I
La ciudad
Apenas sobrevienen unos copos
el operario detiene la máquina de hielo
y elegantes patinadoras aguijonean con destreza
el almidón de los banqueros y el vapor de las avenidas.
Un apuesto Corvette se desliza complacido entre las arterias,
miríadas de neones restallan sobre el nervio de sus faros,
y parpadea distante a un taxista hindú que conduce
a los ánades hacía las templadas aguas de Florida.
Recortada sobre el alféizar, una hermosa silueta tañe una guitarra,
encorvado, el hombre araña duerme sobre las marquesinas
y, tocado con sombrero de fieltro, un diminuto gangster
perfila sus bigotes en los colmados de Little Italy.
Amanece en el West Side, los surtidores emanan sin cesar.
En technicolor bandas de puertorriqueños ensayan tragedias griegas,
en escala de grises un judío aguarda embelesado la puesta
y repentino el día desborda las celestes lunas de Manhattan.
II
El poeta
Atracado en cubierta, junto a un moderno mercante,
un joven poeta recién barbado embebe el mar,
perfila su acróstico y anota compulsivamente un diario,
bajo la atenta mirada de una hermosa aristócrata de piel trigueña.
Aquel precede a un paisano suyo, delicada sombra,
llama al tiempo por su nombre y rememora su infancia,
aquellos ojos suyos atravesados por aristas cromadas
y el metálico aullido de las gárgolas del edificio Chrysler.
Su paso, descarnado y sórdido, lo recoge un cartógrafo,
exiliado de sí mismo conoce el aroma amargo
del rechazo y embate al destino con una certeza,
la ciudad del hombre no es menos desolada que su alma.
Y ahora sí, vagando entre ellos, como un boxeador sonado,
tanteo las calles con la guardia baja y el mentón herido,
danzando sobre la lona, el aliento providencial de un verso nuevo
congela la cuenta unos segundos antes de arrojar la toalla.
Toni Quero
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