
Al término de la lectura, en el pub “Míster Witt”, se presentará el libro-disco Autevía Luis Eduardo, con el homenaje de los músicos al maestro.



Entre la soledad y los semáforos,
el cielo más brutal
despedaza impasible los recuerdos.
Esta ciudad sin ti
parece un espejismo,
una extensa agonía
de lo que alguna vez denominamos
amor a duras penas.
Ya no importan los nombres
que le pudimos dar a aquellas cosas,
o si de cualquier modo
fueron nuestras ayer.
El tiempo de los besos
se torna irreversible
y escupe entre las sábanas
la terrible verdad de lo que fuimos.
Katy Parra
Con el paso del tiempo, la perspectiva que nos ha dejado la literatura compone un mal reflejo de lo que en verdad sucedió en el panorama de las publicaciones poéticas: esto no debe escandalizar a nadie. No hace falta decir que la literatura se fragua en el salón, que es un objeto de consumo burgués, y que constituye su propia enemiga en cuanto que ella misma se encarga de aparecer respaldada por los mismos poderes que intentara echar por tierra. Las obras, todas las obras, quedan fuera de la férrea mano del canon, no ejercen potencia alguna, caen blandamente en un espacio (Blanchot hablaba de un espacio literario) que está más allá de, por ejemplo, los movimientos de mercado, las reseñas en suplementos culturales o los índices de ventas que intentan apropiarse de su esencia inocua. Y sin embargo, las obras no son la literatura. La literatura constituye una gestión mediatizada de las fuerzas que ponen en juego las obras, una suerte de redistribución de flujos, de apropiación de códigos, que hace de lo que entendemos por literatura un juego cuyas reglas sobrepasan a los propios jugadores, los enfrenta y arbitra sus destinos.
Sin embargo, hay jugadores en esa partida que no salen en los manuales. Borges fue muy sensible a esta participación de los malos poetas o “poetas menores”, como él quiso llamarlos. El laurel de la medianía tiene hoy cierto prestigio, especialmente si ésta viene acompañada de un divorcio de los poderes y de las condiciones que configuran el canon, lo que no viene a negar el hecho de que existan poetas favorecidos por los medios que comparten igualmente la baja calidad en sus producciones, aunque no es ésta insuficiencia lo que se valora, sino cierta pose mediática y una más que abultada agenda de contactos. Como ya señalara el poeta y cuentista argentino, ¿habrá mejor suerte que ser la ceniza de que está hecha el olvido?
Sin embargo, sería preciso atender justamente a ese impulso que el poeta menor, el mal poeta, puede ejercer desde su empuje colectivo sobre los otros poetas que recibieron “la inexorable luz de la gloria”. Su contribución anónima, convulsa, al panorama literario es tanto más importante cuanto menor sea la fuerza de los nombres, cuanto más secreta sea la revancha que ejerce su clamor ciego, su silencio torrencial. Nótese que frente a esa singularidad prototípica de Borges (“un poeta menor”, dice) es necesario contraponer la violencia de la multiplicidad: poetas menores, secundarios, poetas malos en su pluralidad que ofrecen, con igual justicia caritativa, y aun simultá-neamente, la potestad de encumbrar y oscurecer los esfuerzos individuales de los poetas fuertes de cada generación.
La casa de los poetas
Si se hace una breve panorámica sobre las últimas décadas del horizonte literario en España, es fácil notar de qué manera, en movimientos masivos como el de la poesía de la experiencia, se crearon muchos malos poetas. El escritor Antonio Gamoneda lo expresa con brutal franqueza: “en nuestro país puede haber ahora mismo –1997– doscientos amigos (poetas, profesores, críticos, editores y antólogos) que proponen acciones como «acercar la poesía a la vida», «normalizar el lenguaje» o «fundamentar la poesía en experiencia». Nada de esto (amo a Jorge Manrique, al Arcipreste de Hita…), a pesar de su carácter poéticamente neutro, me parece detestable, pero sí una simpleza histórica. Además, en tales propuestas se insinúan finalidades cuantitativas que no lograrán más allá de una breve captación de aficionados, es decir, que no podrán realizarse y conseguir, en la vida y para la poesía, una función real y amplia”. Los aficionados parecen ser aquí, con admirable criterio por parte del autor, tanto esos malos poetas a los que aludimos como el conjunto de lectores, comentaristas, editores, tribunales, etc., que participan de la literatura y ayudan a conformarla desde su masificación y trivialización.
Hay que añadir, sin embargo, que este efecto fue causa de su propio funcionamiento, un producto de la maquinaria democratizadora de la poesía de la experiencia, la cual estaba obligada a acoger en sus brazos un amplio espectro de poetas que, arropados por la dimensión universal y abarcadora de su propio programa, acabaron por echarlo a perder. Quizá sea éste, no obstante, un fenómeno constitutivo de la literatura, que debe retorcerse hasta el delirio para volver a aflorar de sus propios escombros. Quizá esta crisis sea su objetivo movedizo a través de las generaciones y los diversos movimientos artísticos, y la poesía sólo quiera acechar este límite hasta destruirse y pasar a otra cosa. En la poesía de la experiencia el ideario era tan limpio, tan fácil, que fueron no pocos los que vieron que se reconocía en su dimensión plural y aperturista sus propias ansias de escribir y contar. Muchos malos poetas acabaron hablando de su experiencia, con la licencia y el respaldo de un canon que los había acogido (maniobra mediática, probablemente, que se les fue de las manos a los propios poetas fundadores y que acabó bajo la informe y monstruosa tutela de los massmedia). Entonces, cualquier poetastro que fumase, hablase en los bares, ligase, viese la tele y durmiese en hoteles cochambrosos tenía las herramientas suficientes para decir las trivialidades de su experiencia individual (y torpemente colectiva, compartida por todos). Lo cotidiano ya no tenía máscara alguna, y los vates de esta cotidianidad fueron pronto legión. Habría que hablar, sin embargo, de una popularización tal del movimiento que en pocos años tuvo que asistir, por esa estructura piramidal que presentaba, a la renuncia, por parte de los grupos de presión que formaban la base, de algunas de las más dignas propuestas de los padres fundadores, desvirtuando así las líneas ideológicas maestras para ofrecernos una experiencia del vacío, de la yoidad más inane que había caminado por nuestras letras desde el peor Romanticismo.
Pero no nos engañemos: siempre fue así. El rubenismo de Rubén Darío se dejó sentir con la misma intensidad en toda una pléyade de poetas que, más del otro lado del charco que de éste, pronto transmutaron la elegancia del maestro en una reiterada y colorida consigna. Las vanguardias, y muy especialmente el surrealismo, dieron con igual fortuna, hasta el punto de avergonzar a los que tuvieron algún que otro flirteo juvenil con sus propuestas, como ocurriera con aquellos poetas del 27 que no admitieron nunca o matizaron constantemente sus iluminados inicios surrealistas. Los grupos de presión que formaron los malos poetas, tanto entonces como en nuestro más cercano panorama literario, no dejan casi rastros en la historia, como traviesos fantasmas que juegan a mover los muebles de la casa sin que sus inquilinos lleguen a verlos. Sin embargo, como sucede con los fantasmas, sentimos igualmente sus efectos: los verdaderos habitantes de la casa no saben donde han dejado las gafas, echan en falta el periódico, las zapatillas, alguna que otra camiseta limpia, y tienen que levantarse cada dos por tres para arreglar los aparatos que parecen haberse estropeado. Los malos autores empujaron al grupo más válido de poetas de la experiencia a su propia destrucción, aunque aún hoy sigan escribiendo; a su propia mudanza, por decirlo nuevamente al hilo de nuestra alegoría, como si los inquilinos hubieran tenido que vender la casa para que las ocuparan otros.
Generaciones blogger
Aunque, claro, como en las películas, al principio casi ni se nota que la casa está encantada. ¿Quiénes son hoy nuestros fantasmas? ¿Quiénes los habitantes de la casa de las letras españolas? Es difícil precisarlo. El panorama poético se ha abultado sobremanera y hay tantas tendencias como antologías. Lo cual es mucho. La poesía de la experiencia sobrevive y ve crecer bajo su sombra a las formas foráneas de un realismo sucio. La poesía del silencio está ahora algo más callada que de costumbre. La poesía metafísica, por otra parte, no forma un grupo compacto y sólo hay nombres distanciados entre sí tanto como el desgarro de la experiencia vital, individual, puede distanciar a los hombres. Las vanguardias siempre han estado ahí, que yo recuerde; hoy han visto una salida en cierta posmodernidad ruidosa. Y la poesía de mujeres, que no es toda la poesía que escriben las autoras, sino sólo una muy determinada, así como ocurre en la poesía joven, la cual no tiene tanto que ver con la edad como con las falsas revoluciones literarias, forman casi sendos géneros que la prensa ha consagrado adelantándose a los manuales al uso.
Vemos que ocurre todo lo contrario a lo que pasaba hace quince años: sólo encontramos a los fantasmas, los cuales, aburridos porque ya no hay nadie a quien asustar, prefieren asustarse entre ellos. Pero estos sí salen en las fotos, no como los traviesos espectros del hogar. A falta de una línea de poesía que marque tendencias, y por una serie de facilidades mediáticas (Internet, prensa especializada que baila el agua a los jóvenes, amplísima infraestructura de premios, editoriales y revistas), la poesía actual configura toda ella un grupo de presión que no tiene nada que presionar, salvo a sí mismo, porque aquí todo el mundo escribe, critica, pinta y se hace fotos de admirable sugestividad plástica. El que menos tiene un blog, ha salido en tal antología, le han traducido (en otro blog) al checo o al birmano, y a veces, sólo a veces, hasta publica libros. Pareciera que hoy los malos poetas somos todos.


I
Soy un borracho,
recorro insomne
la dura noche.
Finalmente, rendido,
me acuesto en el primer
rayo de luz del alba
y sueño que tus labios,
vueltos lanzas,
me traspasan.
II
Soy un perro abandonado,
sarnoso, flaco.
Recorro las calles,
rebusco en las basuras,
recuerdo cómo eramos antes,
cuando me querías.
Encuentro tu rastro,
la casa en que vivía.
Me tiendo a morir
bajo tu ventana.
III
Soy un hombre de ciudad,
un urbanita.
Huyo de la muchedumbre,
de las voces múltiples,
en busca de mi voz,
ensordecida.
En rústicos parajes,
como los lamas o los monjes,
hallo al fin el silencio,
la paz bendita.
Me tiendo a la sombra de un árbol
hecho de calma y de sombra.
José Alfonso Pérez Martínez


Somos pasto fugaz de los inviernos,
sueños incinerados u homicidas
del íntimo rigor de las hogueras.
Palabras inservibles,
que, a fuerza de costumbre,
interpretan la muerte como algo natural.
Después de tantos años…
¿Cómo reconocernos, entre miles de estrellas apagadas?
Katy Parra
Recientemente, Raquel Lanseros recitó en la sala del Ayuntamiento de Oria (Almería). Publicamos uno de los poemas que leyó en ese acto, de su libro Los ojos de la niebla. (Nota de la redacción: Recuérdese que este artículo se publico en Ágora digital nº 21)
Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973). Licenciada en Filología Inglesa y traductora. Ganadora del XIII Premio Internacional de Poesía Antonio Machado por Croniria (Hiperión, 2009), Premio Unicaja de Poesía por Los ojos de la niebla (Visor, Madrid, 2008) y de un Accésit del Premio Adonáis por Diario de un destello (Rialp, Madrid, 2006). Ha publicado también Leyendas del promontorio (Ayto. Villanueva de la Cañada, Madrid, 2005) y La acacia roja (Tres Fronteras, Murcia, 2008). Ha sido incluida en las antologías Tributo a Serrat (Ramalama Music, Madrid, 2007), Diez nuevas voces de la poesía leonesa (Edilesa-Diario de León, León 2007), Premios del tren 2007 (FFE, Madrid, 2007), Poemas en el Canal (Tres Fronteras, Murcia, 2008) y Antología del beso (Mitad Doble, Málaga, 2009). Miembro de la redacción de las revistas literarias Ágora y The Children’s Book of American Birds, colabora con poemas y reseñas críticas en numerosas revistas y publicaciones periódicas.
BEATRIZ ORIETA
Maestra nacional
(1919-1945)
Los niños corren y saltan a la comba.
Beatriz Orieta pasea junto a Dante
sorteando los pupitres
[en medio del camino de la vida...]
Tiene litros de frío mojándole la espalda.
Apenas pueden nada contra él
los míseros tizones del brasero oxidado.
Entran al aula los gritos infantiles,
huelen a tos y a hambre.
Algunas veces,
Beatriz Orieta casi no contiene
las ganas de llorar
y mira las caritas sucias afanándose
en recordar las tildes de las palabras llanas.
Prosigue Dante todo el día musitando
en el oído de Beatriz Orieta
[...amor que mueve el sol y las estrellas].
que otro mundo es posible
al lado de este mundo gris y parco.
Contra el lejano sol
del lejano crepúsculo
dos amantes se miran a los ojos.
Beatriz Orieta está
apoyada en su hombro.
Los álamos susurran las palabras de Dante.
Los amantes son túneles de luz
a través de la niebla.
Los besos puros son las amapolas
de un cuadro de Van Gogh.
Pasa el invierno lento como pasa un poema.
Pasan el frío andrajoso, la fiebre y el esputo
y toman posesión del blanco cuerpo
igual que las hormigas invadiendo
esas migas de pan abandonadas.
Sesenta años después, entre las ruinas verdes
leo un descanse en paz envejecido
sobre la tumba de Beatriz Orieta.
El silencio es de mármol.
El silencio
es la respuesta de todas las preguntas.
Unos metros más lejos, hace sólo dos años
yace también el hombre
que, apoyado en el hombro de Beatriz Orieta,
dibujó un corazón sobre un tiempo de hiel.
¿Qué más puedo decir?
Que la vida separa a los amantes
ya lo dijo Prévert.
Pero a veces la muerte
vuelve a acercar los labios
de los que un día se amaron.




El test de Turing se usa para distinguir la inteligencia humana de la de una máquina. En una conversación a ciegas (por ejemplo, en un chat) está capacitada la máquina para seguir con un interlocutor humano una conversación coherente, ¿inteligente? Nunca podemos estar seguros de no estar charlando con una máquina, mientras nos siga ésta dando respuestas lógicas. Hasta que le comentamos: Hoy he visto llover hacia arriba. Y la bella maquinita responde: ¿Y llovía mucho? Ante una incoherencia dicha adrede, contesta de forma lógica. Luego, estoy hablando con un amasijo de cables.
Ocurre, pues, que la inteligencia humana es algo más que coherencia formal, reglas lógicas, protocolos de lenguaje; es (somos) conciencia, razón, sentimiento y, algo muy básico: sentido común. Aquel buen sentido que decía Descartes.
La supuesta inteligencia de la máquina, ante la prueba de la frase absurda, sacrifica a la coherencia, programada en su lenguaje no autoconsciente, el sentido común y aquellas características racionales propias del ser humano y necesarias para un auténtico diálogo. Por desgracia, en el siglo en que vamos el sentido común parece que desaparece a grandes pasos, y por tanto la última diferencia con las máquinas 'inteligentes', o sea, estúpidas, tiende a eliminarse. Si no, ¿cómo se explica que se haya construido centrales nucleares en un precipicio sísmico como es Japón?
Vivimos en un mundo que ha perdido el sentido. Algunos sigan llamando a esto debate ideológico, cuando es una cosa de sentido común. Estamos literalmente achantados por el ídolo de la coherencia económica. Qué bien les viene el riesgo a las empresas y a los lobbies nucleares: en caso de no darse el nunca imposible accidente, a pesar de todas las medidas técnicas, hacen pingües ganancias; si llega el caso de un desastre, en que ha coadyuvado la negligencia, el negocio y una ciencia sin sentido común, acéfala, para eso están los gobiernos, los medios de comunicación, incluso los inermes ciudadanos que disfrutarán colgando videos y fotos, minirrelatos también acéfalos, sin ningún sentido crítico ante lo que está pasando ante sus ojos.
A finales del siglo pasado, Derrida, Lyotard hablaban de la muerte de los grandes relatos. Se referían a los grandes mitos de nuestra civilización ilustrada, occidental: como el progreso, la utopía social, la justicia, pero también la metafísica y la ciencia en el sentido en que la tomamos de los griegos. Hoy asistimos a la decadencia y muerte de los múltiples pequeños relatos en que cada medio y ya cada quien encierra el mundo en imágenes, sin pregunta alguna por el sentido. Los medios nos atiborran estos días con impactantes imágenes, de guerra (en Libia), de desastres naturales y de los otros, del sentido común (en Japón), y creen que eso es comunicar: que son medios de comunicación. Son máquinas.
Hoy la cuestión sobre las nucleares debería también extenderse sobre esa ciencia desprovista de sentido, desarraigada de un orden humano y de su origen, y cuyo diseño económico y cuya planta de plástico descerebrado tan bien, y tan ventajosamente, copió el extremo Occidente, Japón, y que hoy ha desbancado en el mundo global a la Ciencia.


Ginés Vicente, autor de la portada de Ágora papeles de arte gramático nº 6 (2002) expone "Esculturas orgánicas" en Molina de Segura, que permanecerá abierta al público hasta el 16 de abril, y podrá visitarse: de martes a viernes, de 11.00 a 13.00 horas, y de 17.00 a 20.00 horas; sábados, de 17.00 a 20.00 horas; domingos y lunes, cerrada.
Ginés Vicente inicia su carrera a principios de los años 90 como pintor y dibujante, y que en los últimos años es cuando comienza a elaborar sus primeras esculturas y a incluirlas conjuntamente con su obra pictórica en diferentes exposiciones, siendo ésta, de la Sala El Jardín, la primera dedicada enteramente a su producción escultórica.
Según explica Ruby Fernández, "estamos ante formas con un alto grado de subjetivismo. Ginés tiene la capacidad de extrañar sin ser del todo extraño. En su componer, se nos muestra visceral, fascinado por el vértigo que provoca lo desconocido. En su factura podemos encontrar a un Kafka rebosante, también dilucidamos algo más sutil y latente como la narcolepsia de la realidad en la que el artista nos acaba sumiendo, para seguidamente manipular nuestros esterotipos, con el fin de hacernos entender su particular acento. Tamañas creaciones, romperán la prístina de la sala para imponer la pureza de lo onírico".


Maria Luz Escuín inició su andadura editorial en 1975 con el poemario Extrasístole. Hoy, treinta y cuatro años después, nos sorprende con La caminante de música (Endymion Poesía). Entre ambos, ha publicado Los versos en peligro (Incipit 1995) y Empleo terrenal (Devenir 2001). Además, su poesía ha ocupado las páginas de algunas Antologías como Poetas heterodoxos andaluces (1978), Las diosas blancas (1985) o Ilimitada voz (Antología de poetas españolas 1940-2002) de José María Balcells.
La Caminante de música me ha llegado de la mano de la propia María Luz, junto al saludo de una amiga común, la gran poeta Juana Castro, y nada más abrir el libro he comprendido por qué fue seleccionada para formar parte de la Antología Poetas heterodoxos…: su característica más visible es precisamente ésa, la heterodoxia. Esta caminante de música nos pone en contacto con una voz distinta, sorprendente por el uso que María Luz hace de la sintaxis y por su forma de tender puentes invisibles entre las palabras.
Caminar por este libro es una aventura y, como toda aventura, conlleva sus riesgos. Ya el título suscita numerosos interrogantes: ¿Qué rutas seguirá esta caminante? ¿Qué música será su música? Intentar responder a priori éstas u otras preguntas resultaría infructuoso pues advertimos pronto que las palabras de María Luz no siempre son lo que parecen: son algo más, o algo menos.
El libro podría muy bien ser una caja de música, también la caja de Pandora, incluso una caja de resonancia (“el cuerpo / la poesía”) en la que las letras, las palabras, en su proximidad, dibujan pentagramas para que ruido y melodía, sin estridencias, puedan aliarse en un mismo espacio (caminante) – tiempo (música).
Traspasados los umbrales del título y de la dedicatoria (“A mis hermanos Sole y Ramón”), nos da la bienvenida una cita de Derrida que nos advierte de los riesgos del poema y, por extensión, de la lectura del poema:
Todo poema corre el riesgo de carecer de sentido
y no sería nada sin ese riesgo.
Desde luego, la poesía de María Luz corre ese riesgo, y el lector también porque, de manera inusual, se ve inmerso en una “poesía electricidad”: una especie de desfibrilador que a golpe de descargas puede prolongar la vida y el verso.
A diferencia de otros escritores, a los que hay que leer entre líneas, María Luz nos invita a leer entre palabras. Su gran capacidad para llevar la elipsis hasta límites insospechados, con una economía del lenguaje extraordinaria, hace que sea entre las palabras donde se escriba su poesía: en ese sutil silencio que las reúne a la vez que las separa. Y esto, para cualquier lector, para un lector cualquiera, exige una gran atención, ya que adentrarse en el “universo” que circula entre las palabras de María Luz obliga a mirarse en múltiples espejos (cóncavos y convexos) y a escuchar simultáneamente varias melodías, mientras el ruido, estertor a veces, se filtra por cada fisura haciendo que nuestro caminar “incierto” tropiece a cada paso.
En su conjunto, el libro reproduce la paradoja de un itinerario vital: “vacío/lleno”, “somos/no somos”, “aparecer/desaparecer”. Un destino común que la poesía de todos los tiempos ha cantado desde ángulos diversos. En estas páginas, María luz se adentra en las estancias del tiempo: ése que pasa y que nos va dejando huérfanos de casi todo: palabras, seres queridos…, el habla, salvo de recuerdos: “con los recuerdos / mutismo desclavé”. Un recuerdo-espejo de lo inevitable: “todo ha de morir”, “yo soy muerte”. Una muerte que sólo la poesía “vinagre verso” puede retardar porque la poesía-sangre, la sangre-palabra se convierte en recipiente de todo, incluida la muerte “del padre de todos mis cuentos” y del nombre de todos “mis nombres”. Pues la poesía puede, cual canto de gallo, repetir tres veces lo evidente: “yo soy mi muerte” y desde la repetición “negar”, exorcizar el paso inexorable del tiempo. La poesía puede trasladarnos a ese lugar, a ese tiempo que sólo desde el lenguaje es posible construir: el de la infancia-paraíso, “saltimbanqui letra”. Y si es cierto que “del lenguaje venimos” y “por él somos”, y si sólo el lenguaje es “el verdadero cambio de estado”, sólo desde él perdurará “la poesía electricidad” capaz de acoger todos los nombres a pesar de lo que cuesta decir “la vida de tu nombre / el nombre de tu vida”.
Desde el lado más físico, más visceral del lenguaje, María Luz se sumerge con sus versos en esa “duración bisílaba / voz de sus letras” que es la vida: vida y poesía: aire, soplo necesario para que suene el instrumento que hará que la caminante sea realmente caminante de música. De su mano, el lector podrá deslizarse por sus grietas y contemplar desde los abismos cómo se van recortando las distancias entre principio y fin, entre vida y poesía: una poesía-música engendrada por el amor de las palabras.
Ángela Serna
Las campanas se rigen
por el hondo silencio de la tarde.
El mar ya lo sabía.
En los ojos azules de las sombras
agoniza la luz
igual que un espejismo.
I
Es un amor el suyo prepotente,
de hondo sentir a golpes de arrebato,
que se adueña del alma sin recato
con un fervor de estirpe decadente.
¿Amar de cuerpo entero es esta fuente
que transforma lo ajeno en fiel retrato
del propio honor, del dolor insensato,
y arranca del hogar la paz ardiente?
Sombrío es el placer de la locura
que carga el sentimiento de rudeza,
vil la fuerza que quiebra la ternura
del corazón y apaga su belleza.
Sólo se esconde la oquedad oscura
donde el sexo no es luz sino fiereza.
II
La honestidad se vende en una agencia
de mercado que fija los valores
y el destino de los consumidores
jugando con su lucro a pura ciencia.
Esta sencilla regla de conciencia
nos hace ciudadanos y señores
de la Tierra, voraces soñadores
de la igualdad global en la indigencia.
¿Es acaso riqueza esta codicia
de inflar y camuflar con desmesura
hasta hundir el planeta en la inmundicia?
En este afán perverso de la usura
no hay remiendo sagaz y no hay justicia,
que no es dilapidable la cordura.
III
Fulge con el corazón de un instante,
vuela a la sagacidad de un cometa;
caprichosa y voluble, no respeta
el alma noble ni el dolor sangrante.
Diosa más pura y táctil que el diamante,
transforma lo que toca en su careta,
porque el disfraz es su emoción secreta
para brillar de un soplo delirante.
¡Cuán admirable reina tu cortejo
de imágenes, de vítores, de humo,
donde no hay rostro sino sólo espejo
que multiplica el eco del montaje!
En esta feria infame del consumo
la gloria es una marca del pillaje.
IV
Un buen gobierno crece en la virtud
y aquilata su fuerza en la confianza.
Tal brillo democrático se alcanza
cuando se hace global su magnitud
y el mercado se torna única luz
del obrar sabio y digno de esperanza.
La igualdad justa de tan fiel balanza
iguala el miedo de la multitud.
Un buen gobierno sabe de belleza,
nos representa con la piel tan pura
que está en su imagen sola su nobleza.
Un buen gobierno vive del placer
de servir con el cetro de la altura.
Melodía o abismo aquí es poder.
¿Gobierna en paz quien sólo horror procura?
Maximiliano Hernández Marcos
