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lunes 31 de enero de 2011

La voz del ángel en la hierba

la caída en pecado viene acompañada de signos

el mundo que andas buscando está más allá de los signos

me dijo mi ángel de la guarda

el fluir de la sangre en las venas es lo más silencioso que existe

pero también el silencio es un signo

las manzanas rojas anuncian que la cosecha está próxima

los cascos de los caballos dejan en el suelo mojado por la lluvia

las huellas de su marcha insomne

ojera tras ojera

lo que está más allá de los signos es tan puro

que ninguna llama podría abrasarlo

en aquel lugar, mi hermosa señora,

todos los signos se cubren, toda huella desaparece,

tan limpio de pecado es su paso por la hierba...

Varujan Vosganian
Traducción de Joaquín Garrigós

Naturaleza estática

el águila que llevo dentro

revolotea sobre mi cabeza

se eleva a cada palabra

y solo cuando duermo o cuando muero desciende

y se posa en mi hombro


el lobo que llevo dentro husmea el miedo

pegado al muslo de la mujer que hay en mí


los dos están al acecho


el yo que llevo dentro es un vaho polvoriento

una firma

en un espejo


Varujan Vosganian
Traducción de Joaquín Garrigós

domingo 30 de enero de 2011

Limones de mayo

(No he visto aún

los días enteros


Estaremos

muy equivocados

porque junio

parece cerca)

Antonio García Soler


Domingo Nicolás y los espacios del tiempo


Tras su último libro, Gadea, esa estremecedora aventura por los horizontes, a un tiempo, de la vida y de la trascendencia, parece como si en este nuevo poemario, Domingo Nicolás, ciñéndose a las estrictas coordenadas del aquí y el ahora de nuestra existencia terrenal, siguiera, y no sin cierta resignación, el consejo de su maestro Séneca de que “Para el conocimiento de las cosas inmortales el hombre es demasiado mortal”, y el foco de su reflexión lo situara en las existenciales coordenadas del espacio y el tiempo de su concreta experiencia vital.


En esta nueva obra de impecable construcción y, orgánicamente bien estructurada, y seriada bajo, casi, la exclusiva forma del soneto, al enfrentarse a las cuatro partes o estaciones de la vida del hombre en que ésta se divide, a sus equinoccios y solsticios, el autor va analizando desde la emoción y la belleza, y desde su personal instalación en su Valle de Pechina, las correspondientes fases de infancia, juventud, de madurez y senectud que configuran el todo de la vida humana, partiendo de la particular experiencia de la suya propia. Hermosas todas ellas para él, con dones y desafíos a la vez, hasta llegar al borde de la finitud, ante cuyo abismo en esta ocasión se detiene el poeta, sin pretender ir más allá, y aceptando, y no sin estoicismo, el que “...cuando morimos / descansamos”.

Para este paseo por la vida del hombre el autor utiliza el siempre perenne, clásico y eficaz vehículo del soneto; pero dotándolo de una conmovedora y novedosa nervatura de giros y de rimas, aún cuando toda esta andadura nos reciba y se abra con un pórtico de deslumbrante y difícil tensión rítmica mediante el poema introductorio “Cuando”, escrito en unos fluentes eneasílabos —metro particularmente arduo de adaptación a nuestro castellano por su origen francés, y que nada tienen que envidiar a la musical y sobria perfección en el manejo del mismo por su maestro José Hierro.

Este poema en eneasílabos rimados, introductorio lírico general a todo el libro, alude todavía a un concepto inexistencial del tiempo, y con sus abstracciones adverbiales, marcadas con negrita en el texto, consecuentemente a la nada. Sus tamaños de fuente cursiva son ligeramente superiores a los del resto del libro, incluidos los de los pórticos de cada capítulo, que el lector podrá leer en un tamaño 14 / 12.

La primera sección, “Equinoccio (De la Creación)”, nos recibe con un canto a la iluminante ventana abierta al mundo de los sentidos, que nos permite la captación de su varia y tornasolada hermosura, como la que preside el maduro discurrir del poeta en sus horizontes del Valle de Pechina, en Almería, y que se resume en la deslumbrante belleza de la flor: “Si la virtud del lirio se desnuda...”. En él se advierte ya la plenitud lírica de una forma limpiamente trabajada y conseguida, en la que a lo largo de los catorce endecasílabos y las tres anáforas encadenadas con que se abren las tres últimas estrofas, el ritmo sin falla va marcando la melódica y a la vez original textura de unas rimas con las que Domingo Nicolás da un sesgo muy personal y de hoy, aunque abrevando en la mejor tradición del género, a marco estrófico tan clásico y renovado.

Y junto a la belleza radiante y acogedora de lirios y de cedros, de flores y otros árboles que le rodean, la emoción vegetal, casi primaveral, de la llegada de los nuevos retoños del árbol familiar con la auroral irrupción del primer nieto, otro nuevo y fresco golpe de vida que viene a añadirse a la ya vivida del poeta. Domingo, en esa poesía de cosas familiares, en que Lope y Unamuno son auténticos referentes, responde con la autenticidad que desde siempre caracteriza a su insobornable condición de hombre y de poeta frutecido, se inserta en esa tradición del tema doméstico y entrañable que desde Lope de Vega, y pasando por Miguel de Unamuno, Miguel Hernández, y Ángel García López, maestros en el género, marca una temática, honda y emotiva de nuestra literatura, hoy casi ausente en una producción literaria, presidida por una banalidad insustancial, que ha hecho de la poesía un mero juego o pasatiempo más bien frívolo, y de espaldas a una creo que necesaria humanización de la lírica.

Y a ese pétalo primero, que es el pequeño Alejandro, le sucede el audaz nacimiento de su hermana Julia, y antecedió aquel otro de esperanzada alegría, por entonces aún nonata, que mes a mes, fuera ya disponiendo su flamante entrada hacia la vida. Y entonces la gravedad del soneto y de la dicción clásica se ilumina y alegra infantilmente con un vocabulario cotidiano y lúdico, rompedor de la seriedad de la estrofa, (“y flipa...”), a la vez que con un innato sentido de los valores fónicos de la lengua el autor se recrea en un juego de sensuales aliteraciones de gustoso sabor fonético: “De nidal tan mielado el paladeo / entusiasma a este niño: ...los turrones, / el mazapán, su tacto de ilusiones / y nieve, ya anunciado el jubileo”.

Inserto gozosamente en la creación, en medio de todas las criaturas que le rodean, humanas, animales o botánicas, sobrevive el recuerdo vital del maestro y amigo José Hierro, reverdecido perenne en el esplendor vegetal del ficus que él plantara en el jardín del poeta, bajo el cielo protector y azul del Valle de Pechina, cuya transparencia cala de íntima serenidad el alma, y donde la felicidad se hace casi respirable en la templanza de una Naturaleza a la vez desértica y frutal, con aromas y efluvios salinos de la marisma cercana.

Y junto a los nietos y el amigo, el recuerdo radiante y emocionado del hermano, trasfundido a la plenitud ubérrima de un Levante rebosante de fertilidad y dulzura, trascendido a la materia vegetal y marina de esta orilla mediterránea donde estrechamente trascendieran juntas sus vidas.

Pero no solo las humanas; el ancho corazón de Domingo tiene espacio suficiente para recoger y asilar a todas las criaturas que crucen o que aniden en su horizonte doméstico. Y sorprendente sería el título ultramoderno del “roquero solitario”, que nos haría pensar en un batiente cantante de rock

Más o menos duro, si no intuyéramos que se trata del ave, de una especie de pájaro muy parecido al gorrión; pero que no gusta de volar en bandadas colectivas sino independiente y a su bola. Soneto de gran novedad expresiva, con rimas de original sorpresa y armonía, y no exento de una mirada piadosa e impregnada de humor con que el autor contempla a todas estas pequeñas compañías de su vivir. Porque a los nietos, a los amigos, al hermano, se les ayunta esta otra cercana familia franciscana, que para Domingo Nicolás son los árboles, sus frutos y sus pájaros, una botánica esplendorosamente levantina y una volatería que con el poeta muestran una familiaridad, o consanguinidad, de primer grado.

Pero también el poeta pasea su mirada melancólica por la tierra herida, este poeta tan amante de la verdad y entrañado en la Madre Naturaleza. La segunda sección, “Solsticio (del Cereal y la Mirada)”, nos recibe con el pórtico capitular, en verso libre, titulado “¿Influencias del astro?”, una

especie de alegato, o súplica de clemencia de la divina Tierra, de una Tierra sagrada y profanada, ante las vejaciones acaso irreparables de que anda siendo objeto... De ahí la razón sorpresiva de su expresión final ante la espiga, símbolo de la obstinada fecundidad de un universo amenazado, que está perdiendo ya gran parte de su potencia genitora: “...Y en ti, espiga imprecisa, / —de pulso en el deshielo a tu quebranto—, ¿volveremos a hallarnos?”

Estamos en la zona de granazón del libro, que es, a su vez, la de los sueños hechos realidad, aunque amenazada por el hombre; es ya un tiempo de cosecha, y en esta sección brotan, con toda la potencia de la tierra, ajustados sonetos que confirman y expresan gozosamente la plenitud de ese orbe natural del que Domingo Nicolás parece recibir los flujos germinadores para su poesía enraizada en el humus y “arraigada” en el orbe de lo familiar y de lo natural, bajo esa cúpula protectora del aliento divino; pues estamos, de hecho, ante una poesía de íntima religiosidad, de cordial religación humana y espiritual tanto con los dones y los alimentos terrenales y las personas que nos configuran como con la sentida creencia esperanzada en un Creador sostenedor de toda esta armonía, que viene a compendiarse y a tener su reflejo en la pautada y métrica armonía de estos sonetos.

Es un cántico a la vida y a todas sus criaturas, que queda resumido en ese “Cántico del trigo”, en esa originalidad expresiva y un tanto franciscana del esforzado trigo cotidiano que nos llega “con su animoso caminar de lego”, primero a nuestros ojos y luego a nuestra mesa, para sumarse humilde y gloriosamente al orden de la vida y a hacérnosla más apetitosa.

El roquero solitario, la espiga, el ficus... cuánta religiosa solidaridad con todas las criaturas, aún las más despreciadas y rastreras bestezuelas del entorno doméstico, que pertenecen también, y con todo derecho, a ese orden vital que a todos nos constituye y en el que estamos solidariamente insertos. Y así tras los arreglos del jardín y la desaparición de ramajes, de posibles guaridas y recovecos, queda un melancólico remordimiento: “Con la imprevista poda y sus razones / os condené al desahucio. Ahora me siento / culpable; aniquilé vuestro aposento... / ¡Cuánta perfidia, ratas y ratones!”

Pero en esta lírica convivencia dialéctica con las bestiecillas del entorno, se transparenta asimismo una cordial ironía, unos rasgos de humor fresco y afectuoso, como en ese “mirlo ocupa”, que poco tiene que ver con ese otro chopiniano mirlo, de frac vestido, del poema musical de Gerardo Diego, y que con toda prepotencia usurpadora “clama que ¡El huerto es mío!”, sin consideración a la paz de ese jardín ni a los títulos de propiedad de su dueño.


Y entre toda esta fauna cotidiana, no podía faltar, tratándose de Domingo, el augusto y soberano, el confortable esplendor gatuno de “un doméstico félido, Su Alteza / Sir Antoñico...”, con todos sus derechos de propiedad casera ya reconocidos. Soneto de una insuperable y originalísima maestría verbal, que nos brinda esa ironía comprensiva y casi paternal del poeta ante este otro miembro más de la familia.

El pórtico III del libro, “Por los vanos del tiempo...”, trata de la supuesta inocencia del ser humano frente al fallo de culpabilidad de orden infinito del que se le hace reo, “asunto ya a debate personal con diferentes teólogos y sin posible resistencia (Dios nos libre de inútiles soberbias)”, me confiesa el poeta, al comentar juntos este libro, entre la esperanza y la desesperanza.

Curiosamente el pórtico a la IV sección del libro, “Solsticio (de los vagos Caminos)”, mantiene una estructura diferente a los otros, pues dentro de un poema en metro vario inserta un original, insólito soneto en cuanto a vocabulario y otras fórmulas de orden matemático empleadas se refiere..En esta sección, un tanto oscura y dubitativa, el poeta se enfrenta ante una meditatio mortis, dentro de una atmósferas de grave temperatura existencial y metafísica, alejado ya de la gozosa afirmación de poemas anteriores: “...¡volúmenes de Dios!: ¿dónde el aroma / de su indulgente trigonometría?”. Y aquí encontramos los poemas de más hondo latido, como el dedicado “in memoriam” al hermano desaparecido, o los titulados “Cómo acabar la nada es el misterio”, o “Del más oscuro signo luminario”. Pero hay uno de título estremecedor, y que resume el espíritu de esta última zona del libro: “Del velero que parte y va sin dueño”, maravilloso endecasílabo.

También memorable es el último, “Cita”, soneto anafórico (“De soledad... de soledad...”) a lo largo de todos sus versos, en el que el poeta contempla, como por vez postrera, su Valle de Pechina: “De soledad el vuelo me estremece. / De soledad, si al fin afronto y viro / de soledad el Valle. Ya oscurece”.

Así, con una pausada beatitud de ocaso que se cierne sobre el contemplativo, se cierra el libro, y nos asalta el solemne y sencillo recuerdo del final de la Égloga primera de Virgilio, aquel “Et iam summa procul villarum culmina fumant / maioresque altis de montibus umbrae”. (Y ya comienzan a humear las techumbres de las alquerías / y van cayendo, cada vez mayores, las sombras desde los altos montes.”) Y no es nada gratuito el recuerdo del clásico latino, con todo su vivo e inocente amor por la Naturaleza ante la benigna y comprensiva mirada de Domingo Nicolás por todo ese mundo natural que le rodea, hecha de amor y poesía, una poesía consustancial a su manera de mirar el mundo y que impregna de una emoción palpitante y humanísima cada uno de los versos de este canto a la vida antes de las definitivas sombras del crepúsculo.

Carlos Clementson

sábado 29 de enero de 2011

Conferencia de Fulgencio Martínez en el homenage a Miguel Hernández en Alcantarilla



El pasado jueves, 27 de enero, se celebró la conferencia "La poesía social de Miguel Hernández", impartida por Fulgencio Martínez, dentro de las jornadas de homenaje al poeta oriolano que Cultura y Compromiso en Murcia está organizando hasta el próximo mes en el Casino de Alcantarilla.

Las presentó Juan Diego Toledo Valero. En el vídeo siguiente, el inicio y planteamiento de la conferencia.



La mirada médica de la literatura


El propósito de desarrollar una reflexión acerca sobre las relaciones entre las letras y la medicina, es antes que nada, una excelente oportunidad para revisar nuestra experiencia como lectores, y un desafío para todos, sobre todo, si tenemos en cuenta que no son pocos ni los escritores que se nutrieron de la experiencia que ofrecen las disciplinas médicas, ni tan escasos los ejemplos de médicos para quienes las letras fueron parte importante, y algunas veces muy destacada, de su quehacer.

Para algunos escritores fue muy significativo lo que pudo aportarles la medicina como saber y, en ocasiones, también como práctica. Tampoco son pocos los médicos que hallaron en las letras el campo que les permitiera completar su vocación humanística.

Es cierto que al médico se lo requiere cuando se necesita su ayuda para comprender nuestro cuerpo; pero eso no quiere decir que en todos los casos el médico pueda realizar su tarea atendiendo sólo al cuerpo.

Y en cuanto al escritor, su asunto es siempre, de una u otra manera, el hombre, y muy a menudo ese hombre doliente que atiende el médico. Para los dos, el ser humano está siempre en el centro: él es, en definitiva, el lugar de encuentro de ambas disciplinas, las médicas y las literarias.

Es bien sabido que la ficción que nos ofrecen los novelistas, los escritores, los poetas, está bordeando asuntos que son cardinales de la experiencia médica. ¿Qué tema es más frecuente en las novelas, narraciones, en los poemas? La muerte, ese filo en el que culmina o se disuelve el destino de cada hombre, y que es un punto clave para todos, ya que nos anula y nos completa a la vez.

Así pues, la muerte es, sin duda, la situación extrema que solicita tanto la atención del médico, como la del escritor, y acaso es eso lo que hizo que tantos médicos se hayan dedicado también a las letras, y que tantos escritores hayan otorgado a su vez tanta atención a la medicina. En este sentido, hay muchísimos ejemplos a lo largo de la historia de la literatura. Es evidente, entonces, que el conocimiento de los hechos más críticos de la vida, esto es, las enfermedades, las heridas, el dolor y la muerte misma, son de particular interés para los narradores.

Pero, además de hacer un recorrido por la temática médica que los escritores absorben, hay que tener en cuenta que en el ejercicio de la medicina, el hombre está absolutamente expuesto al dolor, a las profundidades de la miseria humana, aunque siempre enmascarada por la esperanza, ¿qué tipo de sensaciones, entonces, penetran al médico que no sólo ha de calmar el dolor físico, sino que como ser humano, no puede mantenerse ajeno a ello? El dolor es la única causa que logra mover las entrañas y en ello, aparece el arte. Porque el arte no forma parte de la vida diaria, pero sí se alimenta de ella. Y sino, podemos pensar e imaginar varios por qués: ¿por qué los escritores han sido hombres entristecidos?; ¿por qué los médicos han dedicado tantas horas a la escritura?; ¿por qué la contemplación de los fenómenos más atroces de la humanidad han merecido los títulos y portadas de las mejores obras literarias?, ¿por qué nosotros lectores nos convertimos en voraces buscadores de tragedias humanas?; a esto, tan breve se podría agregar un extenso etcétera.

Bien, es verdad que el acto médico es siempre de interés literario; pero también es cierta la afirmación recíproca: hay páginas literarias que equivalen a un acto médico. No hay más que leer el fin de “Mme. Bovary” de Flaubert, para comprobarlo. Allí el autor hace sentir el horror de la muerte por envenenamiento de arsénico en una página que es memorable como escritura, pero cuya nítida precisión hace que ella también sea un notable ejemplo de descripción técnica de la agonía provocada por ese veneno.


Es cierto que Flaubert era hijo y nieto de médicos, pero también es cierto que él expresó que en algunos escritores se siente la carencia de un ángulo de mirada sobre el acaecer humano que los médicos, o que, al menos algunos médicos, poseen, y que es necesario a un escritor.

Hay también otro aspecto que vincula la medicina y la literatura y que tiene que ver con su presencia en la sociedad. Para ver esto mejor, hay que recordar la antigüedad, los tiempos en que un prestigio similar envolvía a ambos y los ensalzaba, destacando tanto en uno como en otro, tanto en el poeta como en el brujo, un similar del dominio sobre lo desconocido; aquel tiempo cuando eran casi lo mismo el poeta, el profeta y el mago.

Aún ahora tiene el médico, en su función social, un atributo de excepción: el de ser quien, delante de nosotros, nos dice, de nosotros mismos, lo que nosotros no sabemos. Es el que nos habla de hechos desconocidos que ocurren en nosotros, de procesos que nos hacen padecer y que acaso él podrá enmendar para que no padezcamos. Tal presencia en la vida cotidiana queda colmada de una investidura especial, de un poder que va más allá de su persona, y acaso aún de su voluntad.

Y aquí es forzoso evocar la figura de Goethe, quien recibió durante su juventud el influjo de muchas corrientes esotéricas de pensamiento, pero que luego fue incorporando progresivamente, los diferentes aportes del campo de las ciencias naturales, entonces en fermentación. Desde mi punto de vista no podemos dejar de señalar que en su obra más importante, el “Fausto” y en una de sus primeras páginas, la meditación del protagonista, que es un médico, parte de la evocación de las palabras del famoso primer aforismo del “Corpus hipocrático”: “vita brevis, ars longa” (breve es la vida, largo el arte), y allí, la cita de Goethe.

Otro ejemplo magistral de esta relación de la que hablamos lo constituye “La guerra y la paz” de Tolstoy; del momento en que el príncipe Andrés, cae herido en medio de la batalla. Es un momento de extremo peligro, cuando al ver que el soldado que llevaba la bandera, cae herido, el príncipe se apodera de ella y avanza con su batallón, mientras ve cómo, cerca de él, luchan dos combatientes hasta que de pronto recibe un golpe y deja de verlos; está cayendo, no puede ver ya la pelea, pero sí ve de pronto, muy alto sobre su cabeza, “el cielo inmenso- dice Tolstoy- moteado de leves nubes”- y agrega- ¡Qué serenidad, que paz!” Ya no piensa en aquellos que luchaban, sino en eso que se le revela en el momento de caer herido, y todo lo que lo demás deja de tener importancia.

“¿Cómo no me había dado cuenta antes de esa profundidad sin límites? ¡Qué feliz soy de haberla visto al fin!” “Sí, excepto esto, todo es vacío y decepción. No existe sino la serenidad y el reposo”

Es uno de esos momentos en los que el narrador se hunde en el alma del personaje y pone en evidencia uno de esos estados de iluminación que trascienden las circunstancias, y todo ello merced a esa visión profunda que caracteriza a los grandes. A eso llamaba Flaubert “la mirada médica”; yo le llamo “la mirada por atrás”.

Mónica Maud

viernes 28 de enero de 2011

Heredero de la alquimia


David Mateo
Heredero de la alquimia
Ilarión Ediciones
Madrid, octubre de 2010


Que la fantasía es una cultura muy relacionada con el mundo mediterráneo, creo que nadie debería dudarlo. Que su vinculación con la poesía data de los tiempos anteriores a la escritura, menos aún, y que aquella, la fantasía, nacía, crecía y se expandía junto a la realidad cotidiana, sólo hay que leer los textos homéricos o, adelantándonos más en el tiempo, leer el Poema de Gilgamés, donde encontraremos todos esos componentes: poesía, fantasía e historia.

Pero tampoco se trata de olvidarnos del maestro de la fantasía moderna, Tolkien, quien nos llevó a un nuevo nivel de la cultura fantástica: la épica lucha entre el Bien y el Mal, la miríada de personajes, razas e inexistentes seres que lo pueblan y un mundo imaginario concreto hasta el más mínimo detalle, lo que ha definido la fantasía épica tal y como se conoce tras El señor de los anillos.

Esto es lo que Juan Luis Cebrián definió como la cultura de la cerveza, en contraposición de la cultura del vino, donde esa eterna lucha entre el Bien y el Mal muchas veces adquiría tintes donde se dudaba qué era el Bien y qué era el Mal; donde el mundo por el que pululaban los seres mitológicos, legendarios o epopéyicos era el mismo por el que vivían o mal vivían los seres humanos (recuérdese la leyenda de la Esfinge, esperando en un camino cualquiera para someternos a sus enigmas); y, en fin, donde la legión de seres inexistentes se parecían, en muchas ocasiones, a los que rodeaban a quienes vivieron aquellos heroicos tiempos.

Tal vez te preguntes por qué esta larga introducción para comentar el libro que nos ocupa, y voy a responderte. Estamos ante una novela de 650 páginas, que se desarrolla en Egipto, en Israel, en Siria, en Asiria, en Mesopotamia, en Babilonia... pero no es una novela histórica, aunque datos de la historia contenga; no es un ensayo histórico, aunque pudiese parecerlo; es una novela de fantasía protagonizada por Neferet y Akbeth, maestra y discípulo. Bien, creo que ya tienes parte de la respuesta, desconocido lector o lectora: acuérdate de cuanto te han enseñado sobre el mundo de Oriente Próximo, sobre Babilonia, sobre Mesopotamia, sobre el Egipto antiguo, incluso las lecturas del Antiguo Testamento, Sodoma, Gomorra, Jericó... y, una vez recordado, olvídalo. Sí, olvídalo, disponte a disfrutar de un viaje fantástico en pos de algo que nosotros, mentes materialistas del siglo XXI, de la cultura del Internet, del iPAP, del facebook o del twister, somos muchas veces incapaces de imaginar, y menos aún, de ponernos en la piel de aquellas mentes inocentes que se fascinaban con cuanto les rodeaba.

David Mateo hace eso, nos lleva de regreso a la fantasía de la cultura del vino- aunque no puede evitar meter seres más propios del norte de Europa que del Mediterráneo, pero, ¿qué importa? ¡¡Es fantasía!! Y con el pretexto de un suceso cataclísmico que podría acabar con el mundo conocido (¿os suena? Sí, otro de sus aciertos: la humanidad, cada etapa, cada tiempo, debe inventarse un acontecimiento que acabará con este planeta, el más próximo, ya sabéis, 2012), nos lleva desde Egipto a Numeria, nos va alejando a cada página de la realidad para meternos en la fantasía, casi sin que nos demos cuenta, y nos conducirá hacia un final que me gustaría definir como épico, no por lo maravilloso, que puede serlo, sino por que es épico, de épica, de fantasía, de una aventura que ha merecido la pena y que augura una posible continuidad.

No lo sé, no he hablado de esto con el autor, el cual me honra con su amistad, como tampoco por qué en algunos tramos utiliza un lenguaje demasiado actual para el tiempo en que sitúa la epopeya (entiéndase aquí en su acepción de conjunto de hazañas y hechos de una persona o un pueblo), pero no es un desdoro para el disfrute de 650 páginas de nuestra cultura fantástica.

Francisco Javier Illán Vivas

El reino blanco, de Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca
El reino blanco

Visor
Madrid, marzo de 2010


El reino blanco es el título de la entrega poética más reciente de Luis Alberto de Cuenca, que él mismo nos introduce: “el título de este libro me lo regaló Marcel Schwod. Consta de noventa poemas escritos entre 2006 y 2009, aunque algunos- muy pocos- son anteriores a 2006”, y que los lectores de Ágora, papeles de arte gramático hemos tenido oportunidad de descubrir ya algunos: Mujeres en ninguna parte, Central termoginética, Recuerdos de infancia o Happy family, que me vengan ahora mismo a la memoria.

Esta entrega poética es, sobre todo, un canto a las mujeres- algo, por cierto, muy común en la obra poética de De Cuenca-, pero además al amor, y a la pasión que ese sentimiento despierta. Está dividido en diez partes, donde el madrileño ha ido colocando los poemas según como los ha escrito (sirva de ejemplo la parte dedicada a los Haikus o a las Seguidillas), el tema (Sueños, Recuerdos) o la entonación, el tono, que ha pretendido darle al poema.

Dedicado a “Alicia, amazona del verano”, antes de entrar el la primera parte, Sueños, nos recuerda que “la muerte es ese desconocido que aparece en las fotografías familiares”, por eso tal vez el libro sea también un canto contra el tiempo de la muerte, a favor de la vida y del verano, un verano que se ha terminado cuando escribo este comentario, pero que tiene más de canícula eterna, permanente, como esa alegoría a la Jerusalén inmortal que Michael Moorcock nos presentaba en su Multiuniverso.

La poesía de Luis Alberto de Cuenca se hace cercana al lector, por su claridad expositiva, por los temas cotidianos que nos presenta- destacable La maltratada: “...Me quedo/ acurrucada en un rincón del dormitorio,/ esperando que vuelvas y sigas arrasando/ con gestos de desprecio, con golpes y con gritos/ aquel campo de amor que cultivamos juntos”- incluso por tratar lo que llaman temas urbanos, por los tebeos que hemos leído, por las canciones que hemos escuchado.

He leído este libro un par de veces, y volveré a hacerlo en un futuro, porque cuando se tiene cierta edad, ya se sabe, más que leer, se relee lo leído, y sé que volveré a encontrarme con esa delicia de la parte titulada “Puertas y paisajes”, y entraré en ella por la Puerta abierta, y me pondré, sin más, a la tarea.



Francisco Javier Illán Vivas

jueves 27 de enero de 2011

A las 20 horas en el Casino de Alcantarilla, Fulgencio Martínez pronunciará una conferencia sobre Miguel Hernández y la poesía social


Os recordamos que esta tarde, a partir e las 20 horas, Fulgencio Martínez, codirector de Ágora papeles de arte gramático, pronunciará una conferencia en torno a Miguel Hernández y la poesía social, en el Casino de Alcantarilla, a partir de las 20 horas.

Con posterioridad se celebrará una mesa redonda sobre la literatura en Murcia, donde intervendrán Lola López Mondéjar, Gines Aniorte, Patricio Peñalver y Francisco Javier Illán Vivas, codirector de nuestra revista.


Ágora estará muy bien representada esta tarde en el evento de Cultura y compromiso en Murcia.

Presentación de El cuerpo del día en Madrid


Fulgencio Martínez presenta El cuerpo del día, en el Ateneo de Madrid, a partir de las 20 horas. Estará acompañado de Ana Delgado Cortés y de Alma Pagés.

Será mañana, 28 de enero.

miércoles 26 de enero de 2011

El cementerio de rosales

Cuando bajó del autobús del Cementerio de Rosales ya era otoño. En la media hora que había durado el revirado trayecto del bus que recorría el interior de la necrópolis, desde su entrada principal hasta la Capilla del Sagrado Corazón, en la parte más alta, la señora María pudo comprobar cómo la relativamente cálida mañana de septiembre se había transformado en un domingo desapacible, incluso podría decirse que algo inquietante por el lugar en donde se hallaba.

Durante esa travesía por las entrañas de la ciudad de los muertos, recorrido de panteones de oxidadas verjas entreabiertas con las grúas del puerto como decorado de fondo, de silenciosos senderos y bloques de nichos, de tumbas recientes y gatos perezosos y gaviotas que miraban de modo insolente desde las cruces de piedra, de armazones metálicos de antiguas coronas que convivían con recuerdos en los sepulcros más recientes como fotos de cumpleaños y postales y bufandas del club de fútbol de la ciudad, se había girado un viento de película de horror y el cielo había adquirido una tonalidad plúmbea que invitaba a acabar cuanto antes el acostumbrado tributo a sus muertos y coger el primer autobús que cubriese el camino de vuelta. Solía realizar la visita anual a la tumba de sus padres en septiembre u octubre para evitar el sofocante calor del verano y el gentío que se reunía en el Cementerio de Rosales cada Día de Difuntos. Así podía sentarse en el transporte público y procurarse con relativa facilidad una de las escaleras para alcanzar el nicho, ubicado en el tercer piso de los Columbarios A de la Agrupación 12 de la Plaza de San Agustín, tareas nada fáciles conforme se iba acercando el primero de noviembre.

Se sentó en la parada y buscó en la bolsa el llavín del nicho. No había cambiado nada en la plaza desde la última vez. Se reconocía fácilmente desde el mismo autobús por la aparatosa tumba gitana que la jalonaba: una Virgen de yeso azul celeste de talla humana, rodeada de macizos de rosas artificiales rojas y amarillas, honraba los restos de Antonio y Chiqui desde hacía más de diez años y los Moreno se encargaban de que siempre estuviese perfecta. Algo más arriba, y a la sombra de unos cipreses, otra vieja conocida. La cruz imponente y parcialmente cubierta de musgo del sobrio sepulcro de Raquel Sanjuán, la cupletista y actriz de cine cuya fama trascendió fronteras allá por los años veinte y treinta. La señora María se acercó a curiosear. Alguien había dejado sobre la lápida un ramo de claveles frescos no haría más de una semana. ¿Un admirador nostálgico, un pariente? El tiempo no invitaba a recrearse en tales cavilaciones. Se ajustó un pañuelo al cuello y se levantó el cuello de la chaqueta de punto. Tomó el camino de grava de la derecha y giró por el tercer sendero a la izquierda. Le preguntó a un empleado que cargaba los restos desarmados de un viejo ataúd en su camioneta si le podía acercar una escalera que divisó al final del sendero. Él la miró con desgana y decidió que le costaba más improvisar una excusa coherente que andar unos metros. Volvió en un par de minutos con la pesada escalera metálica. Entretanto, la señora María había sacado de su bolsa el limpiacristales, un par de trapos, un pincel para el polvo, unas flores artificiales de los chinos y un cubito de plástico verde, que llenó de agua en la fuente. Salía helada. Desde allí podía verse tanto el mar, al este, como el palacio de deportes, la torre de telecomunicaciones y el museo nacional de arte, al oeste. Le agradeció el favor al empleado del camposanto quien, al abrir la puerta de su vehículo, le dio a entender, levantando su brazo derecho y sin girarse, que la había escuchado.


Subida a la escalera, abrió la portezuela y pasó un agua por el cristal. Con cuidado porque no ajustaba bien. Escuchó cómo arrancaba y se alejaba la camioneta del operario. Pasó el trapo mojado por la cara interior del vidrio. Le extrañó la ausencia de la señora Teresa. Teresa, su vecina del segundo cuarta contando desde la izquierda del columbario, acudía cada domingo a limpiar el nicho en el que reposaba su marido, oficial jubilado del cuerpo de bomberos. Según le había comentado en cierta ocasión, desde que éste falleciera, sólo había fallado a su cita dominical cuando se rompió la pierna en la primavera del noventa y cuatro. Nunca le había dicho cuándo había tenido lugar su muerte pero por cómo hablaba la anciana tenía que haber sido alrededor de hacía quince años.

Consultó su reloj. Las diez y veinte. Posiblemente la señora Teresa habría pensado tomar el autobús de las diez y media y todavía le daría tiempo de saludarla, preguntarle cómo le iba, hablar del verano que estaba a punto de terminar, de sus dolencias, de sus nietos. Roció con el limpiacristales la cara exterior de la puerta de vidrio y pasó el trapo. Repitió el proceso por la cara interna y bajó para cambiar el agua. Pudo distinguir un cortejo fúnebre camino de la Agrupación 5. Cepilló bien la superficie de mármol negro en la cual se leía en letras incisas los apellidos de la familia. Pasó el trapo mojado y luego uno seco y comprobó con inquietud que el mármol bailaba. Avisaría a los responsables de pompas fúnebres para que alguien le echase un vistazo y afianzase la placa con algo de cemento. Remojó los dos jarritos de cristal que custodiaban el nicho, los secó a continuación y cambió las flores de plástico blanco que había dejado el año pasado por otras de color amarillo. Cerró la puerta y bajó de la escalera.

Después de guardarlo todo en la bolsa, echó un vistazo a la obra concluida, ritual que acostumbraba a llevar a cabo antes de irse. Se frotó las manos, las tenía frías. Como ella decía, el nicho había quedado curioso. Era muy consciente de que no estaba haciendo nada por sus padres pero ella se quedaba más tranquila. También tenía la profunda convicción de que sus hijos no harían nada parecido ni por ella ni por los abuelos. El primer año a lo sumo. Luego lo dejarían estar. Pero ese convencimiento no constituía una razón de peso para no seguir haciendo lo que ella consideraba lo más apropiado: rendir un modesto homenaje a los parientes desaparecidos, proclamar a quienes pasasen por el Columbario A de la Agrupación 12 de la Plaza de San Agustín (los empleados del cementerio, las dolientes peregrinaciones de deudos, los gatos) que don Leopoldo Dolz y doña Filomena Carvajal de Dolz continuaban teniendo a alguien que se seguía preocupando de ellos porque no había nada en este mundo (ni en el otro) más triste que una tumba olvidada. Siempre dijo que los muertos merecían respeto, todos sin excepción, incluso aquellos que no habían sabido ganárselo en vida. Al pie de la escalera se olvidó por un momento del fresco que comenzaba a calársele en los huesos y se detuvo un momento en la contemplación de la placa de los Martínez Iniesta (cada año reparaba en ella al coincidir sus apellidos con los de su cuñada), del Riposa in pace de los italianos, del nicho de la familia Morte Degollada (desde siempre le había llamado la atención esa paradójica unión de familias) o del de los Kryzanovski, tan bien cuidado, de esas desoladoras sepulturas anónimas y de las cerradas con cemento y señalizadas con pintura negra por los operarios municipales, depositado el cadáver, Manuel Palomo Valiente, 10-12-1973 o propiedad funeraria de la familia Cortés Alvarado. Nada hay más desolador que un muerto abandonado por los suyos, se decía una y otra vez, que uno de esos avisos de desahucio pegados en los nichos impagados: Sepultura no actualizada según artículo 66 de la Ordenanza de Cementerios, plazo de actualización desde el 1 de septiembre hasta el 30 de noviembre. Nada, nada había más desolador.

La señora Teresa estaba en el otro extremo. Su devoción por el esposo ausente, sus constantes visitas al hombre con quien había compartido más de media vida contrastaba con los cristales rotos y empañados, con los ramos dejados hacía décadas en aquellas sepulturas del desarraigo. La inspección rutinaria de despedida del cementerio la llevó al segundo cuarta de su vecina Teresa, al segundo cuarta contando desde la izquierda. De pronto, sintió como si toda la sangre le subiese a la cabeza y notó cómo la vista se le nublaba tras un estremecimiento de aprensión. Creyó desmayarse y echó mano instintivamente a la escalera a punto de perder el equilibrio. Un nudo en la garganta ahogó su grito de dolor. Allí estaba Teresa, la fiel custodia del segundo cuarta, sonriéndole. La suya era una sonrisa amable, acogedora. Su pelo volvía a ser caoba, como cuando la había conocido, aunque ahora lo llevaba suelto. No recordaba haberla visto nunca tan joven. Pero no cabía duda de que era ella, con uno de sus jerseys de punto de cuello alto, la medalla de la Virgen de los Dolores y sus ojos grises, tan vivaces, mirando un punto indefinido, allá, al frente. Era ella, esmaltada en el frío óvalo, junto al retrato de su marido, con su uniforme, decolorado por el sol y la lluvia. Teresa, Teresa…

Se giró un viento helado. Tenía el tiempo justo para coger el autobús de regreso. Bajó con la cabeza gacha el camino de grava, las manos hundidas en los bolsillos y paso vivo. Teresa, Teresa… hasta el año que viene, Teresa…


David Vivancos Allepuz

Cultura y compromiso en Murcia: Homenaje a Miguel Hernández

c) Jueves, 27 de enero, 20 horas.CASINO DE ALCANTARILLA:

CONFERENCIA: Miguel Hernández y la poesía social

- Fulgencio Martínez, codirector de Ágora, papales de arte gramático, poeta y escritor.

DEBATE: LA LITERATURA EN MURCIA

- Ginés Aniorte, poeta.

- Lola López Mondejar, escritora

- Patricio Peñalver, escritor.

- Francisco Javier Illán Vivas, escritor

Más información AQUÍ.

martes 25 de enero de 2011

Calle del aire

Padre:


ahora podríamos

volver a bajar

o a subir

una calle

nuestra

por la que pasamos

como si tal cosa

con la moto:

yo era un niño

y sonreía al aire

junto a tus brazos,

en vida.

Como si tal cosa.

Antonio García Soler

lunes 24 de enero de 2011

Decreto de la verdad corporal

“Decreto-Ley, día 1, mes 1, año actual:

A fin de restituir su verdad al ciudadano

se procederá al retiro de cualquier implante, prótesis,


muleta, audífono, lente, píldora, inyección u onda”,

rezaba el texto. Y quedaron los de las bocas deshechas,

los invidentes y sordos, los torcidos, los tullidos,


el flojo atleta, el caduco caduco, la horrenda miss,


los infectados y los podridos, y en fin, los muertos.


Isidro Iturat

Vals lento

bailemos un vals, hermosa mujer,

he colocado las velas en un círculo especial

lo bastante pequeño para conservar el misterio

lo bastante grande para que el centro

quede lo más oscuro posible

a lo largo y a lo ancho de la vía láctea

nuestros pies removerán la arena

mezclada con nácar

giraremos lentamente contra las agujas del reloj

hasta el primer segundo del mundo

cuando solo existía nuestro círculo infinito e ínfimo

como el número mágico Aleph

entonces te entrarán deseos de llorar

los pájaros se posarán en tu hombro felino

y abrazados a esa lágrima

rodaremos por tus blancas mejillas

en un vals lento

silencioso

y sin fin

amen…

Varujan Vosganian
traducción de Joaquín Garrigós


domingo 23 de enero de 2011

La cuarta dimensión

yo soy un escriba... tengo los dedos apretados

en la pluma

como la garra de aves congeladas

no me preguntes por mí, reina,

mi aliento está más allá de este mundo

como el vapor se levanta suspirando

de los surcos recién removidos

hace mucho que se me ha olvidado hablar

cada palabra escrita mata decenas de otras palabras

desciende y mira por encima de mi hombro

la fina línea con la que coloco en el mundo

la cuarta dimensión

el tizón arañando las paredes de Altamira

el barro liso y caliente como la mejilla de un niño

el papiro donde se mezcla el ala de un dios

tres veces alabado

con la sonrisa del filósofo de Estagira

he escondido el libro de arena pero dejando

que de su polvo surja la buena nueva

he copiado manuscritos he aplastado

la pulpa de la hoja hasta prensarla

y en las paredes de los bulevares he hecho

pintadas

estoy condenado a escribir sobre cosas ajenas

hasta que la tinta extenuada sea reemplazada

por mi sangre

estrechos márgenes tiene el mundo

para que quepamos nosotros,

amada mía,

reina mía

Nefertiti...

Varujan Vosganian
traducción de Joaquín Garrigós

Las nuevas colaboraciones en Ágora, papeles de arte gramático.

Como es ya una norma no escrita de Ágora, papeles de arte gramático, el actual número 22 de Ágora digital cuenta con un elevado número de nuevas firmas que nunca antes habían publicado con nosotros, si las notas que hemos tomado no están equivocadas:

Vicente García Hernández, Toni Quero, José María Piñero, Izara Batres, Santiago Romero Portilla, Leftéris Poúlidos, Carlos Gargallo, Ginés Emile, Isabel Llorca Bosco, Sabrina García, Soledad Sánchez Mulas,, Germán Gorraiz, Jean Cristophe Martín, Pepe Pereza, Alejandro Ruiz Criado y Rafael Morales.

Un elevadísimo porcentaje sobre los autores y autoras que contiene el presente número.

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sábado 22 de enero de 2011

Ya puedes descargarte la revista digital nº 22 de Ágora papeles de arte gramático


YA ESTÁ DISPONIBLE en red el número 22 de Ágora digital, correspondiente a enero de 2011, con portada de de Carmen Clemente Abenza.

En el Diario de la creación poemas de Aldredo Rodríguez, Carlos Gargallo, Ginés Emile, Isabel Llorca Bosco, José Antonio Pamiés, Rubén Muñoz Martínez, Sabrina García y Soledad Sánchez Mulas.

Joaquín Piquéras regresa con la sección de Insólitos, con Raúl Núñez.

Relatos de Antonio Guerrero, Germán Gorraiz, Jean Christopher Martin, Pepe Pereza, Alejandro Ruíz Criado, José Luis Martínez Valero.

En Textos magistrales, Pascual García, Vicente García Hernández, Toni Quero, José Luis Zerón Huguet y Santiago Delgado.

Manuel Herrero Carcelén entrevista a Venancio Iglesias, en la sección de Conversaciones con...

Poemas de Francisco Javier Illán Vivas y de Leftéris Poúlidos en Per-versiones, con traducción de Imelda Silva y de Bartolomé Fuentes.

En Bibliotheca grammatica, libros comentados por Gonzalo Gómez Montoro, Fulgencio Martínez, Francisco Javier Illán Vivas, Ángela Serna, Rafael Morales...

Y mucho más que podéis descargaros.

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viernes 21 de enero de 2011

Los adolescentes furtivos, de Toni Quero


LOS ADOLESCENTES FURTIVOS

Toni Quero
Prólogo de Pere Gimferrer

LES ADOLECENTS FURTIFS
Edición bilingüe francés-español
Traducción francesa de Renada-Lauda Portet

Premio internacional de Literatura
Antonio Machado 2009
Cap Béar éditions (Perpignan, France) 2010




El libro Los adolescentes furtivos, de Toni Quero (Sabadell, 1978), sorprende por su música verbal y su ritmo emotivo, que nos hace volver a sentir el enamoramiento de la poesía que leímos en los años 70 del siglo XX (Aleixandre, Carnero, Pere Gimferrer).

Leyendo la primera sección de Los adolescentes furtivos nos viene una cierta sensación de dejá lu que se mezcla con la alegría de redescubrir, en el libro, la gracia de la Poesía que nos enamoró siendo adolescentes. Me quedo, como lector, con este regalo gozoso, que me devuelve la revelación de la palabra poética. No es poca cosa, hoy en que legión de poetas “jóvenes” escriben, sin estar dotados para el ritmo y a trompicones, “poesía joven” aunque hayan cumplido más de treinta años. Pero, en el caso de Toni Quero, el clisé se nos cae: ya en una primera lectura seguida de su libro, captamos el esfuerzo de un poeta de verdad: la autenticidad de su voz se revela por la respiración de fondo que acompaña nuestra escucha de Los adolescentes furtivos. Esa autenticidad le da una segunda lectura, que no necesariamente ha de coincidir con la primera, más externa e impactante.

Las notas que siguen son mi pesquisa en el estrato de fondo de esta poesía; están guiadas por el intento de explicarme la originalidad de su autor, que descubro de primeras, a la vez que me viene envuelta en una impresión de deja lu.

No anticipo que dicha impresión sea un demérito: al contrario; podría ser un gran acierto el de esta poesía el provocar la actualidad de la mejor. Es claro, sin embargo, que, para mi análisis, esto complica y hasta cierto punto oculta el ver lo propio del poeta Antonio Quero.

Partiré de un poema, “Sabadell”, que quizá no es central en el imaginario del libro (levantado sobre el viaje de los adolescentes furtivos, en busca de lo desconocido, del otro lado, siempre, de este aquí limitador; en busca de la belleza y de ciudades fantásticas, literarias (literaturizadas) como Venecia, París... El libro se abre con una cita de Rimbaud, que ejemplica bien ese afán de huída pero, a la vez, de inquietud y búsqueda de una identidad más real, más plena; también, la angustia y el remordimiento por detenerse, y vacilar en ir hacia lo nuevo. Lejos de una fútil evasión, el libro, pues, se plantea nada menos que como una metáfora del espíritu y de la poesía moderna).

El poema “Sabadell”, “mi vieja ciudad de plomo”, “allí fue todo”, dice Quero. De la serie dedicada a ciudades y lugares emblemáticos para el poeta (Oporto, París, Venecia, Pontedeume), este poema es el que pone el comienzo del acento personal de Toni Quero, y donde se trenza el hilo que va a acompañarle por los laberintos de su búsqueda. Las referencias al Minotauro y a la memoria, que aparecen en poemas anteriores, cobran sentido tras este poema-evocación de las señas identitarias del poeta. Porque, en el fondo, la búsqueda del héroe adolescente de su identidad, es también la búsqueda en sí mismo del poeta, por realizarse como tal.

El poema titulado “Ser poeta”, “ser Rimbaud”, “ser invisible”, enfrentado a “la página en blanco”, “a la luz eléctrica”, lo dice claro: ese afán de huir en busca del otro es, sobre todo, una fijación del sueño adolescente de ser Rimbaud, de ser poeta; de la que hay que desprenderse, y no, para realizarlo con una carga propia. Afirmándose en la parte de ensoñación que es negada por lo real, en la disponibilidad del yo. (Je suis un autre, dijo radicalmente el autor de “Iluminaciones”; el extrañamiento constante, la dialéctica negativa que destruye, en sí misma, la posibilidad de afianzarse el yo en un otro definitivo, aunque este sea el mismo “Rimbaud”, y que se resuelve en una huida interminable...)

Quero nos hace patente esta contradicción, que da juego a su poemario.

Así, un tercer poema que destacamos del libro “Albada”, que contiene una reflexión de despedida tras un encuentro amoroso, trasunto renovado de la tradición romancesca, dice, en su arranque:


El temblor del alba,

pedazos de memoria interrumpida,

desamordazaba los cuerpos

entregados a la noche.


Y termina, con estos versos extraordinarios:

No retornarme nunca.

La brisa ondea el vello

y el húmedo cauce de sus labios.


Una centella anuncia el día.

La siega afeita campos y pestañas.


La condición del poeta asumida con madurez, y la despedida de las máscaras “furtivas” es -creemos- la verdad poética que se nos cuenta en el libro. En uno de los últimos poemas, de título mallarmeano, “El azur”, se permite el poeta mirar más allá, y retrospectivamente, con piedad, a sí mismo y a los dioses o ídolos de esa extraña religión moderna, ultrarromántica, de la huída al infinito y del prurito solipsista de lo otro.


“Enmudece tus labios ante los amados por los dioses. Apiádate de ellos

tanto como de los que son perseguidos”.


Para nosotros, ahí empezaría una poesía no solipsista, actual, volcada cordialmente hacia la alteridad.


Fulgencio Martínez

Sumario del nº 22 de Ágora digital




jueves 20 de enero de 2011

Náyade

De Azul
y/de espinas
de su miel
del cabuyo
o del maguey
de un regato remoto.

Del ponto
sus mareas
o de un salto
-de agua
a mi corazón-
del fluir de uno a otro.

Del querer.

Porfía
mi apetito.

Navarro Beloqui

Presentación de Ágora digital nº 22

PRESENTACIÓN


En el número 22 de Ágora digital presentamos un balance de las actividades realizadas en 2010 en conmemoración del Centenario del poeta Miguel Hernández, al cual dedicamos los números digitales 18 y 19 de nuestra revista, recogidos conjuntamente en un monográfico especial impreso. El artículo de Ramón Fernández Palmeral da cuenta del Año Hernandiano 2010. Se recoge en la sección “Miguel Hernández. Poscentenario”. No creemos que la actualidad de la poesía y del poeta oriolano se agote en una fecha conmemorativa; es por ello que, en Ágora, seguiremos recogiendo textos y noticias del complejo universo del autor de El rayo que no cesa.

En esta nueva entrega, la revista da a conocer al lector hispano la poesía del griego Leftéris Poúlios, a través de un trabajo de traducción y presentación del profesor Bartolomé Fuentes. Cinco poemas insertos en la sección “Per-Versiones”. En la misma, también, volvemos a incluir textos escritos en castellano y traducidos a otras lenguas. (La sección de traducción quiere ser un diálogo de ida y vuelta de los textos literarios). Como se hizo en números anteriores, con poemas de Miguel Hernández (traducidos al rumano) y de Raquel Lanseros (traducidos al inglés), en esta ocasión, ofrecemos un poema de Francisco Javier Illán Vivas en versión de la filóloga inglesa Imelda Silva.

Destacamos la entrevista al escritor Venancio Iglesias realizada por el periodista Manuel Herrero (“Conversaciones con...”), a propósito de la presentación del libro de relatos Esperando a Susana (Akrom.com).


Además, las secciones habituales: “Textos magistrales”, con un relato de Pascual García, el escritor murciano que en 2010 nos ha dado una excelente novela (Solo guerras perdidas), y poemas de Vicente García Hernández, Toni Quero, José Luis Zerón y Santiago Delgado. Y en las secciones de creación actual, “Diario de la creación”, “Relatos” y “Artículos literarios”, incluimos obras de nuevos autores. Aunque en todas las secciones de la revista presentamos al lector textos inéditos, salvo cuando expresamente se indica; en estas secciones de “primera lectura” los textos cumplen el requisito de ser rigurosamente inéditos (no publicados anteriormente en otro medio impreso o digital). De este modo, una revista literaria es fiel a su espíritu experimental, aproximativo al momento actual de la creación. Textos revisables, mejorables o desechables posteriormente por sus autores, pero que tienen un grado de calidad y de propuesta merecedor del conocimiento de los lectores.

La creación en nuestro blog (www.agoralarevistadeltaller.blogspot.com) de la sección Libros sobre la mesa, donde reseñamos una gran parte de los libros que recibimos, y publicamos también reseñas que nos envían nuestros colaboradores, nos permite que, en la revista Ágora digital, seleccionemos sólo unos cuantos artículos de novedades literarias, con un contenido crítico y una extensión más amplia que la simple reseña. La función de la crítica en una revista es, quizá, lo más difícil. Nos proponemos en Ágora -apelando siempre a la honestidad y sinceridad del crítico y a la curiosidad del lector- mejorar progresivamente esta sección. Creemos que el panorama literario adolece de una crítica seria e independiente, que valore desde la independencia personal y la amplitud de conocimientos literarios de un buen crítico. Por último, recordamos que en nuestro blog están las bases de la convocatoria actual de los Premios literarios Ágora y Andrés Salom, y que por diversos motivos posponemos para el próximo número el dossier sobre Guillermo Carnero.

miércoles 19 de enero de 2011

Augenblicke

Observar a la distancia, avanzar

saber callar,

ofrecerse y callar,

borrar la huella de la arena,

la marca del recorrido,

escuchar desde adentro

el compás de esa eterna melodía,

stop, reply, delete.

Será mejor callar y avanzar.

Siempre nos quedará

el triste eco de esa canción vencida.

Jannet Weeber

Ágora digital nº 22 está a punto


Os contamos que en breve estará en red el número 22 de Ágora digital, correspondiente a enero de 2011, que, por diferentes motivos, se ha ido postergando su lanzamiento en la red. La portada y contraportada serán de Carmen Clemente Abenza.

En el Diario de la creación aparecerán poemas de Aldredo Rodríguez, Carlos Gargallo, Ginés Emile, Isabel Llorca Bosco, José Antonio Pamiés, Rubén Muñoz Martínez, Sabrina García y Soledad Sánchez Mulas.

Joaquín Piquéras regresará con la sección de Insólitos, con Raúl Núñez.

Relatos de Antonio Guerrero, Germán Gorraiz, Jean Christopher Martin, Pepe Pereza, Alejandro Ruíz Criado, José Luis Martínez Valero.

En Textos magistrales, Pascual García, Vicente García Hernández, Toni Quero, José Luis Zerón Huguet y Santiago Delgado.

Manuel Herrero Carcelén entrevista a Venancio Iglesias, en la sección de Conversaciones con...

Poemas de Francisco Javier Illán Vivas y de Leftéris Poúlidos en Per-versiones, con traducción de Imelda Silva y de Bartolomé Fuentes.

En Bibliotheca grammatica, libros comentados por Gonzalo Gómez Montoro, Fulgencio Martínez, Francisco Javier Illán Vivas, Ángela Serna, Rafael Morales...

Y mucho más que en breve podréis descargaros.