noche, o tal vez, tal vez Mara es una mujer fría que despreciaba al Señor Suicida y no le importa en lo más mínimo si éste vive o se muere, aunque el mensaje da a entender un despecho muy grande por parte del Señor Suicida. ¿A qué clase de hombre se le ocurre ya no sólo matarse por una mujer que —suponemos— no lo ama, sino directamente enviarle un mensajito de texto al celular para dar aviso? Parece tan ridículo… y sin embargo, en otros tiempos un hombre decidía quitarse la vida dejando una carta a su amada, y hoy en día lo leemos y nos parece romántico y sentimental. ¿Acaso el Señor Suicida es más ruin por haber elegido un medio más directo, con teclas y caracteres digitales? El mensaje de texto no tiene la dulce impronta de una carta, eso está claro, pero entonces, finalmente, es una cuestión de estilo. De estética. Del análisis se concluye que es más importante para todos nosotros el modo de comunicarlo que el hecho de que un hombre se haya matado.

«La internaron por un pico de presión. Tenemos por lo menos 24 horas para estar solos antes que vuelva.» Este es uno de mis preferidos, ya que si bien el autor podría estar hablando de una hija, hermana o madre, el carácter lacónico del mensaje alude a una relación de trampa. Todos leemos entre líneas: se fue mi mujer, vamos a aprovechar. Por supuesto, lo que se infiere es que el Señor Adúltero quiere mantener una comunicación venérea con la Señorita Ligera, y se comunica oscuramente brioso para dar el pronto, indicar que el camino está despejado. Me gusta imaginar los desarrollos de esta historia. Pienso que se podría empezar una novela con esa frase, con esa situación. Lamentablemente, nunca pude escribir ni un cuento de diez páginas con coherencia, así que la novela quedará huérfana de autor, pero lo digo por si vos misma —o alguien que conozcas por ahí— quiere levantar el guante. En caso de que así fuera, favor de incluir la escena del encuentro de forma muy sutil, con un leve aire a cine francés, a esa incomunicación flotando en los tiempos muertos.

«Metele Photoshop a Gloria hasta dejarla hecha una reina, con carita de porcelana y cuerpito 10 puntos.» Pobre Gloria, se nota que es lo suficientemente linda como para salir en alguna publicación, posiblemente una revista de modas o pasquín para machos erectos, pero es incapaz de huir de la tendencia artificiosa que arruina tantas tapas semana a semana. Además, me gusta pensar la siguiente permutación: Metele porcelana a la Reina hasta dejarle el cuerpito hecho una gloria, con 10 puntos en la carita. Mucho más sensible, este último pareciera indicar una degradación afectuosa, una des-coronación. En fin, a veces me pregunto si los programas de retoque fotográfico son la herramienta del diablo. Te recomiendo el siguiente ejercicio: detenete delante de un puesto de diarios, cerrá los ojos por un momento, poné la mente en blanco y volvé a abrirlos. Recorré las cubiertas coloridas del panorama revisteril. De chismes, de tejidos, de vida sana, de maternidad, de modas, de televisión, de perfil erótico porno soft, una tras otra pobladas por mujeres (y a veces hombres) sintéticos, trabajados capa por capa para lograr el difuminado ideal de cualquier imperfección que recuerde el origen humano. Ni un gramo de grasa desviado, ni una arruga, ni un pelo rebelde que arruine el aspecto que los departamentos de marketing han decidido vendernos como deseable. Y por supuesto, adentro, mil propagandas de cosméticos, cremas anti-age, tratamientos, soláriums, centros de belleza integral (¿?), productos para combatir la celulitis, el hambre, la grasa y el genoma.

Pero el que realmente se lleva todas las palmas, el que es mi pequeño tesoro escondido, ese que es azar puro con cara de destino es el que agarré sobre la entrega del libro. Es como una snuff movie (esas películas documentales donde se muestra, supuestamente, el asesinato real de una persona) en versión mensajito de texto. «Villalba adentro, vamos para allá.» Claro, vos que vivís lejos probablemente no termines de entender. Aquí hay un Norberto Villalba que es conductor de un programa de radio, Radiodesgracia, lo pasan todas las tardes de lunes a viernes. Acá lo ponemos varias veces si está todo tranquilo. Y hete aquí por qué digo lo de “snuff movie”: ese mensaje entró la tarde que el tipo tuvo que dejar el programa de apuro. Se especuló mucho cuando el columnista de música —Porretti o algo así—, tomó las riendas del programa un rato después, y ya pasaron dos semanas y no se sabe nada de Villalba. Ya sé, ya sé, puede ser todo una coincidencia, después de todo ¿cuántos Villalba puede haber? No es un apellido tan raro: ya me fijé, y en la guía telefónica figuran 37 titulares (sin contar las ramificaciones familiares). Puede haber sido cualquier otro Villalba. Pero no. Es demasiado justito, sobre todo esa cosa medio mafiosa en el “Villalba adentro”… Pero la policía tiene razón. Digo la policía porque la tarde siguiente fui a avisar del mensaje por las dudas, uno nunca sabe, me pareció que era un poco mi responsabilidad. Me mandaron de vuelta diciendo que un mensaje de texto no tiene ninguna entidad como prueba. Yo tampoco quería probar nada, pero había pensado, qué se yo, por las dudas que hubiera entrado una denuncia o algo… Igual, el comisario me dijo que iban a dejar constancia de mi aviso, y guardaron ambos números, tanto de origen como destino.

Estos son los mensajitos que no me dejan incluir en el libro. Claro, ahora lo empaquetan y está lleno de pavaditas de novios, angustias adolescentes, jugueteos histéricos, algunos bien subidos de tono… todo lo que es previsible y aburrido del mundo, concentrado en un librito con mi nombre en la tapa. Y está muy bien que así sea: si el día de mañana un antropólogo, digo dentro de muchos muchos años, cien, trescientos, bueno, si un antropólogo quiere saber de las inquietudes de este tiempo encontrará en este volumen la paradoja evidente que le da cohesión: tan tecnócratas nos hemos vueltos, tan evolucionados en materia de herramientas de comunicación, y todo lo que nos comunica es apenas un conjunto de fragmentos irrelevantes, sinsentidos que parecen habitables, inescapables, un agujero negro en el que estamos imbuidos y al que retroalimentamos día a día.


Bueno, esto ya se parece a un panfleto. Huele a ideología.

Yo sólo me robo mensajes. Mensajes ajenos.


Juan Manuel Candal

martes, 20 de marzo de 2012

La Letra Garamond que ya no juega con Verdana


“Cuando mis cronopios hicieron algunas de las suyas en Corrientes y Esmeralda, una heminente intelectual exclamó: ¡qué lástima, pensar que era un escritor tan serio!”

Cortázar


La letra garamond vivía en el tercer piso de la sexta, tenía aire achatado en sus laterales. Era la primera en bajar y posarse en el folio, como una mariposa despliega sus alas. Verdana era una vieja sirena, venía del mundo funcionarial, donde siempre se la reclamaba para las rúbricas en los impresos. Garamond siempre soñó con poseer a folio, era un tipo infame, quizás demasiado puro, había sufrido varios sustos en su vida por lo que fue perdiendo el color.


El primer susto fue cuando haciendo honor a sus dotes de conquistador, quiso tocar a Times, una mujer utilizada por todos, “La ramera de las letras”. En una noche de desenfreno y metido en sangría, Garamond, abrió la puerta y no pudo contener el llanto, este era desorbitado. Tanto que los gemidos se oyeron hasta el primero. Allí estaba gótica, tan retorcida como siempre, con su aire enlutado y su crucifijo en mano. Verdana siempre tan ocupada, compulsando en el registro, nunca apoyó a Garamond, lo que esta siempre lo vio como un desplante a su leal amistad. Antes les gustaba coger el ascensor y que un teclista les subiera y bajara dando al cursor.


Ahora apenas se hablaban. Widdings a veces se encripta para ellas y se hace pasar como espía de Check Point. Es inútil. La amistad se rompió y es que cuando a una Garamond le tocas su folio, además de hacer de este cuartilla, deja de jugar en el rellano de la intrusa.


Y es que Verdana siempre fue un poco times.

Lidia Herbada

lunes, 12 de marzo de 2012

Espectro

Caía un sol de justicia sobre esa estación de pueblo pequeño. Yo me dirigía hacia la madera carcomida del cruce sobre las vías, y miré hacia el norte en un gesto mecánico. No venía ningún tren. Di un paso hacia adelante y un brazo trajeado de hombre me propinó un codazo en el estómago que me hizo tambalearme hacia atrás y doblarme de dolor.

-¡Pero qué haces!- no llegué siquiera a pronunciar esas palabras.

La ventolera del paso embalado de un tren procedente del sur me hizo dar otro traspié.

Me quedé paralizada, viendo cruzar un río de gente por el paso de madera. Pero no vi ningún hombre trajeado.

Nunca le vi la cara. Nunca supe su nombre.

No podía apartar los ojos de esos raíles de acero en los que había estado a punto de quedar clavada.


En momentos de desesperación, cuando la tristeza recubría el mundo de una película blanquecina y me debilitaba los sentidos, me preguntaba por qué había estado él allí, en el instante preciso para impedir que yo diese ese paso fatal. ¿Para qué, si mi vida no tenía sentido ni propósito?

Años después salí una noche tarde del trabajo, con un desasosiego que no sabía cómo calmar. Por primera vez al llegar al metro pasé de largo y seguí caminando a paso ligero sin saber adónde iba ni por qué. El cansancio me enturbiaba el cerebro y no tenía siquiera ganas de andar, pero mis pies se movían como los de un autómata.

LLegué a un bulevar casi desierto. Un chico de unos veinte años con bambas y capu-

cha se paseaba por la acera estrecha entre el carril lateral y los carriles centrales, hablando por móvil mientras gesticulaba. Estaba tan absorto en su conversación que se bajó de la acera y deambuló por el centro del bulevar.

Un autobús bajaba la calle acelerado. El chico se paró justo delante y de espaldas.

-¡Cuidado! ¡Cuidado!- le grité, alargando en vano los brazos hacia él.

El chico se giró, vio la mole que iba a arrollarlo y dio un salto antes de que el vehículo lo pillara. El autobús pasó casi rozándolo.

El joven volvió a la acera entre los carriles y se quedó allí inmóvil y aturdido.

Por el carril lateral avanzaba despacio una furgoneta. Se paró ante la luz roja interponiéndose entre nosotros. La moto que la seguía invadió la acera donde yo estaba para aparcar. El rugido era ensordecedor, los gases asfixiantes, y yo me precipité al paso de peatones.

Mientras me dirigía hacia la luz verde miré hacia atrás. El chico había cruzado por detrás de la furgoneta. Se había colocado justo en el lugar donde yo le había gritado, y estaba dando vueltas.

Buscaba una voz desconocida sin cara ni nombre.

Lesley Galeote

jueves, 8 de marzo de 2012

El juglar


Hoy se han cumplido siete días desde aquel, aciago para nuestro pueblo, en que llegó el juglar. Aquella mañana celebrábamos el día del Señor, el domingo. Casi todos los habitantes de Foncebadón habíamos regresado ya de oír la Santa Misa en la iglesia de Santa María, en Rabanal del Camino. La Misa había sido solemne y habíamos tenido oportunidad de compartir la nave de la iglesia con los freires Templarios. De regreso, luchando con la ventisca de aquella mañana de principios del invierno, hablábamos entre nosotros para distraer el trabajo del camino en un día que había salido tan ventoso que parecía que andar era luchar por atravesar un muro invisible. Aunque todos habíamos oído con admiración los cánticos religiosos de la Misa, acontecía que tanto los que ya caminábamos por el arrabal de senectud como los que iniciaban la senda de la vida por sus pocos años, coincidíamos en desear el regalo para el ánimo de una música más alegre. Por eso cuando vimos aparecer al juglar a lo lejos, nos pusimos contentos. Hacía tiempo que ninguno de su mester nos visitaba amenizándonos con sus juegos malabares y sus hermosos romances al son del laúd, la zampoña o la vihuela y trayéndonos noticias de León, la capital. Nos alegraba mucho su llegada, pero nos extrañó que uno de su oficio se hubiera echado a los caminos, porque las primeras nevadas del frío invierno ya habían caído sobre los caminos. Venía por el camino del pueblo vecino, El Ganso. Más que un pueblo, en realidad El Ganso es una aldea, con un templo edificado en honor del Apóstol y unas cuantas chozas con techo de pizarra y paja , nido de alquimistas e iniciados en la magia, por más que también cuente con un hospital de peregrinos atendido por freires.

El juglar era mozo y se acercaba sin aparente esfuerzo a pesar de la fuerte ventisca que soplaba. ¡Por mi vida que era un mancebo de hermosos rasgos! El más cumplido galán que por allí se hubiese visto jamás. Unía a la hermosura de sus facciones la apostura de su cuerpo erguido y musculado como el de un hombre de armas, aunque no fuese un guerrero sino un simple juglar. Las zagalas enrojecían con las mejillas ardiendo como brasas cuando él las miraba y sus madres, recordaban el olvidado ardor de su doncellez. Todas enloquecieron de amor en cuanto vieron al apuesto juglar y los mozos enloquecieron de despecho por él. Mas pronto mudaron de parecer cuando el músico ambulante, desinteresándose en apariencia por las zagalas, se acercó al grupo que formaban los desairados galanes y se ofreció para adiestrarlos en la nueva trova cortés que acababa de llegar de Occitania y que preconizaba el vasallaje amoroso del caballero sometido al señorío de amor de la dama.

- Nosotros no somos caballeros, ni las zagalas de este lugar son damas- se atrevió a decir Mingo Panadero con desabrimiento.

- ¿Y quién lo dice?- respondió el juglar-. Todo varón es caballero y toda mujer es dama. Quien os diga lo contrario miente por en medio de la barba.

Así dijo, ganándose de inmediato la amistad de los varones de Foncebadón que se sintieron por primera vez considerados como algo más que unos simples destripaterrones. El juglar era astuto, sabía poner de su parte a los que podían haber sido una traba para sus planes. Ojalá hubiéramos sabido leer entre líneas en sus arteras frases. Pero allí nadie sabía leer, ni entre líneas ni de ninguna otra manera, salvo Noema, a la que llamábamos la Bruja.

Noema olió la maldad en el aliento del juglar, lo olfateó como una perra de caza. Pero Noema tenía mala fama en el pueblo. Todos decían de ella que era medio judía, no hija de cristianos viejos, como ella sostenía. El nombre que llevaba la delataba. Por eso no hicieron caso de sus palabras proféticas.

Bajo los pocos soportales de la plaza se encendieron hornillos y anafes, se asaron trozos de carne y se calentaron hogazas de pan y dulces castañas. La actuación del juglar fue una fiesta para todos. Él no prestaba demasiada atención a las doncellas, parecía encontrarse mejor entre los mancebos de su edad e incluso entre los que ya eran ancianos. Decía que se encaminaba a Santiago de Campo de Estrellas para cumplir un voto que consistía en renunciar a las mujeres y a los placeres carnales, que la Madre del Salvador era la única mujer a la que pensaba amar por siempre. Incluso llegó a decir que se proponía entrar en un convento de freires. Nosotros, pobres necios, lo creímos, pues nos cautivó su apostura y nos subyugó su mirada que nos pareció sincera, tan bellos eran sus ojos.

Cinco días permaneció entre nosotros el juglar, sin querer revelarnos su nombre y sin pedir nada más que un vaso de buen vino (aunque le dábamos mucho más) por cada actuación que realizaba en la plaza, a la que acudíamos todos, excepto la vieja Noema que se negaba a asistir y permanecía encerrada en su oscura casucha mascullando fórmulas de conjuro para ahuyentar el mal que había entrado en el poblado, según ella, encarnado en la seductora figura del juglar.

Las doncellas continuaban mirándolo con ojos tiernos a pesar de sus reiteradas proclamas de vocación a la castidad. Era tan gentil y galán con ellas, que lo idealizaron como el enamorado que sabían que jamás tendrían. Una vez que prosiguiera su camino, ellas habrían de contentarse con amadores rústicos que las tratarían sin refinamiento cortesano, como hacía ahora el juglar. Todas secretamente atesoraban sus palabras y sus gestos dentro de sus corazones. El recuerdo de la dulce doncellez era lo único que les quedaría cuando fueran en el futuro mujeres envejecidas y ajadas por los partos y los trabajos caseros. Probablemente fue este el motivo que llevó a las tres doncellas más galanas del pueblo a acudir a las citas secretas que les fue proponiendo por separado a cada una de ellas el juglar, en un lugar apartado. Una antes, otra después y otra más tarde, el mismo día. Una a una, creyéndose la preferida y por tanto la única, fueron acudiendo a la cita.

Al atardecer sus familias echaron en falta la presencia de María de la Encina, Mencía y Blanca. Pensaron inmediatamente en el juglar, ataron cabos y dieron la voz de alarma. Comprendíamos que él ya estaría muy lejos, pues se había despedido cuando despuntaba la aurora. A pesar de ello, todos salimos en su búsqueda

Bajo tres montones de hojarasca y ramas mezcladas con la nieve que de nuevo caía silenciosamente, encontramos los tres cuerpos sin vida de las doncellas. Los tres cadáveres tenían sobre el rostro una piedra plana con el pentáculo de Satanás pintado con sangre. Ninguna de ellas había sido violentada antes de morir. Hicimos la señal de la cruz, atemorizados por la presencia invisible del Señor del Mal, que nos había visitado en la figura del juglar.

Mengo el Panadero sacó su mula del establo y partió velozmente hacia Rabanal del Camino para pedir ayuda a los freires Templarios. Volvió con la noticia de que éstos habían enviado un grupo de sus caballeros en persecución del asesino.

Pasaron dos días sin que nada supiéramos de las pesquisas de los perseguidores. Al tercer día llegó al pueblo un freire cabalgando a lomos de un caballo percherón. Nos dijo que los caballeros habían perseguido al juglar por Molinaseca, Ponferrada y Cacabelos, pero no habían conseguido encontrarlo. Sin embargo, no cesaron en su persecución y, por fin, lograron descubrir su rastro cerca del río Cúa, y siguiéndolo, vinieron a dar con el huido. Los caballeros iban tras él invocando la ayuda de los tres Santos Arcángeles y del Apóstol Santiago. Una vez que lo hubieron capturado, le dieron muerte como merecía.

Hecha ya la justicia por la que parecían clamar las tres doncellas muertas, los caballeros determinaron llevar el cadáver del ajusticiado al cercano monasterio de Cariacedo, por si los monjes por caridad cristiana condescendían a decir una oración por su empecatada alma. Llamaron a la clausura, exponiendo al prior el caso.

Entraron el cadáver de aquel réprobo a la capilla, sobre unas angarillas que armaron con unos palos y un lienzo y que depositaron en las losas de piedra, frente al altar. No bien hubo tocado aquel bulto el sagrado suelo, la sombra de la cruz de Cristo, que presidía el altar cayó sobre el cuerpo sin vida. Entonces el cuerpo se deshizo transformándose en un humo negro y pestilente que salió por la debajo de la puerta.

Impresionados y llenos de temor, comprendimos que aquel juglar era un enviado del infierno. Nos había engañado a todos menos a la vieja Noema, que nos advirtió una y otra vez de su maldad, que solamente ella supo adivinar. Pero a Noema todos continúan mirándola con odio, pues la culpan de alegrarse de haber tenido razón en sus augurios.

Eso es todo.

Hoy se cumplen siete días desde aquella jornada aciaga en que llegó a nuestro pueblo el juglar.

Rosa Cáceres

martes, 31 de enero de 2012

Problema de base

La zozobra había llegado como lo hace una niebla repentina y densa que lo deja a uno desconcertado, desorientado, sin poder ver más allá del extremo de la propia nariz. Tenía la impresión de que el mundo hubiese cedido bajo sus pies y todo se le agitara, inseguro, amenazando con caer en una sima y perderse para siempre, sin previo aviso y sin tiempo para sujeciones ni planes de evacuación; súbitamente, se sintió desgraciado y vulnerable. Era la primera vez desde que conoció a Lorena; al menos, era la primera vez que lo asaltaban estas negras sensaciones estando físicamente junto a ella.

Sin querer, su existencia se le había dividido, de forma espontánea, en dos: antes y después de Lorena. Ciertamente, jamás había imaginado que tal cosa pudiese suceder, sencillamente porque no podía concebir que un tipo como él (incoloro, insípido, fofo, incluso sorprendente de tan vulgar, si esto es posible) pudiese conocer a alguien como Lorena más allá de una aséptica relación de cortesía (cimentada en saludos impersonales y frías sonrisas de ascensor); si alguien le hubiese anunciado que ella se encapricharía ni más ni menos que de su persona, encerrar a ese alguien en un centro psiquiátrico se hubiese convertido, probablemente, en su prioridad, por el bien de la seguridad ciudadana. Y, sin embargo, ese hipotético vaticinio que hubiese sido considerado un desafortunado golpe de ciego, carente de sentido, prácticamente por cualquiera, se convirtió en realidad, y él se vio inmerso en una relación que tenía todo el aspecto de ser el desvarío de un benévolo guionista de comedia romántica.

En la vida después de la llegada de Lorena, él había pasado a ser otra persona, infinitamente mejor que la de la vida anterior. Por poner sólo algunos ejemplos, se duchaba más, se masturbaba menos, las cosas molestas que poblaban su existencia cotidiana le resultaban más tolerables. Estaba determinado a comenzar a limitar las grasas saturadas de su dieta (en cualquier momento), y había dejado de ser virgen al hilo dental. Se había percatado de que la gente, personas individuales que antes le habrían dedicado un seco gruñido con trabajo, de repente incluso le sonreían levemente. Algo en él había cambiado: irradiaba felicidad. Y era una propiedad tan novedosa que le resultaba increíble estar manejándola con tanta pericia.

Sin embargo, siempre existe una contrapartida. El hombre de antes de Lorena jamás se habría confiado. El hombre de antes de Lorena era descreído, calculador, suspicaz y egoísta por necesidad. Pero ella se deshizo de aquella carcasa de un papirotazo: una sonrisa, una palabra amable, el tacto de sus dedos en el antebrazo, y él estaba desnudo, tembloroso y vulnerable como no recordaba haber estado nunca antes, y con una perpetua sonrisa bobalicona estampada en mitad de la cara. Una víctima perfecta para la zozobra. Lo más probable es que la muy perra sólo hubiese estado acechando su momento.

Maldijo el instante en que aceptó aquella idea absurda, en que accedió a escaparse con ella de fin de semana a la costa (él, que se chamuscaba con sólo ver el sol a través de la ventana, que sudaba como un cerdo por encima de los quince grados, que se moría del asco ante el tacto de la arena en la piel). Escupió mentalmente sobre el equipaje, la reserva del hotel, el mapa de carreteras. No tenía sentido; nada de aquello lo tenía, y de repente le parecía inconcebible que no le hubiese resultado obvio antes. Sin duda, debía de ser un truco, una mala pasada de algún antiguo enemigo o una broma pesada de algún reality de televisión con el que millones de telespectadores estarían desternillándose en la seguridad de sus hogares. Maldita enajenación temporal.


Los volvió a mirar disimuladamente, de soslayo, con desconfianza. Seguían allí. Descarados, frescos como lechugas en la tumbona. Horrendos. Sencillamente, no podían ser reales. Aquello no podía estar pasando. No encajaba, así de simple. Eso no podía ser parte del todo, de aquel todo precioso y delicado y elegante que se extendía al sol con gracia felina. ¿Qué demonios estaban haciendo ellos allí? ¿Por qué nadie le había advertido de que algo así podía ocurrir? ¿Habrían estado ahí todo el tiempo, desde el primer día, observándole, esperando la ocasión para descalzarse y sorprenderle con su apabullante monstruosidad? ¿Cómo podía ser posible que no hubiese reparado en aquello antes?

Con trabajo, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se concentró en continuar resollando, siempre sin perderlos de vista. La ansiedad le atenazaba, le robaba el aire. La tierra parecía a punto de abrirse bajo su tumbona y engullir todo lo que le había tocado en la lotería del destino unos meses atrás: aquél debía de ser el choque frontal con la realidad que en un principio había temido, casi intuido, esforzándose por mantenerse alerta. Y esta vez, Lorena no podría detener el proceso de autodestrucción que acababa de desatarse: era precisamente ella quien lo traía consigo; y lo seguiría haciendo por siempre, dondequiera que fuesen. Era cruelmente inevitable. Cada paso que ella diera sería un ominoso recordatorio de la abominación que coexistía allí mismo, al extremo inferior de sus hermosas piernas, en doloroso contraste.

Lorena abrió un ojo y lo miró con una totalmente ajena y traviesa malicia. Hey, le dijo, ¿Estás bien? Él la observó sin responder, cauteloso. Había que ser precavido, no olvidar que ellos, horroroso atentado a la estética, estaban al final de ella. Ella extendió su mano y le tocó la mejilla sudorosa con la punta de los dedos, unos dedos finos como de papel de seda. Él se estremeció, y una sonrisa bobalicona se le fue dibujando despacio en la cara. Al tiempo que él se giraba a observar su rostro y seguir sus manos, aquellos apéndices horripilantes del extremo de la tumbona se acercaron un poco a la frontera de su campo de visión y se desenfocaron ligeramente; y lo cierto es que así, borrosos y apartados, tampoco eran tan espeluznantes. El aire decidió retornar a la piscina del hotel. Después de todo, pensó, quizá había sobredimensionado el asunto; quizá se había dejado arrastrar por el pánico, que se había cebado al ver la rendija inesperada que se le ofrecía. Después de todo, quizá hubiese un hueco para aquellos miembros de desafortunada morfología en la vida después de Lorena, y quizá ésta pudiese continuar siendo igual de perfecta. Quizá aquel no fuera, pese a todo, un problema de base.



Rosa Lozano Durán

miércoles, 18 de enero de 2012

Defensa central

Ahí viene el delantero, dispuesto a marcar el gol. Yo, el defensa, debo evitarlo. Si no lo consigo se llevará los aplausos, y si lo consigo también. Porque es el mejor. Su equipo se está jugando ganar el campeonato, y lo haría de forma muy merecida, según los entendidos. Sólo les falta un punto, y nosotros ya hemos perdido la categoría y jugamos sin muchas ganas. Los peores de todo el torneo, en eso también están de acuerdo los entendidos. No sé qué hago aquí, viendo cómo se acerca ese jugador exquisito al que, hasta hoy, sólo había visto por televisión. Es una historia larga: los centrales titulares de mi equipo están lesionados, y uno de los suplentes ha decidido irse de vacaciones antes de hora. Esto ha provocado que el entrenador no haya tenido más remedio que sacarme a mí a defender este empate que no nos sirve para nada, ni siquiera para salvar el honor. ¿Qué honor? Jugadores, aficionados y periodistas nos dan por imposibles. Se limitan a decir que somos malos, que no parecemos ni profesionales. Nuestros seguidores hace tiempo que nos dieron la espalda. La verdad es que somos pobres técnicamente y agresivos en lo físico, casi violentos. Hemos lesionado a algún jugador rival y somos el equipo con más tarjetas rojas del campeonato. Yo mismo he sido expulsado dos veces, y este el tercer partido que juego, así que con esas credenciales recibo a un delantero hábil en el mejor momento de su carrera. ¿Cómo evitar su jugada maestra? La he visto muchas veces: un quiebro de cintura hacia la izquierda, la pelota hacia la derecha y el defensa, desconcertado, no sabe cómo reaccionar. Sé que hoy lo volverá a intentar, y me engañará como engañó a otros. Me llena el deseo de pararle y que alguien en la grada me aplauda, pero es más probable que llegue tarde al balón y que mi pie impacte con su pierna. ¿Y si además de evitar el gol lesiono al delantero? Nadie me lo perdonaría. Hasta mis propios compañeros, así somos, me preguntarían de qué voy, por qué he hecho eso. Durante unos días la prensa deportiva mostraría una instantánea del momento del choque: estrella mundial sufre una brutal entrada por parte de defensa incompetente. Sería una situación lamentable, una injusticia histórica. Y también mi única oportunidad de salir en portada. No quiero hacerle daño. El defensa visita el hospital donde ha sido operado el delantero. Arrepentimiento público. A través de mi nobleza como ser humano podría llamar la atención de algún club importante. Porque puedo no ser un gran futbolista, pero creo ser una buena persona. ¿No debería ser eso suficiente? Pero no lo es. Hace falta algo más, algo que tienen jugadores como el delantero, quien, por cierto, ya está aquí. Así que corro hacia él, me concentro en la pelota y me lanzo con las dos piernas por delante.

Aléx José

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pájaros negros en una antena para móviles de última generación


Hace unos meses instalaron una enorme antena para móviles de última generación en el edificio de enfrente. Supongo que ahora no existirá un lugar en el barrio donde no pueda conectarme con el mundo cuando yo quiera. Eso es fundamental en los tiempos actuales. Pero hay algo en esa antena, algo que me atrae y me arrastra a pegar la nariz a la ventana… Ambos edificios están separados por la Avenida Diputación, mi edificio tiene una planta más, yo vivo en el penúltimo piso y mi visión de la azotea es recta, como si estuviese mirando a alguien, de igual estatura, a los ojos.

Es la primera vez que veo una antena para móviles en una azotea funcional. Es una imagen extraña: ver la sobrecogedora estructura de la antena con sus brazos metálicos, gruesos en la base y afilados en los vértices, apuntando al cielo, como un arma cósmica, rodeada por sábanas de todos los tamaños y colores, ondulándose con el viento, entre calzoncillos y bragas, estampados, lisos, ridículos, jerséis, toallas…Es una imagen extraña: ver a una mujer de unos cincuenta años con su barreño amarillo recoger la ropa seca, mientras a su espalda está esa mazorca gigante de metal, como un androide custodiándola.

Andrea se marchó hace unos meses, ahora vivo solo.

Pero lo que realmente me cautiva de la antena para móviles de última generación son los pájaros que se posan en sus ramas artificiales. Son medianos como una paloma, pero más estilizados. Son negros y tienen el pico afilado. Parecen cuervos pero no son cuervos. Parecen grajos pero no son grajos. Tampoco son… No los he visto en ningún otro lugar. Aunque quizás solo busco lo dramático.

Aún no estoy muy seguro, pero juraría que los pájaros negros pasan la mayor parte del tiempo detenidos en las ramas de la antena. Casi no se mueven. Y diría, no a ciencia cierta, que apenas buscan comida; es como si se resistieran a volar, no quieren perder la posición privilegiada que han conquistado, o porque el frío húmedo de las ramas metálicas les recuerda a la aspereza de las ramas de los bosques de antaño. No estoy seguro. Lo único que sé es que la antena para móviles de última generación siempre está custodiada por un ejército de pájaros negros. Es su fortaleza. Es su iglesia y su mausoleo.

Es hermoso comprobar a través de la ventana de mi habitación cómo se desea tanto una cosa. Todos esos pájaros negros aferrados a algo que no es normal, algo que parece ilógico, antinatural. Parecen algarrobas erguidas. Por la noche imagino a los pájaros negros en la oscuridad de la Avenida mientras mantengo mi habitación con la luz apagada. Palpo el cristal frío de la ventana y miro la azotea. Cuando me levanto es lo primero que busco, pero a la hora que sea allí están todos los pájaros, como espinas, como frutos negros perennes.

Todos los días me propongo subir a la azotea del edificio de enfrente, pero siempre ocurre algo y lo impide. Mañana será otro día. Pero algún día subiré y me sentaré en el suelo para observar a los pájaros negros en la antena para móviles de última generación, de cerca. Estudiaré sus garras y sus ojos y sus plumas y las palpitaciones de su corazón. Tal vez decida quedarme en una rama junto a ellos. Sin comer, igual de quieto, igual de negro y seguro.

Igual de tranquilo.


Salvador Blanco Luque