Entre
las sombras dulcemente ardientes del claroscuro,
el
cuerpo de Leda, remoto y voluptuoso,
se
desliza de su androginia
al
primer oro de la eternal tarde
que
la consagra pura y acariciante.
La
carne es un misterio delicado.
Y
la penumbra, equívocamente doliente
en
la que, lánguido, se retuerce
el
cisne metamorfoseante,
vela
con su caricia la ubicación de los míticos cuerpos.
No
hay cuerpo abstracto,
y
la mano del creador se retira,
terminada
su obra.
De
este modo, ¿por qué cuestionar los colores de Eros
si
en su irisamiento carnal
se
desbroza de sí – ejecutándose – la pasión que atormenta?
Poema de la III
parte, “Itinerarios”, de Profano demiurgo
José
María Piñeiro
No hay comentarios:
Publicar un comentario