No te marches sin pulsar sobre +1 en aquellos artículos, poemas, relatos, ensayos, reseñas, que te hayan gustado.

jueves 30 de junio de 2011

Nuestras portadas y sumarios de las revistas impresas

Aquí están nuestras revistas impresas:

Ágora 20-23 AGOTADA la 1ª edición. DISPONIBLE la 2ª edición.

Ágora 16-17 AGOTADA




Ágora 16-17 DISPONIBLE






Ágora
15 AGOTADA




Ágora
14 DISPONIBLE





Ágora
13 AGOTADA




Ágora
12 AGOTADA




Ágora
11 AGOTADA



Ágora
10 DISPONIBLE


Ágora
9 DISPONIBLE



Ágora
8 DISPONIBLE


Ágora
7 AGOTADA


Ágora
6 AGOTADA


Ágora
5 AGOTADA




Ágora
4 DISPONIBLE






Ágora
2 AGOTADA


Ágora 1 AGOTADA


Redención (ΛΥΤΡΩΣΗ)

ΛΥΤΡΩΣΗ

(REDENCIÓN)


Από μέρα σε μέρα

μέσα στον αέρα του κόσμου

βαρύς από όνειρα σε περιμένω.

Στάχτες μετά το φως

νεκρές θάλασσες

σιωπηλά βουνά

πόνος ανέκφραστος.

Η χαρά δεν με βρίσκει

κι ο Θεός μου άεργος

στην αντικρυνή όχθη

την ανίκητη των τάφων.


REDENCIÓN

(ΛΥΤΡΩΣΗ)


Día tras día en el aire del mundo

repleto de sueños te espero.

Cenizas después de la luz

mares difuntos

montañas en silencio

indecible dolor.

La alegría no me alcanza

impasible Dios

allá enfrente en la orilla

invulnerable de los sepulcros.

Leftéris Poúlios
Traducción de Bartolomé Fuentes

martes 28 de junio de 2011

Reedición corregida de la revista Ágora num. 20-23 y del digital nº 8 (Ágora num. 23)


Se encuentra a vuestra disposición ya la edición definitiva (segunda edición corregida) del último número impreso de la revista Ágora-Papeles de arte gramático (número 20-23), así como de la revista digital núm 23, boletín 8.

Os pedimos disculpas por las erratas que habéis detectado en estas publicaciones; y, si seguís acompañándonos en nuestra ruta, tomaros la pequeña molestia de descargaros de nuevo el boletín 8 corregido; y si tenéis más ganas de lectura para este verano, solicitar en nuestro email (agora@emurcia.com) la segunda edición de nuestra revista impresa Ágora 20-23, pulida y maqueada, sin los odiosos duendecillos.

Si os gusta más en formato pdf, podéis descargarla pinchando AQUÍ.

Apenas adivino… (ΜΟΝΟΣ ΜΑΝΤΕΥΩ ...,de Το θεώρημα)

ΜΟΝΟΣ ΜΑΝΤΕΥΩ ...

(APENAS ADIVINO…, de Teorema)


Μόνος μαντεύω το είναι μου

μη καταπιωμένος απ' το βόρβορο

στα θεοσκότεινα θεμέλια

όπου γέννηση και θάνατος

αναμειγνύονται σε δίνη. Αλλά,

Θεέ μου, τίποτα δεν μπορώ

να κάνω με κύρος.


APENAS ADIVINO

(ΜΟΝΟΣ ΜΑΝΤΕΥΩ ...,de Το θεώρημα)


Apenas adivino mi ser

no engullido por el fango

en la oscuridad fundamental

donde en un torbellino

nacimiento y muerte se mezclan. Pero,

Dios mío, nada valioso

soy capaz de hacer.

Leftéris Poúlios.
Traducción de Bartolomé Fuentes

lunes 27 de junio de 2011

Hernández 2010

A veces muda, fría de naufragios.

A veces, luna grande coronada

como yo de laureles torrenciales.

De anochecida paso por el río,

corro por el camino ensangrentado.


Aladas y desmemoriadas almas,

el avión y la garza y el vencejo

compiten reiteradamente solos

en la púbica fronda de las cañas


Parecen sus antiguos compañeros

que, al pasar, le miraban y miraba

también con esos ojos culminados

que luego abatirían, como piedras,

las escalofriantes estaturas.


¿Será esta sombra, negra silueta,

la de entonces, la misma innominada

siniestra, recortada fortaleza?


¿Seré narcotizado por la vega,

por la sangre que bebo de sus hojas

y que pintan mis labios como labios?


De anochecida corro por el río,

sabor a bayas, moras negras, negras

como el eco feraz del sacrificio.



(Orihuela, Octubre de 2010)

Santiago Romero Portilla


Los alumnos del IES Miguel de Cervantes, Murcia, entrevistan a Fulgencio Martínez




Podéis leer la entrevista completa accediendo a la revista del IES Miguel de Cervantes: AQUÍ.

domingo 26 de junio de 2011

Estar sin parecer estar (al modo místico)




Él venía de no estar

y en aquella estancia estaba;

que sin ruido de su pie,

se notaba su pisada.


El oído no lo oía

y el silencio lo ocultaba,

mas, si se hablaba de amor,

en las palabras estaba.


Sin estar, iba y venía,

del no aparecer, al alma,

y parecía no estar

y en ella ponía su casa.


Esquivo de verse, huía,

y, en la huida, se encontraba

o al ir a partir el pan

o al mirarse en tu mirada.


Que él venía de no estar

y en aquella estancia estaba.


Vicente García Hernández

viernes 24 de junio de 2011

Que no haya mensajes a la deriva. A propósito del poema carta, de Miguel Hernández



Ilustración: Joaquina Illán

Hoy, más que nunca, a través de la red, fluyen masivamente mensajes de todo tipo. Nos hacemos la ilusión de que esta hipercomunicación crea un plural nosotros en contacto constante, cuyas pululantes misivas, desapareciendo al ser leídas, son sustituídas por otras de modo inmediato. La eficacia tiene su contrapartida en este carácter fantasmático del mundo virtual. Sólo cuando los mensajes enviados o los artículos se cargan de un contenido sustantivo notable y es vislumbrable una obra, requieren de un soporte impreso (lo hemos visto recientemente en el caso del blog editado de Félix de Azúa, o en la correspondencia entre Bernard-Henri Lévy y Michel Houellebecq, por ejemplo). Lo que era un texto virtual, inmaterial, se encarna entonces en un libro.

Podríamos imaginar la historia de la literatura universal como una galaxia de textos en rotación, de modo parecido a como Octavio Paz imagina el desenlace del universo al final de El mono gramático: textos prestos a materializarse, a actualizarse, a encarnar su sentido en el momento en que un lector conectase con alguno de estos mensajes a la deriva. ¿Podríamos hacer lo mismo con todas las cartas y misivas que la humanidad ha intercambiado entre sí? Una carta tiene la entidad semiótica de un texto. Su singularidad consiste en que el azar, cualquier tipo de interferencia, la alternancia más o menos prolongada, es decir, la espera de una probable respuesta, forman parte – parte accidentada, paradójicamente - de su continuidad.

Este condicionamiento espacio-temporal es lo que le presta toda su carga metafórica y patética a la carta. Ya en la primera estrofa del poema que Miguel Hernández titula Carta, el poeta explicita desde dónde se escribe y cómo escribe el que escribe cartas. Con la habilidad sintética del don poético, enumera rápidamente esas condiciones: “...desde las trémulas mesas/ donde se apoya el recuerdo, /la gravedad de la ausencia, /el corazón, el silencio”. La carta, tanto como hecho común, o como género literario, no sólo implica una teoría de la comunicación, grosso modo, sino que postula el diálogo de almas.

La literatura epistolar tiene una larga historia: desde los clásicos griegos y romanos, hasta los clásicos españoles y románticos. El poema de Miguel Hernández, Carta, se inscribe pues en una tradición literaria definida y conocida. Lo que resulta notable en el poema de Hernández es su redondez formal y, sobre todo, el vivaz mensaje de esperanza que late en él. ¿Esperanza de qué? De trascender el tiempo a través de lo que la palabra guarda y promete.

La tradición y la literatura crítica moderna definen al poeta como el depositario de la memoria común, el cantor de la belleza y de la libertad, pero también como un visionario. La empresa del poeta es, pues, algo más que una empresa lingüística. La poesía transforma – trasciende – el lenguaje a través del lenguaje mismo. Recordemos lo que decía Lezama Lima: “La poesía no resiste la escritura”. Es decir, la poesía es algo distinto a su registro gráfico, es antes música que formalización de un sentido. Hernández no escribe sobre un paisaje, objeto físico cualquiera o anécdota, sino sobre el hecho mismo de escribir, de comunicarse en plenitud e intimidad, cuyo logro no puede expresarse más óptimamente que en el espacio inmaterial, intelectivo y sentimental de la palabra poética. Por ello, creo que podríamos contextualizar un poema como éste percibiendo que la dimensión específica del género literario de las cartas iría más allá del confinamiento en el texto de unas “voces”. Precisamente, no hay inercialmente texto en tanto que la comunicación se produce. Cuando no hay receptor, cuando no hay diálogo, la carta es entonces sólo texto. Y precisamente la carta no tiene otro destino, otra prioridad que la de ser leída por la persona a la que va dirigida.

Ante la desazón por el posible extravío de la carta, y evitando al ánimo crítico probables disquisiciones ontológicas no pertinentes, Hernández especifica con naturalidad dónde se produce la conexión del mensaje: en “el espacio de tu aliento”, es decir, en la mayor intimidad sentimental de la persona. Si hemos acordado que la poesía crea sus propias leyes a partir del ritmo, - la experiencia primera del ser humano con el tiempo, según Agustín García Calvo -, es en el ámbito de la poesía misma y en el mundo que ella instituye donde debemos localizar la respuesta a la feliz consecución del entramado dialógico que supone la carta.

Para un Borges, por ejemplo, la historia tiene, ineludiblemente, un efecto acumulativo sobre la cultura, convirtiéndola en un Texto hecho de textos, es decir, en un palimpsesto. Este efecto cuantitativo y penoso de textos sumidos en otros, de textos olvidados o acumulados, lo encontramos en la sexta estrofa del poema hernandiano: las más diversas y apasionadas expresiones del amor, consignadas en manuscritos que se apiñan tristemente en un rincón. Tengamos en cuenta la estupefacción del poeta al comprobar esto y el interrogante humano que a partir de tal imagen podemos plantear. El fin de una carta es la de hacer llegar un contenido a un receptor que posiblemente espere tal comunicación, con la idea, probablemente, de recibir respuesta y continuar así un diálogo pautado por esa condición espacio-temporal. Nada más patético que una carta que no ha podido ser leída. La voz del comunicante ha naufragado en el proceloso océano del espacio-tiempo. ¿Y qué otro simbolismo más ineludible y dramático podemos derivar de esa distancia espacio-temporal que el de la muerte?

Precisamente contra esa condición, contra ese obstáculo que se interpone entre los comunicantes - la muerte - se erige el propósito del poeta. Si bien la Carta la dirige Hernández a su amante, es a través del estribillo que va cincelando formalmente el poema, cuando se dirige a todos nosotros, a cualquier lector: Aunque bajo la tierra/mi amante cuerpo esté, /escríbeme a la tierra/que yo te escribiré.

Un texto cualquiera puede esperar a su lector, a ese lector, quizá ideal y proverbial que encuentre en tal texto, el universo, la solución que iba buscando. Pero una carta sin destinatario es un mensaje que no ha sido escuchado, una confesión perdida, un proyecto que no se ha cumplimentado, y que, a lo sumo, otros leerán como texto disperso en las mareas del tiempo. Porque no es un discurso cualquiera o una ficción lo que permanece sin merma de la eficacia de su contenido en el rincón de un estante o depositado en los nichos de una biblioteca, sino que lo que se frustra, quizá para siempre, es un mensaje concreto dirigido a alguien, el deseo de comunicar algo concreto a alguien concreto. Fijarnos en un poema como este de Hernández pone a las claras, a pesar de la aventura tecnológica que estamos viviendo, la necesidad de una comunicación auténtica entre las personas, el ardor de verdad que porta en sí la palabra amante y qué barreras puede proponerse superar tal imaginación amorosa.

El entusiasmo por las ventajas que nos ofrece la red se confunde, a veces, con la fascinación que produce el propio instrumento. La facilidad, la accesibilidad, la extrema velocidad de la comunicación internauta son tan útiles como responsables de la producción masiva de un inmenso cementerio de palabras, ingrávido y virtual cuya duración es la de un segundo: el mensaje desaparece tras su lectura. El tiempo de la eficacia a toda costa no es, quizá, el tiempo de lo memorable. Lo que postula el poema de Hernández (ningún poema postula nada, sino que lo revela o lo canta) es la resurrección en la memoria no tanto de los devotos lectores, sino del que se arriesga a expresarse, a entregarse, a comunicarse con autenticidad, a comulgar con el otro en el seno de la palabra.

José María Piñeiro

La enfermedad de las niñas rubias, de Ignacio Borgoñós


Ignacio Borgoñós
La enfermedad de las niñas rubias
Alfaqueque Ediciones
Cieza, febrero de 2011

Ignacio Borgoñós nos presenta en este libro, nacido tras la exitosa estela de Recitando a Petrarca, catorce relatos escritos en la última década, y que lleva el título del primero de ellos, La enfermedad de las niñas rubias.

Todos estos relatos, y así nos lo apunta la editorial en la contraportada, están premiados en distintos certámenes repartidos por la geografía española, como si ese detalle fuese digno de destacar o avalara la calidad de los relatos, muy al contrario para quien esto escribe.

Antes bien, he encontrado lugares que ya conocía en el autor, me he reencontrado con Toledo, con Budapest, en momentos he vislumbrado el mundo literario propio del autor cartagenero, como un sello personal que identifica ese cuento con el autor al que ya conocemos de entregas narrativas más largas.

Catorce relatos para encontrarnos con la forma en que Borgoñós ve la vida de cada día, en lugares que reconoceremos fácilmente. Tal es así que en momentos podremos entender que si se reescribiesen en 2011 serían otros los momentos o las historias que rodearían el motivo principal, y nuevamente nos resultarían familiarmente cercanos.

El propio autor confesaba en una reciente entrevista que se encuentra cómodo en la literatura en forma de cuento, que él la reivindica “como una de las más bellas”, y, como muestra, catorce botones.

jueves 23 de junio de 2011

Ella, la luz

Para Carlos Figueroa

y Antonia Ferrández


Entra en el día

como el reactor que abre

las guaridas de sombra.

Ella, la luz

acaricia y se estremece y se desliza y crece

y llega hasta donde nadie jamás llega

y traspasa la aparente opacidad del muro

y hurga en los sótanos y penetra

en las galerías del árbol muerto

y hace fulgurar el atolladero de las vías muertas.

Ella, la luz,

alumbra los residuos de la misericordia

y los despojos de la crueldad,

expande la fragancia del verde

y ensalza el gris sucio de las cloacas.

Ella, la luz,

crepita, fluye y no acapara.

Ella, la luz,

toma posesión de los espacios muertos,

entra discreta en los pisos de los vecindarios pobres

y en las academias tristes

y en los autobuses atestados.

Ella, la luz,

visita la escalera sombría y el cuarto horrendo,

se pasea por las azoteas

pobladas de ropa vieja y antenas parabólicas;

se la ve en los arrabales

y en las maravillosas avenidas,

en las autovías y en los montes de lavanda.

Nosotros, que no sabemos si somos

hijos del sol o del barro, queremos

sobarla, modelarla, violarla, enjaularla,

y ella, la luz,

insurgente pero no rencorosa,

nos alimenta con su propio aliento


y nos ayuda a elegir las rutas sobre las raíces

y construye puentes para

unir el amor, el silencio, el miedo y la muerte.

Ella, la luz,

algo muy intenso y muy frágil

que huye y siempre regresa

para habitar heridas y alejar desgracias,

para desvelar lo imposible, lo grandioso, lo inútil.


José Luis Zerón Huguet

miércoles 22 de junio de 2011

Presentado Las hogueras fosfóricas, de Rubén Castillo Gallego

Ayer, martes 21 de junio, se presentó la novela "Las hogueras fosfóricas", de Rubén Castillo Gallego, en la Biblioteca Salvador García Aguilar, de Molina de Segura.

Rubén Castillo, deleitándonos con cosas de su libro, parte de ellas podéis escuchar en el siguiente vídeo, los seis primeros minutos de su intervención.




El alcalde de la localidad, Eduardo Contreras, y la concejal de cultura, Mariola Martinez, acompañaron al autor blanqueño residente en Molina de Segura.

Al final, firma de libros (en las imágenes, una breve muestra):



Revista literaria Baquiana nº 71-72, ya disponible en red

REVISTA LITERARIA BAQUIANA (NÚMERO 71 - 72)

www.baquiana.com

Les informamos que ya está disponible la versión digital de la Revista Literaria Baquiana, correspondiente a los meses de Mayo ̶ Agosto de 2011, Año XII, Número 71-72. Por más de una década, la revista sigue acogiendo en sus páginas a escritores de diversas nacionalidades y tendencias literarias del mundo hispanoamericano, dentro y fuera de los Estados Unidos, al igual que muchas otras noticias del acontecer cultural.

La revista trae en este número una variada selección de poesía, cuentos, reseñas, narrativa (relato), opiniones, teatro y dos entrevistas de la profesora Martha García: una con Mireya Robles, poeta, novelista e investigadora asociada honoraria de la Universidad de Natal en Durban, Sudáfrica, y otra con Arminda Valdés Ginebra, poeta, periodista cultural y pedagoga, residente en Nueva York desde hace varias décadas.

Entre los poetas que han sido seleccionados para este número podrán disfrutar de la lectura de: Jorge Castañeda y Claudio Simiz (de Argentina), María Antonia Castro, Milena Ferrer Saavedra, Orestes A. Pérez y José Carlos Sánchez Lara (de Cuba), Mairym Cruz Bernal (de Puerto Rico) y Pedro Gandía (de España).

Para los que gustan de la ficción, podrán deleitarse con los cuentos: “El diario de Ingrid” de la escritora uruguaya Patricia E. Blumenreich, “El pequeño león dorado” del escritor ecuatoriano Jorge Luis Cáceres y “El arma homicida” del escritor cubano Ariel González Calzada. En la sección de narrativa, podrán leer el relato “El doble entierro de Kweku Mensah” del escritor paraguayo Javier Viveros.

En la sección de reseñas de libros, podrán leer: “El Azul Sideral en Piel de Peces, de Leticia Herrerapor Emilio Ballesteros Almazán, “Esfericidades expansivas: Si decir basta, de Graciela Bucci” por Bertha Bilbao Richter, “La Gema de Cubagua, de William Navarrete” por Juan Cueto Roig, “La aguja sigue descodificando vinilos, de Elena Errázuriz Goyet” de Yvonne Gavela Ramos y “Allá, donde los ángeles vuelan, de José A. Albertini” por Orlando Rossardi.

En la sección de ensayos, presentamos los textos: “Pluralidades espaciales en la poesía reciente de Lourdes Gil” por la ensayista Oneida M. Sánchez y “Religión y Poder en la trilogía Delito por bailar el Cha Cha Chá, de Guillermo Cabrera Infante” por la profesora e investigadora Lidia Versón.

En la sección de opiniones, encontrarán el artículo: “Ediciones conmemorativas de las obras de Gabriela Mistral y Pablo Neruda” por la escritora cubana Maricel Mayor Marsán.

Y en la sección de teatro, los invitamos a la lectura del monólogo “No aguanto más” de la escritora puertorriqueña María Juliana Villafañe.

martes 21 de junio de 2011

XVII Certamen de poesía María del Villar, 2011


Organiza


Fundación María del Villar Berruezo

Recoletas 7 - 1º

31300 TAFALLA (Navarra)

Tel./fax 948 755 404

www.mariadelvillar.com

mariadelvillar@wanadoo.es

La Fundación María del Villar Berruezo, convoca el XVII Certamen de Poesía María del Villar, en honor de la bailarina y escritora María del Villar Berruezo De Mateo (1888-1977), a fin de dar a conocer voces nuevas en la Poesía a través de la edición de la obra ganadora. Este certamen se rige por las siguientes

BASES

Este certamen tiene como finalidad conocer nuevas voces en la creación poética, facilitando la edición de su obra.

El certamen está abierto a la participación de poetas de cualquier nacionalidad –excluidos los autores galardonados en anteriores ediciones–, siempre que los trabajos presentados a concurso estén escritos en castellano y sean obras originales, inéditas y no premiadas en otro concurso literario de cualquier naturaleza o lugar, condiciones que deberán mantener hasta el momento del fallo.

Las obras presentadas comprenderán una colección de poemas de tema y versificación libres.

La extensión de los trabajos que concursen al Certamen de Poesía María del Villar no será menor de quinientos versos ni excederá los mil.

Los trabajos se presentarán por triplicado, mecanografiados y debidamente agrupados. Las obras deberán identificarse solamente con su título; carecerán por tanto de detalles que puedan revelar la autoría. En sobre cerrado aparte se incluirá nota, conteniendo los datos del autor (nombre, apellidos, teléfono, dirección postal y electrónica).

Los trabajos se enviarán solo por correo postal, antes del 15 de octubre de 2011, a la dirección postal:

XVI Certamen de Poesía María del Villar

Recoletas, 7 - 1º

31300 TAFALLA (Navarra)

La composición del Jurado se dará a conocer al emitirse el fallo.

El Jurado, que actuará con la máxima libertad y discreción, además de las facultades normales de discernir el ganador y emitir el fallo otorgándolo o declarándolo desierto, tendrá las de interpretar las bases presentes. El fallo del Jurado será inapelable.

El resultado de sus votaciones se dará a conocer en un Acto Cultural el viernes 9 de diciembre de 2011 y se difundirá a través de los distintos medios. Se remitirá una copia del Acta del Jurado a todos los participantes.

10ª

El premio del XVII Certamen de Poesía María del Villar consiste en:

·

Edición y publicación de la obra ganadora de la que se entregan los primeros ciento cincuenta ejemplares numerados del libro al autor.

·

Entrega de una escultura de plata.

·

Participación como miembro del Jurado en la edición siguiente.

·

El premio es indivisible y se hará entrega del mismo en el Acto Cultural en que se dará a conocer el ganador del XVIII Certamen de Poesía María del Villar 2012, por lo que el autor premiado queda obligado a acudir al mismo.

12ª

Los trabajos presentados no serán devueltos y se destruirán al día siguiente del fallo.

13ª

Los trabajos remitidos que no se ajusten a estas bases no participarán en la convocatoria.

14ª

La presentación de obras a este Certamen supone por parte de los autores la aceptación de las presentes bases.

Tafalla, 15 de junio de 2011



lunes 20 de junio de 2011

Presentación de Las hogueras fosfóricas, de Rubén Castillo


Rubén Castillo Gallego presenta su novela Las hogueras fosfóricas, en la Biblioteca Salvador García Aguilar, a partir de las 20 horas del martes 21 de junio.

La Maldición, de Francisco Javier Illán Vivas, presentada en Onda Regional de Murcia

Más concretamente en el programa La Torre de Papel, que dirige José Cantabella, quien entrevistó a nuestro codirector durante media hora en torno a la novela La Maldición, editada por Eldalíe Publicaciones, tanto en formato de libro electrónico como impreso.

Podéis escuchar la entrevista pinchando en el ENLACE.

sábado 18 de junio de 2011

Cabeza de caballo


Un hombre conduce un coche mientras piensa. Transita por una autopista bien cuidada y con poco tráfico. Hace pocos minutos ha conectado las luces a pesar de que no es necesario del todo, el sol ha desaparecido tras los montes más cercanos pero el cielo todavía está claro. Es una tarde de principios de primavera y la meteorología comienza a mostrarse más clemente, pero el hombre prefiere anticiparse y no verse sorprendido por las ráfagas de aviso de otro conductor. La poca densidad de vehículos ha hecho que poco a poco se haya ido sumergiendo en sus pensamientos, sabe que por ello puede tener alguna distracción leve, por eso trata de concentrarse en operaciones rutinarias para no perder el control. Piensa en la cabeza de un caballo, cercenada bajo la quijada. Al encender las luces ha perdido por un segundo el hilo de sus pensamientos y recuerda que en ese momento el maletero del coche está vacío. Y por un instante los dos pensamientos se mezclan y calcula exactamente cuantas cabezas de caballo podrían caber dentro del maletero. Estima que no más de tres, a no ser que sean de potro, que supone ocuparían menos volumen. Pero no tiene la seguridad de saber cuanto más pequeña puede ser esa cabeza respecto a la de un caballo adulto. Al pensar en una cabeza de caballo independiente del cuerpo tiene presente la escena que aparece en la primera parte del Padrino, pero no posee ninguna referencia en cuanto a cabezas de potro. En realidad cuando piensa en ellas lo que le viene es la cabeza de un poni, no está seguro de haber visto en toda su vida lo que se entiende por un potro. En su niñez ha visto yeguas con sus crías, pero cuando estas eran aun demasiado pequeñas y él entiende más bien que un potro es una especie de caballo joven, algo con más cuerpo. Al pasar por la palabra cuerpo retoma el tema inicial de su pensamiento. La luz ha cambiado entre tanto, el uso de las luces no es necesario pero sí muy conveniente. El cielo cambia muy deprisa tan al norte en esta época del año.

El hombre que conduce es escritor, quiero decir que escribe de forma diaria desde hace unos cuatro o cinco años. Desde que salio de la casa en la que comió con unos amigos y se metió en el coche piensa en un texto en el que quiere que aparezca un potro. Durante la comida sus amigos le hablaron de la matanza que habían hecho el invierno anterior. Lo mismo que el conductor había visto yeguas también había participado en la matanza de un cerdo, en las tareas más sencillas que le permitían participar por su edad. La familia de sus amigos es muy amplia y le han comentado que han matado dos cerdos de buen tamaño y un potro. Reservaron un par de piezas para embutido y con el resto de la carne hicieron chorizos y salchichones. Embutido de cerdo y potro. -¿Chorizos de potro?

El conductor ha probado la carne de caballo, pero por alguna razón le parece antinatural sacrificar y desollar a un potro para comérselo. Cuando alguien no sabe matar a un cochino, y aún así empuña el cuchillo largo y afilado que se usa para hundirlo en la yugular, chilla de una forma desgarradora, principalmente porque lo hace como una persona. Y una vez colgado de un gancho por los tendones de las patas traseras, abierto en canal y eviscerado también parece un cadáver humano. La piel, quemada para hacer desaparecer el vello se lava con agua y por la pérdida de sangre y consistencia, se contrae tirante y rosada, arrugada en los cortes como una puntilla. La carne también recuerda el tono de la carne desechada tras una amputación después de haber aprovechado la sangre en un barreño. La similitud entre el cuerpo sacrificado de un cerdo y un cadáver humano es grande y hay personas que por ese motivo no lo soportan. Aunque solo es un animal.

Pero por alguna razón al conductor le impresiona la imagen de un potro abierto desde el cuello hasta el ano sobre un gran banco de matanza. Su peso ha de ser demasiado para colgarlo de una argolla del techo. Tiene algo de sacrilegio el matar a un caballo joven, o esa es la impresión que le da en ese momento, pues no recordaba haber sentido algo así cuando años atrás comió cecina de caballo. Mientras conduce asimila la imagen del caballo agonizante a la muerte de un ser mitológico, de algo que participa de la esencia divina. Tal vez es la misma percepción que los indígenas de las regiones árticas podían tener del reno. Un caballo muerto, y además para hacer comida, le parece irreverente.

A este respecto, como en un lugar apartado, quedó la duda de qué se haría con la cabeza decapitada del potro. Podía ser que su carne fuera exquisita, pero no era capaz de imaginársela servida en una bandeja. Porque una cabeza de caballo es algo muy grande, algo más que una cabeza humana y en muchos sentidos más elegante que esta. Pensó que en el maletero ahora vacío de su coche podrían caber no más de tres cabezas de caballo. De potro puede que más, aunque no podía imaginar cuantas, solo le venía a la mente la cabeza de un poni.

La idea que tiene el conductor es la de hacer un texto en el que la mención del sacrificio y despiece de un potro sea el soporte sobre el que desarrollar un diálogo entre una pareja, a cerca del malestar que al hombre le ha producido comer con una persona que ha salido de la cárcel tras una condena por asesinato. Han hablado en el transcurso de la misma sobre la matanza de un caballo espiando las reacciones del asesino. La mujer reprochará al hombre sus prejuicios y con ellos se evidenciará el desmoronamiento de la propia pareja. El texto se llamará Cabeza de Caballo y es posible que lo trabaje en forma de diálogo, como una obra de teatro pero sin acotaciones. Pero el conductor no tiene claro cómo desarrollar el texto. No tiene dominio del trabajo teatral, de sus ritmos y códigos, pero sí tiene facilidad para escribir y hacer un diálogo como si fuese un cuento, un relato corto. El problema que tiene se debe a que no lo ve claro, no encuentra profundidad. Podría escribirlo al bajar del coche y llegar a su casa, y puede que incluso le saliese bien, puede que fuera un buen texto emotivo en el que crear tensión con unos personajes que intercalan la alusión al potro muerto entre sus propios problemas, en el que al final se descubriese que el invitado a esa comida había estado en la cárcel por asesinato. O tal vez podía resultar mejor empezar directamente diciendo que el invitado es un asesino y después que la pareja recordase la comida y las referencias al potro muerto. El conductor sabía que había muchas posibilidades para construir un buen texto, pero hay algo que se lo impide, que le perturba. Sus propios sentimientos al respecto del potro real, muerto y conservado meses atrás. Conforme más le da vueltas menos decidido se siente con la historia. Duda ya incluso hasta del título del texto a pesar de que le gusta, lo adecuado sería llamarlo Cabeza de Potro, pero suena indudablemente peor.

En ese momento le nace la imagen de una cabeza de potro, o a lo mejor la de un caballo joven, es igual. La cabeza que se imagina está putrefacta en un estercolero, medio cubierta de desperdicios en un basurero oscuro. Se pregunta qué es lo que se puede aprovechar de la cabeza de un caballo. Tiene en realidad poca carne y no conoce a nadie al que le gusten los sesos o los ojos de caballo. Necesariamente siente nauseas al pensar en una persona metiéndose en la boca un gran ojo de caballo, piensa en la posible textura del líquido ocular coagulado y blanco. Intenta evitar las nauseas diciéndose que la consistencia puede ser similar a la de un huevo cocido, pero eso tampoco las contiene, más bien al contrario.

Examina la autopista y no parece que haya un área de descanso lo suficientemente cerca. Pulsa el contacto de las luces de emergencia, que está al lado del ya accionado de las luces de largo, y detiene el coche en el amplio arcén. Se suelta el cinturón al mismo tiempo que apaga el contacto y abre su puerta. Le da el tiempo justo para rodear el capó del coche, cuya chapa nota caliente, antes de vomitar ruidosamente contra el asfalto húmedo.

La mujer que estaba dormida en el asiento del acompañante se ha despertado por el ruido. Baja la ventanilla y le pregunta si se encuentra bien. No recibe respuesta pero le acerca, estirándose, unos pañuelos de papel húmedos que hay guardados en la guantera para situaciones como esta. Hacía muchos años que el conductor no vomitaba al montar en un coche, ni siquiera yendo muy borracho.

Al volver al coche le explica a la mujer lo que ha pasado. Luego ella se calla y vuelve a dormir. El conductor recapacita y desecha la idea de escribir ese pequeño texto teatral, no cree que pueda con ello. No cree que lo pueda hacer bien. En su lugar imagina que tal vez pueda escribir un cuento sobre un escritor que quiere escribir una obra de teatro que se llame Cabeza de Caballo. En ese caso no importará que en realidad trate sobre una cabeza de potro.

Alejandro Ruíz Criado