
Tras su último libro, Gadea, esa estremecedora aventura por los horizontes, a un tiempo, de la vida y de la trascendencia, parece como si en este nuevo poemario, Domingo Nicolás, ciñéndose a las estrictas coordenadas del aquí y el ahora de nuestra existencia terrenal, siguiera, y no sin cierta resignación, el consejo de su maestro Séneca de que “Para el conocimiento de las cosas inmortales el hombre es demasiado mortal”, y el foco de su reflexión lo situara en las existenciales coordenadas del espacio y el tiempo de su concreta experiencia vital.
En esta nueva obra de impecable construcción y, orgánicamente bien estructurada, y seriada bajo, casi, la exclusiva forma del soneto, al enfrentarse a las cuatro partes o estaciones de la vida del hombre en que ésta se divide, a sus equinoccios y solsticios, el autor va analizando desde la emoción y la belleza, y desde su personal instalación en su Valle de Pechina, las correspondientes fases de infancia, juventud, de madurez y senectud que configuran el todo de la vida humana, partiendo de la particular experiencia de la suya propia. Hermosas todas ellas para él, con dones y desafíos a la vez, hasta llegar al borde de la finitud, ante cuyo abismo en esta ocasión se detiene el poeta, sin pretender ir más allá, y aceptando, y no sin estoicismo, el que “...cuando morimos / descansamos”.
Para este paseo por la vida del hombre el autor utiliza el siempre perenne, clásico y eficaz vehículo del soneto; pero dotándolo de una conmovedora y novedosa nervatura de giros y de rimas, aún cuando toda esta andadura nos reciba y se abra con un pórtico de deslumbrante y difícil tensión rítmica mediante el poema introductorio “Cuando”, escrito en unos fluentes eneasílabos —metro particularmente arduo de adaptación a nuestro castellano por su origen francés, y que nada tienen que envidiar a la musical y sobria perfección en el manejo del mismo por su maestro José Hierro.
Este poema en eneasílabos rimados, introductorio lírico general a todo el libro, alude todavía a un concepto inexistencial del tiempo, y con sus abstracciones adverbiales, marcadas con negrita en el texto, consecuentemente a la nada. Sus tamaños de fuente cursiva son ligeramente superiores a los del resto del libro, incluidos los de los pórticos de cada capítulo, que el lector podrá leer en un tamaño 14 / 12.
La primera sección, “Equinoccio (De la Creación)”, nos recibe con un canto a la iluminante ventana abierta al mundo de los sentidos, que nos permite la captación de su varia y tornasolada hermosura, como la que preside el maduro discurrir del poeta en sus horizontes del Valle de Pechina, en Almería, y que se resume en la deslumbrante belleza de la flor: “Si la virtud del lirio se desnuda...”. En él se advierte ya la plenitud lírica de una forma limpiamente trabajada y conseguida, en la que a lo largo de los catorce endecasílabos y las tres anáforas encadenadas con que se abren las tres últimas estrofas, el ritmo sin falla va marcando la melódica y a la vez original textura de unas rimas con las que Domingo Nicolás da un sesgo muy personal y de hoy, aunque abrevando en la mejor tradición del género, a marco estrófico tan clásico y renovado.
Y junto a la belleza radiante y acogedora de lirios y de cedros, de flores y otros árboles que le rodean, la emoción vegetal, casi primaveral, de la llegada de los nuevos retoños del árbol familiar con la auroral irrupción del primer nieto, otro nuevo y fresco golpe de vida que viene a añadirse a la ya vivida del poeta. Domingo, en esa poesía de cosas familiares, en que Lope y Unamuno son auténticos referentes, responde con la autenticidad que desde siempre caracteriza a su insobornable condición de hombre y de poeta frutecido, se inserta en esa tradición del tema doméstico y entrañable que desde Lope de Vega, y pasando por Miguel de Unamuno, Miguel Hernández, y Ángel García López, maestros en el género, marca una temática, honda y emotiva de nuestra literatura, hoy casi ausente en una producción literaria, presidida por una banalidad insustancial, que ha hecho de la poesía un mero juego o pasatiempo más bien frívolo, y de espaldas a una creo que necesaria humanización de la lírica.
Y a ese pétalo primero, que es el pequeño Alejandro, le sucede el audaz nacimiento de su hermana Julia, y antecedió aquel otro de esperanzada alegría, por entonces aún nonata, que mes a mes, fuera ya disponiendo su flamante entrada hacia la vida. Y entonces la gravedad del soneto y de la dicción clásica se ilumina y alegra infantilmente con un vocabulario cotidiano y lúdico, rompedor de la seriedad de la estrofa, (“y flipa...”), a la vez que con un innato sentido de los valores fónicos de la lengua el autor se recrea en un juego de sensuales aliteraciones de gustoso sabor fonético: “De nidal tan mielado el paladeo / entusiasma a este niño: ...los turrones, / el mazapán, su tacto de ilusiones / y nieve, ya anunciado el jubileo”.
Inserto gozosamente en la creación, en medio de todas las criaturas que le rodean, humanas, animales o botánicas, sobrevive el recuerdo vital del maestro y amigo José Hierro, reverdecido perenne en el esplendor vegetal del ficus que él plantara en el jardín del poeta, bajo el cielo protector y azul del Valle de Pechina, cuya transparencia cala de íntima serenidad el alma, y donde la felicidad se hace casi respirable en la templanza de una Naturaleza a la vez desértica y frutal, con aromas y efluvios salinos de la marisma cercana.
Y junto a los nietos y el amigo, el recuerdo radiante y emocionado del hermano, trasfundido a la plenitud ubérrima de un Levante rebosante de fertilidad y dulzura, trascendido a la materia vegetal y marina de esta orilla mediterránea donde estrechamente trascendieran juntas sus vidas.
Pero no solo las humanas; el ancho corazón de Domingo tiene espacio suficiente para recoger y asilar a todas las criaturas que crucen o que aniden en su horizonte doméstico. Y sorprendente sería el título ultramoderno del “roquero solitario”, que nos haría pensar en un batiente cantante de rock
Más o menos duro, si no intuyéramos que se trata del ave, de una especie de pájaro muy parecido al gorrión; pero que no gusta de volar en bandadas colectivas sino independiente y a su bola. Soneto de gran novedad expresiva, con rimas de original sorpresa y armonía, y no exento de una mirada piadosa e impregnada de humor con que el autor contempla a todas estas pequeñas compañías de su vivir. Porque a los nietos, a los amigos, al hermano, se les ayunta esta otra cercana familia franciscana, que para Domingo Nicolás son los árboles, sus frutos y sus pájaros, una botánica esplendorosamente levantina y una volatería que con el poeta muestran una familiaridad, o consanguinidad, de primer grado.
Pero también el poeta pasea su mirada melancólica por la tierra herida, este poeta tan amante de la verdad y entrañado en la Madre Naturaleza. La segunda sección, “Solsticio (del Cereal y la Mirada)”, nos recibe con el pórtico capitular, en verso libre, titulado “¿Influencias del astro?”, una
especie de alegato, o súplica de clemencia de la divina Tierra, de una Tierra sagrada y profanada, ante las vejaciones acaso irreparables de que anda siendo objeto... De ahí la razón sorpresiva de su expresión final ante la espiga, símbolo de la obstinada fecundidad de un universo amenazado, que está perdiendo ya gran parte de su potencia genitora: “...Y en ti, espiga imprecisa, / —de pulso en el deshielo a tu quebranto—, ¿volveremos a hallarnos?”
Estamos en la zona de granazón del libro, que es, a su vez, la de los sueños hechos realidad, aunque amenazada por el hombre; es ya un tiempo de cosecha, y en esta sección brotan, con toda la potencia de la tierra, ajustados sonetos que confirman y expresan gozosamente la plenitud de ese orbe natural del que Domingo Nicolás parece recibir los flujos germinadores para su poesía enraizada en el humus y “arraigada” en el orbe de lo familiar y de lo natural, bajo esa cúpula protectora del aliento divino; pues estamos, de hecho, ante una poesía de íntima religiosidad, de cordial religación humana y espiritual tanto con los dones y los alimentos terrenales y las personas que nos configuran como con la sentida creencia esperanzada en un Creador sostenedor de toda esta armonía, que viene a compendiarse y a tener su reflejo en la pautada y métrica armonía de estos sonetos.
Es un cántico a la vida y a todas sus criaturas, que queda resumido en ese “Cántico del trigo”, en esa originalidad expresiva y un tanto franciscana del esforzado trigo cotidiano que nos llega “con su animoso caminar de lego”, primero a nuestros ojos y luego a nuestra mesa, para sumarse humilde y gloriosamente al orden de la vida y a hacérnosla más apetitosa.
El roquero solitario, la espiga, el ficus... cuánta religiosa solidaridad con todas las criaturas, aún las más despreciadas y rastreras bestezuelas del entorno doméstico, que pertenecen también, y con todo derecho, a ese orden vital que a todos nos constituye y en el que estamos solidariamente insertos. Y así tras los arreglos del jardín y la desaparición de ramajes, de posibles guaridas y recovecos, queda un melancólico remordimiento: “Con la imprevista poda y sus razones / os condené al desahucio. Ahora me siento / culpable; aniquilé vuestro aposento... / ¡Cuánta perfidia, ratas y ratones!”
Pero en esta lírica convivencia dialéctica con las bestiecillas del entorno, se transparenta asimismo una cordial ironía, unos rasgos de humor fresco y afectuoso, como en ese “mirlo ocupa”, que poco tiene que ver con ese otro chopiniano mirlo, de frac vestido, del poema musical de Gerardo Diego, y que con toda prepotencia usurpadora “clama que ¡El huerto es mío!”, sin consideración a la paz de ese jardín ni a los títulos de propiedad de su dueño.
Y entre toda esta fauna cotidiana, no podía faltar, tratándose de Domingo, el augusto y soberano, el confortable esplendor gatuno de “un doméstico félido, Su Alteza / Sir Antoñico...”, con todos sus derechos de propiedad casera ya reconocidos. Soneto de una insuperable y originalísima maestría verbal, que nos brinda esa ironía comprensiva y casi paternal del poeta ante este otro miembro más de la familia.
El pórtico III del libro, “Por los vanos del tiempo...”, trata de la supuesta inocencia del ser humano frente al fallo de culpabilidad de orden infinito del que se le hace reo, “asunto ya a debate personal con diferentes teólogos y sin posible resistencia (Dios nos libre de inútiles soberbias)”, me confiesa el poeta, al comentar juntos este libro, entre la esperanza y la desesperanza.
Curiosamente el pórtico a la IV sección del libro, “Solsticio (de los vagos Caminos)”, mantiene una estructura diferente a los otros, pues dentro de un poema en metro vario inserta un original, insólito soneto en cuanto a vocabulario y otras fórmulas de orden matemático empleadas se refiere..En esta sección, un tanto oscura y dubitativa, el poeta se enfrenta ante una meditatio mortis, dentro de una atmósferas de grave temperatura existencial y metafísica, alejado ya de la gozosa afirmación de poemas anteriores: “...¡volúmenes de Dios!: ¿dónde el aroma / de su indulgente trigonometría?”. Y aquí encontramos los poemas de más hondo latido, como el dedicado “in memoriam” al hermano desaparecido, o los titulados “Cómo acabar la nada es el misterio”, o “Del más oscuro signo luminario”. Pero hay uno de título estremecedor, y que resume el espíritu de esta última zona del libro: “Del velero que parte y va sin dueño”, maravilloso endecasílabo.
También memorable es el último, “Cita”, soneto anafórico (“De soledad... de soledad...”) a lo largo de todos sus versos, en el que el poeta contempla, como por vez postrera, su Valle de Pechina: “De soledad el vuelo me estremece. / De soledad, si al fin afronto y viro / de soledad el Valle. Ya oscurece”.
Así, con una pausada beatitud de ocaso que se cierne sobre el contemplativo, se cierra el libro, y nos asalta el solemne y sencillo recuerdo del final de la Égloga primera de Virgilio, aquel “Et iam summa procul villarum culmina fumant / maioresque altis de montibus umbrae”. (Y ya comienzan a humear las techumbres de las alquerías / y van cayendo, cada vez mayores, las sombras desde los altos montes.”) Y no es nada gratuito el recuerdo del clásico latino, con todo su vivo e inocente amor por la Naturaleza ante la benigna y comprensiva mirada de Domingo Nicolás por todo ese mundo natural que le rodea, hecha de amor y poesía, una poesía consustancial a su manera de mirar el mundo y que impregna de una emoción palpitante y humanísima cada uno de los versos de este canto a la vida antes de las definitivas sombras del crepúsculo.
Carlos Clementson