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miércoles 30 de noviembre de 2011

Vuelta al lugar donde se hicieron las preguntas (I)

¿Para qué queremos el arte?, se plantea el autor de este ensayo. Fijar lo excelente, salvar el tiempo, representar el ensueño y lo anticipatorio del hombre fueron,entre otros, los fines del gran arte.

Enlazando con el anterior dossier, dedicamos este artículo en homenaje al “romántico tardío” Bécquer. Nos proponemos presentar, en una primera entrega, las ideas estéticas de los teóricos del primer movimiento romántico, Friedrich Schlegel y Friedrich Schelling. Ambos compartieron socialmente un mismo nombre, vivieron un tiempo en la misma ciudad (Jena), enseñaron en esa misma Universidad, recibieron la enseñanza de Fichte, pero, sobre todo, amaron a la misma mujer.


La lectura de sus ideas creemos que es útil para entender la historia del arte y de la literatura de los siglos XIX y XX, en los que estuvo vigente y en constante crisis creativa y transformación la Modernidad, y nos puede ayudar a aclararnos sobre la cuestión del arte, que en la actualidad nos preocupa.


En la primera entrega de este estudio revisaremos el programa romántico de F. Schlegel y lo “inconsciente” del arte según Schelling. En una segunda, nos plantearemos la necesidad radical de pensar, desde hoy, el sentido del arte. Por fin, en una tercera entrega, el diálogo con los dos autores románticos se contrastará con la reflexión de Martín Heidegger, que ilumina como desde una luz futura muy remota el sentido del arte en la época técnica.


La Escuela de Jena introdujo en Alemania el llamado “romanticismo temprano”. Aquella Escuela estética arrancó del impulso teórico de Friedrich Schlegel y culminó en Schelling, agente de una verdadera revolución desde dentro del proyecto ilustrado que había creado el primer programa de Modernidad.


El absolutismo estético de Schelling lo llevó a propiciar una relación nueva del arte con la naturaleza, en la línea del Romanticismo, y más tarde, a situar el arte en la órbita del mito y la revelación. La llamada de Schelling a la naturaleza vital y orgánica, y finalmente, al genio, síntesis de arte y naturaleza, deja abiertas innumerables zonas de interés para la Modernidad – lo inconsciente en el arte, la implicación del arte con el mito, y la muerte del arte en el mito, y sobre todo, lo que a nosotros nos interesa más, el replanteamiento de la “esencia” del arte desde la historia y la sociedad.


Para seguir las ideas de Schelling, hemos de remontarnos al contexto de origen del romanticismo temprano. Éste surge en torno al año 1797 en Jena; en su configuraración son decisivas las ideas de Friedrich Schlegel sobre la poesía griega y, principalmente, sobre lo romántico como poesía progresiva universal; la obra Enciclopedia, de Novalis, y las Lecciones sobre arte y literatura dramática, de August W. Schlegel. En pintura, su máximo exponente es Caspar David Friedrich, autor del célebre cuadro “El monje frente al mar”.



FRIEDRICH SCHLEGEL, JENA, 1797


Las cartas de Friedrich Schlegel en la revista Athenäeum constituyen el primer programa del Romanticismo, la primera expresión de una “vanguardia “ moderna.


Las señas del programa romántico, tal como lo formuló F. Schlegel (lo subjetivo, el fragmento, lo interesante, la pérdida de homogeneidad del arte) las podemos entender mejor en una perspectiva histórica: entenderlas significa la necesidad de hacer una crítica de sus aportaciones desde nuestra actual situación, y valorar en qué medida son responsables, aquellas ideas, de la presente crisis del arte, o, por el contrario: en qué medida mantienen un impulso fértil que, momentáneamente sólo, se halla hoy parado y oscurecido.


Repasaremos las principales características del concepto de arte (incluido el arte literario) que trae el programa romántico, abriendo una era, construyendo una habitación en la que todavía nos encontramos: aun con estrecheces, para unos; sin paredes ni ventanas, para otros; o con los cimientos en el aire, sin fundamento ya, para los más radicales críticos de la Modernidad.


Partimos de la premisa de que en 2011 nos hallamos aún en el límite, o sea, fuera y dentro a la vez, de la llamada Modernidad, que fue fundamentamente romántica en el sentido que tanto Schelling como Friedrich Schlegel decidieron, en pugna con las ideas de un cierto clasicismo romántico, más sereno, menos “subjetivo”, de Kant y de Goethe; una Modernidad que se reinventó con Baudelaire y el Simbolismo -segunda o tercera Modernidad, y en el contexto de la ciudad moderna del siglo XIX y cuyas secuelas fueron las Vanguardias de principio del siglo XX.


No consideramos la “Posmodernidad” nada más que como el cansancio de un final de etapa, un período interesante pero donde aún no se daban los ingredientes ni la necesidad urgente, que puede despertar energía, de plantear las preguntas decisivas. No hubo en ese período efímero posmoderno, tanto en el arte como en la teoría de finales del siglo XX, una focalización hacia el futuro. De ahí que sus producciones no tuvieron una raíz viva, quedaron, muchas veces, en puro juego deconstructivo, y se agotaron al volver el empuje de las preguntas. La Postmodernidad no enterró la Modernidad; al contrario, hoy comprobamos que, tras el desvanecimiento de los gestos posmodernos, reaparece con más virulencia el debate con el fantasma de la Modernidad, tanto en política, en derechos humanos, en economía, como en arte.


CRITICA DEL PROGRAMA ESTÉTICO DE F. SCHLEGEL


1. El Romanticismo, y por tanto, la primera Modernidad, trae una medida nueva de valor en todo: lo subjetivo. La primera nota del programa de Friedrich Schlegel es, en efecto, el énfasis en lo subjetivo; entendido, ahora, como lo individual; y no como agente humano general de la subjetividad trascendental tal como la entendieran Kant y Fichte. Este es un cambio importante. Se produce una ruptura entre el sujeto o Yo trascendental (lo subjetivo de la Razón, válido para cualquier individuo) y el sujeto individual, fragmentado, copia del individualismo burgués que comienza a extenderse.


Se necesitará, más tarde, recomponer la síntesis del Individuo y la Humanidad, se necesitará ver lo individual también como una unidad orgánica, un microcosmos; y para ello Schelling apelará a lo orgánico de la naturaleza en busca de reestablecer la armonía entre el individuo y el todo (de las capacidades humanas, de la sociedad y del cosmos).

De este modo, se establecerá una dialéctica que tendrá largas consecuencias en la Modernidad; aun más evidentes cuando, en la línea de Schelling de lo insconciente natural - que continúa en Nietzsche y Freud-, se sobrepasa lo individual desde dentro, por así decir, del propio recinto del concreto individual: en consecuencia, el individuo, el único (que diría Stirner), el individualista burgués ya no puede ser un átomo, o mónada independiente; está superado por la fuerza irracional que domina su psiquismo, así como la obra de arte.


2. Lo segundo es la valoración del fragmento, en consonancia con el principio subjetivo de este estética. Este nuevo registro hace aflorar pronto una tensión que va a recorrer internamente la primera Modernidad romántica y dejará aún su impronta en el posromanticismo. En la estética moderna se manifestará la dialéctica entre lo fragmentario y la aspiración a la obra de arte orgánica, total (como en Wagner). En el fondo, se aspira, ya desde Schlegel, a que el fragmento sea un microcosmos donde se lea el todo en conexión necesaria. La propia escritura fragmentaria, aforística, de Nietzsche, es compatible con su admiración por la obra total.

Esta situación se mantiene hasta que a mediados del s.XIX, en París y en otras capitales donde avanzó la segunda Revolución Industrial, no se asuma la ruptura total del individuo, su aislamiento, y su nueva condición de flâneur, en un nuevo medio, la ciudad, a la que en el fondo le es tan indiferente, como lo es ella al artista, que sólo repara en lo anecdótico, en lo inesencial o inútil, en aquellos aspectos urbanos que le son afines, pero ahora asumidos como categorías estéticas. Pero eso ocurrirá con Baudelaire, con el comienzo de nuestra Modernidad. “La desesperanza fue el precio de esta sensibilidad, la primera en abordar la gran ciudad” (W. Benjamin, “Notas sobre los cuadros parisinos de Baudelaire”). En el maravilloso cuadro de Coubert, “L'atelier du peintre” (1855), vemos a Baudelaire leyendo, en la esquina derecha de la tela: se diría que ajeno a cuanto le rodea y, en realidad, inagurando el paradigma de la actitud intelectual crítica.


No sin cierta conciencia crítica, malestar en la cultura (Freud) y nostalgia del ideal y de la unidad perdida, esta modernidad, que se orienta plenamente en lo artificial, en la ciudad como foco, continúa hasta las primeras vanguardias que surgen en el primer tercio del siglo XX, inmediatamente antes y después de la Primera Guerra Mundial. Se ha podido leer la Primera Guerra Mundial (e incluso la segunda) desde el malestar inconsciente hacia la ciudad moderna (de las multitudes masificadas, deshumanizadas), desde un instinto civilizatorio tanático, de destrucción de las propias grandes urbes que la civilización moderna había creado y cantado. Esa contradicción está in nuce en el malestar del artista moderno y en su nueva posición ante la ciudad: de amor-odio.


Hemos pasado de Jena o Weimar y de su pequeño núcleo artístico, intelectual, a las grandes ciudades modernas, París, Berlín, Londres, Nueva York. Desde la perspectiva del tiempo, es como pasar de la pequeña polis de Atenas a los Estados modernos.

El romanticismo alemán partía, por tanto, en sus proyectos e inquietudes, de un marco que será pronto superado. Pero ese romanticismo nos dejará siempre una sospecha de crítica a lo moderno, una nostalgia idílica de una cultura más próxima a lo natural. El idilio es, precisamente, una de las salidas que propone Schlegel para la reconciliación del individuo.


3. El tercer aspecto de la primera estética moderna y del programa de F. Schlegel es lo característico, lo interesante, como categoría contrapuesta a lo bello. ¿De dónde surge esa nueva categoría? Ya Herder en 1784 toma conciencia de que los griegos, los clásicos, no pueden ser superados. Schiller estableció la distinción polar, en la poesía, entre lo ingenuo (antiguo) y lo sentimental (moderno);esa dualidad engendra, a partir de Schlegel, nuevas polaridades: lo antiguo y lo moderno, lo objetivo- subjetivo, lo instintivo-lo reflexivo, la totalidad y la fragmentación; lo clásico y lo romántico, y, en fin, lo bello y lo interesante.


Lo interesante está, evidentemente, relacionado con lo subjetivo, el primer aspecto estudiado. Ello genera un trasvase, en la estética romántica, de la estética ilustrada kantiana del gusto a la estética del genio. Importa estudiar esta nueva mitología del genio, casi glorificación del artista, expresión del inconsciente de la naturaleza, tanto antes de Schelling, como sobre todo en Schelling, y en su radicalización, en Nietzsche, también hasta donde llega con Baudelaire y el artista maudit de Verlaine. La estética del genio pasa, a grandes rasgos, por ser la nota más sobresaliente del arte moderno, de la era en que el Artista es presentado (y se autopresenta) como un dios. Pronto como un loco genial, como un enfermo social, como un marginado egregio, como una víctima, en fin, de la sociedad.


En esa dinámica se vacía y ridiculiza o caricatura la estética moderna, que acaba presentando al artista como un dios menor imbécil, idiota (un privado átomo antisocial) y por último, con una pose de imcomprendido, autovictimista, decadente.


Lo moderno, en el siglo XX, intentará recuperar la visión de la posición del artista como una persona normal (no un personaje): a veces, otorgándole una función nueva dentro de lo social (como en el realismo soviético), o, como en las vanguardias más burguesas, presentándose asociado con lo popular, con cierta crítica hacia el burgués que lo había alienado anteriormente, para que el que trabajaba o ante el que se sentía marginado y maudit. Ese descendimiento del genio a lo popular se observa en la anécdota que cuenta Pío Baroja sobre Ramón Gómez de la Serna, el gran vanguardista español -quizá, el único-, quien se acercaba al Rastro madrileño y recogía diálogos de los tipos populares; junto a los cuales él, el escritor, aparece siempre vestido de Ramón Gómez de la Serna, de artista.


Esta marca-frontera del dandismo, del traje, lo hereda aun el modernismo vanguardista de Baudelaire, y el mentor del arte por el arte, Oscar Wilde; en ellos, aún, el dandismo del atuendo y la pose es marca romántica antiburguesa; en el siglo xx es un resto de la conciencia de sí del artista, de su característica subjetividad.

Mientras que el gusto kantiano proponía un distancimiento del juicio estético respecto a lo individual, y suponía la participación de una comunidad de conocedores estéticos en unas notas sensibles comunes de la experiencia estética; en cambio, con los románticos campeará cada vez más la estética del genio, sujeto de una moral aristocrática y capaz, como un dios, de descubrir e imponer sus valores y su coloración subjetiva a la naturaleza y al arte, que como formas objetivadas, cosificadas de lo natural, están siempre por debajo de su capacidad genial, instintiva, natural, que le permite captar la verdadera naturaleza del mundo.


La estética kantiana, ilustrada y burguesa, propone una comunidad (bien que no democrática ni popular, sino de exquisitos); el romántico reacciona hacia lo individual del genio. Ello acarrea dinámicas muy interesantes para la modernidad; es responsable, en una gran medida, de la fetichización del arte, del alejamiento del arte respecto a la sociedad, y asumiendo en el genio, en el artista, toda la dimensión estética humana, de romper el proyecto ilustrado de educación humana a través de lo estético, que Schiller formuló magistralmente en sus Cartas sobre la educación estética.


La asociación del arte con la mercancía, en la época moderna, se producirá de modo irreversible: éste es un aspecto de la muerte del arte, para las vanguardias, que se suma a la conciencia de su vacío de contenidos y a su pertenencia a una época superada de expresión del espíritu (tema que arranca, de forma paradigmática, con Hegel y su reflexión sobre la muerte-superación del arte, y que aun continúa, en la supervivencia del arte de nuestros días, en relación con los medios técnicos nuevos de reproducción artística y con los actuales medios que incluso rompen o diluyen el concepto mismo de creación artística en un continuum de imagen casi siempre banal donde se resume la contaminación estética del mundo).


Si el arte tendía, desde su principio, a una representación de sí del hombre, desde la imaginación creadora (casi siempre con una función anticipatoria, en todo caso como protesta, testimonio contra la fugacidad y contingencia del mundo y del mundo humano: el arte fijaba el tiempo, el instante, lo significativo, lo salvaba), en cambio ahora, en el nuevo continuum de imagen, el arte se vacía en lo fugaz y pierde incluso su propio contenido, siempre superado por sus medios técnicos: ni siquiera lo anticipatorio le es propio en sí, pues, por más que quiera el arte actual, lo técnico, que pasa de ser medio a ser protagonista, va más de prisa: en suma, tanto la capacidad anticipatoria como el contenido funcional, que sin más remedio hemos de llamar idealizador del arte, se ponen en crisis en la época actual.


Incluso hoy observamos, con cierta sonrisa, el valor de las experiencias dadaístas, del arte del momento fugaz, de los happenings, que suponían una crítica, en su momento, al arte cosificado, al arte-mercancía. Desde la expresión la muerte del arte, abogaban en realidad por su conservación, así creemos que el dadaísmo tenía conciencia de lo que se perdía de la esencia del arte en la era mercantilista y sus provocaciones eran un toque de atención. Lo mismo en los futurismos, de Marinetti, en el creacionismo, de Vicente Huidobro, hasta en el surrelismo de Breton, se trataba de recuperar la visión anticipatoria, proponer o señalar un contenido hasta entonces no reparado (el mundo moderno, las máquinas, la velocidad, en el futurismo; lo insconciente, en el surrealismo).


Hoy, la anticipación del contenido está rebajada, sobrepasada, por la aceleración técnica, por la imagen neoartificial, y el engaste del arte en su medio técnico. En consonancia, por otro lado, se ha llegado a una crisis del órgano ideal del arte (incluso hasta el impresionismo, que captaba lo instantáneo, se lo propuso y tenía ese órgano de visión). ¿Por qué esa crisis del órgano? Porque el arte hoy no ve con su propio órgano, si no con el de la técnica. Vivimos en la ceguera del arte, en la noche del arte: es otra forma de muerte del arte.


4. El cuarto aspecto de la estética romántica es la pérdida de la homogeneidad (tanto en las partes que integran la obra como en el gusto del período). Tiene consecuencia para la creación de géneros híbridos que propugnan los románticos. Frente al estilo como orden estable de un época, priman las maneras individuales de los artistas (esto en relación con el aspecto antes estudiado: el gusto tiene que ver con el estilo, con un consenso racional estético de una comunidad de conocedores; la manera, con el genio, con lo individual como fuente aristocrática de valor). Hasta este extremo puso el Romanticismo el arte. En esta cuarta condición del arte moderno se sostiene aún su máximo interés, sobre el “talón de Aquiles”, sin embargo, del genio, capaz de crear como desde la nada una nueva manera. Adiós al arte tranquilo, pero adiós, también, a cierta idea más comunitaria del arte, en lo sucesivo echada vagamente en falta tanto para la supervivencia del propio arte como por los receptores de las genialidades.


¿QUÉ FUNCIÓN TIENE EL ARTE?


Comienza la carrera de los pluralismos formales, de la renovación incesante del arte, casi al compás de la aceleración tecnológica y el desfasamiento de cada nueva manera por otra moda o manera artística.


Platón señalaba ya, en Cratilo, esta característica de la técnica (techné-arte) humana, a la que domina su fin-función (que no es inmediatamente la utilidad, sino la idea) y que hace posible la separación de artes, bajo el criterio de su función: desde las más utilitarias (cuya idea se reduce a la representación de un utilidad óntico-óptica práctica, incluso en lo cotidiano, como es el cuchillo para cortar) hasta la idea-fin a que se dirigen otras técnicas que intentan satisfacer una necesidad de contenido más complejo dentro del psiquismo humano y la cultura: como es fijar lo excelente, salvar el tiempo, representar el ensueño y lo anticipatorio del hombre, en fin, el gran arte. Pues bien, decía Platón, que en todos los casos, desde lo más toscamente utilitario a lo que tiene un fin más “elevado y complejo”, en todas las técnicas, el principio de dirección es un eidos o idea que representa el fin, la función para la que queremos el arte.


Para qué queremos el arte, se plantearán ya los contemporáneos (para que la verdad no nos mate, dirá Nietzsche; como refugio y consuelo del dolor de existir, Schopenhauer. O para ejercer nuestras capacidades naturales estéticas, como juego (Schiller, juego en sentido formativo); o, según un gran sector de la estética vanguardista del siglo XX (que categoriza Ortega y Gasset en el concepto de deshumanización del arte), como juego lúdico, sin un plan de Bildung, pero que también tiene una función: desautomatización de la vida, desmecanización de lo vital, reinvidicación del humor. En todo siempre una función, el problema es cuál es en el mundo actual).


El arte es siempre representación (con contenido metafísico y anticipatorio), es una aspiración que se dota de un saber o pericia objetivadora, poiesis, de una competencia para rivalizar en naturalidad, ambición, profundidad metafísica y, en el fondo, anticipación cultural, con los mitos. El mito de Ícaro responde a la necesidad profunda humana de volar, que cuando no se puede realizar por el arte, se expresa en el mito. Igual que en los sueños.

Por otra parte, se entiende la obra, la realización técnica concreta, como un momento, siempre precario, superable de esa aspiración. El progreso artístico está inscrito en el origen de la techné occidental. Supuestamente, mientras que en otras culturas la relación entre el fin (idea-función) y necesidad práctica, que mediatiza la obra concreta, se acaba en ésta, no avanza; en cambio, en la cultura occidental está impreso, ab origine, ese progreso que es consecuencia de una insatisfacción respecto a la mediación de la obra respecto a la idea y la necesidad cultural, antropológica.


Estos son los grandes rasgos de la “esencia” del arte occidental, fundamentalmente metafísica, progresiva, humanizante, educadora: ninguno de los teóricos modernos renuncia, a pesar de sus distintas interpretaciones, a ese concepto elevado del arte.



SCHELLING, LO INCONSCIENTE, EL MITO


Curiosamente, como hemos dicho, los mitos cumplen de forma supuestamente más natural la función anticipatoria y expresiva del ensueño, que el arte cumple de forma artificial, pero objetivada (en una obra).

El deslizamiento de Schelling hacia la valoración del mito (de la revelación, de la religión), abre el camino a la valoración, por Freud, de lo insconciente, del sueño. Supone, en principio, un volver a reunir el arte con su verdad natural, pero por otro lado, contribuye al deslizamiento del arte a su fin, a su subordinación al mito. El momento de autoconsciencia del arte, de vocación objetivadora autoconsciente, tenderá a diluirse: hoy, en el embeleso pasivo del continuum de la imagen técnica.

En fin, tocamos aquí un regreso del círculo del arte, y cuestionamos su progreso técnico, de maneras artísticas, del que se toma conciencia en el romanticismo; que supone un asumir de algo original desde la esencia del arte (desde Platón lo hemos seguido, en relación con la idea y la función del arte), pero que deriva, quizá, hacia su propia consunción; como se manifiesta en nuestros días. El cambio se devora a sí mismo, y vuelve al seno indeferenciado del mito y del sueño, pero ahora, en este modo, con pérdida de lo alcanzado en la Modernidad: la autoconciencia reflexiva del arte.


Fulgencio Martínez

martes 29 de noviembre de 2011

Vida

siga ade lante dos

calles más un bule

var con tris tes árbo

les gire a la izquierda

feria de vanida

des y pla za sin fuen

te ni luz luego al po

co pare verá que

todo está vacío

y yermo pero no

se extrañe es ahí

por ahí se fue su

vida


Fernando Soriano Bensusan

lunes 28 de noviembre de 2011

El libro de los susurros, de Varujan Vosganian, éxito de crítica en España

Traducida al español por Joaquín Garrigós, se encuentra en las librerías una de las mejores novelas europeas contemporáneas. Escrita en rumano por Varujan Vosganian - poeta, político y escritor de origen armenio- la obra narra la epopeya de un pueblo que sobrevivió a los avatares del siglo XX. Cartea soaptelor es su título original en rumano (Libro de los susurros, en español).

Nos alegramos del éxito del libro entre la crítica española; por sus indudables méritos literarios, y por ser, también, un libro esperanzado, en estos tiempos de crisis: un ejemplo valiosísimo de cómo un pueblo ha mantenido sus propias señas de identidad sin recurrir al odio y al terror.Enlace

¿Podría escribirse en el futuro un libro así en Euskadi?


Como muestra de las críticas recibidas a la novela de Varujan Vosganian (que fue portada del número 20 de Ágora papeles de arte gramático, verano 2010), citamos parte de la publicada por “El País”, que podéis consultar en este ENLACE:

El libro de los susurros (Pre-Textos), de Varujan Vosganian (Traducción de Joaquín Garrigós). Me remito a un pasaje de la crítica, de María José Obiol, que dimos en Babelia (...) : "Varujan Vosganian, de origen armenio, era un niño cuando comenzó a escuchar historias.(...) En este libro estremecedor e imprescindible sabemos que los armenios se reconocen porque lloran a los mismos muertos, que algunos se reconcilian en la vejez y que las partidas de cartas son como nuevos tratados de Postdam. Ellos son quienes hablan de lo difícil que es morir donde uno ha nacido. Resulta fascinante la belleza de las historias, aunque encierren momentos y escenarios terribles. ¡Qué exquisita urdimbre tejida de placidez y desasosiego! Y el círculo que nunca se cierra de separaciones y reencuentros. Y desaparecidos. Narración con vocación memorística, homenaje a los protagonistas de las sucesivas diásporas. Documento conmovedor, novela que es Historia".

domingo 27 de noviembre de 2011

Hasta el 31 de diciembre hay de plazo para presentar libros de poesía publicados en 2011

Hasta el próximo 31 de diciembre de 2011 está abierto el plazo que autores y/ o editoriales nos envíen sus libros impresos, además de el pdf del mismo, quienes quieran participar en los I Premios literarios de la Revista Ágora papeles de arte gramático- Andrés Salom, en la categoría E de crítica al mejor libro de poesía del año.

Los ejemplares impresos deben enviarse a una de estas direcciones:

Ágora, papeles de arte gramático
c/ Río Chícamo, 10
30507 La Alcayna- Molina de Segura (Murcia)

Ágora, papeles de arte gramático
c/Santiago, 1. 1ª Esc. 4º F
30820 Alcantarilla (Murcia)

El pdf del libro se hará llegar a la dirección de correo electrónico de la revista Ágora: agora@emurcia.com, especificando en Asunto: Premios literarios Andrés Salón, Categoría E.

sábado 26 de noviembre de 2011

XXV Premio “Voces Nuevas” de Poesía (2012)


1º. Podrán concurrir al mismo poetisas de cualquier nacionalidad, inéditas en libro, que sean suscriptoras de la “Colección Torremozas” o de “La Divina Tula” antes del 28 de febrero de 2012, con poemas escritos en lengua castellana no premiados anteriormente en ningún otro concurso.


2º. Los poemas, con libertad de tema y forma, deberán ser inéditos en su totalidad. Cada concursante enviará diez poemas.


3º. Se presentará un solo ejemplar de cada uno, impresos por una sola cara.


4º. Los poemas presentados deberán ir firmados por sus autoras, haciendo constar su domicilio y teléfono y una breve reseña biográfica.


5º. El envío se hará llegar a Ediciones Torremozas, Apartado 19032, 28080 Madrid, España, indicando en el sobre “Para el Premio Voces Nuevas”. El plazo de admisión quedará cerrado el 28 de Febrero de 2012.


6º. Con los poemas seleccionados se publicará, bajo el título de “Voces Nuevas”, un volumen de la Colección Torremozas.


7º. El fallo se dará a conocer durante el mes de marzo y será inapelable.

8º. La presentación al Premio "Voces Nuevas" implica la total aceptación de sus bases, cuya interpretación, incluso la facultad de dejarlo desierto, quedará a juicio de la editorial.

Más información AQUÍ.

viernes 25 de noviembre de 2011

Cuando la leyenda permanece viva

Montse de Paz
El heredero del Clan
Espasa libros, 2011





Hace muchos, muchos años que tuve el sorprendente placer de conocer a Montse y de leer un primer borrador de aventuras que corrían por parajes semejantes a los que nos deleita en la presente novela. Nuestros ordenadores, como cóncavas naves surcando los procelosos y enigmáticos océanos del Internet, nos llevaron a un puerto común, y desde entonces he sido casi un escriba de sus éxitos literarios, de su inconfundible estela de éxito hasta llevarla al Premio Minotauro, pero, más aún que eso, he tenido el honor de ser uno de los receptores de sus novelas, de sus cuentos, de sus relatos, de sus aventuras literarias en revistas...

Tal vez por ello, cuando conocí a Harald, Randver y Egill- personajes principales de la novela que nos ocupa- supe que estaba ante una cultura conocida. Incluso la anciana y enigmática Birna me pareció una vieja amiga, aunque tal vez nunca antes la hubiese visto. Todos viven en Sunnskate, o en sus alrededores, pueblo de diferentes clanes, gobernado por Jorund, quien no puede evitar que aquellos conspiren para quitarle el poder, algo, por cierto, nada nuevo bajo el sol.


Harald, Randver y Egill son tres jóvenes llenos de sueños y de vida, pero su propia procedencia, a pesar de su gran amistad, hace que sus ilusiones sean diferentes. Randver aspira a ser el jefe de Sunnskate tras quien sustituya a Jorund, y su ambición parece desmedida. Egill sueña con encontrar nuevas posibilidades al otro lado del mar, y Harald parece, en principio, conformarse con ser el hombre de un clan donde sólo hay mujeres: su madre y sus hermanas... y poder formar un hogar cálido y amplio, restaurando su clan, junto a Inge, algo hasta cierto punto imposible por la enemistad de sus respectivas familias.

Sunnskate, está anclada en ancestrales tradiciones, y una de ellas fijaba que las astas de un ciervo macho eran un presente reservado para los jefes del pueblo. Por ello, la decisión que los tres jóvenes tomaron en aquella temprana cacería marcaría sus vidas futuras, aunque ellos, y sobre todo Harald, en aquel momento ni lo sospechaba.

Pocos días después, cuando el viento barría la cima sobre la boca del fiordo, los tres amigos tomaron otra decisión que marcaría definitivamente sus vidas: Randver les sacó la promesa de que le apoyarían para ser el el jefe de Sunnskate tras el que sucediera a Jorund.

Montse de Paz nos sorprenderá con una aventura que nos llevará, a lo largo de quinientas páginas, hacia mundos vírgenes, hacia paisajes interminables, donde la amistad, el amor, el odio, las envidias, la codicia, la traición, pero también la honestidad y la nobleza nos traerán ecos de las antiguas leyendas que aún viven entre las piedras y entre los árboles escandinavos.

Cuando hace un par de semanas cerré el libro no pude evitar sentir añoranza y, eso, para quien ya empieza a sentir que ha leído demasiado, es para agradecerle a la autora que le haya liberado del monetarista mundo real que nos está tocando vivir. Necesitamos héroes como los creados por Montse de Paz- que seguro tienen mucho de ella- capaces de desear algo y llegar a hacerlo realidad.




Francisco Javier Illán Vivas

jueves 24 de noviembre de 2011

Finalistas del Premio Andrés Salom en categoría de Ensayo

El jurado de los I premios Andrés Salom- Ágora papeles de arte gramático, ya han decidido los ensayos finalistas en la categoría D:


1. A propósito de Cuadernos. de José María Millares Sall. Por Coriolano González (Ágora 21).
2. Que no haya mensajes a la deriva. José María Piñero (Ágora 22).
3. María Wonenburger. Pilar Rego (Ágora 23).
4. El modo poético de habitar. de Rubén Muñoz Martínez (Ágora 23).
5. Cuento de hadas y des-encantos de sabios. Eduardo Segura Fernández (Ágora 24)


Las siguientes categorías las iremos publicando en sucesivos días.

Presentación de El verano que nos comimos la luna, de Marisa López Soria


Marisa López Soria presenta su libro más reciente, "El verano que nos comimos la luna", en el Centro Cultural Las Claras, de Murcia, el viernes 25 de noviembre, a partir de las 19,30 horas.

Estará acompañada por Antonio Albertus y por Moisés Yagües, autor de las ilustraciones de libro.

Finalistas del Premio Andrés Salom en categoría de Relato

El jurado de los I premios Andrés Salom- Ágora papeles de arte gramático, ya han decidido los relatos finalistas en la categoría C:



1. El árbol de Don Deogracias. Venancio Iglesias (Ágora 21).
2. Los relámpagos. Pepe Pereza (Ágora 22)
3. Pájaros negros en una antena para móviles de última generación. Salvador Blanco Luque (Ágora 24).



Las siguientes categorías las iremos publicando en sucesivos días.

miércoles 23 de noviembre de 2011

Finalistas del Premio Andrés Salom en categoría de Poesía


El jurado de los I premios Andrés Salom- Ágora papeles de arte gramático, ya han decidido los poemas finalistas en la categoría B:



1. Les Nimphéas. José Ángel Cilleruelo. (Ágora 21)
2. Templos de agua. Katy Parra. (Ágora 21)
3 Una noche en la ópera. Enrique Gracia Trinidad (Ágora 21)
4 Calle Caronte. Enrique Gracia Trinidad (Ágora 21)
5 Desde la cubierta. Juan Manuel Jurado Moreno (Ágora 21)
6 El salvador. Lefteris Poúlios, en traducción del griego de Bartolomé Fuentes (Ágora, 22).
7. Materia elemental. Vicente García Hernández. (Ágora 22)
8. Díptico de Nueva York. Toni Quero. (Ágora 22)
9. Ella, luz. José Luis Zerón Huguet (Ágora 22)
10. Retrato en sepia. Alberto Infante (Ágora 23)
11. No hay Godot en Beckett. Alberto Infante (Ágora 23)
12. Una música para septiembre. Eduardo López Pascual (Ágora 23)
13. Mi iglesia. Ana Patricia Moya. (Ágora 23)
14. Nana. Antonio García Soler. (Ágora 20)
15. Elijo ser. José Rivera Guadarrama (Ágora 25)



Las siguientes categorías las iremos publicando en sucesivos días.

XYZ

Inútil empujar un giro más

en busca de interiores;

alargar el dominio,

remover el círculo no cerrado;


éste es el espacio contenido;

sólo rueda hacia ti

el punto que limita la mirada.


Aítor Francos

martes 22 de noviembre de 2011

Soliloquio


Se gasta el agua de las ingles

atormentada en piedra

que se parte dulcísima en fragmentos


Nace un sonido libido en la atmosfera

que arranca el tuétano de la memoria

en prontitud de púrpura


El paisaje es danza de venado que aparea en soliloquio


Las moscas se entretienen en el aire –fugacidad de muerte-

en generosa vacilación de alas

con mieles esparcidas

por rotunda congregación de ritmos


El estallido busca la explanada para morirse en líquido


El rostro de los mil rostros que me ejercen

es una pausa brusca del instante

con poemas de júbilo en los labios


Marina Centeno

lunes 21 de noviembre de 2011

La neurosis de un Borges póstumo


Juan G. había tomado una decisión. Juntaba, desde unos meses atrás, algo de plata con el propósito de huir, en las vacaciones de primavera, a alguna playa del sur. Las aguas azules, el lomo del mar como recién lavado, le curarían, tal vez, de la culpa de no ser feliz.

En carne propia, lector, he conocido yo un estado semejante, que me resulta, a pesar de todo, tan difícil de describir. Es un estado de neurosis que me susurra cuando estoy imaginando a Juan una tarde cualquiera de otoño, entre los muebles fatigados de su estudio, suburbial, económico –a sólo una hora del centro… (“imaginando”, he escrito tramposamente, pero imaginar no quiero que imagines, lector; otro día vienes por aquí y te lo presento, a Juan G); ¿continuamos?... ¿no continuamos?... ¿Que por qué no quiero que imagines, ni imaginar yo a Juan? “Tiene gracia que un escritor…” ¿Por qué, por qué?

a) porque no quiero que tengas experiencias de segunda mano, ni escribo para llenar tu cabeza de otro porrón de imágenes - para eso están los que venden publicidad y libros como gorros de dormir.

b) porque me da la gana.

Y c) porque quien quiere ahorrarse encontrar por sí mismo ha de saber que para comprenderse y comprender a los otros hombres basta abrir la nariz, y el que no lleve la nariz centrada, que abandone el barco, no digo más.

Volviendo al caso de Juan: es indiferente suponerle una fisonomía concreta punto Juan no va por ahí con un espejo en la mano, para reconocerse internamente punto tampoco un pasado, ni un proyecto, si no es sobrevivir, alcanzar la ola cada vez más alta del presente, prueba olímpica en este tiempo-basura que nos reserva el papel de actores pasivos en la compañía mundial de los “artistas de Dionisos”: Dinero y Poder, Ambición, Codicia, Glo, Glo, Glo, Glotonería Globalidad y Trivialidad e Inconsciencia. ¿Pero quién no paga sus facturas a principios de mes? “¿Qué puedo pensar?, ¿Cómo quiero actuar?, ¿Qué debo, legítimamente, pagarles a ustedes?”. Conocer las variables respuestas que se da Juan a esas preguntas, sería necesario para imaginar a Juan como sujeto. Levantemos el trapo, con dos pares de cuernos. Porque a) vos, lector, sós cómplice; b) porque el tiempo del relato es una ficción y convenimos que ha muerto; c) porque no dirías: el tiempo del relato “era” una ficción, pues afirmarías lo contrario de donde partimos, y me llevaría infinito tiempo convencerte de por qué es así.

¡Por qué es así! Supones que yo deba satisfacer tu curiosidad gnoseológica…, espero que no supongas, también, que debo entretenerte…, si te he llamado “cómplice”, lo retiro.

(Rescribiendo) a) porque vos, lector, sós nada; b) porque el Juan real que vive y trabaja y sueña con unas vacaciones en el mar es el mismo Juan que vive y trabaja y sueña con unas vacaciones en el mar, siempre; c) porque puedes inventarte, si gustas, una aventura, y falsearlo: decir “era” pero “ahora es” o “está para ser”; y escribirle, tú -si gustas de esa micología completamente alucinante- un relato, con peripecia, interna incluso; con un tiempo, incluso, extendido entre el “era”, el “es ahora” y el “está para ser”, y, aún más -si gustas, digo- escribe tú, lector, la Babel.

Yo, la decisión firme de no alejarme nunca del Juan real.


Fulgencio Martínez

sábado 19 de noviembre de 2011

Presentado La suma y la resta, de Irene Jiménez


Pascual García y Lola López Mondejar presentaron "La suma y la resta", de Irene Jiménez, en el Museo Ramón Gaya de Murcia.

La imagen es de Carlos Trenor.

viernes 18 de noviembre de 2011

La nostalgia como memoria



Juan Luis Panero
La memoria y la muerte
Ediciones Vitruvio
Madrid, 2009






La memoria y la muerte es una antología de la poesía publicada por Juan Luis Panero hasta el 2009, en concreto incluye poemas de sus libros “A través del tiempo” (1968), “Los trucos de la muerte” (1975), “Desapariciones y fracasos” (1978), “Antes de que llegue la noche” (1985), “Galería de fantasmas” (1988), “Los viajes sin fin” (1993) y “Enigmas y despedidas” (1999), lo cual nos desvela que estamos ante un poeta que no publica mucho, y que servirá al lector para conocerle un poco más o, si así es el caso, descubrirle.

Echo en falta quien es el autor o autora de la antología, publicada dentro de la prestigiosa colección Baños del Carmen de Ediciones Vitruvio, tal vez para tener la “certidumbre de lo efímero”, en este vagón de muerte que es la vida, pues ya nos lo avisa el poeta “vivir es ver morir, envejecer es eso”, y la melancolía es un sello que marca la creación poética de Panero.

No es este libro una galería de fantasmas, sino más bien fotografías en palabras de su memoria, de los lugares en los que ha existido, de las personas a las que ha vivido, rodeada de melancolía, sí, aunque él, aunque nos lo diga, no “dialoga con la muerte”, por que “no son llantos ni pésames los que me llegan/ sino tus carcajadas, las risas de otro tiempo.”

Un tiempo siempre presente, bien como cárcel, bien como tachaduras en su agenda, “Una voz repite pensamientos de un muerto/ -pero, quién está vivo, quién muerto-, tenaz/ rasguea el lápiz sobre el mudo papel,/ en la noche sin fin, aún llegan las palabras.”

Juan Luis Panero es ya, para quien esto escribe, una voz imprescindible, un eco inolvidable, un canto a la vida, aunque sea con ecos de nostalgia.




Francisco Javier Illán Vivas

jueves 17 de noviembre de 2011

La tierra


I

Un dios bajo la tierra que cavaban,

sobre los árboles, en las albercas

sin agua, bajo el sol de agosto, exhaustos,

en las piedras, en los árboles mustios,

en el alma del camino que hacían

a pie cada mañana, con la azada

al hombro y la merienda

del hambre. Un dios en la fatiga diaria,

en la hoz con que segaban las mieses,

en la vara larga para la oliva

o para la almendra. Un dios sudoroso

bajo la tierra que ellos adoraban,

los hombres del crepúsculo y del alba,

montados en las mulas, engañados,

de regreso a la cena

y al dios de la familia.


II


Sembraban las patatas en los sueños

y eran altos los maizales, enhiestas

las espigas del trigo,

en su sazón las frutas y sin mancha,

y las vides daban vino en otoño.

Luego el trabajo arduo del aceite,

llenas las zafras del dios de diciembre,

como un milagro de sus manos duras.

Volvían fatigados cada noche,

montados en las mulas, soñolientos,

de regreso a la cena

y al dios de la familia.

Pascual García

miércoles 16 de noviembre de 2011

Dosis de valor

Una buena dosis de valor

al principio de este año errante

entre los años del destierro,

amenazante con sus meses

arrancados de la liturgia

de la nomenclatura pagana.


Quizás sobrevivamos, quizás

llevemos a término los días,

o quizás tampoco alcancemos

a trepar los últimos peldaños,

y quedemos a medio camino

entre el impulso de la voluntad

y los prerrequisitos del salto,

poblados de ojos venenosos

y cláusulas irreductibles.


Pero empezar, en fin, armarnos

de valor en el lecho conyugal,

y ejecutar el primer paso

burlando las orientaciones,

apretando en la mano derecha

el amuleto de los augures,

y con la izquierda bajar los párpados

y cruzar el túnel sollozando.


Quizás sobrevivamos, quizás

tengan piedad los dioses ceñudos,

y en el curso de los litigios

equivoquen los distractores

su oficio de malos designios,

de modo tal que en el aire
Enlace

quede la segur suspendida

sobre nuestras nobles cabezas,

y marchemos a paso lento

con nuestro destino humano

por entre lobos y mastines.


martes 15 de noviembre de 2011

Creación


La noche caía como un vuelo silencioso de miles de insectos negros y hambrientos. Él miraba al horizonte sin ver. Sintió por primera vez que su pasado ya no le pertenecía; acaso nosotros pertenecemos a él, razonaba incrédulo de todo. Y dedujo que el tiempo y la soledad eran una misma mentira descolorida por las lluvias de la memoria. Cerró la puerta de su antigua casa y caminó adentrándose en la Nada del bosque. Caminó eternamente con un paso lento y sin rumbo. Era como si el fin del mundo se abriese a cada uno de sus torpes e inseguros pasos. Intentó recordar qué había ocurrido una hora antes. Había esbozado un punto y final sobre la última página. Fue una especie de iluminación que daba sentido a todo.

Treinta años antes había sentido la llamada de la vida. Recordaba la mudanza a la casa del lago y el comienzo de la que sería su primera y última novela. Empezó como un remedio contra la melancolía. ¿Qué añoraba si nada existía? Pero a medida que iba escribiéndola se daba cuenta de que algo vivía en ella. En algún momento intuyó que era el principio de algo; algo que acabaría en el último atardecer de los días.

En el primer capítulo se agregó el comienzo del cosmos. Vio una masa informe de oscuridades que se iban forjando en galaxias y momentos primigenios. Escribió los primeros nombres de las cosas y dejó claro que eran cosas que no habían sido nombradas antes. Hizo algunos borradores hasta que erigió una forma de vida probable. Apareció la luz y pudo dormir esa noche, satisfecho de que el Universo estaba ahí. Tomó un vaso de leche, miró a través de la ventana y la soledad del mundo se reflejó en sus pupilas. Luego el sueño lo venció.

Cuando despertó a la mañana siguiente se engañó creyendo que acababa de llegar a la casa, de que el día anterior era el primero que escribía. Miró las miles de hojas esparcidas sobre su escritorio no sin sorpresa. Delataban horas de trabajo, horas que se escondían sin tiempo en su olvido. Fue entonces cuando advirtió que el tiempo se había creado sin ser él consciente. Se sentó y leyó algunas notas: una mujer pelirroja que nacía y se formaba junto a un manzano viejo y una serpiente oscura sin forma.

La piel blanca de la chica era como la nieve y recorría las páginas de forma infinita y extraña. Quiso besarla pero sólo eran papeles. Creyó estar loco pero reconocía la forma de su cuerpo desnudo y presintió en su oído una voz de vientos claros y frágiles. Ella estaba ahí de algún modo.

Los sonidos de papel siguieron toda la noche. Crujidos, rumores. Hasta el alba. Nadie existía; ni la memoria seguía un plan definido. Todo era… parecía ser lejano. Los sonidos abrumadores se fueron transformando en notas musicales. Primero escasas y sin sentido.

Luego abigarradas y acompasadas. Sonó primero un viento de trompeta y luego una gran orquesta dibujó la primera canción de la creación. Sonrió levemente y cayó en el sillón satisfecho y rendido.

La joven de pelo rojo y piel blanca envejecía y volvía rejuvenecer en cada página. Se multiplicaba en miles y miles de hembras; algunas muy parecidas pero siempre otras. Y fue en ese momento cuando su pluma sintió la soledad de ella. Y dibujó un ser semejante. Quizá algo más tosco y rudimentario pero bastante similar a la joven. Como un manantial que cayera desde la montaña juntaron sus cuerpos en la tibia noche sin estrellas y se precipitaron a ser un solo cuerpo. Se buscaban al alba como vientos sin lógica. Miró este último relato y le gustó. Así que pobló las siguiente páginas de cuerpos hermanos y afines. Continuaron entrelazándose como raíces profundas que flotasen en la nada. No podía vigilar sus páginas a cada momento. Dormía y al despertar se maravillaba y extrañaba de su propia novela. Ésta variaba incesantemente.

Tomó un descanso. Salió de la casa camino del bosque. Al pasar frente al espejo de la entrada no se percató de que éste sólo le devolvió una sombra borrosa.

Las oscuridades del bosque eran antiguas como él mismo. No tuvo miedo y quiso ir a la ciudad. Intentó atravesar el bosque pero la noche se cernía sobre él. Cuando por fin encontró un camino bastante largo que parecía seguro lo siguió sin titubear. Vio la ciudad que se levantaba frente a él como una muralla de espejos grisáceos y excéntricos. Llegó a la ciudad: estaba vacía. Las calles estaban desiertas y ni una luz delataba la presencia de vida humana. Comprendió y volvió a la cabaña. Vislumbró que el tiempo era distinto. Que su tiempo no correspondía al de los demás. No, no comprendió. Recordó. Sí, recordó. Buscó en su vetusta memoria de artesano y casi se vuelve loco al desentrañar el misterio que era su existencia. Llegó a la cabaña y continúo con su obra en silencio. Dibujo edificios a los bordes de las páginas donde los hombres y las mujeres se esparcían como líneas de un alfabeto enloquecido. A cada página ocurrían más cosas. Si en la página doscientos había una decena de hombres alrededor de un fuego, en la doscientos tres, miles de mujeres y hombres se apresuraban a escalar una montaña, amueblar una casa o a bañarse en una playa con nombre.

Recobró la memoria y visitó las primeras páginas. No eran las mismas que él había empezado. Sombras del bosque se habían colado de alguna manera en su obra. No pudo desecharlas. Cualquier intento de aniquilar parte de todo aquello podía acabar con la obra completa. Unas cuantas veces hizo la prueba con un borrador pero la tinta se esparcía retomando su forma y creando un huracán entre las páginas. Algunas hojas se perdieron. Aunque algún hombre haya existido en ellas no podrá ser recordado.


Peor fue aquella noche. Durmió profundamente y la dama de cabellera rojiza se le apareció. Existo, le dijo mirándolo a los ojos y sin mover los labios. Él, incluso en sueños, era consciente de lo irreal de esta mujer. Despertó sin poder olvidar su mirada triste y azul. Sintió lo que días antes había dibujado en su novela: un corazón, el amor triste de los hombres.

Después de desayunar el sentimiento de tristeza ya se le había pasado. Pero no el recuerdo de los ojos azules que él mismo había inventado. Todos estos pensamientos le embargaban cuando volvió a su escritorio. Contempló las páginas y adivinó que ya no necesitaba escribir más. La novela se escribía por sí misma. Cada día ocurría un día en la novela. Su tiempo se había igualado al de su obra. Todo coincidía. Sintió un dolor en el pecho y en el reflejo de una copa vio que sus cabellos eran tan blancos como el papel. Había envejecido. No podría calcular el tiempo que había necesitado para crear todo. Se sintió solo y decidió regresar a la ciudad. Se mezcló entre la gente, compró pan, bebió vino en una taberna y paseó junto a niños en el atardecer de un parque. Soñó por la noche que era humano y lo fue.

La última noche de su vida comprendió que toda su obra era un sueño. El viento, las ciudades, el olor de la madera seca, el miedo, la pintura fresca de algún lienzo, las caras de los niños que susurraban y los cauces de los ríos eran mentira. Las estrellas rojizas, las piedras, los suspiros, los gatos, los libros, la angustia y la tempestad eran sueños. Nada existía salvo en su imaginación. Entendió que él mismo era parte de su propio sueño. Intentó despertar pero fue en vano.


Pedro Pujante