Vive
sola en una vieja casa del extrarradio.
Trabaja
duro en un hipermercado.
No
tiene amantes porque cree que todo cuerpo
es
un tirano salvaje.
Perdió
a su padre y a sus hermanos
el
día en que los bárbaros entraron en la ciudad
en
la que fue niña y soñó,
la
ciudad entregada a las fauces de la abominación,
la
ciudad de semblante borroso donde todo
está
como si nada hubiese sucedido.
No
ha renunciado a nada porque nada tiene
salvo
la vergüenza de los supervivientes
y
la necesidad de olvidar lo que todos han olvidado.
Ni
siquiera tiene palabras que puedan expresar
lo
que ocurre en su interior,
sólo
vocablos áridos, severos, hirientes,
como
el filo de su desamparo.
Ningún
manojo de palabras sirve
para
describir el naufragio
y
la condena de una conciencia malherida
que
ni siquiera sabe pedir venganza por los 8.000
hombres
y niños asesinados en aquella
ciudad
que ya no es la suya.
Aquello
pasó hace quince años,
la
ciudad donde fue niña está lejos, muy lejos;
pero
algunas mañanas, muchas mañanas,
cuando
se dirige al trabajo,
no
ve paredes sino paredones,
y
las casas son guaridas
y
los árboles patíbulos
y
los puentes abismos.
Pero
algunas noches, muchas noches, cuando trata
de dormir, oye
los
aullidos de las madres
y
el llanto de los niños
y
las súplicas de los padres
y
el motor de los camiones
y
las patadas en las puertas
y
las maldiciones
y
las amenazas y los libidinosos jadeos
y
siente garras en su piel y saliva en sus ojos.
Aún
es joven, muy joven y está exhausta en tierra extraña,
pero
seguir viviendo es su humilde desafío a la muerte.
José Luis Zerón Huguet
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