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viernes 30 de septiembre de 2011

2011, año de la literatura rumana en España


2011 año de la literatura rumana en España

La revista Ágora ha prestado especial atención a la literatura rumana traducida al español, en especial, hemos dado a conocer la poesía. Nos felicitamos de la atención que está despertando en los lectores esta cada vez más reconocida tradición literaria centroeuropea en un idioma tan cercano al nuestro, como el rumano. Invitamos a todos los que puedan acercarse por los actos literarios que organiza en Madrid el Instituto Rumano de Cultura junto con el Instituto alemán Goethe.

Jueves, 29 de septiembre

19:00h, Goethe-Institut Madrid (C/ Zurbarán, 21)
Escritores de lengua alemana en el ámbito rumano
Invitados: Eginald Schlattner (escritor), Cecilia Dreymüller (crítico literario), Catrinel Pleşu (traductora, directora del Centro Nacional del Libro de Rumanía), Radu Gabrea (director de cine, autor de la película Guantes rojos).
- Presentación del libro
Guantes rojos (autor Eginald Schlattner, publicado en España en 2011 por la editorial Acantilado).
En alemán con traducción simultánea al español.
- Proyección de la película
Guantes rojos de Radu Gabrea, Rumanía/Alemania, 2010, 117´, basada en la novela con el mismo título. DVD, VO rumano y alemán con subtítulos en español.


Sábado, 1 de octubre

11:00h, ICR (C/ Marqués de Urquijo nº 47, 1º dcha)
Apertura de la librería temporal en la sede del ICR de Madrid.
Horario: del 1 al 7 de octubre, de 11:00h a 20:00h.
Librería temporal donde se pondrán a la venta libros en rumano (literatura, diccionarios, libros de cuentos, manuales, etc.) y en español (autores rumanos traducidos).


Lunes, 3 de octubre

19:00h, Biblioteca Nacional de España (Pº de Recoletos 20-22)
La saga de los Cantemiros. El siglo XVIII rumano
Invitado: Ştefan Lemny (historiador)
Conferencia impartida por el historiador Ştefan Lemny, dentro del ciclo
Tramas europeas: encuentro con autores europeos en la Biblioteca Nacional de España, organizado por la Biblioteca Nacional de España.
En francés, con traducción simultánea al español.


Martes, 4 de octubre

19:00h, IFEMA. Feria de Madrid
Inauguración oficial de LIBER y del stand de Rumanía.


Miércoles, 5 de octubre

♦ 10:00h - 19:00h, Pabellón 6 de IFEMA. Feria de Madrid, Stand de Rumanía
Encuentros entre los profesionales participantes.
20:00h, CaixaForum Madrid (Paseo del Prado, 36)
Dimitrie Cantemir «El Libro de la Ciencia de la Música» en diálogo con las tradiciones otomanas, rumanas, armenias y sefardíes
Intérpretes: Jordi Savall y el grupo Hespèrion XXI
Concierto celebrado con motivo de la presencia de Rumanía como país invitado de honor en la Feria Internacional del Libro LIBER 2011. Previa invitación.


Jueves, 6 de octubre

♦ 10:00h - 19:00h, Pabellón 6 de IFEMA. Feria de Madrid, Stand de Rumanía
Encuentros entre los profesionales participantes.
11:00h, IFEMA. Feria de Madrid, Sala S21, Planta (-2), Centro de Convenciones Sur
El mercado del libro en Rumanía: una incógnita con diversas variables
Invitados: Bogdan Stănescu (director editorial de la Editorial Polirom, Rumanía), Carlos Pardo (escritor, director de la librería "Antonio Machado", Madrid), Luminiţa Marcu (directora adjunta del Instituto Cultural Rumano, Madrid, moderadora del evento).
Mesa redonda sobre el mercado editorial rumano y la recepción de la literatura rumana en España.
12:30h, IFEMA. Feria de Madrid, Sala S21, Planta (-2), Centro de Convenciones Sur
Programas de subvenciones para la traducción literaria en diversos países de la Unión Europea
Presentación de los programas de subvenciones que ofrecen varios países europeos para traducciones literarias al español, organizada por EUNIC España (Institutos Nacionales de Cultura de la Unión Europea).

Encuentro informal con traductores de literatura rumana al español, ICR Madrid (C/ Marqués de Urquijo nº 47, 1º dcha)
19:00h, Círculo de Bellas Artes (C/ Alcalá 42)
Escritores rumanos para traducir
Invitados: Adriana Babeţi (escritora, ensayista), Adrian Oţoiu (escritor, ensayista), Cezar Paul-Bădescu (escritor, periodista) Simona Sora (crítico literario, moderadora del evento).
Mesa redonda y lecturas de fragmentos literarios.
En rumano con traducción simultánea al español.
ICR (C/ Marqués de Urquijo nº 47, 1º dcha)
Encuentro informal con traductores de literatura rumana al español, con los escritores invitados de Rumanía y con el equipo del ICR.


Viernes, 7 de octubre

♦ 10:00h - 19:00h, Pabellón 6 de IFEMA. Feria de Madrid, Stand de Rumanía
Encuentros entre los profesionales participantes.
19:00h, Círculo de Bellas Artes (C/ Alcalá 42)
Voces rumanas en español
Invitados: Ana Blandiana (escritora), Filip Florian (escritor), Dan Lungu (escritor), Simona Sora (crítico literario, moderadora del evento).
- Mesa redonda y lecturas de los libros de estos autores, libros traducidos al español y recientemente publicados en España.
En rumano con traducción simultánea al español.
- Entrega del Premio del concurso de ensayo "E. M. Cioran", organizado por el ICR, con motivo del centenario de E.M. Cioran (a cargo de Eugenia Popeangă Chelaru, presidenta del jurado del concurso).



Actividades permanentes desarrolladas en el marco de LIBER 2011:

♦ Exposición Historia del cómic rumano, Biblioteca Nacional de España, valla exterior, 26 de septiembre - 9 de octubre.

♦ Exposición
Historia en historias, ICR, 26 de septiembre - 9 de octubre. Horario de visita: de lunes a viernes, de 11:00h a 20:00h.

Librería temporal, ICR, del 1 al 7 de octubre. Horario de venta: de 11:00h a 20:00h.


jueves 29 de septiembre de 2011

Hablar en sueños, de Manuel Jorques Puig






Manuel Jorques Puig

Hablar en sueños
Lulu, 2011

Manuel Jorques Puig es un alicantino que se define como lector precoz y escritor tardío, y se nos presenta con un libro de trece relatos, escritos todos ellos en primera persona, una primera persona que en la mayoría de las veces tiene una vida rota, sin esperanza, que aspira únicamente a sobrevivir, a vivir un día más; personajes amargados, desolados, como destaca la contraportada.

Da título al libro el primero de los relatos, que fue publicado como adelanto en Ágora papeles de arte gramático. El personaje es un hombre que habla en sueños, motivo por el cual pierde a sus parejas tras la primera noche, pero que nunca conseguirá saber qué es lo que dice, ninguna de sus múltiples amantes tiene el valor de descubrirle qué dice cuando está dormido.

Zapatos es el título del siguiente relato, y allí nos cuenta sus impresiones un limpiabotas, quien sabe apreciar el dolor y la angustia, la prisa por subir a un tren o bajar de un autobús, mientras limpia los zapatos de sus clientes. Y descubre quién va de paso, quien se queda, y quien, como en el relato, vistiendo zapatos blancos puntiagudos, con adornos barrocos, representa un peligro para un vecino del pequeño pueblo donde trabaja.

Esos personajes rotos, marginados, amargados de la existencia que llevan, característicos de estos relatos, tienen un punto culminante en el relato titulado Fantasmas, donde el protagonista nos cuenta cómo un día la gente dejó de hablarle, más adelante dejaron de escucharle, posteriormente de verle, para encontrarse con que había comenzado a extinguirse.

Nos encontraremos con otros personajes que nos contarán que tienen el don de la inoportunidad; o que han hecho de su vida un solo objetivo: sentir miedo, por que para ellos el miedo es la entraña de la vida; ese futbolista que prometía tanto en las categorías inferiores de un equipo de postín, pero que la aparición de una exótica brasileña, Marcela, le abrirá unas puertas que nunca debió traspasar, para descubrir que el futuro ya no existe, que la vida es puro presente y todo lo demás son pajas mentales; o el amante de los libros cuyo libro preferido, el suyo, se le escabulló en un descuido para sumirse en la confusión de los anaqueles de una librería.







Francisco Javier Illán Vivas

miércoles 28 de septiembre de 2011

Recital poético de Rosa Campos en Las Torres de Cotillas


Recital de poesía en Las Torres de Cotillas, jueves 29 de septiembre, a partir de las 21 horas.

Casa de la cultura Pedro Serna. Organizado por la Asociación Literaria Las Torres, dentro de su programación Los jueves literarios.

martes 27 de septiembre de 2011

Joaquín Piqueras, entrevistado en La Verdad


Nuestro compañero Joaquín Piqueras fue entrevistado para La Verdad de Murcia hace unas fechas, entrevista que se publicó el pasado domingo, 25 de septiembre, en la sección A salto de mata. La entrevista la realizó Manuel Herrero.

Podéis leer la entrevista también en La Verdad digital, pinchando AQUÍ.


Según leemos en el blog de Joaquín- La página del desconcierto- , el texto de la entrevista contiene algunas "incongruencias" y "respuestas sacadas de contexto". Enlace

lunes 26 de septiembre de 2011

Relatos sobre París, de Sexto Continente, de Radio Exterior de España


Varios relatos de nuestros autores han sido seleccionados por Sexto Continente, de Radio Exterior de España, en su convocatoria de Relatos sobre París.

En concreto: Ascensor con París al fondo, de José Cantabella; Eliana, de Isabel Martínez Barquero; y En un hotel de París, de Francisco Javier Illán Vivas.

Ediciones Irreverentes publicará, en los próximos meses, una antología de relatos sobre París, donde estarán, casi con toda seguridad, los relatos citados.

Podéis leer todos los relatos seleccionados pinchando AQUÍ.

sábado 24 de septiembre de 2011

Manuel Moyano Ortega comenta La Maldición en La Verdad de Murcia


En el suplemento semanal de cultura, Ababol, del periódico La Verdad, de hoy sábado 24 de septiembre, el escritor Manuel Moyano Ortega- premio Tristana de novela fantástica- comenta La Maldición, la primera entrega de la saga La cólera de Nébulos, de nuestro director Francisco Javier Illán Vivas.

Destacamos estas líneas finales:

Una aventura trepidante que sitúa a Illán Vivas entre los autores de referencia del género.


La imagen de la portada del libro que aparece junto a la reseña es de la descatalogada edición que publicó Nausícaä E.E.

Esta es la portada actual de La Maldición, editada por Eldalíe Publicaciones, editorial hispano-mexicana.



viernes 23 de septiembre de 2011

IX Premio internacional Sexto Continente de relato histórico 1818-1954

Como homenaje a los 200 años de independencia de diversos países hispanoamericanos, en defensa de su integridad territorial, en apoyo de la unión de todos los países que tienen el español como lengua y como cultura, en apoyo a su independencia y soberanía frente a cualquier superpotencia que pretenda tutelarlos o absorberlos, el programa Sexto Continente y Ediciones Irreverentes convocan la novena edición de su premio de relatos, sobre "Relato Histórico: 1818-1954"

Podrán concurrir al premio aquellos relatos originales que traten de la historia de España, de cualquier país de Hispanoamérica y/o su relación con EEUU desde el momento en que el general norteamericano Andrés Jackson ocupó militarmente La Florida, siendo territorio español, hasta el golpe de Estado de Guatemala en 1954. Podrán tratarse de relatos sobre acontecimientos históricos, relatos biográficos o intrahistroria -en el sentido dado por Miguel de Unamuno al término-

.a) Relatos breves entre los 5.000 caracteres contando letras y espacios hasta los 9.000 caracteres.

b) Se valorarán especialmente los relatos contrarios a los valores comúnmente aceptados como "aceptables". No se censurará ninguna obra por sus ideas, sean del tipo que sean.

c) Serán relatos inéditos en España, escritos en español, independientemente de la nacionalidad del país del autor, libres de derechos de edición en España y de compromisos en otros premios.

d) Los autores participantes pondrán bajo el texto del relato: su nombre y apellido (o apellidos), ciudad y año de nacimiento, correo electrónico, país, y -si han publico previamente- un máximo de 3 títulos (Con ISBN).

e) Se establece un primer premio consistente en la publicación de las 3 obras ganadoras en el primer trimestre de 2012 en un volumen antología que recogerá a los autores ganadores junto a autores de primera línea en el ámbito de las letras hispanas. Cada autor seleccionado recibirá un lote de ejemplares del libro. Al ser un premio de carácter promocional sin fines comerciales ni lucrativos, no se pagarán derechos de autor. La compensación por la cesión del derecho de publicación para una única edición es los libros recibidos.

f) Cada autor podrá presentar una única obra en Word. La enviará a sextocontinenteree@gmail.com

g) El plazo de recepción de originales comienza el día 14 de septiembre y expira el día 1 de diciembre de 2011, a las 12h de la noche hora local de Madrid.

h) Ediciones Irreverentes formará un jurado compuesto por tres personas, que seleccionarán las obras ganadoras.

i) El fallo será anunciado en los Programa Sexto Continente y Edición Exclusiva de REE y a los medios de comunicación en un plazo no superior al 30 de diciembre.

j) La organización del concurso se reserva el derecho de entrar en conversaciones con autores cuyos relatos no sean ganadores pero se consideren con calidad suficiente como para ser publicados.

La participación en esta convocatoria implica la aceptación de sus bases y del fallo del Jurado.

Más información AQUÍ.

jueves 22 de septiembre de 2011

Memoria humana de Miguel Hernández


Andrés Sorel
Miguel Hernández, memoria humana
Ediciones Vitruvio, 2010

El libro del escritor Andrés Sorel me lleva a volver la cabeza a los años de juventud. Fue entonces cuando leí, por primera vez, la elegía de Miguel Hernández a la muerte de Ramón Sigé. Me conmovió en aquellos primeros años universitarios y me conmueve ahora. Creo que un sólo verso puede hacer a un poeta grande, por tanto Miguel Hernández tiene más que ganados la verdad y el bien de su poesía. Otros libros, y otros momentos, me llevaron a conocer sus versos y su vida. Una visita a la casa de la calle de Arriba y a su último lugar, un humilde nicho en Alicante, despertó más y más el interés por el autor. De ahí que el libro de Sorel sea, sobre todo, una aportación enriquecedora para los lectores que desean conocer esa “memoria humana” del poeta, en su caminar por este mundo durante sólo treinta y un años.

Ahora sabemos de las dificultades de Miguel Hernández por encontrar cauces a su poesía, que mucho tenían que ver con la falta de posibilidades materiales. Madrid fue su punto de mira. Neruda (Aleixandre sobre todo), José María Cossío y Juan Ramón, fueron quienes le apoyaron. Su relación con Lorca tuvo momentos de luz y sombras.

Miguel amaba la poesía, y se sintió solo en ese ir y venir de la gran ciudad al lugar provinciano, Orihuela, su pueblo natal, donde encontró un día su verdadero amor, Josefina Manresa, la muchacha humilde y hermosa. El autor de esta Memoria humana deja constancia de otras mujeres en la vida de Miguel: Maruja Mallo, María Zambrano, María Cegarra… Conocí a la última mencionada, una mujer integrada con su pueblo, que nos legó, entre otros libros, Cristales míos y Desvarío y fórmulas, relacionado con su trabajo como química en la floreciente etapa minera de La Unión. Mujeres bien distintas que confluyeron en la etapa de desasosiegos y cambios en el mundo hernandiano.

Sorel sigue los pasos de Miguel Hernández en toda su desnudez. Nos hace ver su evolución como persona, en cuanto a ideología y sentido de la justicia, sin olvidar los comienzos literarios en Orihuela, donde un grupo de jóvenes compartían sus inquietudes culturales, que en ocasiones apoyaron el impulso poético de Miguel. No deja de ser admirable que en un lugar tan cerrado y encerrado existieran aquellas tertulias, y se pusiera en pie una revista como El Gallo Crisis (edición facsímil, 1973). Llegaron a publicarse seis números. Miguel Hernández colaboró en cada uno de ellos. Su última aparición en la revista, con “El silbo de afirmación en la aldea”, marcó un cambio en la vida del poeta, tanto ideológico como de actitud personal. Dicho cambio le llevó a no identificarse con los versos mencionados, entre otras cosas.

Sorel, muy atinadamente, no pierde de vista al poeta, su evolución y logros, desde Perito en lunas hasta Cancionero y romancero de ausencias, mostrándonos esos movimientos en la persona y poesía de Miguel, que tienen como resultado el paso de una poesía épica, anterior a Cancionero, a una lírica personal, dada la terrible situación del poeta. Vida y obra en Miguel Hernández se interpretan, se representan. Algunos estudiosos dicen de la continuidad temática de Hernández; otros, del carácter autobiográfico de su poesía. No es para menos, y bien lo describe el autor del libro. El paso por diferentes cárceles españolas, el maltratado cuerpo de un muchacho que comienza la vida y sufre enfermedad. Finalmente la muerte. Desde el dolor, sus versos no cesaban (“Adiós hermanos, camaradas, amigos, / despedidme del sol y de los trigos”, fueron los últimos). Sorel lo acompaña en su andadura humana. En ocasiones, el lector tiene la sensación de que el autor de estas páginas ha padecido con él.

Andrés Sorel ha profundizado en la “base vivencial” del poeta, en ese hombre expresado en acto, como escribió Vicente Aleixandre. Dicha profundización nos ayuda a comprender la historia de una vida malograda, y la trayectoria de un poeta.

Dionisia García

miércoles 21 de septiembre de 2011

Debate: La poesía cívica, 2

SOBRE LA POESÍA CÍVICA

DIÁLOGO CON MAXIMILIANO HERNÁNDEZ MARCOS

Por Fulgencio Martínez

Querido Maximiliano:

Me han parecido muy lúcidos tu análisis y tus reflexiones en torno a Prueba de sabor. Sobre la correspondencia entre elegía y comedia en las dos partes del libro: haces ver cómo estos tonos complementarios se arraigan en dos actitudes existenciales, tanto como artísticas, que comparten la misma autoconciencia insatisfecha consigo y con el mundo.

Has escrito la mejor introducción que se pueda hacer a mi poesía (conectando los temas de este libro con los otros dos míos anteriores); y, asunto quizá de mayor importancia, has presentado, para un lector actual -y futuro-, la situación presente de la poesía, autoexigida de nuevo a mirar más allá de su ombligo.

Creo que nadie ha expuesto con más profundidad que tú el sentido de la “poesía cívica”: el luminoso comienzo de su tradición (que, como hace advertir tu magnífico análisis de las ideas de Schiller) permite una variedad de planteamientos y tonos - desde lo elegíaco a lo satírico, desde el tono crítico al constructivo -, que enlazas con el contenido de las dos partes del libro: Poesía cívica en modo de elegía, y Epílogo jocoso.

Me parece magistral tu análisis del “circulo” que supone esta poesía cívica en marcha; y sobre este punto, señalas muy bien la implicación, en mi caso -en el caso de mi poesía-, con mi propia evolución poética y personal. (Si hablo de “evolución” es siempre relativa a la “decisión” y al “objetivo” que uno se plantea; no a los logros).

Hay muchas cosas de las que dices que me han puesto a pensar. Hace unos días, después de leerme tranquilamente, en casa, por la tarde tu profundo texto, bueno, pues me despejé de madrugada y escribí unas notas rápidas en un cuaderno. Ahora te las transcribo, sin más:

“Gracias por tu texto, que me ha ayudado a ver más claro mi libro y la poesía que quiero hacer. Después de leerlo, como si estuvierámos en una tertulia (una de esas tertulias que reunían antaño a los poetas) me gustaría preguntarte, y preguntarme, dialogar, en fin, sobre dos cosas que refieres, que me piden entenderlas un poco más: 1, la poesía como pasatiempo; 2, la implicación de la poesía cívica y lo autobiográfico, en mi caso. Ambas cuestiones, aunque planteadas sobre este caso, pueden remitir a planteamientos más esenciales. También, sospecho que, al tratarlas, ha de surgir de fondo la propia cuestión de la poesía cívica, examinada tan bien por ti, y sobre la que yo me atengo al sentido de tus palabras, que comparto.

Empezamos por lo primero: En mi anterior libro “El cuerpo del día” hay una nota que yo mismo escribí para la contraportada: con ironía, lo definía como un “libro repleto de transgresiones, las páginas marchan hacia atrás, paran en la dedicatoria”. Ironía de señalar lo obvio (¿qué libro no marcha hacia atrás, conforme pasamos sus páginas? ). Pero que quería hacer un guiño a la “dedicatoria” (situada en el poema final del libro, titulado: “Dedicatoria a una horquilla del pelo”: “El ceñidor de tu pelo/ vale más que todos mis poemas” etc.

El primer poema del libro se titulaba “El valor del arte en libertad”. De este modo, se cerraba el círculo, con el planteamiento de un tema: de una forma supuestamente trascendental, en tono irónico crítico, en el primer poema; de forma irónica burlesca en el último, un poema supuestamente menor, de tono galante amatorio, aunque más “serio” que el primero, por incluir la autoironía.

Esta relativización irónica de la poesía (de mi poesía y del arte en general de nuestra época) es una constante que me descubro. Verás que relativizo no tanto sobre la poiesis o el arte como actividad, como sobre las obras, los poemas. Y no tanto como una “cautela” sobre el valor trascendente de mi obra o de cualquier obra (aunque obviamente, también se trata de eso) sino como una denuncia (no directa, sino distante, displicente, autoirónica, dicha en el mismo tono banal de lo críticado) de la fetichización y mercantilización, del valor-cosa y producto de mercado, a que se ha reducido el arte.

Pero esto nos atañe a nosotros, los que escribimos o creamos. Esto concierne a la función y sentido de la poesía hoy, a partir del reconocimiento de su no-lugar y su no-función en el mundo actual. Sólo asumiendo esta situación de forma dialéctica podemos entendernos a nosotros: o somos cómplices o disidentes. O nos da igual, y nos conformamos con lo que hay; o reconociendo lo que hay, no estamos conformes. Claro que estos dilemas se plantean a quien escribe por una necesidad personal, y surgen cuando uno necesita aclararse con las cosas en cuyo trato le va mucho de sí.

Este tema metaliterario puede ser un tema vital y asunto de muchos poemas. En mi caso, como en otros poetas, lo es; pero, además, casi siempre en una proyección social que envuelve lo personal. Así, cuando hablo de la poesía como pasatiempo, evidentemente hay varias connotaciones en eso: escepticismo, confesión personal, pero también sarcamo crítico y un poco de denuncia social, o mejor, un eco de disidencia. Contra la banalidad “trascendental” de la cultura-mercancía, contra los “pasatiempos” que a todos nos prepara la sociedad: espectáculos mediáticos, literatura de consumo, ocio programado, turismo alternativo o no, vicios “secretos” también de consumo, crucigramas (recuerdo mi poema, de los últimos de “El cuerpo del día”: “El poeta hoy es un tipo corriente...”); bueno, pues, mirad, incrédulos, hijos de la publicidad, resulta que ninguno de esos pasatiempos es el mío. Mi poesía es mi pasatiempo, en lo que perdemos el tiempo yo y algunos como yo, cuando otros lo ganan (o sea, lo pierden de otra manera).

Sobre lo segundo, la implicación de poesía cívica y autobiografía: has puesto, Maximiliano, el dedo en la llaga de la cuestión, no sólo en relación a mi caso, sino de una cuestión esencial, que mucho me importa. Verás: hay dos sentidos de esta relación, uno más general, el segundo más importante para la cuestión porque afecta a la poesía cívica en sí y al tiempo en que vivimos.

En primer lugar, creo, con toda mi alma, que toda poesía es autobiográfica. Pero dicho así, hay quienes lo malintepretan y devalúan la poesía “autobiográfica”. Por tanto, lo diré de otra forma, con una precisión pedante quizá: toda poesía es una psicografía, o sea, biografía interior.

Toda poesía es autobiográfica no tanto por lo que refiera de sucesos externos de una vida concreta, sino por ser una autobiografia del alma, del yo, de nuestra vida interior en su forma cambiante unas veces, otras permanente, de ser afectada por los asuntos de la vida. “Poeta es el que desnuda con lenguaje rítmico su alma”, dijo Unamuno. (Esta raíz última personal, no sólo es propia -me atrevería a decir- de la poesía lírica, lo es también de toda obra de creación auténtica. Hoy, hemos olvidado preguntar al artista o al escritor por qué, qué intención tiene en su obra, la cual, se supone, es una obra única, que rompe la seriación de la producción objetiva y añade un golpe de intención sobre algo, que el escritor quiere plantear porque tiene algo que decir respecto a algo que le afecta.)

Pero la cuestión es, en su fondo, cómo y por qué se funde poesía cívica y autobiografía.

Hay una respuesta, para mí, clara: en el momento en que se (me) hace evidente que, en esta época, sólo es posible escribir poesía cívica.

La poesía cívica no es sólo una propuesta de poética, ni es -como en mi caso; lo cual sería anécdotico, en el fondo- la constatación de una toma de conciencia y la consecuencia de una “decisión”. Es eso pero porque hoy la poesía, entrañada en su tiempo, sólo puede entenderse y ser en esa figura de la poesía cívica.

La poesía hoy tiene la figura de una “resistencia interior”. Por un lado - si lo vemos por el aspecto de la psicología del escritor -, es un asunto difícil mantener vivo el fuego, la tensión, la fuerza interior sin la cual no es posible que se produzca el encuentro (en apariencia fortuito e inexplicable) con lo que tenemos que decir, con aquello que sólo nosotros tenemos que decir, para que de ese modo pueda (digo, pueda) darse el resultado de un poema auténtico. Siempre, en toda época y en todo poeta, lo ha sido, sobre todo a medida que el poeta envejecía (¡cuántas veces Machado se reconoció que había perdido la “chispa”, la necesidad o fuerza de escribir...! Pero, afortunadamente, fue gran poeta hasta el final de sus días, el bueno y sobre todo lúcido don Antonio). Pero, hoy, hay mucho más peligro de que se adormezca o no crezca la fuerza interior en el poeta. ¿Y por qué? ¿Qué tiene nuestra época de especial? Cada uno de nosotros podemos ejemplificar o señalar muchos tipos de peligros que rodean al poeta en esta fase de la sociedad de masas, donde todo, hasta el tiempo personal, no “productivo”, está instrumentalizado por lo económico, y quizá el peligro peor - estaríamos de acuerdo -, el peor el enemigo del poeta es él mismo: que albelga en sí un quintacolumnista al servicio del invasor externo de su tiempo y energías.

Pues resulta que ese constatar, en nuestra época, la potencia de desgaste a que está sometida la vocación, la fuerza interior o disponibilidad y necesidad emotivas del poeta, coincide con una general desposesión de sí mismo del hombre.

La resistencia interior, en el poeta y en el hombre actual, es el signo de una actitud

de protesta mínima por la falta de acceso a la autenticidad, y una actitud de vigilancia ante la falsa plenitud en que se nos adormece.

Vigilancia no siempre operativa, quién puede tenerla todo el tiempo, sería psíquicamente destructivo. Personalmente, las fluctuaciones de encendido/apagado me producen un estado interior desazonador: es como ponerse un escudo transparente contra los “mensajes” del mundo, que han construido otros intereses distintos a los míos y a los que tengo que prestar todo mi interés. Empezar por no leer la prensa.... ni ver la tele... Hacerse un escudo antimediático. ¿Es posible? No. Entonces, abrirse -a la circunstancia, sin la cual (Ortega) no soy yo; pero de forma vigilante, con este pensamiento acediano, que abrevia por estética: “Yo soy mi circunstancia”.

Ese recorte también nos afecta, maestro.

Si todo lo exterior, tanto como lo interior, está mediatizado, quedaría un foco de resistencia, de denuncia de la falsa plenitud que nos aliena, pero, cuidado, seamos realistas,

¿esto es un huero deseo programático, o dice algo que agarrar?

Aquí surge, entonces, una característica, que tú señalas, Maximiliano, en la poesía cívica, y que tiene que ver con la esperanza. ¿Por qué van solidarias poesía cívica y esperanza? Yo eso lo vi con toda verdad, y con toda la envidia mía también, en Miguel Hernández. El poeta de verdad tiene el deber de dar esperanza. La poesía no es, si hablamos en serio de poesía, lo que nosotros queremos si no lo que ella quiere en su esencia, que no es Platón, es tiempo, historia humana.

La poesía está alicorta si no da esperanza: la crítica, la ironía, la... lo... todo eso sólo tiene valor si finalmente da coraje y esperanza al hombre, de cada época, para vivir y enfrentarse a los problemas de su tiempo y a los de la propia existencia finita.

Bien, ¿y qué ocurre cuando el poeta concreto no tiene esperanza alguna? O ¿está como yo dentro del invernadero de un pensamiento negativo o ha regresado y va al escepticismo? ¿Cuando hoy no creemos que la poesía sirva para nada, y efectamente no sirve para nada? La poesía parte de la batalla perdida con su presente. Curioso que esto lo diga quien cree en la poesía cívica.

Dialécticamente, hay aquí otro círculo. Nudo gordiano. Los extremos se tocan. ¿La poesía cívica no es lo mismo, entonces, que la poesía intimista (Bécquer): si su raíz está en la resistencia interior, y si, como en algunos momentos, parece atraída por el desengaño y la negatividad hacia el presente de la situación histórica?

En el siglo XIX Bécquer podía entenderse y refugiarse en su yo íntimo, porque ese yo aún no estaba afectado por la duda de sí (“El canto más personal es un montón de sombra que te han puesto ahí otros, en tu cabeza”, dice Acedo, un siglo después de su admirado Bécquer).

Era así y de forma auténtica, “inocente” sólo si lo juzgamos desde nuestra situación. Y por no ser una huida falsa, inauténtica, podía ser buena, genial incluso, la poesía intimista de Bécquer.

Hoy, no: sería una falsedad, y de ahí solo salen malos poemas, todo ese conjunto de poemas líricos inauténticos, que se escriben a capazos.

El yo personal, íntimo, ha sido invadido desde hace tiempo por el “yo narrado”, ese yo narrado que ha adoptado el formato general del mundo narrado, preconstruido, en que nos hacen vivir los lenguajes económicos. Nuestro presente, incluso, es un presente ya narrado, descrito en sus incertidumbres: no estaba desacertado en su vaticinio Orwell. Lo peor no es, hoy, saber que estamos dominados, que otros mandan y deciden por nosotros; tampoco el saber que nos manipulan y engañan (esto era lo que se daba antes y se sigue dando ahora); lo peor es que sospechamos, ya hoy, que el Poder, aun manteniéndose como tal, ha perdido la coherencia, la visión racional de sus fines, el sentido del argumento que impone, y que se (di)vierte en fabricar múltiples y descabalantes relatos, microrrelatos cada vez a más corto plazo.

Es mentira que el futuro, que también nos dicen que está narrado ya, lo tengan en sus manos.

La poesía cívica entiendo que ha de poner su foco en ese “futuro”, que es lo abierto, lo no narrado, un futuro exento también de la visión personal del futuro por parte del escribe, pues esa visión ya viene narrada, y en mi caso tiende a ser muy escéptica.

Casi siempre escribimos con el foco en el pasado, ahora toca poner el foco en ese futuro esencial del ser humano, y traerlo como cuña para introducirlo en los huecos que asoman en el discurso preconstruido, que nos diseña el futuro desde una única y cosificada visión del presente.

Termino recordando el realismo comunicativo que es la condición asumida, en la poesía cívica, del lugar del poeta en nuestros días. El poeta ha asumido su condición de un ser humano corriente, y desde ella habla. Cuando me refería antes a la dificultad de mantener la fuerza interior, la fuente del poetizar, en un mundo de cotidinianidad cada vez más secante, partía de ese lugar.

Claro que en otras épocas el poeta se “ayudaba”, para mantener su singularidad aparte, bajo la barrera de una condición casi divina, o marginada, bohemia. Todo eso es hoy ya falso, más que los billetes de cien pesetas.

Lo difícil, y lo que hemos de asumir, es que el escritor es un tipo que escribe en medio de todas las contradicciones y problemas de cualquier ser humano de su tiempo. No hay un “bios” del poeta, como tampoco del filósofo o del religioso. Los hubo. Soltería, independencia moral, hasta una dieta específica. Todo eso, repito, es hoy falso, además de imposible. Quien se crea que así puede ser poeta, filósofo, o lo que sea, se miente y se hace una falsa composición del tiempo.

Cómo, desde dentro de la misma situación histórica alienante de cualquier hombre de su época, el poeta se plantea su función irrenunciable, esa es la tarea que tenemos que realizar, y un principio de verdad del que partir al menos.

En ese principio de verdad, que no es una pose más, se cifra la posibilidad de que, de nuevo, la poesía se entienda a sí misma como comunicación. No porque el poeta, como antes, venga con un mensaje desde otra parte, para comunicarlo, y suponiendo que la comunicación era un derivado del proceso de la escritura y, además, dando por el hecho que el receptor estaba “a priori” obligado a prestarle atención. Sino porque la poesía se ha ganado el derecho a plantearse de nuevo como comunicación, como “otra forma de comunicación”, desde su misma esencia, proyectando su figura actual inmersa en el mundo y corriendo todos los peligros de la banalidad y la cosificación para rescatar algo que merezca la pena ser dicho y compartido”.

martes 20 de septiembre de 2011

Debate: La poesía cívica

En nuestra bitácora queremos fomentar el debate sobre la literatura necesaria en nuestro tiempo.

Comenzamos con un debate sobre la poesía cívica, publicando dos artículos que aparecerán consecutivamente: uno, de Maximiliano Hernández Marcos, poeta y profesor de Filosofía en la Universidad de Salamanca, quien ha prologado el nuevo libro de Fulgencio Martínez, y otro donde Fulgencio responde y valora los análisis de Maximiliano, como en tertulia amena de las de antes.

Invitamos a los lectores a enviarnos su opinión y participar en este y en los debates que quieran proponer.




POESÍA CÍVICA, ENTRE ELEGÍA Y COMEDIA.

A propósito del libro Prueba de sabor, de Fulgencio Martínez

Por Maximiliano Hernández Marcos

Universidad de Salamanca

Con este nuevo libro Fulgencio Martínez se afianza en su compromiso humano y literario con la poesía cívica que ha venido reivindicando y poniendo en práctica en sus dos entregas anteriores, León busca gacela (2009) y El cuerpo del día (2010). Su apuesta nace ciertamente del convencimiento personal acerca de la raíz y alcance morales del hacer poético, de esa exigencia –tan machadiana- de una palabra en el tiempo que hoy se presenta ante todos nosotros, viva y saludable, con la humildad concreta, también con la esperanza de ser “la palabra con que vencer el miedo”. Se trata por eso de una apuesta que no opera en el vacío del esnobismo estético o de la afirmación individual, sino que aspira más bien a hacerse eco de una necesidad de la época y, en este sentido, cuenta con una justificación histórica innegable. Hay en ello, sin duda, una “decisión” personal, pero no se toma al azar, por mero voluntarismo autista, sino con una clara voluntad de acogida, de salir al encuentro de una demanda colectiva en un mundo tan deshumanizado como el nuestro, en el que el “pánico” y el “silencio” cómplice impulsan por sí mismos el despertar de la voz poética como una cuestión de “emergencia social”. Esta poesía cívica surge, pues, de una firme conciencia realista, anclada en el presente histórico, pero no sirve a ningún esquema ideológico cerrado ni a disciplina alguna de partido; sólo pretende –el autor lo ha dicho en varios lugares- sembrar dudas sobre la presunta plenitud de lo que hay, arrancar de su letargo hedonista al hombre autocomplaciente de hoy y expresar un anhelo de justicia y de libertad que no halla mínima satisfacción en un tiempo tan extraño como el de este incipiente siglo –o in extremis, y como terapia propia, “escupir con ganas” lo que el alma humana ya no puede digerir de su entorno malsano. En este empeño la mirada poética se proyecta en un doble frente: ha de dar visibilidad al lado oscuro y oculto del optimismo reinante, denunciar su falsedad y su mentira, y a la vez ha de sugerir rutas alternativas y veraces para el ánimo, abrir señales de esperanza. Fulgencio lo ha condensado así en un verso lapidario: “poner y oponer mi voz a la realidad”.

Implicado en semejante esfuerzo reflexivo por aquilatar el sentido ético de la palabra, no puede sorprender que en Prueba de sabor, como en los libros precedentes de Fulgencio Martínez, abunden los poemas que son poéticas, en los que a modo de variaciones aproximativas se va trazando, con sus perfiles y perspectivas diversas, el amplio contorno de la poesía cívica. A idéntica finalidad parece responder la invocación frecuente de poetas señeros, bien conocidos por su compromiso ético en diversas formas (Pablo Neruda, Miguel Hernández, José Agustín Goytisolo, Ángel González...). Y como no podía ser de otra manera en un decir poético que quiere definirse en su relación con el tiempo histórico, una de esas perspectivas, recurrente en los tres libros, es la que mediante breves antipoéticas hace valer la orientación cívica de la escritura en el presente por contraste y en un ajuste de cuentas con el pasado más reciente de la poesía española. Fulgencio se dirige sin concesiones contra el esteticismo narcisista predominante en el “estético siglo veinte”, que de espaldas a la realidad ha construido desde la distancia de su ventana autista una falsa subjetividad a base de hacer siempre del yo “la mesa” de multiformes “operaciones del poema”: el “dulce estilo” de la palabra bella o de galardón, la poesía “iluminada” del texto autorreferente, del nombre puro o del ludismo verbal, el sentimentalismo victimista del dolor “interesante”, la banalidad adolescente de la actual poesía de consumo... Por evasión, silencio o indiferencia es cómplice de la monstruosidad de nuestro mundo y contribuye al adormecimiento general de las conciencias. El poema titulado “La poesía hoy quiere saltar la tapia”, de El cuerpo del día, presenta abiertamente, en un recuento esencial de los últimos cuarenta años, la urgencia histórica de franquear ese muro ególatra del esteticismo, irresponsable y enfermizo, ya tediosamente agotado, para volver a tomar el contacto con el mundo y comprometerse con un futuro mejor que el de nuestros días. Lo provocativo de este salto reside en que tanto allí como en Prueba de sabor la consigna del nuevo quehacer poético, como antaño, sigue siendo, con fructífera ironía, “no molestar” a los “hombres en flor” mediante el griterío del canto.

Ahora bien, en Fulgencio Martínez esta operación cultural de desmontaje y ruptura con nuestro pasado literario reciente discurre paralela – casi se identifica con ella- a su propia evolución personal en lo concerniente al concepto y práctica de la poesía, que él percibe ahora como un radical giro poético que cabe caracterizar de manera simple como el paso del canto juvenil al desencanto de la edad madura. Hay en Prueba de sabor dos poemas bastante indicativos de este modo de entender el cambio en la trayectoria de la poesía española del último medio siglo como un relato autobiográfico del propio poeta. Tanto en el titulado “Cuenta final” como en la última parte del que da título al libro, asistimos claramente a esta fusión del destino personal con el destino colectivo, cuya convergencia se cifra allí en el trabajo negativo de ir quitando el colorido auto-reflectante de las palabras (“descorre la pintura anterior...”) y a la par en el desafío laborioso de emprender un nuevo aprendizaje en el manejo del lenguaje:

“Se nos cayeron de las manos canciones

de juventud, y despacio

tuvimos que ir abriendo los labios de nuevo

sobre las letras y los sonidos de las palabras”.

Pues no es tarea baladí sino que requiere un meticuloso proceso de aprendizaje individual y colectivo, la de restituir o cargar a las palabras con el sentido vivo, con la voz genuina que le han robado, le roban de continuo “los dioses oscuros” de este mundo. A mi juicio, una de las claves de este libro, la que se esconde bajo su hermoso título, consiste precisamente en esta reclamación, inherente a la poesía cívica –como mostraré después-, de una nueva sensibilidad y una nueva forma de sabiduría, de un “sabor” y un gusto más afinados que constituyan al mismo tiempo un “saber” y un comprender más lúcidos e “intensos”, de los cuales el libro de Fulgencio quiere suministrar ya una “prueba”, esto es, un ensayo o intento y, simultáneamente, una muestra orientativa. A este círculo no puede escapar la poesía cívica: aspira a educar a hombres y ciudadanos, pero ella, a su vez, debe formarse a sí misma, resultar de un largo y perseverante proceso de afinación poética, a base de tentativas y errores, de variaciones y ejemplos.

Pero ¿qué nos ofrece de novedoso, en este aspecto, Prueba de sabor? Si el sentido general de la poesía cívica y su justificación histórica, tal como los acabamos de reconstruir a grandes rasgos, se hallan presentes ya en los dos libros que le precedieron, ¿qué es lo que justifica esta nueva entrega? ¿Qué aporta o descubre acerca de la poesía cívica? Fulgencio Martínez ha querido dejar nítida la novedad poética de Prueba de sabor en la estructura misma del libro, que consta de dos partes: “Los paseantes” y “Epílogo jocoso”. Con ello nos ha proporcionado una muestra de dos formas o variantes literarias de la poesía cívica: la elegía y la sátira cómica. O mejor: nos da a entender que la poesía cívica puede oscilar entre lo elegíaco (“poesía cívica en modo de elegía” reza el subtítulo de la primera parte) y lo cómico. De esta manera Fulgencio nos retrotrae hasta las raíces de la modernidad poética, tal como Friedrich Schiller –sin duda, un poeta cívico desde esta perspectiva- la caracterizara al asociarla con lo que llamó poesía sentimental y consignar como dos de sus desarrollos básicos la sátira (cómica o patética) y la elegía. Creo que el análisis teórico llevado a cabo a este respecto por el poeta y dramaturgo alemán en su célebre tratado Sobre poesía ingenua y sentimental (1795-96) es de gran ayuda para comprender cómo y por qué la elegía y la comedia pueden constituir dos formas de compromiso cívico de la poesía en nuestro tiempo, tal como parece desprenderse de Prueba de sabor.

Como es sabido, Schiller consideraba que en la época moderna la poesía –y la literatura en general- tenía la particular misión educativa de exponer, representar y hacer sentir a los hombres el ideal de humanidad íntegra que no se hallaba realizado en un mundo corrupto y desnaturalizado. El quehacer poético quedaba así marcado por la tensión continua entre el modelo moral y su desmentido histórico, entre el ideal y la realidad, de tal manera que los diferentes tipos de poesía sentimental se distinguían sólo por el modo como plasmaban literariamente aquella tensión. Así, si lo que se pretendía poner de manifiesto era la fealdad y repugnancia del mundo existente a los ojos del ideal, su distancia abismática de este, la poesía adoptaba la forma de la sátira, que en su variante cómica o jocosa presentaba además aquella fealdad del mundo en su aspecto ridículo e insustancial. En cambio, la poesía se tornaba elegíaca cuando representaba esa distancia radical bajo la figura del doloroso lamento por la pérdida y disolución continuas del ideal en la cruda realidad.

Si nos acercamos con estas categorías al libro de Fulgencio Martínez, podemos comprobar hasta qué punto resultan iluminadoras. La experiencia vital que enciende la llama poética en Prueba de sabor es la del hiato, lejanía o extrañeza extrema entre nuestra sociedad deshumanizada y deshumanizante y la idea de un mundo mejor, poblado por hombres más libres y más dignos. Algunos poemas significativos del libro así nos lo confirman. En el tercero del grupo titulado “Prueba de sabor” se deja claro que la afinación del gusto que exige la poesía cívica ha de surgir de una “pócima” en la que se mezcle la “impaciencia de lo sublime” vindicado con su “negación”. Se trata, pues, de cantar “lo negado” de la única manera en que es posible al poeta: acompañado siempre de la tristeza, pero de una tristeza que saca precisamente a relucir, que reivindica, como su reverso irrenunciable, la esperanza alentadora de lo sublime negado. De ahí que la parte elegíaca del libro se inicie, no por casualidad, con el hermoso poema “A un granado en invierno”, en cuyo recogimiento interior ante un entorno hostil, amenazante, para renacer, sin embargo, misteriosamente después, en primavera, vislumbra el poeta la imagen de “su propia melancolía”, a saber, la de su alejamiento doloroso y sereno de la inclemencia del mundo, pero también la de la luz que se “lleva en el hombro” como “la promesa” de renacimiento que necesitan los “pobres”, los “indigentes”, los hombres que pasean (véase el poema “Los paseantes”) por esta época como por un mundo en el que ya no pueden reconocerse ni reconocer nada. Esta extrañeza e indigencia del poeta ante una realidad tan alejada del ideal genera en él la sensación de un enclaustramiento interior del que no puede salir, a pesar de desearlo con ahínco, igual que ese “príncipe encerrado en su cámara” del poema así titulado, que fabula metafóricamente la tensión insoluble del poeta elegíaco. Hay, no obstante, otra metáfora, bien conocida en la tradición poética moderna (la española inclusive), que ilustra la misma experiencia en la poesía de Fulgencio: la del exilio.

“Cuando sientes nostalgia de ti mismo...

eres un doble exiliado –como yo” (El cuerpo del día).

En el poema “Los paseantes”, de Prueba de sabor, Fulgencio repite esta imagen del poeta elegíaco como “doble exiliado”. ¿Por qué doblemente exilado? ¿Cuál es ese doble exilio? En mi opinión, hay que interpretar esta duplicidad del destierro a la luz de la ya mencionada unidad inseparable, en Fulgencio Martínez, entre el yo y el nosotros, entre su historia personal y la historia colectiva, como no podía ser de otro modo en un poeta cívico. Quizás aquí resida uno de los aspectos originales de su tratamiento de la elegía como forma de poesía cívica: el exilio del poeta en la realidad social que le ha tocado vivir no es ajeno al exilio del hombre en la edad adulta que le aleja de la juventud ya perdida. Y ello porque los ideales humanos incumplidos en la sociedad actual no pueden ser del todo distintos de los sueños e ilusiones que el joven hizo suyos antaño, en su proceso de socialización dentro de un período histórico concreto y que, en este aspecto, hereda de generaciones anteriores. De ahí que también ahora, avanzados los años, la percepción del fracaso en las expectativas o de la irreversibilidad de aquellas experiencias plenas de la primera juventud vaya unida e incluso se afiance con el fiasco suscitado por un tiempo y un mundo que se ha vuelto más inhumano e insoportable de lo esperado. Es así como el poeta se siente exiliado de sí, del joven soñador, y a la vez exiliado de un mundo mejor; se siente roto en su trayectoria biográfica y, al mismo tiempo, escindido de la sociedad y de sus coetáneos, con los que no logra comunicarse ni entenderse, como tampoco lo consigue consigo mismo (véase esta ambivalencia, entre otros, en los poemas “El color blanco roto de los sueños”, “Las ciudades soñadas”, “Cementerio de palomas” o en el segundo poema de “Ante las tres puertas”). Tal es aquí la doble faz de la elegía, la unidad que anuda el doble rostro del lamento: el del hombre –el de cualquier hombre- que afronta las derrotas de la edad y el de este ciudadano concreto del siglo XXI que habita en una pólis global donde ya no hay “seres ingenuos”.

Pero detengámonos un poco en los dos polos estructurales de la elegía, el de la fealdad del mundo real y el del ideal anhelado, ya que hay en muchos poemas de Prueba de sabor suficientes elementos para identificarlos con cierta precisión. Empezando por aquel polo negativo, habría que preguntarse lo siguiente: ¿Qué razones tiene el poeta para percibir su tiempo –nuestro tiempo- como enteramente extraño, “sin lugar en lo humano”? El análisis que se nos ofrece de la sociedad del presente es tan realista como desolador, y el diagnóstico de mundo deshumanizado que en él se hace, se basa en una doble mirada: la que contempla la experiencia exterior, objetiva y reglada del entramado social, y la que penetra en la experiencia interior, subjetiva de los individuos y de sus relaciones entre sí. Lo que se desprende de ese diagnóstico es una contradicción que traspasa el espíritu humano de nuestra época, entre la condición realmente fantasmal de los hombres en el engranaje político y socioeconómico, en el mundo objetivo y público, y su percepción de individuos soberanos en la diversidad de sus relaciones sociales, en su mundo privado.

Fulgencio denuncia, en efecto, cómo una sociedad absorbida exclusivamente por el afán de poseer y consumir hasta el extremo de poner en peligro la supervivencia del planeta (véase, por ejemplo, esa elegía profética desde el futuro que es el poema “Oíd el rayo”) se ha convertido en una especie de casa sin dueño o de “barca” que “se balancea sin remero” y sin norte, a merced de poderes extraños y oscuros (v. “Mundo jardín”). Ahí no habitan ni pasan, en realidad, hombres libres sino espectros, cuerpos “en hábito y forma de fantasma”. Vivimos en una “oficina de sueños” –así reza el título de un elocuente poema-, no porque nuestro mundo de mercado total sea en sí –en el sentido de Calderón- un sueño, sino porque lo somos sus pobladores, seres inconsistentes, sin rostro, meramente “ortopédicos”, que se hallan además atrapados en él, como ese “hombre del apartamento 34” (en otro poema, lleno de ironía), que lleva, kafkianamente, una vida de plenitud claustrofóbica.

Esta falta de sujeto y de soberanía de los hombres con respecto a su vida en el mundo mercantilizado de hoy tiene su expresión más cotidiana en la experiencia del tiempo como prisa y aceleración, que –como Blumenberg ha mostrado- responde al desajuste creciente entre el tiempo del mundo (el del progreso social), voraz en la multiplicación tecnológica de sus demandas, y el tiempo de la vida (el del individuo biológico), breve y finito en su capacidad de respuesta. Prueba de sabor –donde hay también una meditación amplia sobre el tiempo, como cabe esperar de toda poesía elegíaca- se hace eco de la voracidad aniquiladora de aquel tiempo objetivo de la sociedad a través de su funesto rostro laboral, las “horas trabajo de cementerio”, que se presentan precisamente como la negación frustrante de la posibilidad de realizar “proyectos”, “viajes”, sueños humanos en el limitado tiempo biológico de cada individuo (“antes de ser libres nos dan la boleta” –dice un verso). Pues la presión asfixiante y multiforme del tiempo social del –así llamado- progreso sobre la finitud biológica de cada hombre lleva consigo nuestra característica falta de tiempo (tiempo de la vida) no ya sólo para otros oficios y menesteres del mundo objetivo, sino sobre todo para las cosas importantes: nuestra libertad, nuestros afectos, nuestros ideales... Jugando a este respecto con el cambio de sentido que desde estas dos diferentes perspectivas de la temporalidad adquieren las expresiones coloquiales “perder” y “ganar tiempo”, Fulgencio dedica un poema bellísimo, muy logrado “A las cosas para las que siempre nos falta tiempo”. Y puesto que la escasez de tiempo “en la gran ciudad” saca a relucir -de manera conflictiva en este caso- la inseparable conexión entre el individuo y la sociedad, el yo y el nosotros, es lógico que sirva también para evocar, por el lado autobiográfico que la elegía tiene ineludiblemente en Fulgencio, la realidad sombría de la edad adulta, en la que el tiempo de la vida se percibe cada vez más como vertiginoso descuento de posibilidades e ilusiones ante el acercamiento de la muerte, en contraste con la vivencia juvenil de la detención del tiempo, en la que “no tenían cabida los muertos” y nunca se pensaba “morir, ni envejecer”. Quizás sea en ese poema titulado “Las ciudades soñadas” donde mejor se plasme, en su indisoluble nexo, el doble desencanto y extrañeza de la realidad, cifrándose allí además en esa doble experiencia (y su conjunción) de la temporalidad (la del mundo objetivo y la del individuo biológico), con lo que retornamos de manera evidente a lo que ha sido siempre la entraña dolorosa de lo elegíaco: la fugacidad frustrante, aniquiladora del tiempo.

Frente a esta nulidad del hombre como sujeto de la historia social y personal que el poeta detecta –y denuncia- como la verdad velada y desoída del eufórico y “delicioso” presente mundano, se despliega en la autoconciencia y actitud práctica de los particulares ante su entorno y en las relaciones privadas con los demás seres humanos un contrapeso sublimatorio: la personalidad del individuo soberano, narcisista, cerrado sobre sí, forma peraltada de su propia “inmadurez”, de su vacío moral (“viajeros con los bolsillos rotos”). Fulgencio dedica bastantes versos y poemas en sus últimos libros a criticar este ensimismamiento provinciano y mezquino (contundente es, por ejemplo, el poema “Provincia”, de El cuerpo del día) que alimenta el consumismo, la “avaricia del capital” o la banalidad del éxito mediático, y su carácter patológico. En Prueba de sabor se subraya, como signo del adormecimiento e indiferencia egocéntricas, la incapacidad de escuchar a los otros o de oír la voz de la naturaleza, el afán de seguridades por miedo a afrontar la vida como aventura real, y sobre todo, la indolencia ante el sufrimiento ajeno y el victimismo, convertidos ya en “técnica de supervivencia”, con la que hacemos gala de nuestra soberanía a través del amor y el reconocimiento que los demás siempre nos deben por nuestra existencia miserable. El poema “Deber gustoso” pone de relieve este amor débito o debido como el “truco” inmaduro, inestable y enfermizo de la condición perpetua de “víctima”, y con ello nos recuerda hasta qué punto el derecho, como deber de los otros (no el amor, como donación personal), ha podido erigirse en la forma constitutiva –y única- de relación social entre individuos estúpidos, exclusivamente egoístas, ignorantes de que “ser hombre es construir / cada día una ventana a otro hombre” (El cuerpo del día).

Prueba de sabor sería, no obstante, sólo un libro de denuncia y crítica sociales si se limitase a desmontar el soporte oscuro e inhumano de nuestra época. Pero no es así. El primer plano de la fealdad del mundo se dibuja sobre el fondo del ideal humano que se anhela, y desde el cual aparece aquel únicamente como su negación, no como el destino fatal, irremediable ante el que cabe solamente la resignación y el silencio pasividad. El alcance educativo y cívico de la elegía reside en que, muy al contrario, no nos deja desamparados ante lo inevitable, sino que nos abre la luz de un horizonte alternativo precisamente a través del lamento por su ausencia (“Son las cosas / ausentes lo que llama a las palabras” – se lee en El cuerpo del día), poniendo en juego con el color negativo de la pérdida justamente los valores por los que hay que luchar en el presente. El poeta elegíaco no se cierra, en este aspecto, como una “perla” en la concha solitaria de su melancolía, consciente de la inutilidad y condena resignada de ese gesto; más bien extiende una invitación a la indignación moral y a la rebelión contra la “esclavitud silenciosa de nuestros días”. “No tengamos miedo de ser mejores” –nos exhorta el poeta-, porque el próximo siglo no “nos dará / la libertad / por la que no luchemos hoy”. Fulgencio convierte así la elegía en un arma cargada de futuro.

Pero ¿cuál es exactamente el ideal que el poeta convierte en arma de esperanza? En Prueba de sabor no hay un diseño programático preciso – no es esa la función de la poesía-, ni una invocación metafísica de la utopía o de lo absolutamente otro (véase el descreimiento al respecto en el poema “El otro”), sino un manojo disperso de rutas indicativas que apuntan hacia una humanidad más plena. Está presente, sin duda, la añoranza de la naturaleza física (el pájaro, el río, el granado...) como modelo de calma y sosiego frente al torbellino agotador del tiempo del progreso; también el recuerdo de la imaginería fabulosa de la infancia (“Las aves de fastuoso e interminable nombre, / los graciosos dragones que atendían por vocablos latinos...”) o la nostalgia de lugares y hechos concretos que colmaron con su familiaridad el alma (el zureo de las palomas en la plaza de la catedral de Murcia, las ciudades soñadas en la juventud, etc.). Sólo que estos motivos de evocación no parece que se reclamen tanto por sí mismos – un retorno fáctico es imposible, anacrónico- cuanto por los valores, sentimientos y experiencias con las que gracias a ellos se conformaron espíritus genuinamente humanos, actualmente en peligro de extinción. Pues en esta reivindicación de nuevos valores y el recuerdo de los ya conocidos (libertad, dignidad, solidaridad, escucha...), y, más en general, en la exigencia de una sensibilidad nueva o al menos distinta de la vigente í radica, a mi juicio, la propuesta moral de educación cívica que late en el corazón elegíaco del libro de Fulgencio Martínez. “Necesitamos” –escribe el poeta- “poner todo a escala y medida de nuevo / de nuestra desnudez”. Dar nuevas medidas a las cosas: he aquí la consigna para un ideal al alcance de todos, pues se trata únicamente de que “lo posible / siga siendo, sólo, posible”. Y entre esas medidas nuevas resaltan en Prueba de sabor las que suponen una inversión de los actuales valores de las cosas. Así, se propugna, por ejemplo, una dignificación del trabajo humano, en su valor de esfuerzo, en su sentido terrenal y en su carácter de genuino soporte de la historia frente al orgullo del sedentarismo “salvaje” y especulativo (véase el poema “Adoración de los pies del hombre que trabaja”); igualmente se pide, como “deber gustoso” en las relaciones humanas, sustituir el amor débito por el amor crédito, por el genuino amor, el amor a los demás, el que hace madurar al hombre mediante la donación y la entrega, el que lo colma con lo dionisíaco, lo fructífero y lo redentor de la vida. Esta es la “verdad sencilla”,

“la verdad solamente que pudiera

transformar el paso y cambiar nuestro interior

preguntándonos cuánto les debemos

y cuánto amor tenemos para darles”.

No se piense, sin embargo, que todos los poemas de la primera parte de Prueba de sabor responden al género elegíaco; la elegía marca allí ciertamente el sentido general de la palabra poética, pero no el estilo y el tono literario de cada uno de los poemas, aun cuando predominen los formalmente elegíacos. Como suele ser habitual en los libros de Fulgencio Martínez, también aquí comparece su polifonía estilística, de manera que podemos encontrar coexistiendo con el lamento nostálgico, o con independencia de él, la ironía, el sarcasmo, la burla, el humor y hasta el ingenio lúdico de una greguería erótica (el poema “Bajo la camisa”). Y todo ello con un lenguaje cercano al habla de la tribu, como corresponde a una poesía cívica, que se aparta de la mentira elitista del hermetismo estético y reclama “la vieja oralidad” para llegar al pueblo, al ciudadano y darle voz, pero también –cabría añadir- para disputar el dominio de la palabra hablada a los poderes mercantiles del mundo, poniéndola al servicio de otros valores, más humanos, convirtiéndola en el horizonte –educativo- de apertura a ellos.

Esta disputa por el lenguaje coloquial se torna más evidente –y es casi el tema principal- en la segunda parte, “Epílogo jocoso”, donde Fulgencio Martínez recurre a la risa para decir la verdad sobre un mundo ridículo, absurdo y delirante, que no merece más poética que la de la chifladura o la de un continuo “poema desaguisado”, incoherente, ácido y burlesco, digno de un Aristófanes, pero “cabreado”. Pues en este tratamiento cómico del “tiempo extraño” que nos ha tocado vivir, acaso no haya mejor forma de revelar literariamente su falsedad y lejanía con respecto al ideal humano que la de ejercer –reflexiva y fríamente- violencia sintáctica y semántica contra la palabra ordinaria, manchada por la retórica dominante, o apropiarse con ironía, sarcasmo o burla de los nuevos términos y acuñaciones de sentido (los del lenguaje publicitario, por ejemplo) para poner al descubierto su ropaje falaz y desactivarlos en su eficacia embaucadora. Fulgencio explora, en esa última parte del libro, estas diversas vías de manejo formal del lenguaje para dejar bien patente la finalidad cómica de los poemas que lo componen. Pero hay en este cierre jocoso también otro propósito, que se formula abiertamente en el meta-poético “Post-scriptum” final, y que pone de relieve la autoconciencia crítica, incluso el destino trágico de esta poesía cívica, la cual a pesar de su voluntad de aliento moral (o su aspiración de “palabra profética”) no abandona su sentido escéptico, su escarmentada experiencia del limitado poder de la palabra poética, su convicción de que a fin de cuentas escribir no es transformar el mundo, ni el poema una fuerza revolucionaria efectiva, sino un juego de sonidos verbales, un “pasatiempo”, una bagatela del espíritu, por más elevados que sean los fines que persiga. De esta manera desmitificadora y cautelosa Fulgencio trae a colación, como justificación residual –la última que queda-, la del valor humanamente cómico o risueño de toda poesía –también de la cívica-: divierte y entretiene tanto al que la lee como al que la escribe.

domingo 18 de septiembre de 2011

Árboles, de Rosa Campos Gómez

Cuando los olores, sabores y colores se mezclan en un único espacio para regalarnos unos higos maduros, donde los sentidos recogen la esencia de unas manzanillas, cuando los registros variopintos desvelan realidades que en su conjunto dibujan una canción, quien sabe, una nana, una copla, un fragmento de la primavera de Vivaldi, o quizás el río Segura a su paso por el Cañón de Almadenes. La verdad, debe tratarse de experiencias que el tiempo difumina y Rosa hace recordar a través de texturas pictóricas, pero que al mismo tiempo quedan perpetuadas en soportes de siempre (papel de estraza, cartón, papel de algodón, lienzo, cerámicas, etc.), donde el tiempo y el lugar se funden para dejar la huella de aquellos recuerdos que por la sencillez e intensidad que desprendieron algún día, siguen patentes en la ESENCIA. Porque, aunque suene a nostalgia, así es la vida, así es la naturaleza y así es Rosa Campos Gómez.

Con estas escasas líneas previas, he intentado traducir el ambiente que podemos respirar en “árboles”, un clima retórico en el cuál percibí un claro ejemplo de sinestesia, donde el modo de plasmar la pintura (arrastrándola magistralmente con la espátula, con sutiles pinceladas o con medidas veladuras) desprende ese carácter tan sencillo que durante tantos años ha mostrado Rosa. Desde una figuración inventada, nos ha sorprendido plasmando en dibujos, collages, acuarelas y óleos, aquellas pequeñas experiencias y recuerdos de su vida que suele contar.

Como persona sensible que sabe apreciar las pequeñas y grandes cosas, lo cual queda patente en sus obras pictóricas y literarias, desnuda el alma para hacer que sintamos esa niñez y esas sensaciones en la huerta entre Cieza y Calasparra…, y además lo hace con una dignidad técnica y conceptual propia de artistas que saben hacia donde quieren llegar, porque en realidad eso es a lo que siempre ha aspirado Rosa: a llegar al otro a través de su arte, de su creaciones, ya sea poesía o pintura.

José Victor Villalba Gómez, pintor.




En “Árboles”, Rosa Campos (Calasparra, 1958) reúne un catálogo de obras de distinto formato donde combina varios materiales y técnicas (óleo, collage, acuarela, pastel, carboncillo e incluso cerámica). Salta a la vista con solo leer el nombre de la exposición que lo hecho es un homenaje. Y una pista. Una primera señal que indica claramente que no son ella ni sus emociones plasmadas en trazos quienes buscan el reconocimiento al exponerse ante los visitantes. El conjunto dista de ser un número de líneas o rayas de colores colgadas de las paredes a modo del mejor revisionismo del pintor en un momento dado. Deja la autora asomar un primer tono de recriminación sosegada, el discreto toque de atención a la conciencia individual.

La segunda y más clara manifestación que sirve para averiguar que aquello que Rosa nos quiere transmitir, no se encuentra en el primer impacto del sentido de la vista, responde a lo ligeramente abocetado del conjunto. Se aleja, de un modo humilde y voluntario, de obsequiar solo con el detalle de la técnica para otorgar el total protagonismo al mensaje global de la exposición, al homenaje, a aquello que el visitante ha de descubrir. Mantiene la distancia justa para que el espectador no caiga en la trampa de analizar lo que para la autora aquí, como en el bosque, es superfluo y prescindible. Como cuando una hoja cae de un árbol. Es una trayectoria sencilla, sin adornos, de arriba abajo, el origen de la renovación, la muerte que da vida, si es que la dejan. La denuncia encubierta que Rosa hace con “Árboles” se aprecia en la hoja que cae de la rama, la planta que vive y cuida de tu casa, el higo que te adorna la cocina y que te alimenta, la moledora de café... que muele café y nada más que café. Un infinito venido a menos. Viviente. Anhelante de ser cuidado con hechos sencillos y naturales. Y que muere. Como la hoja que cae. El ciclo infinito de renovación que hacemos más penoso cada día con nuestros actos plagados de avaricia donde nosotros, los amos del mundo, los prisioneros del sentido de la vista, vemos solamente el camino trazado en la cuadrícula y no el que nos indica quien nos da la vida y de quien, claramente, dependemos. Como pone de manifiesto la obra que anuncia la exposición. Los caminos que ésta nos propone están claramente delimitados, y he ahí una de las claves de este primer cuadro: ¿qué hacer si no se transita por la vía natural y se quiere avanzar sin retroceder?, ¿qué nos llevamos por delante si nos obstinamos en seguir el itinerario equivocado? Una exposición que nos invita a una profunda reflexión.

Juan Antonio Piñera, escritor



Un pintor y un escritor, amigos de la autora, y de la asociación La Sierpe y el Laúd, nos comentan la exposición "Árboles", una experiencia que nos agradará repetir en el futuro con otras exposiciones de quienes llamamos "Nuestra gente", quienes forman parte de los autores y autoras que han escrito o han dibujado las portadas de Ágora, papeles de arte gramático.

sábado 17 de septiembre de 2011

Conversación con... Guillermo Carnero 5/5


CUATRO NOCHES ROMANAS (Barcelona, Tuquets, 2009)

FULGENCIO: La pregunta más incisiva que a mí me ha hecho un lector, es qué me dolía cuando escribí tal cosa... ¿Qué es lo que te dolía para escribir Cuatro noches romanas?

GUILLERMO CARNERO: En primer lugar, el hecho de que me estoy haciendo viejo y lo sé. Hacerse viejo es una desgracia desde todos los puntos de vista, pero sobre todo porque tengo recuerdos que me gustaría echar a un lado, pero no puedo. He estado en Roma muchas veces, pero este libro lo escribí tras la última de ellas, con la conciencia de estar en el último acto. Roma es una ciudad única, en la que la muerte está siempre presente.

FULGENCIO: ¿Por qué no Venecia?


GUILLERMO CARNERO: Venecia la he tratado en algunos poemas, pero no en un libro entero, y no sabría decirte por qué. Verano inglés es Londres, Fuente de Médicis (Madrid, Visor, 2006) es París, y Cuatro noches romanas es Roma. Si hay una ciudad para sentir la evidencia de la muerte, del paso del tiempo, de la destrucción, es Roma; no hay otra como ella. Hay ciudades más totalmente destruidas, pero Roma es un cadáver en parte vivo; encima de un residuo arqueológico romano o medieval hay un edificio del siglo XVI, y encima uno del XVIII y otro del XIX, y junto a él un McDonald´s, y al lado una turista con las tetas al aire, como decía Miguel Hernández; todo entre una plétora de belleza y montones de basura.

Esa acumulación de contrastes sólo la produce Roma, y yo no he sentido nunca en otra, tan agudamente, lo que es estar vivo y muerto a la vez. Hay ciudades que te dan la sensación de estar absolutamente muerto, como Lisboa; a lo mejor escribo mi próximo libro en Lisboa.

FRANCISCO J. ILLÁN: ¿Qué lugar es especial para ti en Roma?

GUILLERMO CARNERO: El Cementerio llamado “Inglés”. Es el lugar que más emoción me ha producido nunca. Es de los siglos XVIII y XIX, pero en él está la pirámide de Cayo Cestio, que es de época romana; desde él se ve la Puerta Ostiense, de tiempos de Diocleciano; y está la tumba de Keats, está la tumba de Shelley, está la tumba de un niño al que sostuvo Wordsworth sobre la pila bautismal, y tantas cosas más... Luego la tumba de un árabe, de un copto, de un ortodoxo griego. Lo llaman Cementerio Inglés, pero no es un cementerio luterano ni tampoco civil, sino Acatólico, es decir, reservado a los no católicos. (“Cementerio acatólico” es la Noche tercera de las Cuatro noches romanas). Y claro, la parte de la primera mitad del XIX es la verdaderamente sorprendente y emocionante, por esa razón que os contaba de la pirámide, la Muralla Aureliana y la tumba de Keats, todo junto.

FULGENCIO: Me gustaría que dijeras – ya que haces referencia al cementerio acatólico, y mirando un poco al tema metafísico – si en tu poesía dejas aflorar tu agnosticismo.

GUILLERMO CARNERO: Sí, pero eso es lo de menos. Porque es mi propia vida lo que ahí cuenta. Por ejemplo, Campo de' Fiori es hoy un lugar lleno de turistas, pero allí estaban las hogueras de la Inquisición. (“Campo de' Fiori” se titula la Noche primera del libro). Yo he sido tan feliz y tan desgraciado en Campo de' Fiori, que no he podido evitar el darme cuenta de que ese lugar está lleno de dolor; allí han muerto muchas personas, y nosotros paseamos con un helado en la mano, profanando un suelo consagrado por la muerte. “Campo de flores” es nombre paradójico para un lugar de tortura y dolor. Y el haberlo sido para mí puso en marcha mi imaginación. Otras veces ha faltado la historia y características del lugar, o el nombre, o mi experiencia personal. Esas son las cosas que te regala la vida, casi siempre para hacerte sufrir, pero también cuando te induce u obliga a escribir.

FULGENCIO: ¿Se podría decir que la poesía como lenguaje, como vivencia, tiene un sentido?


GUILLERMO CARNERO: Yo leo mi poesía y me reconozco, y aprendo sobre mí mismo; eso me parece importante. Y cuando pienso en lo que mi vida ha sido, me pregunto qué la justifica. Pues bien: creo que es eso. Y de todos los desastres y felicidades que yo he podido recibir, y del daño que he podido sufrir y causar a los demás, como en el caso del marabú, queda algo, con mayor o menor mérito. Si lo escrito por mí, cuando lo leo, me ilumina sobre mí mismo, igual me pasa con la obra de otros poetas; y alguien también puede conocerse a sí mismo leyéndome a mí, y con eso me basta. No creo que se pueda decir lo mismo de muchas actividades o vocaciones.

FRANCISCO J. ILLÁN: ¿Vuelves muy a menudo a tu poesía?

GUILLERMO CARNERO: Sí, de vez en cuando tengo la necesidad de leer algún trozo, algo que me llama.

FULGENCIO: Esa prueba es muy importante, hay gente que dice que no lee nada de lo que escribe, quizá porque ha perdido la conexión sentimental o existencial con su obra.

GUILLERMO CARNERO: Mi último libro lo he leído, y releído, muchas veces.

FRANCISCO J. ILLÁN: En esas relecturas, ¿cambiarías el texto de los poemas, como hacía Juan Ramón Jiménez, o los dejarías como están?

GUILLERMO CARNERO: No veo la necesidad de cambiar. Quizás alguna vez me digo: aquí podía haber sido más explícito, pero no lo fui por no molestar o herir a nadie, y lo dejo como está. No sé si para ediciones póstumas dejaré una nota para que se añadan versos que taché por ese motivo. Eso no quiere decir que crea que mis poemas son perfectos, ni mucho menos; Pero los leo y me reconozco.

FULGENCIO: Con la sabiduría de haberlo escrito y el paso del tiempo.

GUILLERMO CARNERO: E incluso me puedo poner, lo cual es también importante, en la piel del lector que no ha pasado por las experiencias por las que yo he pasado, y en cierto modo se enfrenta al libro desde cero. A ver qué transmite ese libro cuatro o cinco años después de que ocurrieran las cosas que me ocurrieron, a ver si sigue transmitiendo cosas. No lo leo ya por lo que el libro connota, sino por lo que denota. Eso lo permite el paso del tiempo, y cuando un libro mío me sigue satisfaciendo, tengo la sensación de no haberlo escrito en vano.

Ahora estoy volviendo a leer Espejo de gran niebla, y me es cada vez más evidente su carga simbólica, pues todo su campo semántico está basado en el agua: el río, la marea, el mar, las olas. Eso te certifica que has escrito con verdad, porque la coherencia simbólica no se puede fabricar, sobre todo sin haberlo pretendido. No lo parece, pero ese libro es el tra- sunto de un viaje en tren de Greenwich a Londres, un tren de cercanías que pasa sobre un puente que no tiene tablazón, de modo que parece volar sobre el agua, la ves. Fue un trayec- to que hice varias veces y en circunstancias muy distintas, y esa imagen se me quedó graba- da y se convirtió en obsesión, partiendo de que el viaje es un símbolo, como el tren y el mar.

FULGENCIO: Ahora entiendo lo que quieres decir con azar objetivo. A mí me pasó con un ancla, que la vi al amanecer, en un puerto, la reproducción de una gran ancla negra. Son símbolos que por alguna razón que desconocemos se graban en la mente.

GUILLERMO CARNERO: Por mucho que tú sepas que algo es un símbolo, si para ti no tiene resonancia emocional no lo será.

FULGENCIO: Si lo lees en un libro de simbología no te dice nada. Es esa asociación lo que te lo descubre.

GUILLERMO CARNERO: Tengo libros de Simbología y Antropología, pero he olvidado la mayoría de ellos. Yo estaba en cierto lugar y en ciertas circunstancias, y cierto día tomé cierto tren, y no otro. Eso no te lo da ningún libro.

FULGENCIO: Los símbolos vividos parece que atraviesan todas las fases de la vida. ¿Hay algún símbolo así para ti?

GUILLERMO CARNERO: Como acabo de decirte, el agua. Y me he dado cuenta que, en varios poemas míos, a lo largo de los años y sin que yo fuera consciente, aparece de vez en cuando la imagen de alguien que se ahoga y después vuelve a la superficie. El agua es el tiempo, símbolo fundamental del misterio y el peligro. Eso ha sido siempre un viaje por mar, cuando emprenderlo era tan azaroso que muchas personas desaparecían para siempre.

FULGENCIO: Los antiguos contaban sus años por los naufragios a que habían sobrevi-vido. Tal había sobrevivido a cinco, luego era mayor que otro que hubiera sobrevivido sólo a tres. San Pablo contaba, creo, siete naufragios antes de llegar a Roma.

GUILLERMO CARNERO: El motivo de las cantigas de amigo en que una mujer va a la orilla del mar, a preguntar a las olas dónde está su amado: “Miraba la mar/ la malcasada, miraba la mar/ como es ancha y larga”; “Olas del mar de Vigo, / si visteis a mi amigo”, etc. Muchas cosas tienen en sí mismas y en la tradición literaria y artística alcance simbólico, pero sólo he escrito sobre aquellas que lo tenían para mí, por razones de historia personal. El jardín, por ejemplo. El poema “Jardín inglés”, en El sueño de Escipión; “Me has quitado la paz de los jardines” en Verano Inglés, y hasta un libro entero, Fuente de Médicis. Hay momentos en tu vida en los que un jardín representa algo, como me pasó con el Jardín de Villa Aldobrandini (Noche segunda del libro Cuatro noches romanas). Un lugar abandonado y sucio, al que van drogatas y putas baratas; sin embargo, yo recibí la iluminación allí. Cuando se trazó la Via Nazionale, que sube desde Plaza Venecia hasta el Quirinal, desapareció casi todo el jardín; de él queda un rinconcito miserable, con escalones de ladrillo desgastados. Hay una iglesia preciosa al lado, Santa Ágata dei Goti, y muchos restaurantes hindúes (“indianos”, dicen en Roma), y esa fue mi suerte: me gusta mucho la comida hindú, y me aconsejaron que fuera a Vía dei Serpenti, y al entrar en ella desde el Foro me encontré con ese jardín, a la hora del atardecer. Yo sabía que era el Jardín Aldobrandini de Roma, no el de Frascati.


FULGENCIO: En tus poemas dotas de sentido y de cierta luminosidad esa realidad degradada y efímera. La poesía también tiene esa función.

GUILLERMO CARNERO: Roma es como ver simultáneamente a una mujer hermosísima a los dieciocho años, y decrépita a los noventa. Si conoces un poco la historia de sus monumentos te entran ganas de llorar. El Coliseo, despanzurrado para construir el Palacio Barberini y el Palacio Farnesio, como una cebolla a medio pelar, hasta que alguien tuvo la idea de decir que estaba santificado por la sangre de los mártires. Del Circo Máximo no queda nada más que un hueco cubierto de césped en el suelo. La tumba de Cecilia Metela, el teatro de Marcelo, son cosas que duelen. En el Arco de Tito había una barbería; el Pórtico de Octavia era una pescadería hasta tiempos de Lord Byron... Roma es eso, una ciudad única donde está la muerte siempre presente.



Texto Fulgencio Martínez,
fotografías
Francisco Javier Illán Vivas