

Artículo firmado por Marta Fernández-Crespo, en el número 5 de nuestra revista, abril de 2002, dentro del homenaje que se rindió a El tiempo de Miguel Espinosa.

Entrevista realizada por Fulgencio Martínez
Pregunta: José Luis, algunos de nuestros lectores quizá conozcan tu poesía (Cetro de cal, Niebla firme, Poemas del agua y la noche). Fuiste accésit del prestigioso premio Adonais con el primero de esos títulos, allá 1984, a tus veinticuatros años, pues naciste en el 1960; ¿tu interés por la personalidad, vida y obra de Miguel Hernández proviene de dónde, de tu búsqueda como poeta o de tu interés investigador, o de ambos?
J.L.Ferris: Mi primer contacto con la obra de Miguel Hernández se remite a la adolescencia. Fue a mediados de los 70 cuando comencé a leer sus poemas. Claro que, como la mayoría, sólo tuve conocimiento de una parte de su poesía, la que nos llegó a través de Serrat y de los amigos y profesores que acababan de descubrir el “fondo” revolucionario de Miguel. Nunca dejé de leerle, pero lo hice de un modo exhaustivo hace once años, cuando la editorial Espasa-Calpe me encargó una edición crítica (introducción, estudio, análisis didáctico, ya sabes) de su obra, una extensa antología para la colección Austral. Luego vendría una novela en la que recree la figura de Miguel Hernández dentro de un juego de ficciones: El amor y la nada. Lo más ambicioso fue, sin duda, la biografía que me propusieron escribir para la editorial Temas de hoy. Me encargaron una biografía sólida, sin límite de extensión, sobre el poeta. Me comentó mi editora que hacía muchos años que no había una obra de este género en el mercado. Era difícil encontrar un libro al respecto en cualquier librería. Lo más cercano era el estudio de Agustín Sánchez Vidal, de 1992. Había mucho que contar, mucho que compilar y muchas parcelas de la vida del poeta por aclarar. También tocaba intentar lo más difícil: deshacer los tópicos falsos y derribar las leyendas.
P.- Hay muchas cosas para tratar en tu apasionante biografía de Miguel Hernández. Te confieso que lo he leído con fruición y que me ha revelado muchas incógnitas y a la vez suscitado nuevas preguntas. Para ponerme orden en las que te quiero hacer, voy a jugar, si me permites, con los versos de Miguel: llegó con tres heridas /la del amor,/ la de la muerte/ la de la vida. Para, finalmente, preguntarte sobre la valoración total de la obra de Miguel y su significado. Empiezo por la herida del amor. Tú dices, en tu libro, que Miguel padeció, durante toda su existencia como hombre, de una carencia afectiva -aunque inseparable del lado erótico quiero distinguir aquí esta necesidad humana de confianza íntima, de apoyo. Como hombre masculino, dirigió esa búsqueda afectiva hacia la mujer o las mujeres, además de centrarla en las amistades (de Sijé y Carlos Fenoll,
primero, y sobre todo de Vicente Aleixandre, después). Te pregunto en qué sentido Josefina Manresa fue esa mujer que le llenó...
J.L.Ferris: Quien diga que Josefina Manresa no fue la mujer absoluta, la amada total de Miguel, está cometiendo una infamia o una insensatez. Josefina ocupa de modo amplio y prioritario su vida afectiva, y de ello dan cuanta la mayor parte de sus poemas y el extenso epistolario que se recoge en las Obras Completas. Ello no impide aceptar que hubo otras mujeres en su vida, desde el primer amor adolescente que encarna Carmen Samper Reig, a quien conoció en el ambiente de la tahona de Carlos Fenoll y a quien dedicó algunas prosas y varios poemas, a María
Zambrano, María Cegarra y, sobre todo, Maruja Mallo, con quien compartió profundas experiencias artísticas y vitales entre mayo y octubre de 1935.
Josefina fue la “novia oficial” y, tras un tiempo de crisis, la que regresaría a él y la que se acabó convirtiendo en esposa y madre de sus hijos. Desde 1936 y hasta la muerte del poeta en 1942, ella es la destinataria de sus afectos. Otro asunto es la intensidad y la consumación de esa vida amorosa que tuvo que limitarse a contados encuentros en medio de una guerra y en la penosa reclusión de las cárceles. No tuvieron tiempo de disfrutarse, de convivir, de compartir la vida que ambos se prometieron en 1937, tras contraer matrimonio.
La relación entre Miguel y Josefina es, por tanto, una aventura malograda por la muerte del poeta en una cárcel. Iniciaron un noviazgo en 1934 con bastantes reparos, ya que Josefina tenía unos principios católicos y morales muy asumidos que no permitieron que la relación fuera más allá de paseos puritanos e inocentes caricias. Cuando Hernández se instala en Madrid en 1935 y se rodea de nuevas amistades y de un ambiente de libertad, sin atavismos religiosos, se distancia de Josefina y rompen el compromiso. Es en ese tiempo cuando conoce a la pintora Maruja Mallo (decisiva para entender los poemas de su libro El rayo que no cesa) y cuando recupera la relación con una vieja amiga, la poeta María Cegarra. Miguel acabó, como digo, regresando con Josefina, con la que se casa en 1937. Pero lo cierto es que nunca convivieron. Primero la guerra y, después, las cárceles, impidieron esa vida compartida y cotidiana que pone a prueba la fortaleza de un amor.
P.- Sobre su muerte, la pregunta decisiva: quién crees que fue el responsable último. En tu libro, dejas entender que el obispo D. Luis Almarcha pudo hacer algo más, y no sólo no quiso, sino que se empeñó en salvar primero su alma, antes que su vida.
J.L. Ferris: Creo haber demostrado que así fue. Luis Almarcha simboliza el alfa y el omega de la vida del poeta. Aparece al comienzo, cuando Miguel recurre a su apoyo para ordenar sus lecturas, para buscar cierta orientación. Almarcha se atribuye incluso haber moldeado al futuro escritor, haberlo “creado”. Con los mismos argumentos se cree dueño de vida y su destino y le hace pagar la “deslealtad” de haber abandonado el catolicismo. No tuvo piedad a la hora de exigirle cuentas de todo y de hacerle el chantaje necesario desde el poder que entonces tenía el canónigo. En 1942, cuando el poeta se encuentra en trace de morir por la enfermedad, Almarcha no era, como él decía, “un simple cura de pueblo”. Podía hacer lo que hubiera querido por salvar a Miguel y no hizo otra cosa que presionarle más.
P.- Sobre la vida de Miguel, deshaces muchos tópicos, sobre todo algunos que el propio Miguel alentó, o a los que dio pie. Lo de pastor poeta o poeta pastor, lo de la pobreza familiar... lo de su oportunismo y desencuentro con los poetas del 27 mimados por la cultura burguesa del momento, y especialmente con García Lorca...Y su afiliación al partido comunista, puesto en duda aún por algunos, y sobre todo, su entrega a la causa del pueblo en la guerra civil y su posterior integridad en la firmeza de sus ideas, en los años finales de cárceles y enfermedad. Me gustaría que resumieras tu opinión, ya sé que es difícil, sobre estos cinco temas: te los desgloso, así: (tú responde a lo que quieras, son incitaciones)
1. Lo de poeta pastor o pastor poeta, que para algunos como el señorito Alberti resultaba una cuestión de mal olor insuperable, y que a García Lorca le creaba una alergia que le hacía no querer estar donde estuviera Miguel. No crees que era y es todavía un prejuicio estúpido, alentando aún por ciertos espíritus de capilla burguesa, los mismos que todavía en el suplemento dominical de El País, aparecido este domingo, le llaman “gran escritor” a Miguel Hernández, dándoles un poco de grima llamarlo gran poeta o genial poeta (por cierto, hay en los artículos, como en el de Alfonso Guerra,
una buena sinopsis de tu libro, sin citarlo, como suele pasar en este país de “cultos”). Miguel es cierto que en una carta temprana se mostró insolente con García Lorca, e incluso le llamó “calorro”, que es como llamarle gitano en el sentido más racial; pero ¿no jugaba el mismo García Lorca en una fase de su vida y obra con ese clisé, que le recordó Miguel, y no le molestó que en las reuniones del 27 no fuera Lorca la única vedette del grupo, ante las declaraciones de Delia del Carril y de la mujer de Octavio Paz, Elena Garro, acerca del encanto de Miguel, que reflejas en tu libro? ¿Seguir llamándolo pastor poeta (como el tontiloco fascista de Giménez Caballero) o poeta pastor no era desmerecerlo?
J.L. Ferris: Miguel reparó, desde el principio, en que la etiqueta de poeta-pastor caía en gracia. Se valió durante un tiempo de ese tópico que, por lo pintoresco del hecho, despertaba la curiosidad y el interés de sus supuestos valedores. Pero llegó un momento en que esa imagen le molestaba. Él y su obra estaban por encima de esas consideraciones; sin embargo, no logró que buena parte de sus coetáneos, de sus compañeros de generación y de ciertos popes de la cultura de entonces le vieran sin ese prejuicio. Sufrió el desprecio de personas a las que él admiraba de verdad. Lorca, por ejemplo, le tenía auténtica alergia; una alergia declarada de la que han dado testimonios bastantes compañeros de la época ¿Qué hacía un poeta rústico como él
entre aquel florilegio de líricos exquisitos y burgueses? Les ofendía su aspecto y su ambición. Con Alberti las relaciones fueron de otro tipo. Se enfrentaron por razones políticas, pero, además, Miguel arrebató al gaditano, sin proponérselo, la etiqueta de poeta del pueblo. No hay que olvidar que Hernández se enroló en las filas del ejército republicano para hacer poesía desde la primera línea de fuego, a pie de guerra. Los intelectuales más significados pasaron la contienda en el lujoso palacio de los marqueses de Heredia-Spínola. No podían cantar la experiencia bélica con el mismo lenguaje y ello provocó un agrio enfrentamiento entre Miguel Hernández y Rafael Alberti.
P.- 2. Sobre la pobreza de sus orígenes, si bien se exageró, es cierto, como bien dices, que su padre era un adinerado tratante de ganado; pero la riqueza de la familia Hernández Gilabert no lució mucho ante la avaricia del padre, que casó en segundas nupcias con la madre de Miguel, y que guardó para sí, como patriarca en ejercicio, la mayor de la fortuna. Por otra parte, la pobreza cultural y educativa de donde parte Miguel, es obvia. Acláranos este punto, pues aquí se pone en duda la autenticidad del poeta y sus orígenes pobres.
J.L. Ferris: Los orígenes de Miguel son humildes, que no pobres. No tuvo la preparación ni los medios de que gozaron los intelectuales con los que se codeó en Madrid, pero él supo superar perfectamente esa carencia. Iba con su carácter, con su temperamento, el enorme afán de superación que le define, y eso se ve en su enorme amor a la literatura. Miguel creía en él, en sus posibilidades, y no cejó jamás en el empeño de hacerse oír a pesar de los obstáculos que le pusieron en vida unos y otros. Era obstinado y tenía talento. Eso le bastó para llegar a donde llegó.
P.- 3. Sobre la afiliación comunista. Aun el profesor Eutimio Martín dice que algunos la niegan. Negando la autenticidad del carnet de Miguel encontrado en el archivo de Salamanca. Pero lo que importa, cómo fue el proceso de hacerse Miguel comunista, según tu opinión. Y relacionado con esto, ¿por qué Miguel y algunos lectores deberían sentir vergüenza hoy de ello? (ya debió ocultarlo su mujer Josefina en tiempos de represión franquista, por razones obvias. ¿Porque elogió en un poema al “camarada Stalin”, como por cierto también lo hizo Pablo Neruda? ¿Acaso escribir un poema sincero -“Rusia”-, poéticamente extraordinario, épico, y elogiar en él a una figura que para el poeta entonces representaba un apoyo a su ideal del pueblo, debe condicionar la valoración del poeta, aunque la historia luego haya descubierto el lado oscuro del dictador Stalin? Por esa regla de tres: Porque escribiera Miguel contra las democracias burguesas que no apoyaron la República, ¿podríamos extender de ahí un juicio de Miguel a la democracia? La poesía auténtica tiene ese doble juego del momento y de la dimensión histórica, que no puede ser olvidada para valorar desde un supuesto enjuiciamiento de lo correcto extrahistórico, hecho desde el albur del presente cosificado, como hacen algunos. La cuestión atañe, como ves, a la esencia de lo poético, a lo que han decidido ahora algunos que se debe tratar o no en poesía, desde un indiferente presente cosificado y desde el pensamiento cómodo.
J.L. Ferris: La obra de Hernández es un modelo de actitud moral, de compromiso con el hombre antes de con ninguna ideología. Él sabría de la lucha interior que libró consigo mismo, con sus pensamientos, con su corazón, por conciliar ambos frentes: el de su compromiso político y el de su compromiso humano. Miguel no empuñó el fusil, sino los versos. Se colocó en primera línea de fuego para alentar a sus compañeros, para no quedarse en esa cómoda retaguardia que él siempre considero propia de cobardes. No sé cómo habría sido su poesía de haberse acomodado en un palacio, el de los marqueses de Heredia-Spínola, lugar de refugio de gran parte de sus compañeros de generación, porque eso no iba con su carácter, pero, de haber sido así, seguro que no hubiera escrito nada que se pareciera a Viento del pueblo o El hombre acecha.
P.- 4. Sobre su entrega a la causa del pueblo. Miguel, dices bien, fue el creador la poesía social, revolucionaria, antes que Neruda, como recuerda también Eutimio, aunque lo dice con la boca chica. No fue un escritor de consigna política. Yo lo veo, desde mi interés filosófico por la hermenéutica de Heidegger y de Gadamer, como el escritor que habla desde el cuidado del otro... (Mittsorge). (Por cierto, en sus cartas y luego en su obra escrita en la cárcel, continúa ese cuidado del otro, de su mujer, de su hijo. No hay ruptura entre Viento del Pueblo, y Cancionero.. obra ésta que todos dan por valorar ahora, olvidando Viento del Pueblo y la poética coherente de Miguel). ¿Como ves tú esta faceta social, humana de Miguel, su deber de esperanza, de dar ánimo al otro (al campesino español, al pueblo español semiinculto, al combatiente por la libertad, a su esposa Josefina deprimida constantemente por los golpes de la vida, etc.)?
J.L. Ferris: Conviene recordar los orígenes ideológicos de Miguel. La religiosidad y el beaterío estaban en el ambiente en el que creció. El beaterío era para Hernández tan consustancial como la exuberante naturaleza que le rodeaba. Pero de ello no se da cuenta hasta que se traslada a Madrid y descubre que el mundo se regía por leyes menos represoras. Hasta que encuentra ese punto de referencia, en 1935, Miguel fue un beato inconsciente. Luego, de la mano de Neruda, de Aleixandre, le vendrá esa nueva visión del mundo, el descubrimiento del papel comprometido del escritor y, finalmente, su conciencia ideológica.
En los años de la contienda civil, Miguel se convierte en el escritor del pueblo, pero no por su fortaleza ideológica sino por su dimensión humana. Miguel Hernández es entonces un precursor, no ya de la poesía social, sino de una lírica de mucha más trascendencia que hace de él un poeta moral, ético, que sobrepasa los acontecimientos y supera el trance de la urgencia y la consigna. Su poesía, su obra íntima, se hace colectiva, se universaliza. Es el momento en que Miguel demuestra una capacidad creadora que supera a la de sus poetas más admirados. Es decir, cuando las circunstancias obligan a practicar una literatura comprometida y solidaria, Hernández se adelanta a los escritores de su tiempo.
P.- 5. Sobre su integridad. Miguel fue testarudo en esto. Pese a la tentación de abdicar de sus ideales, en la cárcel, con la tensión, que ninguna persona cabal soportaría, ante el dilema de defender su integridad y su honra, o de traicionar se y abrazar la rueda de molino de la intransigente Iglesia nacional-católica mi- litante, nada cristiana, del momento (años inmediatos a la posguerra) y de reco- nocer al Caudillo (quien por cierto tuvo dudas de si era poeta y bueno o malo. Y como tú bien describes, fue Rafael Sánchez Mazas, ministro de Franco, quien, desde su autoridad intelectual, le certificó al Caudillo fascista que Miguel era “un gran poeta”, lo que le salvó de la pena de muerte, para que no se produjera un caso semejante a la muerte ignominiosa de Lorca, con su repercusión inter- nacional y la consecuente mala imagen para el caótico régimen de Franco). Dilema, que de forma cabrona, se le presentaba, además, por la retorcida bondad “cristiana” del obispo Almarcha, como un chantaje vital: abdicar de sus ideas o ayudar a su mujer y a su hijo, los dos seres más queridos por Miguel. ¿Qué piensas sobre esto, sin hacer martiriología laica?
J.L. Ferris: He dicho muchas veces que no quisiera encontrarme nunca ante dilemas como los que Miguel sufrió. Mantener su dignidad, su integridad ideológica, su firmeza moral, entraba en directa oposición con salvar su vida y con la posibilidad directa de salir de prisión y de estar junto a su mujer y su hijo. Lo que, por un lado, le pedía su pensamiento y su conciencia, por otro se lo negaba su corazón. Creo que eso minó sobremanera su salud, debilitó su cuerpo, y esa debilidad fue la que aprovechó Almarcha para rematar al poeta. Creo que hablar más de este asunto es ya redundante. Las pruebas están ahí, en los testimonios de quienes vivieron de cerca el calvario de Miguel, de quienes vieron al vicario entrar y salir de la prisión, de quienes confirmaron el acoso que el poeta sufrió.
P.- Por último, para ti como poeta, y para los lectores que tú quieras, ¿qué representa la obra de Miguel hoy, y qué piensas que será para el futuro? ¿No es hora de poner en su sitio la historia de la Literatura del siglo XX, donde Miguel sigue siendo una figura esquinada dentro del panorama de los “grandes del 27” esa generación que tanto se autopromocionó y tanto pesa, excesivamente, en la valoración de la poesía, siendo su estética, al menos la de antes de la guerra, muy limitada?
J.L. Ferris: Hay algo de lo que no cabe duda: la obra de Miguel sigue viva. Su poesía tiene una vigencia estremecedora. Como escribí hace poco en una biografía dirigida a los más pequeños, “Miguel fue, por encima de todo, el gran poeta de la vida. Las palabras que escribía en un papel, los versos que ponía en su cuaderno, salían de su cabeza, es cierto, pero sobre todo brotaban de su alma. Su poesía era tan verdadera que, 100 años después de que el poeta viniera al mundo, aún atrae a los lectores de cualquier edad, de cualquier color, de cualquier familia y de cualquier país. Miguel Hernández se marchó hace muchos años, pero gracias a ti, a lectores como tú, su voz se escucha, nueva y limpia, cada día”.


Al empezar estas líneas imagino un escritor de necrológicas preparando ya en vida la memoria de la vida, trazando en pasado (los verbos desplazan sus valores temporales como las monedas) las líneas más gruesas de la vida y la obra de los escritores que todavía no se han muerto. Imagino todos esos obituarios encargados por Átropos, la Parca que corta el hilo, cuyo más fiel súbdito en la tierra de los vivos es el periodismo. Ese oficio de convertirlo todo en memoria del presente, de fulminar con ráfagas deslumbrantes de actualidad todos los tiempos, absorbidos por la trituradora que recicla el tiempo en más tiempo, que convierte el tiempo en un sucedáneo de tiempo, eliminando todo posible acontecimiento con su cortejo de sucesos, no es quien mejor puede aproximarse al poeta Miguel Hernández, cuya vida y cuya obra son erizos de lo políticamente y lo poéticamente correctos, dispuestos a clavarse, como una sombra fulgurante, en los ojos de los que viven en el más ideal de los presentes. Cargado con metáforas gongorinas, palabrotas, octavas reales, sonetos y un compromiso político visible en poemas dedicados a las fábricas de la URSS, con menciones al “compañero Stalin” que muy pocos están dispuestos a tolerar, espantará a pájaros de muchas clases.
Incluso por motivos cronológicos, Miguel es un poeta que no se presta fácilmente a las clasificaciones. En la propia historia de la literatura su lugar es único, a caballo entre la Generación del 27, donde se le incluye como epígono, y la Generación del 36, a la que llegó ya muerto.
Su estilo es también desconcertante. Al principio, sus cultismos, hipérbatos, metáforas, paronomasias y oximorones hacen de él un excesivo poeta barroco, muy pegado a la sintaxis (“si la menos esbelta”, “ya cisne de agua”) y al léxico (“menoscabo”, “sierpe”) gongorinos.
Miguel Hernández se convirtió a la estética barroca buscando una disciplina capaz de ceñir en una forma los borbotones de un ánimo desatado y sediento. En su obra sólo el exceso sometido a una férrea precisión da cuenta de la exacta medida de las cosas. Quién podría dedicar a la Luna una fábula barroca formalmente ortodoxa. Ahí, en Perito en lunas, ya está el maestro que empieza a trabajar el poder de la muerte sobre la vida, el desafío de la vida ante la muerte, en los dominios insaciables de una pasión arrebatada.
Al final, después de su etapa de plenitud vital y poética (El rayo que no cesa y Viento del pueblo) sus obras adquieren por momentos una transparencia despejada entre vida y muerte, entre amor y odio, entre alba y ocaso, entre palabra y silencio (“Cogedme, dejadme”; “rayo raudo … rayo lento”), como si a partir de cierto punto los contrarios que habían sido dominados en magníficas paradojas resultasen irreconciliables y aplastasen al poeta en la imposibilidad de un abrazo demasiado ancho.
Los versos del Cancionero de ausencias recuerdan la poesía sentenciosa de Machado en Nuevas canciones. En ellos hay una intimidad transparente y universal: “La luciérnaga en celo / relumbra más”. Escuchamos en este libro la claridad de composiciones en las que se impone cierta melancólica sabiduría:
Querer, querer, querer,
ésa fue mi corona.
Ésa es.
Pero en todas ellas sigue gritando la sangre, el hombre sigue incendiando con su ardor todo lo que le toca, como en este magnífico poema:
Todas las casas son ojos
que resplandecen y acechan.
Todas las casas son bocas
que escupen, muerden y besan.
Todas las casas son brazos
que se empujan y se estrechan.
De todas las casas salen
soplos de sombra y de selva.
En todas hay un clamor
de sangres insatisfechas.
Y a un grito todas las casas
se asaltan y se despueblan.
Y a un grito todas se aplacan,
y se fecundan, y esperan.
Y aunque la ausencia vaya cobrando poco a poco su cuerpo de fantasma sin sangre (“Ausencia en todo siento. / Ausencia, ausencia, ausencia”), el poeta encuentra un último refugio desaforado en la tierra.
Si te perdiera…
Si te encontrara
bajo la tierra.
Bajo la tierra
del cuerpo mío,
siempre sedienta.
Tierra con la que el poeta se identifica hasta el último momento en su obra. Una tierra sumida en la gravedad, cuyo significado no está dominado por la muerte. Su simbolismo la aproxima más bien a la fertilidad, al ansia de vivir. Una tierra encantada por el agua, que se convierte bajo la lluvia deseada en un imperativo vital. Los mitos de renacimiento están presentes con propia simbología a lo largo de toda su obra, como las “piedras de futura mirada” que tanto recuerdan a las piedras que se convertían en hombres cuando Pirra y Deucalión las tiraban hacia atrás. Y en el fondo empuja la idea de resurrección cristiana y cierto mesianismo que hace de su tiempo también el nuestro: “Mi sangre es un camino”. Un camino plagado de profecías violentas, cumplidas siempre en el amor, en el deseo. Sigamos, por tanto, ese camino de sangre que “empuja a martillazos y mordiscos” e intentemos acercarnos a él evitando “esa mirada de tinaja vacía / que da la muerte a todo el que la trata”. Reconozcamos su sino sangriento:
De sangre en sangre vengo
como el mar de ola en ola,
de color de amapola el alma tengo,
de amapola sin suerte es mi destino,
y llego de amapola en amapola
a dar en la cornada de mi sino.
Sangre alegre, efusiva, que siempre corre contra el cielo (“La sangre llueve siempre hacia arriba”), emparentada con el mar y con el vino. El poeta está “herido alegremente” por una vida de intensidad raramente alcanzada. Basta con recordar los versos iniciales de El rayo que no cesa:
Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida
para comprobar cómo el poeta se encuentra cercado por la desgracia, por el deseo, por un ansia de vida (”necesito más vidas”) que hace de las hipérboles más “exageradas” su expresión natural: “donde yo no me hallo no se halla / hombre más apenado que ninguno”.
Imágenes de una vida que amplía sus límites en el desafío a los propios límites (“Como el toro me crezco en el castigo”). Su poesía está llena de emblemas salvajes: “un tribunal de tiburones”, “corazón que muge y grita”, “la mordedura / de una punta de seno duro y largo”. Más adelante, en Viento del pueblo, “los fusiles / leones quieren volverse”. Lo que se inicia como una arrebatada pasión vital desemboca en un desenfreno hacia la creación completa: “Un amor hacia todo me atormenta / como a ti”. Y ese tú no es otra que la muerte, una muerte vitalista, simbolizada por el cuchillo que lo cerca, insaciable, de la que el poeta imita su amor por todo lo viviente, a la que continuamente está retando, intentando arrebatarle su dominio.
En el poema “Vecino de la muerte” declara su vocación de tierra mortal contra la muerte. Para expresar esa paradoja con precisión establece una diferencia entre polvo y tierra. “Y es que el polvo no es tierra”. Polvo es esa muerte muerta, esa muerte que no desemboca en ninguna regeneración, en ningún ser: “bajo los pliegues de su bandera blanca un colmillo / de rabioso marfil contaminado / nos sigue a todas partes”. Intenta incubar en nosotros una “herencia de notarios y templos”, una permanencia arrumbada, clasificada, perfectamente previsible. En cambio, “tierra es un amor dispuesto a ser un hoyo, / dispuesto a ser un árbol, un volcán, una fuente”. El poeta desea a toda costa “cuajar en algo más que en polvo”, seguir de alguna manera presente en una existencia póstuma:
Que mis zapatos últimos demuestren ser cortezas,
que me produzcan cuarzos de mi encantada boca,
que se apoyen en mí sembrados y viñedos,
que me dediquen mosto las cepas por su origen.
Como en gran parte de la poesía metafísica española, la exploración del tiempo se hace siempre con antorchas de sangre combustible. En el caso de Miguel Hernández, el poeta metafísico español que más lejos ha llegado, la muerte, el acabamiento del tiempo individual (algo que no deja de ser profundamente cristiano), se convierte, gracias a una especie de transubstanciación, en agente de más vida. Esto, que es una verdad evidente para todos, sólo puede reconocerlo una pasión desbordante, sólo puede asumirlo una vida que va más allá de la vida, que rebosa el vaso de un individuo y se vierte como una generosa botella en los que por él brindamos con su pasión.
Su vocación de tierra ya la encontramos en su magnífica “Elegía a Ramón Sijé”, en la que el poeta, recordemos, dará el corazón del amigo por alimento a las desalentadas amapolas. Como si la vida necesitase los restos de la muerte para cobrar aliento. El sentido último de la muerte es la propia vida, pues la vida se alimenta de su muerte. “Me llamo barro aunque Miguel me llame”. Un barro contagioso, enamorado, lleno de vida, que vuelve de barro todo lo que toca. La tierra crece y se multiplica. Los hijos de la gleba extienden por el mundo el orgullo de su condición. Cuando muera, el poeta sabe que le echarán encima “puñados de su especie”.
Los poemas más combativos de Viento del pueblo contemplan en presente desiderativo cómo “una historia de polvo se deshoja”. La alegría revolucionaria hace que se detengan los relojes. Esa abolición del tiempo, de un tiempo polvoriento, nos recuerda otros momentos históricos semejantes, como las pedradas que llovieron sobre los relojes de las iglesias durante la Comuna de París, o como esas recientes manifestaciones de rechazo al año nuevo promovidas en algunas ciudades francesas por la organización Fonacon. Frente a un abominable tiempo de polvo, Miguel Hernández se aferra a un eufórico tiempo de tierra (y de guerra), durante el cual reina una feroz alegría de vivir, dominada por rugidos y mordiscos. El tiempo no puede ser otra cosa que sangre, sangre que circula por las venas, “sangre donde se puede bañar la muerte apenas”. Cuando el poeta dice que “se sienten felices los cipreses”, comprobamos que una posible eternidad está enunciada. La labor de Miguel Hernández es de lucha contra la tristeza, consciente de que ésta “corrompe, enturbia, daña”. Cuando en el verso final de “Juramento de alegría” el poeta afirma haberse alegrado “seriamente lo mismo que el olivo”, sentimos que el “ruiseñor de las desdichas” está tomando las plazas más importantes de la desgracia, conquistas que siguen sin caer, pues mantienen su victoria en el calor de un verbo que sigue sonando a treinta y seis y medio grados centígrados.
La obra que busca una libertad en común, principalmente en los libros El hombre acecha y Viento del pueblo, no es raro que encuentre un eco en la canción protesta de la Transición. Independientemente de la útil labor de difusión conseguida mediante los altavoces de los cantautores de la época, consideramos que en el fondo se trata de un flaco favor. Cualquier lector de Miguel Hernández termina lamentando que una sola melodía se imponga sobre la voz abierta de las palabras, que una tensión determinada ahogue las múltiples resonancias de los poemas. Aparte de los cortes efectuados sobre las partes que no se ajustan a la canción, algo muy discutible, pues se supone que el autor ya determinó lo que sobraba en sus poemas, en muchas ocasiones la melodía no sabe cómo levantar ciertos versos. Pensemos en la dificultad de cantar en mitad de la “Elegía a Ramón Sijé“ el verso “voy de mi corazón a mis asuntos”. Todo el sentido a ras de tierra que contienen las palabras, su carrera de ida y vuelta, se ven desmentidos por una música que lo convierte en algo inmaterial, remoto, ajeno. La melodía siempre se pasa de preciosista con los poemas, los arrastra hacia una especie de inutilidad ornamental. Tras su inicial y seductor canto de sirena, perdemos definitivamente el rumbo de su vocación de tierra. El tiempo espacializado en la verticalidad de la melodía, de notas que suben y bajan desplazándose en el tiempo, anula el modus de los enunciados. La densidad existencial expresada en los tonemas sufre un proceso de licuefacción que nos permite embotellarla para siempre. El resultado es algo así como si nos entregasen lo que necesariamente ha de sentirse sub specie instantis en el intocable modo sub specie aeternitatis. Una limitada experiencia personal se absolutiza, se impone como la única manera de acercarse al poema. Que alguien haga la prueba e intente leer alguno de los célebres poemas cantados: inmediatamente notará que en su lectura hay trazado un surco mental por el que discurre sin escapatoria su percepción. Con la música se cargan las tintas melodramáticas en detrimento de toda sutileza o auténtica intensidad emocional. Se esfuma el destino en bruto que tiene la poesía, ese que pertenece a todos los hombres, su inminente fundación de destino.


Su pervivencia geográfica abarca diversas manifestaciones de distinto calibre. Todas ellas han marcado en los años recientes la persistencia de éste. Para empezar elegiré la conocida con un nombre tan metafórico como atractivo, la Senda del poeta. El mismo sustantivo senda conlleva los apreciativos semas de estrechez por donde transitaban peatones y ganado menor. Consiste en un recorrido a pie durante tres días que finaliza en Alicante, último destino del poeta.
Se halla dividido este itinerario en tres etapas con punto de partida en la puerta de la hoy casa-museo del poeta, en Orihuela, con la masiva concentración de senderistas y un recital de versos hernandianos. A continuación la dirección es hacia Redován (población situada a escasos kilómetros de Orihuela) donde nació el padre de Miguel. En una de sus calles, concretamente en la “Gabriel Miró”, se lee una placa conmemorativa de esta Senda. Con posterioridad el desplazamiento llega hasta Callosa del Segura y después hasta Cox, donde también hay una plaza con el nombre de “Senda del Poeta” (junto al IES). Más tarde, se avanza hacia Granja de Rocamora para finalizar el trayecto primero en Albatera.
La segunda etapa parte de Albatera hasta San Isidro (localidad situada a dos kilómetros de Albatera, en tiempos de Hernández era su pedanía), allí permanecieron retenidos en trabajos forzosos numerosos compañeros del poeta en la posguerra española. Con la reanudación de la marcha se llega a Crevillente y después a Elche, ciudad donde el poeta recibió su primer y único premio en marzo de 1931 otorgado por el orfeón ilicitano al poema “Canto a Valencia”. En ella fijó su residencia tras su muerte, su esposa junto a su segundo hijo y en cuyo archivo municipal se encuentran depositados los manuscritos del poeta.
El último tramo comprende Elche-Alicante. En el cementerio capitalino y ante de la tumba de Miguel se clausura el recorrido con un recital.
Huelga decir que la Senda del Poeta transcurre por caminos de huerta, hoy algo más adecentados, pero que conservan la esencia de aquel tiempo cuando Miguel con alpargatas los transitaba. Naranjos, limoneros, almendros, palmeras y algún escuálido rebaño pueblan aún este paseo, que viene realizándose hacia finales de marzo, para conmemorar la efeméride de la muerte del poeta y siempre realizado a pesar, incluso, de las inclemencias meteorológicas.
En marzo de 2007 se puso en marcha en Orihuela una novedosa ruta de carácter didáctico llamada I Ruta didáctica “El niño yuntero”. Aquella edición contó con la presencia de la hermana de Josefina Manresa, Carmen, ocho años menor que aquella, quien relató algunas anécdotas del poeta. El recorrido comprendió Orihuela, Callosa del Segura y Cox.
La continuidad geográfica de este poeta es también una realidad tangible, son numerosos los municipios, además de su Orihuela natal, los que han seguido rindiendo tributo público a este poeta universal. Fundamentalmente es en la comarca de la Vega Baja del río Segura donde mayor reconocimiento se registra. Marcando un itinerario de Murcia a Valencia encontramos, cerca de Orihuela, Albatera, cuya casa de cultura lleva el nombre del poeta. En la plaza de la Glorieta de Cox, desde diciembre de 2006, se erige la única escultura civil existente en España de la familia Hernández Manresa, un grupo escultórico de tres figuras (Miguel, Josefina y Miguel Manuel, segundo vástago del matrimonio) esculpido en bronce patinado por el artista local Ramón Cuenca Soto. Según él “esta obra contiene, además, un pequeño guiño a los retratos de la época en los que el marido se situaba detrás y la esposa sostenía en brazos al niño”. “Saco lo cotidiano de cada uno de ellos”, comenta este artista.
El resto de localidades (Catral, Rojales, Callosa de Segura, etc...) todas contienen en sus callejeros una calle con el nombre del escritor de la tierra. No faltan colegios de infantil y primaria e institutos de enseñanza secundaria que no luzcan el mismo membrete nominativo.
Más allá de su tierra natal está enclavada la ciudad de Elche donde su Universidad lleva desde el 3 de octubre de 1997 su nombre. Actualmente posee cuatro campus diseminados por la comarca alicantina: Altea, San Juan, Orihuela y Elche, donde tiene sede el rectorado.
En el barrio de San Blas de Alicante está ubicado el IES “Miguel Hernández” desde principios de la década de los sesenta. La actividad relacionada con el poeta comprende la existencia de unos anaqueles en la planta baja con algunos volúmenes de la obra hernandiana y el encuentro semanal de un grupo poético.
Igual que en otros lugares de la geografía valenciana, en Alicante existe también una calle detrás del mercado de Babel, en el barrio de Benalúa, donde antaño estuvo el Reformatorio de Adultos. En este emblemático barrio, concretamente en los jardines de los juzgados, justo en el lugar donde estuvo la enfermería, se erige desde 1998 un monumento de hierro esculpido por Agar Blasco a propuesta de la Asociación de estudios “Miguel Hernández”. La escultura es una S sobre pedestal de piedra hecha en acero corten. Es de carácter minimalista y muestra la sobriedad del poeta.
Para acabar, citemos el cementerio, “Nuestra Señora del Remedio”, de la ciudad capitalina donde yacen los restos mortales del poeta y de su familia, esposa y dos hijos.
Como activista militar, Miguel permaneció en la zona norte de Valencia durante el verano de 1938. Por ello, Valencia capital, cerca del casco antiguo, le ha rendido tributo dedicándole una plaza.
Una batida fuera de la Comunidad Valenciana permite confirmar algunas huellas más de la pervivencia de Hernández. En Madrid, en su Parque del Oeste puede visualizarse un monumento en piedra blanca con una leyenda escrita por el poeta a su paso por la capital española, que dice: “Madrid, esta ciudad no se aplaca con fuego. Este laurel con rencor no se tala. Este rosal sin ventura. Este espliego júbilo exhala”.
Más curioso es el caso de Teruel, zona militada por el soldado Miguel en la que no se guarda recuerdo alguno, únicamente en 1992 la realización de una exposición sobre la figura del poeta valenciano, evento de escasa repercusión cultural. Recordemos que en Teruel, influido por sus condiciones climáticas de gélido frío, escribe, “El herido”, “El tren de los heridos” y “El soldado y la nieve”, colabora en la revista “Pasaremos” y es en los Altos de Celada donde le sorprende el nacimiento de su primer hijo.
Dolores Moragues Chazarra

En el atrio, deseo dejar contundentemente nítido que su obra es trasunto de su vida, de sus avatares. En la obra magnífica se advierten diáfanamente los latidos de su inmenso corazón y las arritmias de su vida, esta última es pues un fiel reflejo de ese compromiso, con un apasionante mensaje poético y ético. En verdad fue un hombre de enorme fortaleza y humanidad.
Becado por excelentes calificaciones estudió con los Jesuitas, quienes pretenden ganarle para la Orden y le ofrecen una beca, también le ofrecen al padre pagar los estudios sin obligación a quedarse en los Jesuitas; mas es sacado para ayudar como pastor, 2º trimestre de primero de Bachiller, al morir su tío Corro -dicen algunos libros- pero esto no es posible ya que murió en Barcelona en 1913 (realmente su padre no quería “pamplinas de lecturas y escrituras que no dan de comer”. (Él era tratante y quería que sus hijos continuasen su oficio). Aclarar que en su casa no eran pobres, fueron una familia acomodada. En la cuadra 80-90 cabezas. Además varias fincas arrendadas con pastores que trabajaban para D. Miguel unas 500 cabezas. Y vendían leche.
Existía una costumbre que llevaba la “lírica”, el cante y el trovo, de espectáculo a cafés y tabernas levantinas. En la calle de Arriba, o de La Libertad (como se nominó durante la República)
- donde vivía -. En las tabernas, El Chusquel, El Nano, El Cura, entre vasos de vino competían en el trovo; el padre de los Fenoll: Antonio “El panadero”, el tío de Miguel, José Hernández “cabrero” y el rey del trovo “el Tío David Castejón” de Santomera, también cabrero. Con toda seguridad el tierno corazón de Miguel, lo pellizcó la Poesía, esa especie de “justas líricas” pusieron su ingenio a cavilar en la Poética.
Desde temprana edad, Miguel fue un apasionado de la naturaleza, más aún, sentía la necesidad de ser parte de ella, conocía e imitaba los silbidos y trinos de todos los pájaros y aves, se ponía en cuclillas y olía y escuchaba la tierra, apretaba las naranjas y escurriéndolas con una mano bebía el zumo. Cogía los racimos de uva y los ordeñaba en su boca; pastoreaba sin perro, su enorme facilidad para silbar y una gran destreza lanzando piedras, era suficiente para el pastoreo. Solía echarse por encima de la cabeza pozales de agua de su pozo en invierno. Iba a los antiguos baños de aguas frías mercuriales del barrio de San Antón. Cuando se mojaba, se desnudaba y se embadurnaba con barro. Gustaba de ir al río a bañarse (cuando le preguntaban de dónde venía o a dónde iba su respuesta era: “del río”, o “al río”). Madrid Septiembre. 1935. Carta a Carmen Conde y Antonio Oliver: [... “me rompí la frente contra una piedra al echarme de cabeza al agua de nuestro río. Con tres puntos sobre la ceja izquierda, y me vine a casa de mi hermana la casada, malhumorado...”]. (Se refiere a su hermana Elvira, casada que vivía en Madrid).
En junio de 1926, Miguel conoce en la Casa del Pueblo, donde iba por libros, a Carlos Fenoll Felices (el poeta-panadero). Se inició en la llamada tertulia de la tahona (la panadería Nueva), de Carlos; se reunían José Marín Gutiérrez (Ramón Sijé) y su hermano Justino (Gabriel Sijé), Jesús Poveda, Antonio Gilabert (primo de Miguel), José Murcia (“El Arriero”, cantor), posteriormente Efrén Fenoll, Ramón Pérez Álvarez, Adolfo Lizón, Manuel Molina y el pintor Francisco de Díe. Allí recitaban sus poemas, cantaban, ensayaban alguna obra teatral, realizaban algún baile.
Carlos Fenoll fue el maestro para Miguel en la afición al “toro”. Francisco Salinas, “El barbero” poeta de Callosa de Segura, fue testigo de unas fotos realizadas a Miguel toreando y matando un novillo (1927). Y también en Poesía y “cante flamenco”, Miguel compuso letrillas. El trovo le conduce a Miguel al flamenco. Dice Francisco Salinas que Miguel trabajó en una cantera una semana para poder componer un poema. [Yo, Miguel, 1972. Francisco Martínez Marín].
El poeta cantaba flamenco con letrillas suyas y tangos de la época, su preferido Silencio (C. Gardel) y lo hacía bastante bien, según discurso en el Ateneo de Madrid de Juan Portela.
“La Tertulia Republicana del Ateneo tuvo de ponente a uno de los socios más veteranos, Juan Portela que habló sobre el recuerdo de su amistad con el célebre poeta Miguel Hernández, al que trató personalmente durante dos años en vísperas de la guerra civil(...) Comenzó relatándonos cómo conoció a Miguel Hernández en el domicilio de Pablo Neruda en la Casa de las Flores en la calle Rodríguez San Pedro(se encuentra en 4º-ático. Bº de Argüelles). Una comisión de comunistas tenía citado allí a Rafael Alberti para recabar su colaboración en un acto(...)recaudar fondos para las viudas y familias de los mineros asesinados en la revolución de Asturias 1934. Alberti les manifestó que tenía compromisos y no podría(...)pero sí podría hacerlo un joven poeta allí presente. Este joven que por tercera vez intentaba la conquista de Madrid era Miguel Hernández. Estoy casi seguro que Miguel no había leído “El Capital” ni el “Manifiesto Comunista”, precisó. El compromiso político de Miguel cuajaría en el transcurso de la Guerra Civil donde estaría como le gustaba expresar a Machado:”a la altura de las circunstancias”.(...) Normalmente coincidíamos en La Cacharrería del Ateneo (…). Acudíamos a un restaurante de la calle Jardines- creo que se llamaba Casa Juanito- donde por menos de cinco pesetas nos servían dos platos, pan, postre y vino.(...) Después recorrido por diversos cafés: Oriental, Levante... A Miguel estos trasnocheos le cohibían un poco porque sus medios económicos eran casi siempre escasos; incluso algunas veces pretextaba citas para marcharse”(...).[ Cuadernos Republicanos Nº 66. J. A. P. R. Marzo 1978, p.p. 163-166].
Con un dibujo surrealista de Rafael González Sáenz, un puntero, una sandía y una jaula con un limón dentro, fue como un ilusionista a la Universidad Popular de Cartagena, a explicar las octavas reales de Perito en lunas. Nunca mejor dicho: Miguel era más que ilusionista... un encantador, se hacía con todos cuantos conocía por su entusiasmo y alegría, -mayores o niños-. Carmen Conde y Antonio Oliver, a mi parecer, fueron unos verdaderos amigos de Miguel, que dieron a conocer en la prensa murciana, esto quizá cambió el devenir del poeta.
Cuanto hacía era difícilmente superable, y además precursor novedoso. Tras su primer viaje pasaría más de una semana en una cueva en el campo de La Matanza, para escribir el auto sacramental, le acompañó el que sería poeta oriolano Manuel Molina (con 16 años), quien dijo que le pagaron 200 pts. En marzo 34, segundo viaje a Madrid, va con un fajo de poemas y su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras (3.444 v.), que publicó José Bergamín en la revista Cruz y Raya (1934).
En su 4º viaje, finales del 34, toma contacto con el “grupo de Vallecas”, los artistas: Maruja Mallo, Benjamín Palencia y Alberto Sánchez. No fue Neruda ni Alberti quienes le instruyen sino el grupo de Vallecas y en especial el argentino Raúl González Tuñón, le inculca una educación político-social. Tras este 2º viaje y en la redacción de esa revista conoce a José Mª de Cossío y en su 3º viaje, en Julio de 34, a Pablo Neruda.
Cómo fue detenido en Orihuela
Según don Antonio Buero Vallejo, contaba chistes en la cárcel del Conde de Toreno, allí realizó Buero Vallejo su famoso retrato. Hernández llegó allí tras ser detenido en Orihuela el día 29 de septiembre, día de su santo cuando salía de comer con Gabriel Sijé de la casa de los Marín, en la misma calle Mayor, nº 27 (tejidos “Marín”).
Un trabajador del Ayuntamiento, Vicente Martínez, “El Pichini” fue al Juzgado y delató a Miguel. En la misma calle, puerta de Eusebio Escolano (exdiputado del partido de CEDA, Gil Robles), es insultado por J.Mª Martínez ”El Patagorda”: “Aún está libre ese H. de P.”, le dijo ese oficial del Juzgado Municipal (quien le tenía inquina, incluso había estado en casa de sus padres buscando la pistola). Por el Inspector Guardia Municipal Manuel Morell Roger es detenido y encarcelado en los sótanos del Seminario de San Miguel; los 8 primeros días estuvo a oscuras y sin nada de comer. Encerrado unos tres meses junto a otros 1500 presos; fue la peor de todas prisones, donde recibió el mayor maltrato, y donde le daban peor de comer que a los cerdos (según dijo Miguel). El 9 de Octubre el Juez militar de Orihuela notifica la detención. El 3 de diciembre es conducido a la prisión del Conde de Toreno (Madrid).
Entre El Rayo que no cesa y Viento del Pueblo deja Miguel sin incluir al libro II, 15 poemas de gran categoría. Cuando desata el nudo de su lucha interior de ideas, en SONREÍDME (Madrid, 1935), expresa y comparte con sus semejantes su convicción absoluta de la posición social y religiosa:
Sonreídme que voy
adonde estáis vosotros los de siempre
los que cubrís de espigas y racimos la boca del que nos escupe(...)
Aunque Miguel Hernández, siempre ajustó su poesía a los clásicos y medidas. Pero en 1935, escribió “la poesía no es cuestión de consonante, es cuestión de corazón”.
En Alcalá de Henares, en la 1ª Brigada Móvil de Choque, donde estaba de Comisario de Cultura su amigo poeta Antonio Aparicio (quien guardaba su tienda de campaña). Miguel desarrolla toda su energía potencial poética de la mano de su otro gran amigo el periodista cubano Pablo de la Torriente, el cual nombró a Miguel agregado cultural. Formaban parte del apodado “Batallón del Talento”. Para aclarar un error del biógrafo paraguayo Elvio Romero, que durante mucho fue citado por numerosos escritores, diré que Aparicio fue quien escribió el poema atribuido a Miguel “Adiós compañeros, amigos, despedidme del sol y de los trigos”.
Casi a diario Miguel escribía tarjetas a Josefina(67 cartas amorosas), Julio de 1936, le dice: “Te digo que yo estoy dispuesto a pasar por la iglesia, (...)tú eres una queridísima tontica que crees que con ir a misa, ya has cumplido tus deberes de cristiana, que no lo eres aunque tú lo creas”
Un tesón en pro de los derechos del pueblo (en infinidad de ocasiones); por ejemplo el 21 de agosto de 1937, en el Ateneo de Alicante hacen a Miguel Hernández un homenaje. El diario Nuestra Bandera de Alicante se hace eco al día siguiente. Fragmento:”Siempre será guerra la vida para todo poeta: para mí siempre ha sido.(...) y comencé a luchar, a hacerme eco, clamor y soldado de la España de las pobrezas que nos quieren legar, que nos quieren separar del corazón, donde está atada.” Y afirmó: “Vivo para exaltar los valores puros del pueblo, y , a su lado estoy tan dispuesto a vivir como a morir...”
En plena guerra, estando en Jaén el 9 Marzo 1937 hace una escapada a Orihuela y contrae matrimonio civil con Josefina Manresa Marhuenda, no había oficios religiosos y los casó el alcalde D. Paco Oltra, en el Juzgado Municipal, Josefina de negro, él con el uniforme de Estado Mayor del Quinto Regimiento verde oscuro, testigos sus amigos Carlos y Jesús. En el viaje de novios hacia Jaén, noche nupcial en Alicante(frente al puerto), luego a Alcoy (quizá a llevarle un paquete al novio de su hermana menor Encarnación, Ismael Terrés, y tal vez a saludar a algún oficial del CRIM (Centro de Reclutamiento, Instrucción y Movilización Nº 10).
Gran defensor de los derechos de la mujer: En un escrito suyo publicado en Jaén, en el Nº1 de Frente Sur (periódico que dirigía) dice Miguel Hernández, bajo el seudónimo de Antonio López: “La compañera de los días del hombre ha llevado en España una vida humillada, animal, apaleada, moribunda. Me refiero a la mujer nacida encima del jergón pobre del pueblo, en el rincón ceniciento de la aldea (...). Tengo muchos motivos para pegar martillazos contra los culpables de la tristeza de las campesinas de España: mi Madre ha sido, es una de las víctimas del régimen esclavizador de la criatura femenina. Enferma, agotada, empequeñecida por los grandes trabajos, las grandes privaciones y las injusticias grandes, ella me hace exigir y procurar con todas mis fuerzas una justicia, una alegría, una vida nueva para la mujer (…)”. (De su prosa “Compañera de nuestros días”).
El teatro de Miguel Hérnandez
En Septiembre 1937, designado por el Gobierno va a la U.R.S.S. como dramaturgo para el V Festival de Teatro, estaba eufórico...En carta a Josefina (27-08-1937). ”Voy con cuatro compañeros más a unas representaciones de teatro ruso en Moscú, Leningrado y otras ciudades más, para que me sirvan de estudios y beneficios del teatro que yo hago en España”.
Quién te ha visto y quién te ve...(mencionado antes) lo estrenó en el Teatro Circo de Orihuela la compañía La Cazuela de Alcoy (13-2-77). El torero más valiente, El labrador de más aire (autobiográfica); escribió 22 obras cortas y en teatro social: Los hijos de la piedra (1935) decorados de Maruja Mallo. Pastor de la muerte, premiado en el concurso Nacional de Literatura en abril 1937 (3000 pts.), y Teatro en la Guerra (1937): ”La cola”, “El hombrecito”,” El refugiado”, “Los sentados”. En ellas el autor como introducción: “...Había escrito versos y dramas de exaltación del trabajo y de condenación del burgués, pero el empujón definitivo que me arrastró a esgrimir mi poesía en forma de arma combativa me lo dieron los traidores(...) aquel iluminado 18 de Julio. Intuí, sentí venir contra mi vida, como un gran aire, la gran tragedia, la tremenda experiencia poética que se avecinaba en España, y me metí, pueblo adentro, más hondo de lo que estoy metido desde que me parieran, dispuesto a defenderlo firmemente de los provoca-dores de la invasión. Desde entonces acá, vengo luchando de muchas maneras, y sólo me canso y no estoy contento cuando no hago nada”. Según una autoridad en el teatro de Miguel, el profesor Jesucristo Riquelme, Hernández en sólo 4 años acabó 5 dramas y 4 obras cortas.
El teatro que escribía era casi todo autobiográfico. Sin lugar a dudas: En el corazón de Miguel existió un ingente y excepcional dramaturgo; que fue su vocación literaria más honda. Pero los acontecimientos le abocaron a la poesía, como forma de expresión más inmediata y honda: de penas, tribulaciones y esperanzas, propias y ajenas.
Naranjas para el amigo enfermo
En plena guerra la casa donde vivía Aleixandre en Velintonia (está en una gran pendiente, números 3-5; el nº 5 lo tuvo alquilado una temporada Carmen Conde) quedaba dentro del radio de bombardeos y saqueos, y el poeta se traslada a casa de los tíos a la calle Españoleto. (La escena: Miguel vestido de miliciano tira de las varas de un carro de tiro, lleva los enseres, encima de todo un gran sillón y sentado Aleixandre.).
Durante la guerra, cada vez que Miguel tenía un permiso e iba a descansar sus dolores de cabeza a Orihuela, aunque para los suyos no hubiera, cuando volvía a Madrid, siempre llevaba un saco de naranjas a su amigo Aleixandre poniéndoselas como si fuesen joyas, sobre la cama, y en Madrid y para su amigo “eso eran”.
Citación final
Su primogénito Manuel Ramón fallece a los 10 meses; el segundo hijo, Manuel Miguel, nace el 4 de enero de 1938.
Durmió poco y alargó su corta vida, se sucedían noches en vela y días, durante las noches fijaba en su excepcional memoria, por el día en cualquier papel.
Dijiste: "Por las calles voy dejando/algo que voy recogiendo/pedazos de vida mía/venidos desde muy lejos". (O.C. Cancionero Romancero... [54] 2ª estrofa.)
Así comienza un poema que compuse y continúa...
Te digo: "En el aire voy pintando/versos enjaezados en sueños/son sentimientos vividos/que afloran desde muy adentro".
Llega al Reformatorio de Adultos de Alicante (Junio 1941), donde se contagió de fiebres tifoideas, estuvo nueve meses, cuatro en la enfermería (para tres o cuatro mil presos había allí dos médicos, un preso auxiliar, tres sacerdotes). Don Luis Almarcha no “supo” hacer bien el papel de “caridad cristiana” con la esposa ni el padre, aunque eso sí, llevó a rajatabla el programa de redención. ¡Lucifer había sucumbido a las artimañas del Vicario y su jefe político Máximo Cuervo!. Excluían de su caridad a quienes no practicaban sus liturgias. La doctrina de reformatorio la inculcó el general Máximo Cuervo Radigales (quien hizo honor a su nombre), presidente del Consejo Asesor de la Escuela de Estudios Penitenciarios autor de Redención en las cárceles españolas, con contenidos: “regenerativo y reintegrador de un ciudadano a su patria”, “el enderezamiento de un espíritu extraviado”.
Los reclusos que hacían la limpieza de la enfermería salían horrorizados del hedor putrefacto de las llagas. Las últimas semanas fue su compañero Joaquín Ramón Rocamora, que le alentaba con sus palabras al tiempo que le hacia aire. Por el orificio de su costado fluye abundante pus, la cánula se le sale, y Joaquín se la coloca, una y otra vez. Murió Miguel en las primeras horas del 28- 03-1942. El último pensamiento de Miguel, antes de morir, fue para Josefina. (De las 437 epistolares que se conocen de Miguel, 316 están dirigidas a su esposa). Sus ajados y deshabitados labios se estremecen, musitando con ronca y dificultosa respiración: ¡Ay, hija, Josefina, qué desgraciada eres! (Extractado y ampliado de José Luis Ferris, Miguel Hernández, pasiones, cárcel y muerte de un poeta. Temas de Hoy, 2002, p. 486.)
Presa de una tuberculosis galopante, las fiebres tifoideas y la enfermedad que padecía de hipertiroidismo (sin bocio), tras arrastrarle por 13 insalubres cárceles. Con 31 años, se truncó una de las trayectorias más prometedoras de las letras españolas del siglo XX.
A media tarde en humilde ataúd, sacado a hombros al patio por Antonio Ramón Cuenca (compañero de pastoreo y de las J.J. Socialistas), Ramón Pérez Álvarez, Luis Fabregat y Ambrosio Monera; los presos desfilaron ante el cadáver, y la banda del Reformatorio tocó la Marcha Fúnebre de Chopin, mientras daban dos vueltas al patio. Luis Fabregat y Ramón Pérez intentan en vano, cerrar sus ojos. (Estas y otras cosas me las contaba Luis Fabregat, cuñado de su hermano; que estuvo con el poeta también en El Seminario de Orihuela).
Una instantánea de perfil: Miguel siempre, tu frente/ ardiente y la risa anacarada/ es esplendente luz de tus dientes/ que inunda tu límpida cara.
Manuel Roberto-Leonís