En la humilde y oscura habitación, el único objeto que llamaba la atención era el espejo de aguas levemente turbias en las que se concentraba la luz amarillenta de las cinco bombillas montadas alrededor.
Frente al espejo, colocado en una silla sin respaldo cuyas junturas chirriaban y crujían a cada movimiento, el viejo payaso se quitaba lentamente, con una esponja sucia, los colores vivos de la cara surcada de arrugas. Empezaba desde arriba, por la frente, luego bajaba por la comisura del ojo, por el rostro hundido hasta la barbilla, dejando detrás un reguero donde el blanco, el rojo, el amarillo, el verde y el azul se mezclaban formando un arco iris empapado de agua.
Los aplausos y gritos de admiración de los niños se habían apagado hacía rato, el único ruido que todavía se oía en torno a la pista era el suspiro de la carpa grande cuya lona, a rayas blancas y rojas, descoloridas y polvorientas, se hinchaba y deshinchaba como un pulmón fatigado, a los golpes del viento frío de otoño.
Entre dos ráfagas de viento, la carpa dejaba de emitir ruidos ya que trataba de recobrar aliento después de tantos gemidos de dolor y, entonces, los suspiros ahogados del payaso se oían cada vez más alto, atravesaban la puerta de pintura desconchada y a duras penas si podían resistir la corriente fría de la entrada.
El viejo, dejando a un lado la esponja con la que solo se había limpiado media cara, se cogió la cabeza con los manos. Los hombros le temblaban a cada suspiro como sacudidos por escalofríos, mientras sus suspiros se volvían más y más desgarradores, se le colaban por los dientes produciendo, de tan fuerte que los apretaba, un chirrido sordo, como la piedra de un molino. En un momento dado, dio un grito agudo, como de ave alcanzada por una bala perdida, y luego se quedó inmóvil, mirándose en el espejo la cara arrugada de dolor, como un pañuelo estrujado que uno saca de un bolsillo estrecho. Los ojos se le humedecieron, brillando a la luz de las bombillas, y una primera lágrima apareció en mitad de la hilera de pestañas del párpado inferior del ojo izquierdo. Allí se quedó unos segundos, colgando de las pobladas pestañas, orgullosa de ser la primera lágrima que hacía patente el dolor de su dueño. Miró tras de sí con inquietud, no fuera a ser que otra hermana suya se apresurase a aparecer y le estropeara la salida tan cuidadosamente preparada. Pero se tranquilizó al ver que estaba sola y que podía representar su papel sin ningún tipo de preocupación. Lanzó una mirada llena de arrogancia a la humilde habitación mientras hacía un postrer esfuerzo por desprenderse completamente de la retina húmeda y tibia del ojo en cuyo párpado se había formado.
Esperaba que hubiese gente alrededor del payaso, muchos pares de ojos que la admirasen aumentar de tamaño como una bolita de cristal de la mejor calidad, lanzando millares de discretos destellos a la luz reflejada por el espejo, ojos que deseasen tenerla en sus pestañas como a la alhaja más preciada.
Al principio se llevó una pequeña decepción al percatarse de que no había nadie en el cuarto, pero en seguida se recompuso. En realidad, no necesitaba la admiración de nadie, estaba convencida de ser la lágrima más hermosa que jamás había existido y de que iba a representar el papel de su vida con el mayor donaire. Además, había elegido como lugar para hacer su aparición el centro de la hilera de pestañas del párpado inferior del ojo derecho, un lugar difícil donde una lágrima puede formarse solo con mucha maña y concentración, por lo menos eso es lo que dijeron sus hermanas mientras esperaban impacientes su turno para formarse en los ojos del payaso, su dueño.
Se había arriesgado mucho eligiendo ese sitio, en medio de la hilera de pestañas, pero se había aprendido al dedillo los consejos de las lágrimas más viejas, que aún estaban esperando a que les tocase el turno, sobre cómo concentrar el líquido salado entre sus paredes gelatinosas y transparentes, sobre el tamaño que había de tener y, en fin, cómo elegir el momento adecuado para desprenderse de las pestañas y caer a la mejilla. Se había preparado con todo rigor, consciente de que la ocasión única que se le ofrecía para estar entre las elegidas para contentar a su dueño, cuyo dolor se materializaba así, con tan maravillosa lágrima, redonda y resplandeciente.
La solución más fácil habría sido, por supuesto, formarse en la comisura del ojo, pero eso lo hacían solamente las lágrimas perezosas y superficiales, quienes preferían ahorrarse esfuerzos inútiles porque desde ahí podían desprenderse sin ningún problema al menor parpadeo. Sin embargo, esas no conseguían nunca tener una salida espectacular. Se formaban y se desprendían de las pestañas sin que lo observara nadie y, la mayor parte de las veces, no llegaban a terminar su camino porque no tenían suficiente volumen o, lisa y llanamente, porque su dueño, irritado por su lentitud, se las enjugaba con el dorso de la mano en un gesto brusco, dejando en la mejilla un reguero húmedo que rápidamente se secaba.
Ella había preparado su plan con minuciosidad, dando importancia a los más pequeños detalles relacionados con el volumen y el tiempo. Sin embargo, había algo a lo que la lágrima le concedía un valor especial: la atención de su dueño. Era consciente de que, por mucho que se esforzase, solo se volvía brillante y seductora si su dueño la miraba con paciencia, sin enjugársela con la mano, dejando que bajase en todo su esplendor hasta el final de su viaje, a la punta del mentón, donde desaparecería para siempre.
Antes de caer de las pestañas a la mejilla, rememoró llena de orgullo el momento en que se formó, hechizando a su dueño, que la había observado inmóvil cómo giraba sus aguas crecientes dentro de su envoltura transparente y luminosa. Temió que acaso distrajesen la atención del payaso los ruidos del otro lado de la puerta, pero este la miraba como hipnotizado y ella tuvo la seguridad de que, en adelante, el éxito del espectáculo estaba asegurado.
Sabía que tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para poder deslizarse por la mejilla del payaso, llena todavía de polvos de colores, de modo que esperó algo más de lo que había previsto inicialmente para que el líquido que aún se hallaba en el ojo tuviese tiempo de concentrarse entre sus paredes dándole más peso.
Cuando estuvo preparada, se lanzó sin pestañear a los pómulos y cayó derecha en una mota de polvo blanco que las aguas disolvieron inmediatamente volviéndose ligeramente turbias. Pero no se arredró, porque esa era su suerte, perder poco a poco su brillo a medida que avanzaba por la mejilla todavía maquillada, de manera que continuó su camino llena de confianza. Con un último esfuerzo, agotada, arrastró sus aguas cargadas de polvos hasta el hoyuelo del mentón del payaso, donde se detuvo para recobrar el aliento.
Mientras recorría su curso mejilla abajo estuvo pensando indignada que una carrera brillante como la suya iba a acabar tan rápida y lamentablemente, sin que le diese la luz reflejada por el espejo en el rostro de su dueño, que solo llegaba a la altura de la nariz. En cambio, ahora, una vez llegada felizmente al final de su camino, se sintió tan cansada y hastiada que todo lo que deseaba era desaparecer para siempre, olvidando todos los sueños de gloria que, solo unos segundos antes, se había forjado.
Debilitada como estaba, aprovechó un último suspiro del payaso para desprenderse del mentón y dejarse caer sin pena ninguna a la nada de los pliegues de la ropa de aquel, que la absorbieron inmediatamente, transformándola en una mancha húmeda del tamaño de una cereza madura.
Iulia Sala
Traducción de Joaquín Garrigós