Blog de la revista de creación literaria Ágora papeles de arte gramático. Ha cerrado.



viernes, 31 de diciembre de 2010

("Alta letra, amor")

Alta letra, amor”,

decías.
Decía amor y altura,

tu frente, el firmamento,

tu boca que venía

de vuelta desde el mundo

hasta mi almohada.


Ámame alto, amor,

más fuerte”.

Más fuerte porque el lento

nacer de mis palabras

mermaban al resguardo

de tu oído.


Ama dentro, amor,

y escribe”.
Que muerdo en tu garganta

las voces que me niegas,

que quiero de tus dedos

alta letra,

amor más alto…


Ana Delgado Cortés

jueves, 30 de diciembre de 2010

Cita al anochecer


Pascual García

Colección Acanto, nº 2

Edita LA SIERPE Y EL LAÚD



Personalmente, los libros que me hacen reflexionar son los que a mí me gustan. Y esto sucede con Cita al anochecer de Pascual García, un poemario traspasado por la muerte, y la reflexión que suscita, de principio a fin. Lo introducen unos versos de Antonio Gamoneda en los que, a modo de leitmotiv, con dos preguntas se expresa el desaliento que el hombre siente ante el frío tajo de la parca. Un primer poema, protocolario y sin título, compendia la trama que a continuación se desarrollará: “Al anochecer nos citamos/vestidos como para ir de fiesta…” Se trata de una cita en soledad, caídas las sombras, arrebatada por el miedo, que llegará seguro como verdad irreductible y única. Mas no es el tiempo del amor aún, señala el poeta, aunque cierto es e ineludible ese fatal encuentro con la muerte agazapada, y lo sabe como extraña celebración erótica, sensualidad consumada, último acto que depara y consume el amor: “Y sé que buscará/en lo oscuro mi boca/y besará mis labios…

Una experiencia personal, una singular cita del poeta en los páramos sombríos, parece ser el detonante del poemario, aquello que lo informa y constituye el núcleo bajo el cual se construye. Aflora esta experiencia en determinados poemas, sobre todo en los del final, en los cuales se hace nítida: una Quinta Planta de hospital y compañeros de viaje; unos, que transitan en sentido inverso al del poeta y se hunden cada vez más en la sombras que preludian las riberas de la Estigia; otros, que emergen de la penumbra hacia “los días de sol y cielos azules”. En medio de una batalla librada en la semiinconsciencia, la dulzura de la esposa que vela junto a la cama del enfermo y la pericia de “hombres de fuego que no arderán nunca”, a modo de ángeles salvíficos, son los aliados con los que el poeta cuenta en tan difícil trance. Hay, sin embargo, fantasmas que deambulan y voces de las que ya no se librará, aun vencedor de la batalla; vendrá después el regreso al alba, el nuevo tacto con las cosas cotidianas, un reencuentro confuso con la casa, los libros, el jazminero, el butacón de las lecturas, y, finalmente, la esposa-madre, amiga, se transluminará en “mujer sagrada”. Ahora bien, tras la atroz experiencia y el conocimiento que procura (“la dicha es esto que sucede/ mientras tanto”), ya no hay lugar para el temor sino coraje ante la vieja anfitriona que siempre lo esperará para hospedarlo (“No podría temerte aunque quisiera.”). El valor junto a una imperturbabilidad añadida son dones otorgados para los que han visto el rostro de la parca.


Difícil es para el lector avezado saber si los poemas que aluden a la fatal cita en el anochecer son los primeros en el orden de la composición, pero sí, salvando tal duda, suponen un “telos” al que apunta el poemario en su conjunto y lo hacen gravitar en torno a él. Parece como si el impulso poético se retrotrayera hacia atrás para catapultarse luego hacia un origen; por eso, en los poemas inciales, asistimos a una suerte de reflexiones y confidencias con las que el poeta, ahora con ojos sorprendidos de niño, incide en la estupefacción y el misterio que le produce el descubrimiento de la realidad de la muerte. El niño la siente, o mejor, la presiente, de forma vaga y mítica. La umbría de un bosque misterioso y pálidos paisajes de niebla rodean un pueblo no muy grande. Añosos robles y pinos, lentiscos, romeros y toda suerte de vegetación y matorral enmarañado ciegan los caminos que conducen a ese pueblo en donde el niño vive ajeno a la densidad del misterio que lo circunda. Se insiste en el frío, sea otoño o invierno, en los días cortos de noviembre o diciembre, y el tiempo es un tiempo pasado, ya ido. La metáfora es perfecta; el pueblo de turbada luz de atardecer es asediado por las sombras y el enigma. La muerte se constituye así en El misterio nuevo, y son unos pies enormes, gélidos, “cincelados por las rocas”; unos pies rotundos, poderosos, vastos, que han dejado definitivamente de caminar, los que descubren al niño el muerto, y, por el muerto, la patencia de la muerte. A partir de este momento el niño asistirá impotente al adiós postrero de sus héroes de la infancia, de aquellos hombres broncos como el acero, colosos del monte, “gigantes del hacha/montados en las mulas de la tarde”, o de los ídolos que derrumban su pequeña vanidad ante la nada, y, por supuesto, de sus seres queridos (“Murió mi abuelo y morirá mi padre”). La muerte vaga, presentida en un inicio como “un vasto territorio de leyendas”, gana espacios de forma imperceptible, adquiere nitidez y terminará por impactar con rotundidad la sensibilidad del niño.


De las múltiples sugerencias para la reflexión que el poemario propone, me interesa, sobretodo, señalar dos, y la manera que tiene el poeta de abordarlas. La primera plantearía el dilema de si la muerte es una cesación o un tránsito; la segunda, íntimamente ligada a la anterior y consecuencia de la misma, haría referencia a la cosmovisión del poeta.

¿Hay vida más allá de la vida? Para Pascual García, por lo menos, tal como lo deja traslucir en este poemario, no. Su peculiar experiencia en la frontera no le ofrece un argumento decisivo con el que pueda aceptar una pervivencia del ser. Con tintes oníricos y surrealistas, relata en Aniversario su anhilación en las tinieblas y su posterior regreso del sueño y del vacío. En el siguiente poema en el orden del libro, Resurrección, las imágenes dan paso al concepto, y expone un orden de creencias telúricas, para concluir: “Si regresamos, ya será de noche/y será tarde y no recordaremos/siquiera quienes fuimos.” Los que hemos pasado por un quirófano sabemos del dulce vino de olvido que nos invade y nos hunde en un sueño sin sueños en donde nada sentimos y no hay lugar para la memoria. Valga, pues, la analogía. La muerte, para Pascual García, es el sueño del cual no se regresa. El hombre es un ser elegido, desde su mismo nacimiento, para la fatal cita al anochecer a raíz de la cual perderá su memoria y no habrá retorno (“Creo en la tierra donde dormirá/la vida para siempre.”); nada puede hacer para impedirlo, y llegará, de seguro.

¿Qué impacto produce la muerte en la totalidad del cosmos? Ninguno; la vida está entretejida de muerte. Un hombre muere y no pasa nada; el dolor es algo meramente subjetivo. La cesación de un ser no supone ningún cambio o mudanza en el gran engranaje del universo; se seguirán sucediendo los días y el viento hará titilar las hojas de los álamos o los olmos. El poeta siente estupor ante este hecho, y magistralmente lo retrata en algunos poemas del libro, como Sólo será ella, en el inicio, o La última hoja, al final, cerrando de esta manera una circularidad. Pero me interesa el que lleva por título Noticia. El padre de una amiga acaba de morir y ésta se lo comunica al poeta; éste queda estupefacto al percatarse del contraste que ofrece la impasibilidad del cosmos frente al dolor humano, y se confiesa: “pensé/que el mundo seguía su curso inalterable/y que la muerte no cambia apenas/nada.” Esta percepción estremecida quizá le lleva a Pascual García al desarrollo, y diría que hasta a la tematización, ya patente en otras de sus entregas poéticas, de una especie de misticismo telúrico, de sagrado panteísmo, con el que se expresa un amor exacerbado a la tierra, aquello que perdura cuando se pierde la memoria.

Los poemas de “Cita al anochecer” están construidos con estilo directo, en el que la palabra es serena, clara, diáfana, y la emoción se esconde detrás de una expresión que pretende demasiado imperturbable. Unas ilustraciones de Francisca Fe Montoya lo enmarcan a modo de círculo, de sellada esfera.


Jesús Cánovas

martes, 28 de diciembre de 2010

Contra las pudriciones. Comentario del libro Ante el umbral


José Luis Zerón Huguet

Ante el Umbral

Instituto Alicantino de Cultura

Juan Gil-Albert, 2009



Poca duda cabe de que la poderosa perspectiva que insufló a la tradición esencial española la poética de José Ángel Valente ha abierto paulatinamente diferentes vías, aunque a todo ello una importante armada lírica desolada extranjera, conocida tardíamente, colaborara de forma fundamental. Desde lo peninsular han existido miradas más o menos miméticas con el orensano, aún en su indudable calidad y personalidad diferenciada, como las representadas por Ada Salas, junto a otras más influidas por poéticas anglosajonas, hasta las que desembocan en el lanzarotismo de Andrés Sánchez Robayna o Melchor López. Poéticas de la sed, de la desolación, del páramo o la estepa (Jordi Doce) se reúnen en sus variantes con las perspectivas más o menos provenientes de Wallace Stevens, Francis Ponge, Yves Bonnefoy entre muchos nombres difícilmente detallables en este momento. Lo cierto es que toda esta atención pensativa sobre la precariedad de ser, o la reconvención existencial desde lenguajes depurados, más o menos alejados del realismo, han generado una autopista por donde confluyen nombres de diferentes generaciones, desde Jenaro Talens a Antonio Moreno o los ya no tan jóvenes poetas de La otra joven poesía española. O esta estupenda mirada de José Luis Zerón Huguet, muy atenta a la actualidad sabia en el saber entremezclar en un mismo libro el poema en verso y poema en prosa, tan de actualidad. Proemas los denominó Octavio Paz siguiendo aplicadamente la nomenclatura de Francis Ponge, un gran ensimismado, aunque a este se le recuerde menos en este sentido. La reutilización del invento o propuesta de Charles Baudelaire, el proema, está así tomando plaza en España con mucho talento desde aquel desolador Tinta de Sánchez Robayna (entre otros), o desde quien ahora abordamos en su escueta propuesta. Sí, una escueta aventura la de Zerón Huguet: por breve en este sentido, pues los textos del colofón despiertan un apetito no saciado ante la numerosa presencia de poemas en versos con los que dialogan desde el mismo terraplén existencialista.

Poesía esencial desgarrada, crispada, huérfana, atada al desamparo de la casa del lenguaje, a la insoportable levedad del ser, por decirlo con Kundera. Zerón Huguet se sitúa así en este nuevo barroco de cuna y sepultura desde esta perspectiva del desierto, todavía más dura e inclemente que la de los espléndidos Sonnets de la mort de Jean de Sponde (1557-1595), donde el barroco calvinista francés reflexiona trágicamente sobre la liviandad de la vida, con esa doble perspectiva reflexiva y vitalista simultáneamente, Vivez, hommes,vivez, mais si faut-il mourir (Vivid, hombres, vivid, hay que morir). Es consecuentemente un poeta de su momento histórico o del fin de un episodio del mismo, que lleva impregnando la lírica occidental hacia la mirada desolada. Pues José Luis Zerón es imantado, como tantos compañeros de su promoción, por ese desasosiego logosófico sin Dios, nihilista, extremo en su precipicio de angustias. Y para ello deja angustiados interrogantes y todo un léxico: Implorar, la muerte, las ruinas, los derrumbes, el sacrificio vano, el oceánico silencio de Dios o el desierto de Edmond Jabès, en búsqueda de esa desnudez de la palabra que indaga hasta alcanzar la pared del hueso, la desretorización suprema hasta desencadenar el horror de la calavera que recuerda el sic transit opera mundi, ya sin reconvención moral, sino acercando ese mundo hermenéutico descrito magníficamente por Fernando Pessoa en el Regreso de los dioses. Que Alejandra Pizzarnik, generadora en buena medida del aforismo actual desconsolado, sea uno de los nombres de referencia del buen poeta oriolano, no deja de avisar sobre cuáles son las veredas del verso desnudo del levantino en su revisión de las poéticas del silencio. Valentiana propuesta en buena medida, pero con la distancia de la personalidad propia por encima de los lenguajes, pues ha pasado el tiempo y el venero ha sufrido modulaciones hacia posiciones más cálidas, menos minimalistas o pseudomísticas, para acercarse a una poética de la soledad, más que de la sed, como demuestra bien el espléndido Cosechador de hojarascas. Una menor asepsia, menor hermetismo y mayor emotividad han cuajado en esta reformulación a pesar del horror de fondo. Así se nos invita en otro espléndido poema a perderse en los laberintos y en la respiración del paisaje (Vive en la respiración del paisaje, textualmente), pero no solamente. Acimez modulada, como ocurre en Antonio Moreno, de un insatisfecho que resiste y no desea que su ojo se acostumbre a las pudriciones.

Ensimismamiento compungido, en efecto, pero a pesar de la existencia de un poema a Narciso, no se perpetúa en el viejo narcisismo de los desolados impúdicos, siempre restregándose en el dolor como aliviadero, aunque este imán sea el venero. Continúe Huguet Zerón o no la poética de la intemperie, continúe o no la cercanía al precipicio o a la nada desde este despotismo del nihil, angustiado, ensimismado y ajeno al otro, lo cierto es que la vieja propuesta de los 70 sigue produciendo buenos libros, o proponiendo poetas que, a tenor de lo visto, deberían tener mayor presencia en la escena lírica española. En el caso de José Luis Zerón Huguet resulta tan obvio como su modernidad atenta. A veces casi implicada en el metapoema, como en Emboscado en el poema significo, donde el peregrino aspira, a pesar del compungimiento que se ha apoderado malignamente de él y casi arrastrado a la melancolía, a la esperanza de los náufragos. Aquella diosa denostada por Durero y retratada por Richard Burton (a La alegría de los naufragios dijo Ungaretti), pero reformulándola en ocasiones hacia esas pequeñas salidas, aunque sean laberintos, o no se atreva a cantar la alegría desde el dolor en el sentido que Beethoven o José Hierro propusieron. El buen poeta que es José Luis Zerón tiende todavía a cierto clasicismo esencial, aunque surjan tímidamente otros derroteros desde un insorteable buen hacer diferente, que no desea esas pudriciones, que a veces es comedidamente expresionista desde los interrogantes retóricos. Y no sólo. Pues tras la aguda hiperestesia de ser, tras la conmoción o las acusaciones a la palabra por mentirosa, surgen tímidamente los consuelos, el abrazar con la mirada los lagos, pues los tiempos están cambiando.

Rafael Morales Barba

lunes, 27 de diciembre de 2010

En la exposición de pintura en favor de la Fundación Vicente Ferrer

Como os venimos informando, en diferentes entradas, el pasado 21 de diciembre, miembros de la Asociación Taller de Arte Gramático, de la revista Ágora papeles de arte gramático, y del Colegio de Periodistas de Murcia, estuvimos en Orihuela, en la Fundación Cultural Miguel Hernández, para homenajear al poeta oriolano.

Con posterioridad acudimos a la exposición de pintura en favor de la fundación Vicente Ferrer, como podéis observar en las fotografías. Nos la mostró Blanca Andreu y, después disfrutamos de una amena charla sobre la cultura en general.




Un breve vídeo sobre la exposición.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Homenaje pictórico y poético a Miguel Hernández


Como culminación del homenaje a Miguel Hernández, se le hizo entrega a la Fundación de Estudios Hernandianos de un cuadro de Joaquina Illán, con un poema de Juan Tomás Frutos, que él mismo explica en este vídeo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Ágora papeles de arte gramático entrega el premio recogido en nombre de la Fundación Miguel Hernández


El pasado 20 de noviembre, Fulgencio Martínez, en representación de la Fundación de Estudios Hernandianos, había recogido el premio del apartado de cultura que el Club Taurino de Calasparra otorgaba a dicha fundación.



El pasado día 21 de diciembre, en un acto íntimo de homenaje al poeta oriolano, se procedió a hacer entrega de dicho trofeo en la sede de la Fundación.

En las imágenes, Juan Tomás Frutos, Aitor Larrabide, Vicente Hernández y Fulgencio Martínez.

Podéis ver un breve vídeo:

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Celebrado el acto de homenaje al poeta Miguel Hernández

Ayer tarde se procedió al acto homenaje a Miguel Hernández del Taller de Arte Gramático, la revista Ágora papeles de arte gramático, el Colegio de Periodistas de Murcia y la pintora Joaquina Illán.

Cuadro de la pintora Joaquina Illán, con un poema de Juan Tomás Frutos, que se entregó en el acto de ayer a la Fundación de Estudios Hernandianos, en Orihuela.

Fulgencio Martínez, José Luis Zerón y Joaquín Garrigós en un momento de amena charla.
Aitor Larrabide, Juan Tomás Frutos y Vicente Hernández
Unas fotos de las llamadas "de familia".
En breve subiremos los vídeos grabados de la entrega del cuadro y del galardón del club taurino de Calasparra a la Fundación de Miguel Hernández.

Con posterioridad nos trasladamos, con Blanca Andreu, a la exposición de pintura a beneficio de la Fundación Vicente Ferrer, en la Calle de la Cruz nº 4, imágenes que subiremos mañana.

martes, 21 de diciembre de 2010

¿Dónde está la Guillermina de Rubén Castillo?

Talento e imaginación se combinan en Guillermina, relato que le valió a su autor el Premio Internacional de relato corto “Encarna León” de la ciudad autónoma de Melilla. Rubén Castillo Gallego es el escritor en quien la musa “Creación” depositó su confianza en esta ocasión (como en otras muchas). Profesor de Lengua castellana y Literatura en el I.E.S “Vega del Thader” de Molina de Segura, crítico literario, colaborador en prensa y escritor.


Cuenta el argumento la historia, casi biográfica, de una mujer a quien el destino somete a un deambular itinerante en soledad, castigándola y premiándola, con simultaneidad, a urdir un tejido de relaciones humanas finamente hilado mediante una habilidad narrativa empleada a tal efecto. En algo más de una decena de páginas, glosa el escritor toda una vida, la de quien con más de setenta años y merced a la conocida técnica del flasback retrotrae hasta el lector etapas pasadas de la protagonista, avanzando progresivamente hasta la actualidad en que Guillermina, ya anciana, ha ido recordando sus días vividos, poniendo especial acento en aquellos momentos vividos como sirvienta de un poeta republicano, exiliado y, al final de su andadura vital, desconocido y olvidado por sus mismos paisanos españoles.


Pero no solo lo narrado es un acierto, lo son también esos “apartes” emparentados en los que se deja oír la voz en off del autor, matizada por una sutil ironía de carácter explicativo sin acallar la auténtica voz de la protagonista y, a la vez, narradora. Una primera persona singular de la que penden todos los hilos de este cuento construido a la vieja usanza, de esos que están elaborados con sentimientos que dejan huella en lo más profundo de la fibra más humana.


Quienes seguimos de cerca las andadas escriturales de Rubén, sabemos bien de su afición por construir expresiones de corte aforístico con entretelas de hondos pensamientos y su fijación por el empleo de algunos elementos recurrentes en sus obras. Tal es el caso de un mueble altamente connotativo en algunas de sus creaciones, la mecedora, un objeto de sustancial ascendencia en la narrativa rubeniana. Ya apareció explícitamente en el título de la novela La mujer de la mecedora, premio Ateneo de Valladolid en 1991, y ahora vuelve de nuevo en esta Guillermina como inseparable instrumento de la propia personalidad de la protagonista, estática y sin embargo, en movimiento. Tres veces, tres, es nombrada la mecedora, del mismo modo tripartito (tres situaciones vivenciales sentidas por Guillermina) en que estructura el escritor un relato tan coherentemente soldado. En ella permanece sentada Guillermina a raíz del óbito de su marido, actitud de rebeldía pasiva ante la crueldad y la barbarie de las que ha sido víctima. Así pues, no es errado decir que la sucesión de los mencionados procedimientos de este opúsculo novelesco están dispuestos al servicio de un relato psicologista en el que también hay lugar para alguna estampa costumbrista de sabor añejo y cierto regusto de cuentística hispanoamericana.

El colofón se alcanza justo cuando al lector le es desvelado el punto de partida de raíces poéticas de este relato, el poema confesional del chileno Pablo Neruda “¿Dónde estará la Guillermina?” incluido en la antología de 1958 Estravagario.

Rubén Castillo siempre ha demostrado ser un nato contador de historias con acierto imaginativo mediante una prosa rítmica que invita a una lectura amena de temática tan tradicional como moderna.

Mª Ángeles Moragues Chazarra

lunes, 20 de diciembre de 2010

Acto de homenaje al poeta Miguel Hernández en su Fundación, en Orihuela


Mañana martes, 21 de diciembre 2010, a las 18.OO h, tendrá lugar en la Fundación Miguel Hernández, en Orihuela (c/ Miguel Hernández, 75), un acto de homenaje al poeta Miguel Hernández en que participan varias instituciones, escritores y artistas murcianos.

Entre otros, el Colegio de Periodistas de la Región de Murcia, representado por su presidente D. Juan Tomás Frutos; la asociación cultural Taller de Arte Gramático y la revista Ágora papeles de arte gramático, que codirigen Francisco Javier Illán Vivas y Fulgencio Martínez; y la pintora Joaquina Illán Belando, que hará entrega a la Fundación Miguel Hernández de un cuadro suyo en homenaje al poeta oriolano.

En el mismo acto, se presentará oficialmente en la sede de la Fundación hernandiana el número extraordinario,18-19, monográfico de la revista literaria Ágora, dedicado al autor de “Las nanas de la cebolla”.

Desde Ágora papeles de arte gramático rogamos a los medios murcianos se sumen a dicho homenaje de los periodistas, escritores y artistas murcianos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Ártico

Uno


Mientras te asomas

a la acristalada ventana,

haces música, golpeando

con la punta de los dedos,

para que la morsa

acuda a ti obediente, sumisa;

yo también quiero

acudir a ti dócil

cuando esta noche

en nuestro lecho íntimo

frotes

con tu lascivo dedo índice

tu ardiente clítoris.



Dos


Rompes la banquisa

como aquella beluga,

cuando recorres

con tu lengua mi deseoso cuerpo,

y, llegas, feliz, ardiente,

hasta mi sexo también encendido;

luego, colmada,

sales a la superficie

como el cetáceo,

y respiras vida,

amor, pasión, fuego.



Ciudad de las Artes y Ciencias de Valencia (25-9-2.010)

José Cantabella





sábado, 18 de diciembre de 2010

Ágora digital nº 16 supera las 2.000 descargas


Nuestros lectores y lectoras nos sorprenden, y deberíamos decir que se consolidan en torno a unos dos mil por número- aunque otros están ya más cerca de las 3.000 descargas- y eso es lo que ha ocurrido con la primera revista digital que publicamos, hace un año y un mes, en noviembre de 2009.

Si no lo has leído, pincha AQUÍ.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Devolverle el tiro al cazador



Poema de El cuerpo del día, de Fulgencio Martínez

Correo interior, de Dionisia García


Correo interior
Dionisia García
Editorial Renacimiento
2009


Este libro de Dionisia García guardaba dos sorpresas para mí: la primera, la cita que encabeza el libro, de la escritora italiana Natalia Ginzburg. Para quienes llevamos ya años prendados –y prendidos– de las palabras de Natalia Ginzburg, nuestra relación con la escritura ha quedado por fuerza modulada por la de ella: una relación vital, sin pretensiones, rotunda e indefinible más allá de sí misma.

La segunda sorpresa de este libro es la creación/recreación de ese espacio mítico y mágico de la infancia al que la autora otorga el nombre de ficción de Alendero. El Alendero de Alejandra, la niña protagonista a través de cuyos asombrados ojos todo va adquiriendo forma y color en el relato, guarda muchas semejanzas con el pueblo de mi infancia, un pueblito del noroeste de Zamora donde pasaba los veranos, y con todos los pueblos de los niños que han tenido la suerte de conocer una infancia rural: el Valdargar de Benito Estrella, el Bavington de Kathleen Raine, los pueblos castellanos de las novelas de Gustavo Martín Garzo.

No se trata, ni Dionisia lo pretende en ningún momento, de idealizar escenarios que tenían más de miseria e ignorancia que de cualquier otra cosa. Ahora bien, ya sea porque, irremediablemente, el paso de los años nos inste a aferrarnos a nuestros orígenes con una mirada condescendiente; ya sea porque aquellas vidas ínfimas y aquellos escenarios desolados se nos antojan más reales que cualquier otro lugar que hayamos pisado después, cercanos a nuestro genius loci individual y protectores de nuestro maltrecho sentido de pertenencia, nuestro vagar por el exilio de la vida en busca del camino de vuelta a casa, Correo interior es un libro que traspasa las fronteras de su propio topos particular y queda inscrito en el tempo mitológico, sin espacio claramente adscrito, de la iniciación de toda vida humana. Huérfana de madre desde muy niña, Alejandra/Dionisia no es, sin embargo –como por desgracia sí lo son muchos niños de ahora, encerrados en lugares que no son pueblos ni ciudades, y traídos y llevados por las prisas de los adultos–, huérfana de ese espacio a un tiempo cotidiano y trascendente.


Por los hogares y las calles de Alendero desfilan personajes que son en sí mismos dignos de una novela exclusiva, que parecen querer salirse del relato y que dan a la narración una inagotable continuidad discontinua, donde hasta lo sobrenatural encuentra un acomodo sereno, sin ninguna estridencia. Junto a ellos, y en constante relación, están los animales del campo y de las faenas agrícolas, los enseres de trabajo y los oficios, las casas amplias, oscuras y misteriosas con su mobiliario antiguo, los primeros libros, el cine, el circo, los motivos religiosos, las palabras que no aparecen en ningún diccionario, el paisaje manchego –su desnudez–, los atardeceres de interminable encuentro entre el cielo y la tierra, los alimentos humildes pero contundentes, el frío y el calor –las estaciones–, la guerra y la posguerra, y también la muerte. La muerte presente en el día a día no de un modo trágico, sino perfectamente asimilada y aceptada por quienes con ella conviven.


Mención especial merece, por el intenso vínculo afectivo con la pequeña Alejandra, abuela Teresa, un personaje que, al igual que el propio Alendero, trasciende lo concreto de sus rasgos –mujer de pueblo, analfabeta, dotada de una inteligencia y un sentido común capaces de afrontar cualquier adversidad–, para convertirse en un trasunto de esa Madre Coraje, esa figura poderosa que desde siempre ha dominado las relaciones, más matriarcales que patriarcales, del ámbito doméstico. También esto está cambiando hoy, y seguramente para bien. Pero para una niña no hay experiencia comparable a la de ver en su abuela la fuerza, la inquebrantabilidad de una montaña:

Alejandra miró a su abuela, sus ojos se detuvieron en el pelo blanco y tirante, en el perfil de su rostro, en las manos morenas, entre el ir y venir de las agujas. Le gustaba mirarla, y que durara siempre.(pág. 61)

“Qué somos sino memoria”. Así comienza Dionisia García su Poética en la antología de poetas de los 50, En voz alta, recopilada por Sharon Keefe Ugalde y publicada por Hiperión en 2007. No en vano, el poemario que la confirmó como una voz poética de peso en nuestro país lleva por título Mnemosine. Dionisia García realiza, en Correo Interior, un necesario ejercicio de memoria. Y aunque la segunda parte del libro cuenta cómo Alejandra sale de su pueblo para poder estudiar, cómo su vida se va distanciando físicamente de Alendero, reconoce que éste seguía siendo su centro vital. Y no me cabe duda de que, ahora que tenemos la oportunidad de preguntárselo a su autora, Dionisia nos confirmará que ese sigue siendo su centro, y que ella sigue siendo –aparte de otras muchas posteriores– aquella niña observadora y silenciosa, dada a la introspección, y que abuela Teresa sigue planeando sobre su vida como un cometa luminoso cuyos destellos se advierten sobre todo en las noches en que más conscientes somos de la pérdida. Gracias, Dionisia, por este libro hermoso, y por ser centinela de los confines de la memoria y de los espacios arquetípicos que ésta nos brinda.


Natalia Carbajosa


jueves, 16 de diciembre de 2010

Entre rostros, un vídeo muy visionado



El vídeo de la lectura de Entre rostros, de José Luis Martínez Valero, durante la presentación de su poemario "Libro abierto", es el más visionado de cuantos se hemos subido hasta la fecha, con 158 reproducciones en este momento (17:29 horas).

La aurora

Para Aurora Marsilla



El cielo estrellado

de esta tan triste noche

me trae el recuerdo

de otra noche

que aún dura, feliz

en mi memoria

donde éramos otros y estábamos

bajo un cielo estrellado

mirándonos con embeleso.

Hoy, solo y lejano,

aguardo con ansia

a que llegue la aurora

y borre con su luz

toda huella pasada.

José Cantabella

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El silencio

Es tu piel una hoja

por donde resbala la lluvia,

tus ojos un antiguo candil

a la orilla del crepúsculo,

el agua se te parece

desmedida y pura

como recién despierta

del diluvio,

silencio que se abre

y me encierra,

en tus palabras amanezco.


La luz es un relámpago

dormido en esa tierra

sembrada por el viento

del sueño.

Una playa es tu costado,

en el que naufrago

y me detengo,

isla que el mar embiste

repartiéndose de espuma

en un cuerpo

enarenado de luna.


Me conoces y me guías.

En la ventana el cielo

madura, brilla,

la mirada es una abeja

en el prado de sus estrellas.


Noche que resucita,

las sombras llevan

reflejos vivos.

Se desdobla la oscuridad

y tienta,

tiene el silencio

el viejo aroma

que antecede

a la verdad

de la ternura.


Rosy Palau

martes, 14 de diciembre de 2010

Solo

sólo mi poema es ardiente

como un ladrillo llevado de mano en mano

hasta lo más alto del templo

sólo tu hermosura, Nefertiti, merece rematar

la pirámide

sólo los rayos de la luna forcejean en la ventana

sin poder abrirla

sólo mi sangre me atraviesa el corazón

sin matarlo


Varujan Vosganian

Traducción Joaquín Garrigós

Podcast de La Estación azul del pasado 4 de diciembre


En este programa intervino, como invitado, el codirector de la revista Ágora, papeles de arte gramático, Fulgencio Martínez.

Podéis escuchar el programa pinchando AQUÍ.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Joaquín Piqueras en la Torre de Papel

Joaquín Piqueras estuvo ayer en el programa La Torre de Papel, de Onda Regional, donde nos habló de sus dos más recientes poemarios.

Podéis escuchar la charla que mantuvo con José Cantabella pinchando AQUÍ.

Dos poemas de Almandrade

El nombre Almandrade - en realidad el artista se llama Antonio Luiz M. Andrade - está asociado a una singular estrategia dentro de lo que se llama arte contemporáneo. El artista plástico, poeta y arquitecto ha producido una obra que se encamina hacia una estética minimalista,
hacia una poética que se expresa utilizando un vocabulario mínimo, ya sea pictórico o linguístico. Almandrade es uno de los principales nombres de la poesía visual de Brasil de los años 70.

Según Nicolás Bernard, la ciudad de Bahía, en Brasil, tiene sus supersticiones y sus sorpresas culturales, entre ellas Joao Gilberto y Glauber Rocha y por qué no, se pregunta, Almandrade. En definitiva, un artista que viene sorprendiendo desde hace treinta años con el rigor, la sutileza y la coherencia de trabajar con distintos soportes seguido por una tradición de un saber singular.

Luiz Rosemberg Filho

Na falta de um cigarro,
O beijo toma conta
dos lábios.
Da boca, renasce o desejo.
Na língua, a umidade
lubrifica o amor.
Começo de tarde, curto,
sem gosto de chocolate,
mas molhado
de chuva e volúpia.


A falta de un cigarrillo
El beso toma cuenta
de los labios.
De la boca, renace el deseo.
En la lengua, la humedad
lubrifica el amor.
Comienzo en la tarde, breve,
sin gusto de chocolate,
pero mojado
de lluvia y voluptuosidad.



Um museu precário,
da cidade
apenas no nome.
Nem ao longe
um samba,
só o barulho da rua.
Mas a beleza sábia
repousou na sutileza
da moça de preto
que não é a passante
de Baudelaire...
Desconfiada e fugitiva
se recolhe.


Un museo precario
de la ciudad
apenas en el nombre.
Ni siquiera a lo lejos
una zamba,
sólo el ruido de la calle.
Pero la belleza sabia
repuso en la sutileza
de la muchacha de negro
que no es la transeúnte
de Baudelaire…
Desconfiada y fugitiva
se recoge.


domingo, 12 de diciembre de 2010

Dioses en el estudio

Todo está lleno de dioses
Tales de Mileto



Sacados de una estampa digital,

con el brillo que exige la ocasión

y el marketing, salieron a triunfar

los dioses vencedores del dolor.


¿Quién podía creer que era el Olimpo

su lugar natural, quién que los viera

lentamente crecer sin más destino

que el de soñar como un mortal cualquiera?


Mas helos aquí, flor de última hora:

cínicos, espléndidos, deseables,

tocados por el hado de la moda,

dispuestos para el culto de la imagen.


Son muchos y de glamour tan variado

como el mercado de fe de la audiencia,

pero todos son uno y el mismo en el ánimo

de la producción rentable en la Tierra.



Los hay sólo de cuerpo entero y mente

ausente, o de pelotazo millonario;

los hay de marca joven y rebelde,

iconos del placer y el rito rápidos.


También los hay risueños y felices

por lo que pasa dentro de la escena,

providentes en todo lo que dicen,

trascendentes en todo lo que piensan.


Los dioses más divinos de la historia

-dioses y diosas espectaculares -,

con sus apariciones milagrosas

en la banalidad de los hogares,


a todos los rincones han llegado,

y el corazón lo mismo que el deseo

ya dominan con sus poderes mágicos,

tan próximos al hombre, tan modélicos


(velan con su caché por la decencia

y perfección de las costumbres virtuales,

y son ejemplo con su vida excéntrica

del misterio de las grandes verdades).


Venid, vayamos todos a adorarlos

sin miedo, limpios de mala conciencia,

que quieren dejarnos lo más sagrado:

el elixir de la vida superflua.


Maximiliano Hernández Marcos

sábado, 11 de diciembre de 2010

Publicada la nueva lista Wikio, Ágora si sitúa entre los cincuenta primeros


Este sitio asciende, nuevamente, en la lista de Wikio dedicada a lugares de literatura.

Aunque las condiciones para subir y bajar en dicha lista no dependen de nosotros, sí lo hacen de nuestros lectores y lectoras, de quienes nos enlazan y nos siguen.

Gracias a todos.

I Convocatoria de los Premios Literarios de la revista Ágora papeles de arte gramático

La revista Ágora convocó en tres ocasiones el Premio Internacional de Poesía Andrés Salom para autores noveles. Como continuación de este Premio de poesía, convocamos en un nuevo formato los premios literarios de la revista Ágora, ampliado el premio a otros géneros literarios.
De acuerdo a las siguientes bases:

1ª Se otorgarán cinco premios en cinco modalidades:
A. Premio de Honor de la revista Ágora.
B. Premio internacional de Poesía Andrés Salom-revista Ágora.
C. Premio internacional de Relato breve Andrés Salom-revista Ágora.
D.Premio internacional de Ensayo breve Andrés Salom-revista Ágora.
E. Premio de la crítica de la revista Ágora al mejor libro de poesía publicado en 2011, en castellano en su versión original y primera edición.

2ª El Premio de Honor podrá ser otorgado a un autor o institución que se haya destacado por su contribución a la literatura en el año 2011.
El Premio de Poesía será otorgado al autor que haya publicado el mejor poema en la bitácora o en la revista Ágora durante 2011.
El Premio de Relato breve se otorgará al autor del mejor relato publicado en la bitácora o en la revista Ágora durante 2011.
El Premio de Ensayo breve será concedido al autor del mejor artículo, literario o de tema artístico o filosófico, publicado en la bitácora o en la revista Ágora durante 2011.
El Premio de la Crítica de la revista será otorgado a una obra de poesía publicada en 2011 en castellano en su versión original y primera edición.

3ª. En las modalidades B, C, D (Poesía, relato breve, ensayo breve) se concederá también un Accésit al Primer Finalista.

4ª Quedan excluidos de participar en los premios los codirectores y redactores de Ágora, así como los miembros del Jurado en cada modalidad.

5ª Para participar es condición imprescindible la publicación en la bitácora o en la revista Ágora, salvo el Premio de Honor y el Premio de la Crítica de Ágora al mejor libro de poesía publicado en 2011, que podrán, en su caso, ser concedidos sin esta condición.
Se consideran obras a concurso en las modalidades B, C, D, las publicadas en la revista digital o impresa durante la convocatoria, así como los poemas sólo publicados en la bitácora de Ágora o publicados en 2011 en dicho sitio de internet y pertenecientes a números de la revista de 2010 y 2011.
Quedan excluidos de concurso las reseñas y los comentarios de crítica de libros.

6ª. El jurado está formado por los miembros de la revista Ágora. Para las modalidades A y E, el Jurado constará con el asesoramiento de críticos y colaboradores de la revista.

7ª La convocatoria estará abierta desde el 1 de enero de 2011 hasta el 15 de noviembre de 2010, para las modalidades B, C y D; y durante todo el año 2011 para las modalidades A y E.
El fallo de las modalidades B, C, D, se anunciará el 30 de noviembre de 2011, día de san Andrés, coincidiendo con la onomástica del poeta Andrés Salom. El fallo de las modalidades A y E será el 30 de enero de 2012. Se publicará en la bitácora de Ágora (http://agoralarevistadeltaller.blogspot.com) y se difundirá por cuantos medios sea posible.

8ª. El premio no comporta ninguna cantidad de dinero. Será el reconocimiento de la crítica de Ágora a los autores y obras meritorias en el presente de las letras en castellano. Las obras ganadoras en las modalidades B, C, D, podrán ser publicadas conjuntamente en un número impreso de la revista Ágora, que incluirá también un dossier sobre los premios en las modalidades A y E.

9ª. Implícitamente, se entiende que las obras premiadas han de estar escritas en castellano, aunque podrá ser premiado un autor y una obra traducidas al castellano, excepto en la modalidad E, donde el libro premiado ha de ser originalmente escrito en castellano.

10ª Aquellos autores que nos envíen voluntariamente sus trabajos al correo electrónico de la revista, cumpliendo las condiciones de envío de colaboraciones a la revista que se especifican en su bitácora, aceptan participar en este concurso. No obstante, podrán renunciar explícitamente a su participación si lo desean.
Sólo en las modalidades A y E serán valoradas las obras que estime la redacción y la crítica de Ágora.

Dirección para enviar trabajos:
agora@emurcia.com



Murcia, 30 de Noviembre de 2010

convocan ASOCIACIÓN CULTURAL TALLER DE ARTE GRAMÁTICO Y REVISTA ÁGORA.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El sueño de una lágrima

En la humilde y oscura habitación, el único objeto que llamaba la atención era el espejo de aguas levemente turbias en las que se concentraba la luz amarillenta de las cinco bombillas montadas alrededor.

Frente al espejo, colocado en una silla sin respaldo cuyas junturas chirriaban y crujían a cada movimiento, el viejo payaso se quitaba lentamente, con una esponja sucia, los colores vivos de la cara surcada de arrugas. Empezaba desde arriba, por la frente, luego bajaba por la comisura del ojo, por el rostro hundido hasta la barbilla, dejando detrás un reguero donde el blanco, el rojo, el amarillo, el verde y el azul se mezclaban formando un arco iris empapado de agua.

Los aplausos y gritos de admiración de los niños se habían apagado hacía rato, el único ruido que todavía se oía en torno a la pista era el suspiro de la carpa grande cuya lona, a rayas blancas y rojas, descoloridas y polvorientas, se hinchaba y deshinchaba como un pulmón fatigado, a los golpes del viento frío de otoño.

Entre dos ráfagas de viento, la carpa dejaba de emitir ruidos ya que trataba de recobrar aliento después de tantos gemidos de dolor y, entonces, los suspiros ahogados del payaso se oían cada vez más alto, atravesaban la puerta de pintura desconchada y a duras penas si podían resistir la corriente fría de la entrada.

El viejo, dejando a un lado la esponja con la que solo se había limpiado media cara, se cogió la cabeza con los manos. Los hombros le temblaban a cada suspiro como sacudidos por escalofríos, mientras sus suspiros se volvían más y más desgarradores, se le colaban por los dientes produciendo, de tan fuerte que los apretaba, un chirrido sordo, como la piedra de un molino. En un momento dado, dio un grito agudo, como de ave alcanzada por una bala perdida, y luego se quedó inmóvil, mirándose en el espejo la cara arrugada de dolor, como un pañuelo estrujado que uno saca de un bolsillo estrecho. Los ojos se le humedecieron, brillando a la luz de las bombillas, y una primera lágrima apareció en mitad de la hilera de pestañas del párpado inferior del ojo izquierdo. Allí se quedó unos segundos, colgando de las pobladas pestañas, orgullosa de ser la primera lágrima que hacía patente el dolor de su dueño. Miró tras de sí con inquietud, no fuera a ser que otra hermana suya se apresurase a aparecer y le estropeara la salida tan cuidadosamente preparada. Pero se tranquilizó al ver que estaba sola y que podía representar su papel sin ningún tipo de preocupación. Lanzó una mirada llena de arrogancia a la humilde habitación mientras hacía un postrer esfuerzo por desprenderse completamente de la retina húmeda y tibia del ojo en cuyo párpado se había formado.


Esperaba que hubiese gente alrededor del payaso, muchos pares de ojos que la admirasen aumentar de tamaño como una bolita de cristal de la mejor calidad, lanzando millares de discretos destellos a la luz reflejada por el espejo, ojos que deseasen tenerla en sus pestañas como a la alhaja más preciada.

Al principio se llevó una pequeña decepción al percatarse de que no había nadie en el cuarto, pero en seguida se recompuso. En realidad, no necesitaba la admiración de nadie, estaba convencida de ser la lágrima más hermosa que jamás había existido y de que iba a representar el papel de su vida con el mayor donaire. Además, había elegido como lugar para hacer su aparición el centro de la hilera de pestañas del párpado inferior del ojo derecho, un lugar difícil donde una lágrima puede formarse solo con mucha maña y concentración, por lo menos eso es lo que dijeron sus hermanas mientras esperaban impacientes su turno para formarse en los ojos del payaso, su dueño.

Se había arriesgado mucho eligiendo ese sitio, en medio de la hilera de pestañas, pero se había aprendido al dedillo los consejos de las lágrimas más viejas, que aún estaban esperando a que les tocase el turno, sobre cómo concentrar el líquido salado entre sus paredes gelatinosas y transparentes, sobre el tamaño que había de tener y, en fin, cómo elegir el momento adecuado para desprenderse de las pestañas y caer a la mejilla. Se había preparado con todo rigor, consciente de que la ocasión única que se le ofrecía para estar entre las elegidas para contentar a su dueño, cuyo dolor se materializaba así, con tan maravillosa lágrima, redonda y resplandeciente.

La solución más fácil habría sido, por supuesto, formarse en la comisura del ojo, pero eso lo hacían solamente las lágrimas perezosas y superficiales, quienes preferían ahorrarse esfuerzos inútiles porque desde ahí podían desprenderse sin ningún problema al menor parpadeo. Sin embargo, esas no conseguían nunca tener una salida espectacular. Se formaban y se desprendían de las pestañas sin que lo observara nadie y, la mayor parte de las veces, no llegaban a terminar su camino porque no tenían suficiente volumen o, lisa y llanamente, porque su dueño, irritado por su lentitud, se las enjugaba con el dorso de la mano en un gesto brusco, dejando en la mejilla un reguero húmedo que rápidamente se secaba.

Ella había preparado su plan con minuciosidad, dando importancia a los más pequeños detalles relacionados con el volumen y el tiempo. Sin embargo, había algo a lo que la lágrima le concedía un valor especial: la atención de su dueño. Era consciente de que, por mucho que se esforzase, solo se volvía brillante y seductora si su dueño la miraba con paciencia, sin enjugársela con la mano, dejando que bajase en todo su esplendor hasta el final de su viaje, a la punta del mentón, donde desaparecería para siempre.

Antes de caer de las pestañas a la mejilla, rememoró llena de orgullo el momento en que se formó, hechizando a su dueño, que la había observado inmóvil cómo giraba sus aguas crecientes dentro de su envoltura transparente y luminosa. Temió que acaso distrajesen la atención del payaso los ruidos del otro lado de la puerta, pero este la miraba como hipnotizado y ella tuvo la seguridad de que, en adelante, el éxito del espectáculo estaba asegurado.

Sabía que tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para poder deslizarse por la mejilla del payaso, llena todavía de polvos de colores, de modo que esperó algo más de lo que había previsto inicialmente para que el líquido que aún se hallaba en el ojo tuviese tiempo de concentrarse entre sus paredes dándole más peso.

Cuando estuvo preparada, se lanzó sin pestañear a los pómulos y cayó derecha en una mota de polvo blanco que las aguas disolvieron inmediatamente volviéndose ligeramente turbias. Pero no se arredró, porque esa era su suerte, perder poco a poco su brillo a medida que avanzaba por la mejilla todavía maquillada, de manera que continuó su camino llena de confianza. Con un último esfuerzo, agotada, arrastró sus aguas cargadas de polvos hasta el hoyuelo del mentón del payaso, donde se detuvo para recobrar el aliento.

Mientras recorría su curso mejilla abajo estuvo pensando indignada que una carrera brillante como la suya iba a acabar tan rápida y lamentablemente, sin que le diese la luz reflejada por el espejo en el rostro de su dueño, que solo llegaba a la altura de la nariz. En cambio, ahora, una vez llegada felizmente al final de su camino, se sintió tan cansada y hastiada que todo lo que deseaba era desaparecer para siempre, olvidando todos los sueños de gloria que, solo unos segundos antes, se había forjado.

Debilitada como estaba, aprovechó un último suspiro del payaso para desprenderse del mentón y dejarse caer sin pena ninguna a la nada de los pliegues de la ropa de aquel, que la absorbieron inmediatamente, transformándola en una mancha húmeda del tamaño de una cereza madura.

Iulia Sala
Traducción de Joaquín Garrigós



martes, 7 de diciembre de 2010

La misteriosa canción de la sangre / Canciones del bloque


Cesc Fortuny i Fabré
Andreu Navarra Ordoño
La misteriosa canción de la sangre / Canciones del bloque
Paralelo Sur Ediciones, 2010

Este es un libro doble, escrito por dos autores que se me presentan como muy diferentes, aunque después, en la realidad, puedan tener más cosas comunes que desiguales. “La misteriosa canción de la sangre” no es un libro para lectores imprudentes, inopinados, que deciden llevarse unas letras ante los ojos, pues estarán muy equivocados. Tal vez el lector avezado encuentre que habla del dolor, de la soledad, del aislamiento más profundo, por supuesto, de la muerte... incluso habrá alguno que sea capaz de descender, con Cesc Fortuny a sus propios infiernos, a lo que él manifiesta como “las escaleras de su propio sótano”, porque el lenguaje que el poeta utiliza golpea muchas veces a los ojos, impenitentes, aunque no inesperado.

Para quienes la poesía es una melodía, no esperen encontrarla en esta primera parte del doble libro. No. Los versos de Cesc gritan, arañan con afiladas uñas la superficie de la piel con un sonido semejante a si lo hiciesen sobre una pizarra, habrá momentos en que desees cerrar el libro, pero puede que, si has descendido ya a parte de tus propios infiernos, no seas capaz de subir lo bajado hasta que no descubras qué hay en el fondo.

Por el contrario, Andreu Navarra, en “Canciones del bloque”, se nos presenta como un remanso de evidencias tan claras que, algunas veces también nos sorprenderán, pero por no haberlas anticipado. Breves poemas que son definiciones, esclarecimientos a cuanto podemos encontrarnos cualquier mañana en la calle, o en nuestra propia casa, sin salir de ella. Navarra Ordoño necesita pocos versos para hablarnos de biografía, de política, de ideología, de una ventana, de... versos que necesitará incrementar, en intensidad y en cantidad, para dedicarlos a Cioran, a Kant y a otros pensadores que han marcado la historia de la humanidad.

Hubo un momento, cuando cerré el libro, que creí haber presenciado la eterna lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad.

Pero tal vez sólo fue un espejismo.

Francisco Javier Illán Vivas

Carta apócrifa de Miguel Hernández a Maruja Mallo, desde el Reformatorio de Ocaña

El 18 de enero de 1941, Miguel Hernández, ante la insistente negativa de Josefina Manresa de vivir en Madrid con su hijo para poder visitarlo en la prisión, escribe una carta a su esposa: “Si no te decides me darás un gran disgusto y no volveré a insistir nunca”.

La carta que escribió al día siguiente, tenía un destinatario muy diferente. Nunca llegó a ser enviada. Tampoco nadie la encontró. Y hasta el día de hoy sigue siendo una quimera de poetas.



Reformatorio de Ocaña, 19 de enero de 1941


A ti sola:

Uno de tantos hombres, prisionero de una de tantas celdas. Eso he venido a ser: un jilguero enjaulado, uno de tantos.

Afuera cae la lluvia tras los turbios barrotes, como una letanía de tercos bueyes, y traza surcos de agua en los cristales. Afuera. Siempre afuera. También en los caminos de Perales, volverán a nacer para la luz y el viento, nunca para nosotros, niña mía, otros campos con espigas asombradas. Y otro rubor de encendidas amapolas.

La vida transcurre con enfermiza y lenta indiferencia pues no hay nada que hacer. Nada más que avivar el odio ante tanta injusticia y tanto llanto. Ahora fumo, ¿verdad que tú lo ignoras? Así quemo mis días en este peregrinar de una cárcel a otra: entre cigarros, cartas y tristezas.

Recibí un homenaje por mis poemas hace escasas semanas. De algunos conocidos de la cárcel. “Más poeta, más hermano y más humano que nunca” me llamaron. Lo agradezco, de veras, lo agradezco. Aunque ya no me nacen versos para el mundo. Es demasiada el hambre y la tristeza. Tal vez afuera, sí, donde la lluvia. Versos para tu amor y tu abandono. Versos para la luz y para el viento.

Después que me dejaste, dejé escrito que a las penas tenía los huesos hechos, sin saber todavía cuánto dolor vendría y cuánta ausencia. Tengo miedo, Maruja, mucho miedo. Me ronda ya la muerte desplegando sus alas para un vuelo inminente. Y sé que he de morir terriblemente solo. Mientra afuera tú verás la lluvia.

Visité muchas veces la Casa de las Flores. Jamás fue tan rotunda su luminosa puerta como el día en que tus ojos inundaron de espumas mi ribera. ¿Eres Miguel Hernández, el poeta? Y, ¿quién sino Miguel, habría de ser aquel paleto con la gorra apretada entre las manos? ¿Paleto? Ya daba igual saberlo si entre mis manos era una garza de luz tu cuerpo blanco. Confidencias de sábanas con luna.


Si me vieras, amor, si tú me vieras. ¡Tanto tiempo ha pasado! No sé dónde andarás. Dijeron Buenos Aires, sí, dijeron. Pero, ¿quién sabe ya? ¿Cómo saberlo? Nunca pedí noticia de tus pasos. Porque te odié con enconada inquina. Pero también te amé. Como a ninguna. Tú, Maruja, descarada tormenta de rayos y centellas, insolencia amarilla desafiando a la lluvia. Afuera, siempre afuera, en la tierra y el aire, en el surco y la era. ¡Libre! Libre como esta lluvia tenue que no lava mis penas.


¡Qué triste fue que todo terminara! Un avispero, dije, un avispero, ¿qué otra cosa pudieron ser tus besos y el aguijón picudo de tus senos para mis manos rudas de cabrero? No quisiste que hubiera juramentos. Sobraban a tu amor todas las leyes. Yo nada te quité. Tú me lo diste. Nada te he de deber cuando esto acabe. Pero cumplí con creces la promesa que olvidaste por tuya, si es que acaso llegaste tú a escucharla, y te escribí con duelo, los versos más amargos, un volcán de sonetos. Dejemos el secreto entre nosotros.


Maruja, certeza de aguacero en mi tierra baldía, acostumbrada al sol y a la sequía, ¿quién te tuviera aquí junto a mi pecho para aliviar así mi desespero?


No imaginas que yo, aquí tan lejos, tan lejos de la lluvia, y de tus Aires Buenos, en este desolado día de enero te escribo unas palabras que nunca viajarán hasta tus ojos para llenar las horas de mis días y para descargarme de la rabia que contra Josefina hoy me devora.


La atenazan el miedo y la pavura de llegar a Madrid sin más compaña que una cesta y un niño entre los brazos. No volveré a insistir. Me abandona a mi suerte sin remedio. No laten en su sangre los pulsos que me alientan. No puede ser su amor, sumiso y desalmado, más que un yugo de reses que me convierte en animal domado.


Es por eso que hoy, niña de los pinceles infinitos, desesperado y desesperanzado de mi suerte, en mi memoria evoco tu sonrisa valiente y decidida, los sueños de la libertad robada y saqueada. Cierro los ojos ante esta soledad despavorida y sueño que me adentro en tu cuerpo que fue fuego y ceniza. Y rayo que no cesa.


Ya nada importa. Nunca vendrá la lluvia. No habrá para mis huesos más afuera que la dudosa paz del cementerio.



María José Villarroya Durá