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jueves 30 de septiembre de 2010

Actuales inactuales

Pedro López Martínez
IES Alfonso X el Sabio.
Murcia, 2001

La Antología de Pedro López Martínez acoge a siete poetas murcianos, nacidos entre 1955 y 1982; desde los dos "senior" Antonio Marín Albalate y Javier Orrico, pasando por tres nacidos en la década de los 60, Ginés Aniorre, María José Bernal y José F. Kosta, hasta los más jóvenes Héctor Castilla (1971) y José Lorente Guillén (1982).

Poemas de Javier Orrico como "El rock ha muerto", ha ganado con el paso del tiempo, desde su publicación en "La memoria inventada" (1983): el descenso generacional se ahonda hacia un pesimismo humanista, metahistórico. Con Marín Albalate otra vez nos sorprenden el ritmo y la sensualidad de la palabra, léase, por ejemplo, el poema titulado "Alicia López". Íntimo, perlado, siempre exquisito Ginés Aniorte ("Sin que lo digáis/ sé cual es vuestra opinión/ acerca de la poesía: una pérdida de tiempo.../ Y lleváis del todo,/ pues otra cosa me sucede cuando escribo,/ otra cosa que explicaros no sé,/ ni necesito.).

Versos de una lucidez inquietante, como el adverbio "Ahora" de su poema "Pérdida", los de la única Ella de esta Antología, María José Bernal. Desnuda y sincera, la voz de Héctor Castilla golpeando las mitologías de lo cotidiano. Reflexivo, provocador, irónico a veces, José Lorente, quien nos da una persuasiva "Poética del perdedor (la sublime tentación del plagio)". Un poema que yo también desearía haber escrito.

Por último, José F. Kosta (1968). Poeta sin excusas, alojado en este libro como un rey que viaja de incógnito ("Tengo veinte años/ que son como veinte flores sin olor/ en un jarrón moderno/ tengo veinte finales para mi vida/ veinte novias despojadas de carne/ dos veces diez amistades que se quebraron/ tengo deseos que siempre serán eso".)

Sebastián Alfeo

miércoles 29 de septiembre de 2010

Sólo guerras perdidas, de Pascual García


Desde el pasado día 27 de septiembre, se encuentra en las librerías la nueva novela de Pascual García, Solo guerras perdidas, editada por la ciezana Alfaqueque Ediciones.

Un hombre armado llega a la sierra de Los Olmos, montado sobre una mula, con el propósito de entrar en contacto con un grupo disperso de milicianos huidos de la represión y de la derrota de la guerra, para proponerles un plan que cambiará por completo su existencia. En el camino va reencontrándose con mujeres que conoció algunos años atrás, cuando acompañaba a su padre en su labor de marchante y buhonero.

El amor, el deseo, el miedo y la muerte se trenzan en un viaje casi iniciático en el que de una forma progresiva, el personaje no tendrá más remedio que enfrentarse de un modo dramático con sus propios fantasmas, con su sentido de lealtad y con las órdenes irrevocables que ha recibido en el campo de batalla. Ni la compasión ni la gratitud tendrán el poder de apartarlo de su camino, porque Aníbal Salinas no es un hombre cualquiera, es el símbolo de una guerra fratricida y despiadada, que terminarán perdiendo irremediablemente todos los bandos.

Solo guerras perdidas trata sobre ciertos sucesos acaecidos durante nuestra guerra civil y al final de la misma, de los que todos hemos oído hablar o de los que hemos leído en diversas publicaciones: la huida de soldados republicanos a territorios de montaña para escapar de las represalias del ejército vencedor.

Solo guerras perdidas ha sido escrita con un lenguaje con resonancias poéticas, ágil en determinados episodios, denso en los momentos más intensos y, al cabo, con la voluntad literaria de que el lector no solo quede prendido en la trama, sino que además quede prendado de la forma y se deleite con la lectura.

martes 28 de septiembre de 2010

Fulgencio Martínez participa en un Simposio sobre literatura rumana en Barcelona


Fulgencio Martínez intervendrá el próximo día 30 de septiembre en el simposio sobre Literatura rumana en España, que se celebrará en Barcelona, los días 29 y 30 próximos, en la librería El central del Raval.

Durante su intervención, además, dará a conocer los números de Ágora papeles de arte gramático que han incluido traducciones de autores rumanos.


LITERATURA RUMANA EN ESPAÑA
Coloquio “Días de literatura rumana en Barcelona”
29, 30 de septiembre - Librería El Central del Raval, C/ Elisabets 6, Barcelona

29 de septiembre, 19:00h - Literatura rumana de entreguerras
Ponencias: Ioana Parvulescu, Ioana Zlotescu-Simatu, Mercedes Monmany
Presentación de libros rumanos pertenecientes a la literatura rumana de entreguerras publicados en España

30 de septiembre, 19:00h - Literatura rumana contemporánea
Ponencias: Răzvan Petrescu, Blas Parra (Editorial El Nadir), Fulgencio Martínez
Presentación de libros rumanos pertenecientes a la literatura rumana contemporánea publicados en España

lunes 27 de septiembre de 2010

Presentado "Esperando a Susana", de Venancio Iglesias



En la imagen: José Antonio Montesinos, Venancio Iglesias, Teresa Vicente y Marisa López Soria.


El narrador leonés Venancio Iglesias presentó el pasado jueves, en el Museo Gaya, de Murcia, su libro de relatos "Esperando a Susana".

En la presentación la escritora Marisa López Soria desgranó las claves de la poética del libro, destacando en el escritor su dominio del lenguaje y la capacidad de crear personajes vivos. Venancio Iglesias comparó los libros con "extensas cartas de amor dirigidas a los lectores o a un lector", Lectores amigos, y lectores futuros que dan sentido a la escritura de un cuento como acto comunicativo, cuya intención, por parte del que escribe, es llegar al alma de sus lectores, presentarles un espejo de su ser verdadero. El escritor de verdad tiene lectores, no clientes. Como decía el clásico, la literatura persigue la finalidad de "instruir deleitando"; ampliar el conocimiento de la realidad y de nosotros mismos no está reñido con la belleza del lenguaje, ni con el disfrute estético de la lectura.

Venancio Iglesias, aunque anunció que no iba a ofrecer una teoría del cuento, dio una amena lección breve sobre su modo de ver la pragmática aplicada a la narrativa. El autor comentó las variadas secciones de "Esperando a Susana"; alguna sección reúne relatos con un motivo común, como el árbol del tilo -típico de la ciudad de León-, la muerte y la presencia de lo maravilloso en forma de una joven mujer que invita a tres personajes (un sacerdote, un pintor y un empleado de banca) a conocer el amor antes de encomendarlos para el "último viaje", y ayudarlos a subir a "la nave que nunca ha de tornar", como diría Antonio Machado.


Otro momento de la presentación.


El salón del Museo Ramón Gaya quedó pequeño.

Texto de Fulgencio Martínez. Fotografías y vídeo de Francisco Javier Illán Vivas

viernes 24 de septiembre de 2010

Conversaciones con... Vicente Hernández Fabregat (y IV)

(Viene del viernes 17 de septiembre de 2010)


EL FRENTE. JOSEFINA MANRESA


Fulgencio: La revista Ágora, papeles de arte gramático sacó en la portada de su número 17-18 una foto de Josefina y Miguel Hernández en el frente de Jaén. No sabía que Josefina Manresa estuviera en el frente con Miguel, y menos que supiera escribir a máquina.(En la España anterior a la República más del 60 por ciento de las mujeres eran analfabetas).


Vicente H: La foto es magnífica, soberbia. ¡Hay que ver la calidad de las fotos antiguas! Miguel vestido de miliciano... y Josefina. Miguel la enseñó a escribir a máquina. Él era un gran mecanógrafo; trabajó ya de mecanógrafo en la notaría de José María Quílez, que fue uno de los primeros que se cargaron los rojos en Orihuela. En Madrid contrató Cossío a Miguel Hernández porque escribía muy bien a máquina.


Fulgencio: Entre mi mujer y yo hemos hecho un poco de investigación de aficionado. Intentamos fechar la foto en relación con la correspondencia de Miguel Hernández. Faltan las cartas de Josefina a Miguel. En una carta de Miguel (de marzo de 37) con sensibilidad le pide a Josefina que le confirme si ha ocurrido esa falta que esperan...


Vicente H: Ella ya debió regresar a Cox y le pregunta si estaba embarazada.

Fulgencio: ¿No volvería Josefina en otra ocasión al frente?

Vicente H: No. Miguel marchó al frente de Guadarrama. Estuvo primero de zapador haciendo trincheras y luego en la propaganda pero siempre en el frente de combate.



MIGUEL Y LA GENERACIÓN DEL 27

Rompiéndole el retrato a Rafael Alberti


Vicente H
: Hay una anécdota que recoge J.L. Ferris en su libro: tuvo lugar en el Palacio de los Marqueses de Heredia-Spínola (calle Marqués del Duero, 7, Madrid) con María Teresa León y su esposo el poeta Rafael Alberti. Miguel volvía del frente a descansar en ese Palacio que era sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Miguel venía de ver morir a la gente, porque él estuvo en primera fila siendo un poeta ya conocido, que había publicado El rayo que no cesa; el libro más vendido, junto con un poemario de Manuel Machado, en la feria del libro de Madrid, aquella primavera del 36, antes de estallar la guerra. Miguel ya tenía cierta fama pero se va de zapador al frente del Guadarrama, y regresa a Madrid, al palacio de Heredia-Spínola, cuando puede, una noche cada semana, o cada dos. Sobre todo, para asearse. Porque él era muy higiénico, desde siempre. Contaba mi padre que en su casa se duchaba Miguel en invierno con agua de pozo, la echaba en la rociadera y se duchaba en el patio en pelota viva. A ver quién tenía cojones a bañarse con ese agua de pozo siquiera en verano.

Joaquín Garrigós: Recuerdo que eso lo contó tu padre en la entrevista que le hicieron en la televisión en los años sesenta.

Vicente H: ¡Si Miguel era un escándalo!, salía en pelota a correr por la sierra. Le decía mi abuela: ¿dónde vas, Miguel? Y le respondía: a correr y sudar un poco. Era un avanzado, un naturista, un hala la naturaleza. Otras veces, se echaba la máquina de escribir al hombro, y subía y bajaba de la Cruz de la Muela. Era muy aseado. La higiene le obsesionaba, le mató la enfermedad pero sobre todo la promiscuidad y las malas condiciones sanitarias de las cárceles. En el Reformatorio de Adultos de Alicante, donde murió, el agua contaminada desencadenó una epidemia de fiebre tifoidea, y Miguel, que ya venía tocado del pecho y débil, cogió la tuberculosis y la tisis, y murió.

Pero te cuento la anécdota del palacio de Heredia. Miguel, una de las veces que volvía del frente, ve en ese edificio a Luis Cernuda, Rafael Alberti, María Teresa León, dispuestos a festejar un banquete y disfrazados con ropas de palacio para un baile de carnaval. Miguel era impulsivo, y en una pizarra escribe: aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta. Y, al rato, cuando salía Miguel del palacio, de aquella sede de intelectuales, María Teresa León, la mujer de Alberti, se le encara y le pregunta quién había escrito aquello. Miguel le responde que lo ha escrito él; y María Teresa León le dio una hostia que le rompió un diente y lo tiró al suelo. Miguel era un tío fibroso, mimbreño, pero un tío tío; María Teresa León tenía más agallas que Alberti, porque lo lógico es que hubiera sido Alberti quien le hubiera preguntado a Miguel. María Teresa León fue quien hizo a Alberti hombre y comunista, tenía las agallas que le faltaban al otro.

Hay otra anécdota, que contaba mi padre. Una de las pocas veces en que coincidieron en la guerra, le preguntó mi padre si conocía a Rafael Alberti. Miguel contestó que sí, y quiso saber por qué le preguntaba por el poeta comunista. Y mi padre le dijo: Es que ha llegao al frente a arengarnos, puesto de correajes y un revólver con la culata de nácar; yo creo que es un gilipollas. Yo también lo creo, dijo Miguel.


García Lorca, Cernuda, Aleixandre

Fulgencio: Tampoco García Lorca podía ver mucho a Miguel Hernández...

Vicente H: No podía ni verlo. Se conocen en Murcia en los talleres de La Verdad, cuando Miguel publica Perito en Lunas. Luego, ya en Madrid, García Lorca, cuando sabía que estaba Miguel en un acto, no iba. Cernuda tampoco lo podía ver. Se ha dicho tantas veces que había incompatibilidad de caracteres entre ellos y Miguel. Yo no creo que fuera eso. Si es cierto el distinto signo sexual, la homosexualidad de García Lorca y de Cernuda, también lo es que la homosexualidad es común a otros grandes poetas de esa generación, como Vicente Aleixandre. Y hay que leer las cartas de éste a Muñoz Rojas, para apreciar la amistad que le profesó siempre Aleixandre a Miguel. Sobre todo, la última carta, donde Vicente le dice al poeta andaluz: te voy a comunicar la muerte de Miguel Hernández. Era el mejor amigo, un hombre bueno...


...Miguel le llevaba naranjas a Vicente, enfermo en cama, y lo echó en una carretilla, durante un bombardeo de Madrid, y lo transportó a otra parte de la ciudad segura de las bombas.

Esa carta a Muñoz Rojas es entrañable, llena de emotividad. (La voz de nuestro entrevistado se emociona como en ningún otro momento de la entrevista). He tenido el privilegio de conocer a Vicente Aleixandre. En una visita con mi primo a su casa de la calle Welintonia. Nos recibió sentado, hierático en su silla, con unos ojos azules hermosísimos, inmensos; transmitía humanidad, como una bondad que emanaba... La carta a Muñoz Rojas, que ha muerto hace poco, te hace llorar.

Fulgencio: Miguel, en sus cartas desde la cárcel, continuamente le dice a Josefina que escriba a Vicente y se interese por su salud, y Vicente le enviaba dinero para la mujer y el hijo de Miguel...

Vicente H: Protegió muchísimo a la familia; el que más, entonces y después. Directamente o a través de amistades suyas. Vicente Aleixandre hizo para que mi primo estudiara en Madrid y ayudó a mi tía Elvira a sacar a flote a cuatro hijos. Cuando nos recibió en su casa de Welintonia,1, un chalecito donde vivía con su hermana, se emocionaba al recordar a su amigo Miguel Hernández.

Fulgencio: ¿Quién crees que también le ayudó?

Vicente H: Hay que hacer justicia, y decirlo todo. José María de Cossío hizo siempre, siempre, lo indecible por él. Intercedió ante Rafael Sánchez Mazas para que éste consiguiera que Franco le conmutara la pena de muerte. Luego, hay la anécdota de que a Miguel se le presentaron en la cárcel Cossío, Sánchez Mazas y otro poeta falangista que no recuerdo, y le proponen que se retracte de sus ideas. Miguel les dijo: Parece mentira que me conozcáis y que me vengáis con proposiciones deshonestas como si fuera una puta barata.

Era así Miguel, íntegro y totalmente temerario. No supo nadar y guardar la ropa.

DEJADME LA ESPERANZA

Fulgencio: Te pregunto ahora por otro tema, el de la familia de Miguel, su obsesión por el hijo primero que murió.

Vicente H: Lo sintió mucho. Miguel era muy sentimental. Con todos. Ayudaba mucho a la gente, aunque tenía sus cosas. Contaba mi padre que una de las veces en que fue a verlo a la cárcel de San Miguel, en Orihuela, le dijeron que se encontraba incomunicado; lo que era casi habitual. Y se interesó mi padre en saber por qué estaba incomunicado y un guardia de prisiones le dijo: es que su hermano no asume que está preso.

Nos despedimos oyendo decir a Vicente Hernández Fabregat el poema que más le emociona de su tío. “Canción última”:

Pintada, no vacía:
Pintada está mi casa
del color de las grandes

pasiones y desgracias.

Regresará del llanto

adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las alhohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábada
su intensa enredadera
nocturna y perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.


Será la garra suave.


Dejadme la esperanza.

(Miguel Hernández. El hombre acecha)


Vicente Hernández Fabregat, al final de la entrevista.


NOTAS.


(1) Para aclarar algo este pasaje, donde las confusiones de antes y la de mía de ahora pueden llegar a dejarnos estupefactos ante lo silenciado, reproduzco una cita (recuperada por mí posteriormente a esta conversación) de la “Introducción” de Leopoldo de Luis al libro Miguel Hernández. Obra poética completa. Editorial Zero, Bilbao, 1976.

En los múltiples azares por los que atravesó el tropel acosado de los vencidos, entre campos de concentración y cárceles que cubrían kilómetros cuadrados de España, los triunfadores entreabrían de cuando en cuando las rejas para quienes, habiéndose librado de los fusilamientos, no tenían aún causas judiciales en trámite, o bien eran éstas de minúscula entidad. Con ello, aligeraban el terrible peso muerto de los prisioneros. Así salió Miguel Hernández de la cárcel el 17 de septiembre de 1939, y cometió la ingenuidad de correr al lado de los suyos. Doce días después era detenido de nuevo, ya no como preso innominado, sino con las acusaciones concretas que su obra mereció. En la prisión del edificio del Seminario de Orihuela, primero; dos meses más tarde en la cárcel de Conde de Toreno, en Madrid. Se le juzgó en enero de 1940 y el tribunal le condenó a muerte. El recurso de gracia para la conmutación de la pena a la inferior de 30 años fue apoyado por la gestión personal de algunos escritores con influencias dentro del régimen: Cossío, Ridruejo, Sánchez Mazas, Gª Viñolas, Alfaro... Obtenida la conmutación, el recluso -que ocultó a su mujer por algún tiempo la gravedad de la sentencia- fue trasladado a la cárcel de Palencia y más tarde al penal de Ocaña, donde permaneció hasta junio de 1941, en que se logra su traslado al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde la familia lo tiene más cerca.

La neumonía adquirida en Palencia, la bronquitis cogida en Ocaña, el tifus que le ataca en Alicante, van royendo su organismo joven pero con mucho sufrimiento encima, y aparece la tisis. Hay que hacerse cargo de lo que era una tuberculosis galopante en 1942, en España y en la cárcel (…)

En la madrugada del 28 de marzo de 1942, después de tres años de persecuciones y cárceles, murió en la prisión alicantina -en la tierra que tanto quiso- a los 32 años de edad”.

Para ser más exactos: Miguel sólo llegó a cumplir treinta y uno. Nació el 30 de octubre de 1910.


(2) “El 26 de abril de 1937, los aviones de la Legión Cóndor alemana bombardearon la villa de Guernica, destruyéndola en gran parte y ocasionando más de 1.500 víctimas civiles. Pablo Picasso pintó bajo la impresión de estos acontecimientos su famosa obra maestra, el Guernica, sobrecogedora denuncia de los horrores de la guerra. El cuadro se expuso en el Pabellón español de la Exposición Universal de París (1937)”.

    (cita extractada del Diccionario enciclopédico, Olympia Ediciones, Barcelona 1995).


Para evitar la huida de la población civil, la marina de Mussolini cercó por mar la costa vasca, mientras que las tropas de Franco del Norte mantenían el cerco por tierra. Esta salvaje y calculada operación sobre la población de Guernica, elegida como blanco para el ensayo de la Lutfwaffe, se dirigió a minar la moral del ejército de la República, cuando aún no había transcurrido un año de la guerra civil. Operación de golpe final psicológico cuyos efectos destructivos y novedad en los usos bélicos dio ocasión para que se difundiera la noticia internacionalmente. Que sepamos nosotros, ningún intelectual franquista, ningún obispo católico, en su momento ni después, mostró algún escrúpulo de conciencia por aquel crimen de guerra.

Miguel Hernández, que escribió su libro Viento del pueblo entre el verano del 36 y el verano del 1937, llegó a tiempo para incluir el poema “Euskadi” entre los últimos de ese libro donde hace memoria de la ignominioso y cobarde destrucción de Guernica y de su árbol símbolo de la tierra vasca, el viejo roble cerca del cual se reunían las Juntas de Vizcaya y, desde la Edad Media, los reyes españoles juraban los Fueros. En el poema “Euskadi”, Miguel da aliento, moral de resistencia a una España que no se deja vencer nunca por la fuerza. “Mientras existe un árbol el bosque no se pierde”. Importa saber leer esta poesía, que alcanza uno de los cometidos más altos de la lírica; e importa también entender esta conciencia de Miguel Hernández, que se da cuenta de la significación de la guerra psicológica y del objetivo que pretendían Franco y Hitler. De este modo se contextualiza mejor su resistencia, aún después de la derrota y la cárcel, al desamparo de Rusia a España.


EUSKADI



Italia y Alemania dilataron sus velas

de lodo carcomido (...)

Contra España cayeron, y España no ha caído.


España no es un grano,

ni una ciudad, ni dos, ni tres ciudades,

España no se abarca con la mano

que arroja en su terreno puñados de crueldades.


Al mar no se lo tragan los barcos invasores,

mientras existe un árbol el bosque no se pierde,

una pared perdura sobre un solo ladrillo.

España se defiende de reveses traidores,

y avanza, y lucha, y muerde

mientras le quede un hombre de pie como un cuchillo (…)


En Euskadi han caído no sé cuántos leones

y una ciudad por la invasión deshechos.

Su soplo de silencio nos anima (…)


No se debe llorar, que no es la hora,

hombres en cuya piel se transparenta

la libertad del mar trabajadora.


Quien se para a llorar, quien se lamenta

contra la piedra hostil del desaliento,

quien se pone a otra cosa que no sea el combate,

no será un vencedor, será un vencido lento.


Español, al rescate

de todo lo perdido.

¡Venceré! has de gritar sobre cada momento

para no ser vencido.


Si fuera un grano lo que nos queda,

España salvaremos con un grano. (…)



(Miguel Hernández. Viento del pueblo)



  1. cf. el libro, de Isaías Lafuente, Esclavos por la patria. La explotación de los presos bajo el franquismo (Temas de hoy). “ ... medio millón de muertos, un cuarto de millón de exiliados dispersos en Francia, Rusia y varios países hispanoamericanos, 280.000 presos en cárceles y campos de concentración por los delitos más inverosímiles, miles de españoles heridos o mutilados por efectos de la guerra, produjeron un colapso en el mercado laboral de un país que necesitaba reconstruir sus infraestructuras y poner en funcionamiento empresas destrozadas o paralizadas por la guerra”.

Los crímenes contra la humanidad del franquismo no se limitan sólo a los esclavos que mantuvo el Régimen durante décadas, ya terminada la Guerra, ni a los 100.000 españoles que yacen en alguna cuneta de este país y cuya búsqueda y entrega de sus restos a sus familiares es obstaculizada por la sombra alargada del franquismo que oscurece la actual democracia en España, sino por un hecho que suele no mencionarse: la muerte de los derechos civiles de varias generaciones de españoles, de una u otra ideología, durante cuarenta años, lapsus de tiempo de la dictadura franquista que no tiene parangón con el fascismo o el nazismo. Durante cuarenta años se violó los derechos de la persona en España, y peor aún, consiguió el terror franquista que gran parte de los españoles muertos civilmente ni siquiera fueran conscientes del atropello a su dignidad. La tarea de nuestra generación es también no olvidar esa infamia reciente cometida contra nuestros padres. Los crímenes del franquismo no es una vieja historia de abuelos o bisabuelos que nos quede remota. Es una responsabilidad de la actual generación no mirar para otro lado.

Desde la revista cultural Ágora exigimos el respeto a todas las víctimas del franquismo, también a las víctimas más próximas a nosotros, los españoles que han vivido privados de sus derechos civiles durante los cuarenta años de dura y larga dictadura franquista. Exigimos la condena democrática del franquismo, por parte del Gobierno, del Pueblo y de la Justicia española, así como de los Tribunales Internacionales de Derechos Humanos.

Y, como un deber más hacia la Poesía, exigimos que sea permitido buscar y exhumar los restos de Federico García Lorca, asesinado a sangre fría en algún lugar próximo a Granada; y, finalmente, que no sólo sea reparada la memoria de Miguel Hernández, como ha hecho el actual Gobierno democrático de España; sino anulado, por el Tribunal de Justicia correspondiente, el Juicio sumarísimo donde fue condenado por unos jueces militares, monos de un dictador responsable de crímenes contra la humanidad.

jueves 23 de septiembre de 2010

Presentación de "Estela Sur", de Pilar Quirosa-Cheyrouze



Mañana viernes, 24 de septiembre, se presentará "Estela Sur", de Pilar Quirosa-Cheyrouze, editado por Port Royal Editorial. Intervendrán en el acto junto a la autora: Yolanda Cruz López, periodista y guionista; y José Antonio Santano, escritor.


La presentación será a las 20:30 horas en el Salón de Plenos de la Diputación de Almería.



CONTRAPORTADA:
En la poética de Pilar Quirosa-Cheyrouze (Tetuán, 1956), la indagación y la reflexión generan un conjunto de signos que se unen al significado de la palabra, avivando la llama de la creación y la mirada interior.

Una vía abierta hacia la comunicación, que conecta, a través del humanismo, con positivos encuentros y firmes realidades.


Los temas que conforman sus libros están unidos a la naturaleza del ser, abarcando los paisajes físicos, fundamentalmente mediterráneos, consustanciales a la memoria sentimental desde los horizontes africanos hasta las vivencias transitadas por el espacio almeriense, donde reside desde el año 1969-, desarrollando una trayectoria encaminada a valorar la esperanza depositada en el ser humano, en el afán de conectar con un destino generoso y posible a través del poder inequívoco del amor y sus designios.

Las metáforas, las imágenes y el ritmo poético, frecuentemente elegíaco, jalonan un decisivo paseo por la vida, el amor y la muerte, ésta última entendida como única certeza, un recorrido que corre paralelo al oscuro y proceloso paso del tiempo.


miércoles 22 de septiembre de 2010

Presentación de "Esperando a Susana"


Como os adelantamos la pasada semana, mañana jueves, 23 de septiembre, en el Museo Ramón Gaya, se presenta el libro de relatos "Esperando a Susana", de Venancio Iglesias; a partir de las 20 horas.

Venancio Iglesias es catedrático de Literatura jubilado, ha obtenido varios premios de relato, entre ellos el premio Coria y el Antonio Machado.

El libro que presenta está publicado por Akrom.es, y podéis encontrarlo en la librería Diego Marín, de Murcia.

martes 21 de septiembre de 2010

Cumbre. Poemas al flamenco y a los flamencos.



Tiene Andrés Salom los años de Homero y el mismo mar, siempre joven. Ahora, el maestro (mallorquín de la diáspora, como Llull) ha reunido en un particular Libro de Horas sus dos devociones: el flamenco y la poesía. Sus semblanzas y evocaciones del Chano Lobato, de Fosforito, de Milagros Mengíbar o de Antonio Piñana, parecen talladas en el taller de Esquilo: en sus manos, dotadas de voz hímnica, bronca y pura, los flamencos y las flamencas vibran de vida; lejos de ser pretextos con que el autor representa la esencia de un arte, esas dramatis personae incorporan la pasión de una cultura hecha crostro y biografía hostigada.

Para flamencólicos y poetas tristes, el autor de "Didáctica del cante jondo", fiel a sí mismo y a la inocencia de Manolito de María, da un consejo: "lo mucho que hay que sentir/ y lo poco, poquito que hay que saber".

El libro "Cumbre. Poemas al flamenco y a los flamencos" fue editado con motivo de la 4ª Cumbre flamenca impulsada por el Aula de flamenco de la Universidad de Murcia.

Sebastián Alfeo

lunes 20 de septiembre de 2010

El árbol de Don Deogracias

En voz muy baja pero llena de resonancias, -el Señor le había regalado una profunda voz tumbal- don Deogracias recitó un hermoso latinajo de su viejo breviario: quia repleta est anima mea malis et vita mea inferno apropinquavit. La conciencia del abismo, la melancólica flor que nace en el borde rocoso de la sima, se apoderó de su alma llena de esas aprensiones, que la edad va dejando como légamo infecto: el poso repulsivo de los años. Respiró profundamente –en los últimos días se fatigaba demasiado- subió el último peldaño y las puertas de vidrio -tolite portas- se abrieron para franquearle el paso. Estaba en la residencia del obispado donde los sacerdotes más ancianos esperaban el consuelo de una muerte dulce y los más jóvenes–nunca menos de 65 años- entraban dispuestos a rubricar una vida de sacrificio y ocultación.


- Don Deogracias, –la sonrisa del obispo era de una ironía despiadada- ha dado lo mejor de usted mismo a la madre Iglesia; sabemos, sin embargo, que tiene un corazón algo débil, así que creemos (el obispo usaba siempre el plural mayestático) q
ue, aunque no ha cumplido la edad, es hora de un largo y merecido descanso... Y no vamos a aceptar ninguna negativa ni protesta por su parte. Se trata, como ve, de un regalo de nuestra madre... Nosotros creemos que merecido.-Hijo de puta -pensó el cura- parece que quiere meterme en el cuerpo, la sugestión de la muerte. ¡Un largo descanso! ¡Alegría puñetera de deshacerse de mí! Eso. Sólo los hipócritas y los malvados alcanzan los puestos más altos de la jerarquía. ¡Cínico de los cojones! (Don Deogracias, para sus adentros no reprimía vocablos malsonantes en la publicidad).

-Para el próximo mes, -siguió el obispo mientras daba una calada de un fino cigarrillo, exhibiendo su sortijón de rojo rubí- puede venir a la Residencia y enviaremos a su parroquia uno de los cuatro jóvenes que se han ordenado este año. Hay que dar paso a la juventud, ¿no cree? –añadió riendo, intentado quitar dureza al momento. -La pensión es pequeña, ya sabe nuestros problemas financieros, pero los gastos serán mucho menores que en la parroquia: vaya lo uno por lo otro. (El crucifijo de oro, en su pecho, y el sortijón de autoridad tenían un relumbre canalla).
-No importa. Tengo mis ahorros y, entre mis feligreses aprendí a tener pocas necesidades.

El obispo recordó la primera vez que dudó del buen sentido de Deogracias. En el seminario el profesor de teología pidió una definición de la fe y esperaba de todos, la canónica. La clase se quedó muda y el diácono Deogracias dio una definición hilarante: la fe es la manera más hermosa y heroica de la soledad. Todos rieron de buena gana. Sólo el profesor calló pensativo.
Aceptó su jubilación con humildad y con el dulce estoicismo de quien siente que lo apartan de lo que ha sido su vida durante cuarenta años. Escuchó a su prelado sin decir una sola palabra,
aceptó su decisión, besó luego su anillo de jerarca –con el dinero de venta de este anillo hubiera vivido yo diez años - y se retiró. Cuando –pax tecum- cerró tras sí la puerta del despacho supo que el obispo sonreía perplejo: -Este Deogracias siempre ha estado un poco loco. Bendito sea Dios.

Sí. El último año, don Deogracias había dado alguna muestra de perder el tarrate y hubo quejas en el obispado porque, en un sermón dominical, había dicho, como de pasada: -Las mujeres de este pueblo son todas unas putas. Sé de muchas que han abandonado el lienzo y usan ropa interior de nailon. Alguna jovencita ha dicho incluso que la mejor ropa para la mejor carne. ¡Indecente!

Teniendo en cuenta que el sacramento de la confesión daba información de primera mano, el asunto se tornó espinoso, de modo que el obispo hubo de tranquilizar a una representación de parroquianos, con el diagnóstico más fácil y aceptable, que se resumía e
n el gesto de barrenar la sien con el dedo índice, prometiendo una pronta jubilación del cura que, durante muchos, muchos años, había atendido con diligencia y un ápice de humor las sencillas necesidades espirituales de sus fieles. Salvo esa salida de tono, el cura se limitaba a pequeñas admoniciones que no podían molestar a nadie, sino por la insistencia con que las hacía, recibiendo mudas y no siempre amables contestaciones, que los feligreses daban para su capote:
-Mañana empiezan las confesiones Trino...

- Cuente conmigo, don Deogracias. Voy a dar trabajo a tres curas y cinco
pinches que los ayuden.

-Iluminado, me han dicho que blasfema usted en la mina...
- Qué mentira! Cagüen Crista puta. ¿Quién se lo dijo? Además, la blasfemia alivia. Si me cae una piedra ¿qué quiere que diga: gracias Dios mío? ¿Acaso no la dejó caer Él mismo? A tomar po’l culo.

- Colasín, hijo, me dice el maestro que tus padres os maltratan a ti y a tu hermana.
-Opera enim illorum sequuntur illos. (Colasín monaguilleaba con don Deogracias y conocía el latín eclesiástico al dedillo)
Como el cura ignoraba estos interiores, podríamos decir que, con mayor o menor fortuna, en el terreno pastoral, don Deogracias había sido feliz en Aulularios, la parroquia a la que le destinaron cuando se ordenó sacerdote. Y si no logró la salvación de sus feligreses, mereció la propia por el celo que ponía en los sencillos menesteres pastorales: bautizar, confesar, asistir a los enfermos, enterrar a los fieles difuntos, rezar los oficios y hacer la poquita caridad que le permitía su escaso estipendio.

Don Deogracias recuerda que salió del obispado canturreando la canción asturiana y aún española por excelencia, con la que había amanecido. Había cogido el autobús de línea, había hecho el viaje y había entrado en el palacio, ronroneando una y otra vez la frase, tengo que subir al árbol tengo que coger la flor. Al salir de palacio, se colocó la teja, dio unos pasos y se la quitó arrojándola al aire. Y, riendo y cantando, para asombro de algunos viandantes, se dirigió a la entrada de la catedral. Hacía tiempo que, cada vez que venía a la ciudad, daba el mismo paseo por la nave lateral derecha, la girola y la nave lateral izquierda. Pero
esta vez, le estremeció la tierna penumbra de la iglesia, la tamizada luz de las vidrieras, el olor de las rosas marchitas y del incienso quemado en alguna celebración reciente. Por eso, entró en la nave central, se sentó en un banco delante del coro de bien labrada madera y se dio cuenta de que no sabía rezar. No podía más que repetir como si se tratara de un salmo absurdo los dos versos de la canción. Quiso recitar algún texto de su breviario que conocía de memoria pero no recordaba ninguno. El cerebro se le embotó y sintió, en su pecho, que el corazón aceleraba su ritmo y que un fuerte dolor bajaba por su brazo izquierdo. Turbado, preguntó cambiando las palabras de Samuel cuando Yavé lo llamó en plena noche: Señor, ¿qué coño quieres ahora? ¿Es llegado el momento?
Y aquí sucedió algo muy raro porque el narrador de esta historia, asegura que se oyó una voz melodiosa y persuasiva que decía: no alcanzarás ningún atisbo de la gloria si no subes de una vez y cortas la flor. Pero el narrador no está seguro de que don Deogracias oyera la voz del Señor de cielos y tierra, -bendito sea su nombre por los siglos de los siglos- porque puede que aquella voz fuera del maligno que sobrevoló la cabeza del cura y desapareció bajo uno de los asientos del coro, dejando en el aire dormido de la iglesia, el acre olor del azufre. Estaba sudando y abrió los ojos y encontró sentada a su lado, una adolescente de gran belleza que volvió, hacia él, lo suyos tristes y sonrió de esa forma maternal de algunas jovencitas, que parecen
madurar el alma en la preciosa visión de un almo destino.

-¿Se encuentra bien, padre?

Don Deogracias asintió mudo y creyó ver en la muchacha el ángel pintado junto al lecho de muerte de la Virgen, en uno de los casetones del retablo.

Ella le tomó el pulso: - Estudio enfermería, ¿sabe? Lo tiene muy alterado. Debería visitar a un médico. El cura abrió la boca para musitar un “gracias” que salió de
su garganta como un ruido indescifrable. La muchacha, por su parte, hizo una genuflexión y se alejó por la nave izquierda. Se detuvo ante un medieval sarcófago de piedra agujereado y luego desapareció entre las sombras, se diría que tragada por el túmulo.


La Residencia tenía una parte de residencia de curas y otra parte de hospital público. Don Deogracias se instaló en una habitación que había quedado libre y que perteneció al cura más anciano recientemente fallecido. Dejó su maleta junto al armario de madera barnizada y sobada, y se sentó en la cama. Se levantó, se dirigió al espejo y se miró. El tiempo y
la pobreza obligada de su ministerio habían dejado surcos en su piel esturada por el sol y el aire de la montaña. En la comisura de sus labios se convertían en rictus de desencanto bienhumorado, su negación sacerdotal, su celibato y su fidelidad al santo ministerio. Volvió pues a sentarse en la cama y se quedó largo tiempo mirando a la pared con la vista perdida en el papel pintado, despegado y lleno de polvo en el límite del techo. Los cristales de las ventanas, desde las que se veían los arbotantes de la catedral, estaban sucios y, bajo la cama, descansaba el tiempo en forma de un viejo vaso de necesarias – cerámica llena de sarro hediondo- un gastado cepillo de dientes y grandes bolas de pelusa cana. En una esquina, se había llenado de polvo el triángulo de una vieja telaraña. En torno a la llave del armario, el barniz desgastado dejaba asomar la blanca madera de chopo; el inquilino anterior no debía de ser muy cuidadoso y la habitación debió de quedar mucho tiempo cerrada, porque tenía el olor del aire viejo y descompuesto, de chinches aplastadas y zotal. En recepción le comunicaron que, hasta la una, no pasaría la limpiadora así que, don Deogracias se levantó del duro colchón de borra en que se había sentado y -fuera la puta faldamenta- se quitó su vieja, su astrosa sotana, sobada, la arrojó al fondo del armario y se puso una camisa gris con la tirilla blanca en el cuello, mientras volvió a canturrear los versos de la canción: tengo que subir al árbol, tengo que coger la flor.

Ya iba a salir al pasillo, cuando se detuvo. Se quitó los zapatos, se quitó los calcetines, los olió con gesto de repugnancia, los anudó y los metió bajo la cama. Abrió la maleta sacó unos nuevos y se los puso; ató los cordones de sus enormes zapatos (los niños de su parroquia le llamaban Zapatíbulo por sus zapatos y su rostro patibulario) y, hombre nuevo, salió al pasillo, bajó la gran escalera y se fue por la puerta principal a dar un paseo por la ciudad. Se llegó hasta una plaza que se dilata en un hermoso jardín arbolado y se sentó en un banco público, con la vista perdida en las neblinas de la nueva vida. Un poco más allá, en otro banco, un grupo de muchachos desastrados, llenos de greñas y tatuajes, bebían vino de una botella oculta en un paquete de papel y vociferaban obscenidades.
La sombra de los tilos vacilante daba al lugar un aire inestable. El cura quiso leer un rato los salmos pero se dio cuenta de que, por primera vez, había salido sin su breviario. Levantó los ojos a los árboles y volvió a canturrear en su interior los versos de la canción. Cuando los bajó al suelo, descubrió que a su lado se había sentado una joven. El cura le miró a los ojos, creyó reconocerla y sonrió nervioso. La muchacha le devolvió la sonrisa y depositó a su lado unos cuadernos de espiral que le hicieron suponer que se trataba de una estudiante. El cuello largo, los labios grosezuelos, la nariz recta, tenía la niña piel de marfil y manos de cirio. Un rato se quedó pensativa. Sus ojos azules parecían ciegos. Don Deogracias, lleno de emoción observó cómo una lágrima, una furtiva lágrima, le resbalaba por la mejilla y cómo se la
limpiaba con la yema de los dedos. ¡Pena de amor sin duda! El cura, con el rabillo del ojo, creyó reconocer a la jovencita que, hacía un mes, encontró a su lado en el banco de la catedral, caída del retablo del altar mayor. Tal vez fuera una casualidad, tal vez la penumbra de la iglesia le impidió verla con claridad, pero juraría que era ella.

Sin volver los ojos a la muchacha, don Deogracias reflexionó en voz alta:

- La tristeza es argucia del enemigo malo. Eres joven y muy hermosa: no deberías estar triste. En tu alma deberías hacer un nido al Dios de la alegría.

La muchacha rompió a llorar con tal congoja, que don Deogracias se llenó de ternura. Jamás había sentido aquella tan extraña emoción justo en su garganta; jamás había latido su corazón con aquella intensidad. Por un momento incluso, sintió deseos de abrazar a aquella niña, o tal vez llorar con ella, nomás por acompañarla en su dolor. Se contuvo sin embargo, y miró a la altura y vio que el árbol era un tilo y que el tilo estaba amarillo de flor y por primera vez aspiró aquella fragancia: - Se trata de un tilo en flor,- constató- pero nunca aspiré un perfume capaz de penetrarme las entrañas de manera tan embriagadora. Entonces, la muchacha hizo algo muy extraño. Se levantó, cogió sus cuadernos, se acercó al cura, se inclinó, tomó
su mano y besó el dorso como se hacía antiguamente, de modo que el sacerdote sintió el calor húmedo de las lágrimas de la muchacha y el frío tacto de los labios, y vio fugaz y castamente sus senos firmes y morenos a través del breve escote del vestido. Hubiera querido articular algo, pero la joven le dio la espalda y se alejó despacio hacia la calle próxima, perdiéndose entre el fragor de los automóviles y la gente de las aceras atareada.

Un dolor súbito le atravesó el pecho y el cura rezó con pasión: - Ya me dirás que es lo que quieres que haga, porque no me negarás que es otra señal tuya. Y se asustó porque estuvo a punto de experimentar un orgasmo, unido a un dolor fortísimo en el pecho.
La cena en el pequeño comedor comunitario fue muy rápida. Don Deogracias, no podía apartar de su pensamiento la pureza rosada de aquellos pechos adolescentes y se sorprendió acariciando distraídamente la finísima piel redonda de una manzana. Del comedor se retiró a su habitación, se tumbó en la cama, encendió un cigarrillo y en las volutas de humo vio dibujados los pechos de la estudiante. Agitado por el vendaval de una emoción incontenible, abrió la Biblia decidido a apartar su pensamiento de la niña del jardín –si te asalta una obsesión pecaminosa, coge el libro santo y lee-. Abrió, pues, el libro al azar y leyó: - Mientras reposa el rey en su lecho, exhalan los tilos su aroma. Es mi amado para mí, bolsita de mirra que descansa entre mis pechos. ¿Era error de imprenta? En el libro del Cantar de los Cantares de Salomón,
dice “exhala mi nardo su aroma” pero en aquella Biblia podía leer que el aroma lo exhalaban los tilos. Y entonces, cerró el libro violentamente -¡carajo!- al par que experimentó una fortísima erección, como cuando en el seminario, contemplaba las floridas acacias del patio por la estrecha ventana de su celda. Su corazón, como en el jardín de los tilos en flor, latía con una fuerza tremenda y don Deogracias escuchó sus latidos como martillazos en la tapa de un ataúd. A sus labios, entrecortada y dulce, volvió la canción, volvieron los versos de amor más hermosos y sencillos: -Tengo que subir al árbol, tengo que coger la flor. Entonces renació la tranquilidad en su alma y sintió, en sus manos consagradas, el frescor húmedo de los labios de la muchacha. Rezó su oración de la noche: Oh, Dios mío, hágase en mí tu santísima voluntad. Acepto la muerte uniéndome a Jesucristo expirando por mí en el árbol de la cruz. Cuando llegó a estas palabras de la oración, le subió a la garganta la burbuja glu, glu, del desasosiego: ¡El árbol! Se remetió la manta bajo el colchón y, cuando el dolor fue desapareciendo, se durmió apaciblemente con una decisión alocada: emplazar al destino. Al día siguiente se sentaría en el mismo banco, bajo el mismo tilo y, si la muchacha aparecía de nuevo, le confesaría su amor.

Por la mañana dijo misa en una de las capillas de la catedral. No tenía ni monaguillo ni feligreses. Sólo una lámpara minúscula iluminaba los corporales y el cáliz. De vez en cuando la imagen de la muchacha aparecía junto al cáliz y don Deogracias se quedaba embelesado. En lugar del gradual del día, repitió obsesivamente las palabras latinas del oficio de nona: Como el cinamomo y el bálsamo aromático di olor en las plazas, y como la mirra selecta entregué la suavidad del perfume. Cuando comulgó el pan y la patena quedó sobre los corporales, vio en
ella reflejado el rostro bellísimo de la muchacha, sintió, en su mano, el frío contacto de los labios y supo que el olor de los tilos tenía su origen en el alma de aquella misteriosa niña.

Se hundió durante una hora en la sombra tortuosa del confesionario. Apoyó un codo en la ménsula bajo la rejilla donde, al amparo del relativo anonimato algunas almas atribuladas se acercan a confesar sus miserias. Después de unos cuantos consejos rutinarios don Deogracias absolvía a los penitentes, sin imponer penitencia alguna convencido de que el pecado mismo era su propia penitencia. El pensamiento del buen cura estaba lejos, prendido en unos ojos, en una mirada que parecía venir de más allá, de un cielo o un paraíso perdido. No tenían nombre aquellos ojos pero sabía que fueron los primeros que vio cuando abrió los suyos al nacer, estuvieron presentes en los acontecimientos más importantes de su vida y seguramente aparecerían
cuando cerrara los suyos definitivamente. Un hombre se acercó. Don Deogracias se inquietó porque el hombre no dijo la jaculatoria ritual, sino que permaneció en silencio. Don Deogracias se inquietó más cuando creyó oír un gemido:

-¿Te ocurre algo hijo?

El hombre no respondió. -¿Hijo, te encuentras mal?

-Sí. He perdido mi vida.

-Todo es humo, hijo. Hubiera podido ser de otra manera pero la vida que elegiste es tan buena y tan mala como cualquier otra.
-He ayudado a la usura más desalmada.

-¿Trabajabas en un banco?

-Sí.

-La crueldad con que te ha tratado durante tanto tiempo hace que tu pecado sea menor. Has devuelto el capital. El Señor perdona los intereses.

-¡Gracias padre! Hay otra cosa. Ayer he descubierto el amor…

-¿Qué edad tienes, hijo?

- Cincuenta y cuatro.
-Yo tengo más edad y también lo he descubierto ayer. Tranquilo pues, hijo. El amor lo perdona todo. El amor nos devuelve todo lo que creíamos perdido para siempre: la mitad de nosotros mismos. Un instante de amor recupera todo el tiempo perdido sin él. Aprovecha. Ponte en sus manos sagradas. Voy a darte la absolución: no necesitas hacer penitencia, porque el amor todo lo limpia.

Cuando el penitente se alejó silenciosamente hacia la puerta de la iglesia, don Deogracias se sumió de nuevo en la imagen de aquella muchacha, cuyos ojos indescifrables habían puesto un poquito de sentido en su vida baldía.


Al lado de la torre sur, daba tierna sombra un arbolito rojo, lleno de flor en primavera. Don Deogracias se quedó mirándolo con una emoción contenida. De entre la verja que rodea la catedral salió un perrillo trotando, se llegó al árbol, levantó una patita y orinó en el tronco, con un ojo fijo en los de don Deogracias. Este, que canturreaba los versos, interrumpió el canto. -¡Chito! - Palmeó el cura- ¡Mecagüen tu leche! –y el perrillo salió corriendo; pero unos metros más allá se detuvo, se sentó sobre sus cuartos traseros y volvió a mirar con desfachatez al cura, que ya se iba a sentar en uno de los bancos de la plaza, para admirar a su sabor las fin
as, las delgadas torres doradas de la catedral.

Allí se quedó adormecido un rato y, héroe de la fe, se sintió llevado por el diablo hasta la cima de una torre. Las tejas del barrio antiguo y del palacio obispal, aún blancas de escarcha, brillaban con fulgor de plata y el cura sintió en su oído los fríos labios de la muchacha que le decían: -Todo esto te daré si postrado a mis pies me adorares. A punto estaba el cura de decir: -Para adorarte no necesitas darme nada; déjame caer a tus pies y perdona los míos grandes-, cuando se cayó de la torre del sueño y se encontró en el duro banco de la plaza, donde un anciano jubilado lo miraba con curiosidad. -¡Qué coños mirará este tío!-.
En el reloj de la torre eran las doce, así que recordó su propósito nocturno y se fue pasito por la calle Ancha, que él seguía llamando del Generalísimo, cruzó la plaza del Ayuntamiento y bajó por la calle Independencia hasta el parque perfumado del día anterior. Buscó el banco con inquietud, pero allí había un muchacho desastrado haciendo fiestas a un perrillo de aguas y haciéndole los honores a un bote de cerveza. Al lado tenía un platillo de peltre con el que de vez en cuando se levantaba para pedir limosna a los viandantes con un gesto cínico de dudoso humor: -¡Una ayudita para la cerveza, por favor! Ja, ja, ja. ¡Una ayudita para el cabrón del perro!…


El cura se sentó en el otro extremo, estiró sus piernas y, con el codo apoyado en el brazo del banco y una mano en la mejilla, como un intelectual de las guardas de un libro, miró con delicia la luz que entraba entre las ramas doradas de los tilos, escuchando, deleitosamente traspuesto, el laborioso, el sosegado bisbiseo de las abejas. El muchacho abandonó el lugar y don Deogracias sintió un desfallecimiento, entrando de nuevo en una especie de sopor en el que se borran las fronteras entre el mundo interior y el exterior. Se vio subido en la copa del tilo y entre las flores vio venir a la chiquilla con sus cuadernos y su atuendo de colegiala y exclamó: Esta es mi paloma, mi perfecta, mi inmaculada. Y vio que su propio cuerpo sentado en el banco se estremecía como cuando, niño, se sentía arrebatado por el espíritu. Allí estaba al borde de Dios, en el sencillo banco del jardín, bajo el intenso aroma del tilo. En rápido vuelo, volvió a su cuerpo y abrió sus ojos y, ante él, encontró el rostro sonriente de la muchacha. En nuestra tierra aparecieron las flores y se escucha el arrullo de la tórtola. Don Deogracias no pudo contener su emoción y con voz entrecortada exclamó: –Te quiero. Tú eres mi árbol y la sombra protectora de mi árbol; tus labios son dos rosas que había en el atrio de mi iglesia. Toda la vida esperé tu presencia y te encuentro justo en el borde, cuando el abismo sin nombre se abre a mis pies.

La muchacha tomó su mano: -¿Se encuentra bien?- y con un pañuelo le enjugó el sudor de la frente. Acuéstese en el banco, yo le ayudo.

El sacerdote se dejó caer y apoyó su cabeza en el regazo de la muchacha. Cerquita vio la obsesión de sus senos cuando ella se inclinó para coger la muñeca y tomarle el pulso –A ver, respire, despacio-. Cerró los ojos el cura, pero los abrió cuando la palma de la mano de la chica golpeó suavemente su mejilla –Despierte. Respire–. Alcanzó la cima de la delicia, cuando los labios de la muchacha, como el borde de un dulce-trágico y oloroso cáliz, se posaron sobre los suyos. Respiró su aliento varias veces y, en aquel extraño beso, conoció el amor y supo, también, que la vida se le escapaba a grandes trancos. Del tilo cayó una ramita de flor junto del banco: -¿Eras tú?- La muchacha asintió. Sus claros ojos se habían vuelto fríos, opacos, inexpresivos.

-Una pregunta me ha torturado siempre. ¿Hay luz más allá de ti o seguiré hermosa y heroicamente solo?

-No lo sé. Soy yo quien abre todas las preguntas, pero no tengo respuestas.

Se hizo oscuro y cesó todo durante un rato de incierta duración. Cuando el cura abrió los ojos, vio los destellos de una ambulancia y escuchó que dos jóvenes a su lado comentaban en voz muy baja.

–...Una estudiante de enfermería le hizo el boca a boca sin resultado.

–Ojalá me lo hiciera a mí... el boca a boca, digo. Era preciosa. Al menos este cura se lleva un recuerdo precioso.

–¡Tarda la policía! Y el obispo ¿lo sabrá? ¡La cantidad de flor de tilo que ha caído sobre el cadáver!

–Mira Falo. Se le han abierto los ojos. Ciérraselos y échale una manta por encima. Algunos muertos se resisten a mirar para adentro.

En ese momento, pasó Modesto Cienfuegos, un pintor de ojos serenos y perenne sonrisa de bondad; un pintor que cree sinceramente que la vida es un regalo de la luz y de los pájaros. Miró el cadáver, miró a los dos jóvenes se señaló el pecho preguntando por la causa de la muerte y los jóvenes asintieron aunque con gesto de duda. Y él, que venía de visitar a su cardiólogo, dijo para su capote:

–La flor embellece la muerte y la hace definitiva. Este cura es un buen modelo para un Cristo yacente que no se ha pintado todavía. Después, se alejó por entre los árboles del jardín, mirando al cielo, aspirando el perfume transparente de los tilos y canturreando unos versos, que le habían obsesionado toda la mañana: -Tengo de subir al árbol,/ tengo de coyer la flor/ y dá-yla a la mío morena/ que la ponga en el balcón.


Venancio Iglesias Martín
Relato perteneciente a "Esperando a Susana" (Akrón.es)
Libro que se presenta el jueves 23 de septiembre
en el Museo Ramón Gaya

domingo 19 de septiembre de 2010

Ágora digital nº 18 supera con creces las 2.500 descargas


Publicada en marzo de este año, la enviamos adjunta, en formato pdf a 285 contactos de correo electrónico, pero aún así, ya ha superado las 2.500 descargas, y continúa despertando el interés de lectores y lectoras de todo el mundo.

Si no la conoces, pincha AQUÍ.

sábado 18 de septiembre de 2010

Ágora digital nº 19 supera las 2.000 descargas


El segundo número dedicado a Miguel Hernández es, en este momento, nuestra revista digital con mayor difusión tras el 18, del que os hablaremos en una entrada posterior.

Si no has tenido ocasión de leerla, pincha AQUÍ.

Ágora digital nº 20, especial verano, supera las 700 descargas


El regreso de las vacaciones de los amigos y amigas nos han deparado esta semana gratas sorpresas, que hemos contado a nuestros colaboradores por correo electrónico y que compartimos con todos los lectores y lectoras.

La primera de ella es que el número especial de verano ya comienza a alcanzar cifras de descarga acordes con lo que esperábamos para el periodo cuando la publicamos.

Si no lo has leído, pincha AQUÍ.

viernes 17 de septiembre de 2010

Conversaciones con ... Vicente Hernández Fabregat (III)

(Viene del viernes 10 de septiembre de 2010)


ORIHUELA Y MIGUEL HERNÁNDEZ


Falangistas y comunistas hernandianos todos


Vicente H: El primer homenaje a Miguel Hernández se hizo aquí en Orihuela, por el club Thader, en el Riacho. En el 70. Recuerdo que a ese homenaje vinieron de Alicante un grupo de gente puesta de falangista. Yo tuve unas palabras con José Antonio Martínez Bernicola. Uno era joven. Les dije, pero cómo tenéis los cojones de presentaros así con la camisa falangista. ¿Es que a Miguel se le puede sentir desde esa ideología? Si no hubiera sido por Manolo Bas, que me salvó la vida... Aquel acto estaba vigilado por la Brigada político-social (la policía política del régimen franquista) y se convirtió en una manifestación antifranquista; con lo que era eso en aquellos años, cuando aún vivía el tío Paco.

Fulgencio: Luego, hubo otro acto donde vino Blas de Otero...

Vicente H: Fue en el Homenaje a los pueblos de España, en el 76, muerto ya Franco. Tomó Orihuela la guardia civil. Aquel homenaje lo coordinó Alfredo Santo, el filósofo y concejal comunista, que murió de una dolencia de corazón en Valencia. Y, sí, vinieron a Orihuela José Agustín Goytisolo, Blas de Otero, todos del PCE, como Alfredo, y estuvieron cenando en Casa Corro. Yo por esas fechas estaba en Barcelona.

Joaquín Garrigós: En realidad, el conocimiento de Miguel Hernández en su pueblo, Orihuela, se remonta a mediados de los 50. Yo mismo supe de Miguel Hernández por un programa de radio que hacía Escurra en 1957: Escurra entrevistó a unos ingleses que habían venido a Orihuela a conocer los lugares donde vivió Miguel Hernández. Fue la primera vez que yo oí el nombre de Miguel Hernández; hasta entonces no se le nombraba, ni estudiaba. En Orihuela, salvo la gente intelectual de su edad, nadie le conocía. Recuerdo que incluso a principios de los 60 no se podía poner sus obras en el escaparate de una librería. Lo que se publicaba de Miguel Hernández venía de Argentina, de Losada, más tarde sacó Austral El rayo que no cesa.

Vicente H: A partir del 65.

Joaquín Garrigós: En Orbis, la librería de la calle del Ángel, quisieron retirar la Obra Escogida de Miguel Hernández en Aguilar. Escurra fue quien hizo mucho por darlo a conocer. En la radio y en su revista Oleza, que podéis consultar en la biblioteca de Orihuela. Sacaba siempre muchas cosas de Miguel Hernández. También, el político oriolano don José Martínez Arenas, en su único libro legible, Memorias de mi vida, hombres y libros, dedica un capítulo a Miguel Hernández. Y en el año 1967 vino la televisión (española, no había más que una) a grabar un elegíaco sobre Miguel Hernández. Lo hizo Carlos Gortari.

Vicente H: Es lo más digno que se ha hecho en imágenes sobre Miguel Hernández. Muy interesante. El elegíaco empezaba haciendo referencia a la Oleza de Gabriel Miró; intercalaba imágenes del pueblo, textos de El obispo leproso y de otras obras de Miró, y poemas de Miguel. Aquello tuvo bastante dignidad.

Joaquín Garrigós: Recuerdo que salía ahí entrevistado Álvaro Botella, fue cuando yo oí por primera vez la décima que le dedicó Miguel Hernández. Entrevistaron también a otras personas del pueblo... aquí no se tenía ni idea...como algo gracioso, recuerdo cuando le preguntaron por Miguel Hernández a Reverico el de la carbonería, y dijo: no sé quién es, ¡y yo soy de Orihuela de toda la vida! En ese programa salió tu padre.

Vicente H: Sí, Carlos Gortari entrevistó a mi padre. Pero, volviendo atrás, fue el fascista italiano Antonio Fantucci, a poco de morir Miguel, quien escribió primero sobre Miguel Hernández en Orihuela, en la revista de la Semana Santa que la llevaba el farmacéutico. -Lo menciono en mi cuento La hija de la confitera, que me publicaron cuando me jubilé. La protagonista de ese cuento tiene un ejemplar de El hombre acecha dedicado por Antonio Fantucci, que le dice: “Acuérdese de ese poeta que se muere solo”-.Antonio Fantucci era un fascista convencido, presumía de haber acompañado a Mussolini en la marcha a Roma. Decía también haber visitado a Miguel en la cárcel. En 1942 (Miguel Hernández moría el 28 de marzo de ese año), parece increíble que un fascista italiano publique en la revista de la Semana Santa de Orihuela un poema dedicado a Miguel Hernández, con este título en latín: Mane, nobiscum, Domine, y con la dedicatoria: A Miguel, que se muere, solo. Los fascistas siempre han tenido algo con Miguel.

Fulgencio: Si hasta le “buscaron” novia en Murcia...

Vicente H: María Cegarra. Ella era mayor que Miguel cuando se conocieron. (María Cegarra publicó en 1935 el libro de poemas Cristales míos, con un prólogo de Ernesto Giménez Caballero donde éste dice de la poeta: “Pero yo afirmo que María Cegarra ha escrito un libro de vida beata, de candidez monjil, de alba primitiva. De pureza sin mancha.”)

Fulgencio: Lo que sí parece cierto es que para algunos de los poemas de El rayo que no cesa se inspiró platónicamente en María Cegarra. Eso es lo que dio pie luego para atribuirle al poeta, post mortem, un noviazgo con la poeta pura de La Unión, tierra de minas y de dureza trabajadora, contraste que impresionaría a Miguel.

Vicente H: Ella era química, profesora de instituto. La conoció Miguel a través de su amistad con Antonio Oliver y Carmen Conde, que llevaban la Universidad Popular de Cartagena. Miguel era muy enamoradizo, le soltaba los tejos a todo lo que se le ponía a tiro.

Fulgencio: Volvamos a la conexión del fascismo con Miguel Hernández.

Vicente H: Los fascistas son los únicos que le hacen caso a esa generación de Orihuela cuyo líder era Ramón Sijé. A Ernesto Giménez Caballero lo traen a Orihuela en el 34 o 33 a inaugurar el busto a Gabriel Miró. Toda aquella generación se definía mironiana. Profesaban un fervor al escritor Gabriel Miró contradictorio con su propia ideología. ¿Cómo, conociendo su ideología, podían compenetrarse con Miró? Cuando lees El obispo leproso, o Nuestro padre san Daniel, te das cuenta de que Miró era liberal. Pero ellos, tan mironianos, traen al fascista Giménez Caballero para inaugurar, en la glorieta principal de Orihuela, el busto dedicado a Miró; por cierto, esculpido por el murciano Seiquer. Entonces había alcalde republicano en Orihuela. Un hombre de izquierdas, sin estudios. Según cuenta Tomás López, el alcalde abrió el acto con un discurso en el que constantemente decía: ¡viva “Grabriel” Miró!, ¡viva la República! A continuación, Ernesto Giménez Caballero tomó la palabra. Inteligente, provocador, comienza en este tono: Ni Oriente, ni Occidente. ¡Roma! Estaban muy radicalizados los polos fascista y comunista. Giménez Caballero siguió hablando y convirtió el acto en una más de las provocaciones fascistas. Tras terminar, los tomaron por antirrepublicanos y se los llevaron a la cárcel: a Giménez Caballero y a todo el grupo literario, a Ramón Sijé y al propio Miguel Hernández, que estaban cerca de aquel personaje significado del fascismo español.

Fulgencio: En aquel viaje a Orihuela para el homenaje a Miró, vinieron escritores de Cartagena, como Antonio Oliver y Carmen Conde, que invitaron a Miguel a la Universidad Popular de Cartagena. No sé si en el homenaje a Miró estuvo también María Cegarra. Un hermano suyo fallecido había sido falangista.

Vicente H: Todo estaban próximos, entonces, a la derecha católica.



LOS DERECHOS DE LA MEMORIA


La revisión de una infamia


Fulgencio: Cambiando de tercio. Creo que hay una iniciativa de la familia...

Vicente H: Si se habla de familia se habla de la familia de Elche, los herederos legales de Miguel Hernández. Nosotros somos familia pero como un pegote... Los herederos legítimos y depositarios de los derechos de la obra de Miguel son la nuera y los nietos.

Fulgencio: Los derechos legales los distingo de los derechos de la memoria, Vicente. Te pregunto: ¿Hay alguna iniciativa para revisar el juicio de Miguel Hernández?

Vicente H: Sí, lo lleva la nuera pero yo pienso que a estas alturas..., ya lo ha revisado la Historia. La iniciativa de la nuera es revisar la condena para demostrar que fue un atropello, una barbaridad, y me parece bien, por supuesto. Pero eso es ya histórico.

Joaquín Garrigós: El juicio está estudiado y denunciado en un libro que publicó el fiscal jefe de la audiencia de Alicante, Gutiérrez Carbonell, donde presenta las actas del juicio y denuncia su ilegitimidad, el disparate jurídico que fue. Proceso y expediente contra Miguel Hernández, publicado por la Caja de Ahorros del Mediterráneo, en 1992.


¿Cuál es tu sudario?

Vicente H: A Miguel se le sometió a un juicio sumarísimo. Se le acusó de adhesión a la rebelión militar. Como a un tío mío socialista, Luis Fabregat, a quien llevaron con la quinta del biberón, a los 17 años, y luego fue condenado a veinte años también por adhesión a la rebelión militar. Era un desastre la justicia militar franquista, por eso llamaron a don Tomás López para que presidiera una llamada comisión de codificación encargada de hilvanar un código mínimo de garantías jurídicas.

Joaquín Garrigós: A los presos no los juzgaban por el código penal, sino por el militar.

Vicente H: Y en proceso sumarísimo tras el cual te condenaban a pena de muerte o a una condena casi de por vida. Mi tío Luis, en la cárcel de Alicante, ironizaba preguntándole a los presos recién ingresados: ¿cuál es tu sudario?

(Gran parte de esos presos condenados a largas penas o a cadena perpetua pasarían a engrosar los batallones de trabajo, los denominados esclavos del franquismo, que existieron aún acabada la II Guerra Mundial y tras la derrota del nazismo. Aún la democracia española no ha hecho justicia sobre ese asunto. El régimen franquista, que tenía todas las erres, mantuvo la esclavitud hasta bien avanzado el siglo XX, y no hubo ni hay ninguna condena internacional, ni por supuesto, en el propio país, España, donde se cometieron tamañas y anacrónicas violaciones de los Derechos Humanos (3)).

Vicente H: Por otra parte, Juan Guerrero Zamora escribió el libro El proceso a Miguel Hernández. Sumario 21.001. Creo que el libro es del año 1991, si no me falla la memoria. (Vicente lo busca en su biblioteca). Me lo dedicó. Yo le había hecho algunas puntualizaciones a Guerrero Zamora y me escribió esta dedicatoria: “A Vicente Hernández prometiéndole una rectificación y porque sabe dialogar”. (Parece que la rectificación nunca llegó a hacerse).


Finalizará el viernes 24 de septiembre.

Para continuar con la lectura de la entrevista abrir pinchando AQUÍ: