La lectura de la definitiva edición de Literatura española contemporánea, 1898-1950 (edición de Javier Pérez Bazo, con la colaboración de Carmen Valcárcel, Madrid, Editorial Verbum, 2001, 703pp.), del dianense Juan Chabás (1900-1954), me ha permitido conocer el aprecio que el escritor de Denia sentía por el poeta de Orihuela. La primera edición de este manual salió de las prensas de la editorial habanera Cultural en 1952 y ha sido reeditada en numerosas ocasiones en tierras cubanas. Por el contrario esta edición es la primera publicada en España.
Chabás, cuyo centenario se celebró en 2001 y del cual la Biblioteca Valenciana se comprometió a publicar su obra completa (sólo salió Italia fascista), era ferviente comunista y se encontraba presente en el homenaje tributado a Miguel Hernández en el Pabellón Municipal de La Habana el 20 de enero de 1943. En el folleto que se editó con ocasión de dicha celebración (resucitado en 2007), Chabás colaboró con el artículo “No quedará en la muerte” (pp.30-32) en el que realiza una descripción física de su paisano y desea que siga vivo en la lucha antifranquista.
En el magnífico rescate textual que Pérez Bazo, paisano también de Chabás, preparó en esta ocasión podemos advertir el reconocimiento literario y humano de Chabás hacia Miguel Hernández. Así, el crítico dedica las páginas 549-551 (y cuatro páginas más adelante) al poeta oriolano, incluyéndolo en el capítulo XXVII, “Cruce de influencias barrocas y superrealistas”, junto con Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel Atolaguirre y Juan José Domenchina, los cuales curiosamente escribieron trabajos sobre Hernández. Chabás asigna a Miguel más atención y páginas que a los citados poetas (pp.549-551). Incluso le dedica un apartado especial: “La poesía pastoril de Miguel Hernández” (pp.552-555).
En primer lugar Chabás afirma que el poeta oriolano nació en el seno de una “familia campesina, pobre y jornalera” (p.549). El virtuosismo técnico de los poetas coetáneos anteriormente mencionados influyó, según Chabás, en la querencia hernandiana por los artificios barrocos en particular y por la literatura del Siglo de Oro en general (asimismo, yo añadiría las amistades oriolanas y la rica herencia cultural de Orihuela). Este manantial con regusto clásico es revivido, nunca pastiche, verdaderamente en Miguel Hernández. La diferencia con esos poetas contemporáneos suyos, a juicio de Chabás, era “la aspereza o el brío de la pasión, la energía del sentimiento” (p.550). Chabás, por cierto, se equivoca cuando afirma en nota 10 (p.550) que Miguel Hernández “publica sus primeras poesías en un periódico local de Orihuela (1932), y colabora luego en la revista murciana [sic] El Gallo Crisis”. También yerra el crítico cuando sostiene que Sino sangriento fue editado en 1936 por Altolaguirre como volumen. Alaba “su valentía de hombre y su voz de poeta” cuando sobrevino la guerra civil. Al término de la contienda quedó “atrapado en uno de los campos de concentración de Alicante [...] le reconocieron algunos “compañeros” de oficio literario y fue encarcelado y condenado a muerte” (p.551). En esa misma página, Chabás afirma que una elevada autoridad eclesiástica logró su liberación pero posteriormente fue condenado a cadena perpetua, lo cual, como se sabe, no es cierto. Miguel Hernández, según Chabás, ha conseguido adquirir una voz vigorosa y épica, “ha llegado por instantes hasta la cima de nuestra poesía lírica de todo tiempo [....] está a la altura de la más alta poesía civil y épica de toda lengua” (p.551). Sobre esa poesía combativa Chabás emite unos juicios entusiastas, emotivos, nada profesorales: “¡Qué riqueza sonora del verso, qué poder creador de metáforas e imágenes, qué elocuente vuelo retórico siempre ceñido y nunca gárrulo, qué fragancia verbal, que encendida pasión humana, que nobleza de acento” (p.551)
En ese apartado, citado líneas arriba, sobre la poesía pastoril hernandiana (pp.552-555), Chabás reivindica la vitalidad y verdad de las églogas y de los pastores que pueblan su poesía y destaca la novedad del “sentido de la tierra como campo laborable” (p.553), tierra “estremecida hasta las entrañas por el hombre, plantado en ella como un fruto y un dolor al mismo tiempo”. Y la elegía dedicada a Ramón Sijé recibe el vaticinio de Chabás: “Una de las más hermosas poesías de Hernández, tanto que seguramente algún día será inevitable pieza de las antologías”. La presencia ineludible de la tierra en las metáforas del dolor impregna de hermosura la elegía por antonomasia Chabás recuerda que, en la poesía hernandiana escrita durante la guerra, motivos humildes, poco poéticos en apariencia, como el sudor consiguen ascender las cumbres más bellas del arte porque aquélla es genuina verdad, portavoz del pueblo y heredera de sus aspiraciones más íntimas. Ello explica según el crítico la “armonía total entre el acento épico, la ternura lírica que le brota del pecho y la asimilación personal y perfecta de lo más puro de nuestra poesía popular y tradicional” (p.555).
Chabás concluye su estudio más humano, poético y cercano que propiamente análisis, con unas consideraciones que valen su transcripción. “Es seguro que esta voz tan bien timbrada no morirá para la historia de nuestra poesía. Junto a la perenne grandeza de ser clamor entero de un pueblo tendrá siempre el mérito de su perfección formal, de unir al acento más nuevo el eco de nuestros grandes poetas clásicos, y de haber cantado a la tierra, y en ella, sobre la superficie laborable o en la entraña más honda de raíces y savias, la muerte el amor y la vida. Poesía con rumor de árbol y de sangre cortada en flor, pero ya sonora para siempre a pesar de su juventud interrumpida en la canción perenne de la lírica española. En ella figurará el nombre de Hernández a igual distancia de los de Garcilaso y Herrera y los de Alberti, Lorca o Neruda, siendo de todos diferente y hermano” (p.555)
En la última cita que realiza Chabás alusiva a Miguel Hernánde, afirma que su temprana muerte “le segó la voz, cada vez más hermosa y de mejor plenitud poética” (p.563).
En definitiva, una relación literaria entre paisanos basada en el compromiso con la verdad y con sus respectivas obras, que bebieron el mismo azul mediterráneo y apuraron las heces del zumo amargo de la derrota. Dos corazones que sufrieron persecución “sólo por amor”.
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