
Yo quiero ser, amor, tu tamagotchi:
que te ocupes de mí, me cuides y me lleves
en tu bolsillo al calor de tu cuerpo,
palpitar con tus pasos, no pensar,
que me saques a veces y me veas durmiendo
o me des de comer y de beber
y atiendas mis pitidos de socorro
y oír tu voz que dice:
"Un momento, que me está llamando mi tamagotchi",
y vivir en tu bolso y escuchar a lo lejos
el ruido incomprensible de la superviviencia
hasta el día en que alguien,
una cita; un trabajo o un descuido
(el destino es, se sabe,
cruel con las pequeñas distracciones)
haga que tú me olvides cuando te necesite
y que, cuando te acuerdes, me halles muerto,
postrado en la pantalla, coronado,
de una funesta cruz, amor, no llores,
sé que no llorarás; ¿vale la pena
derramar una sola de tus lágrimas
por un bicho virtual que, bien pensado,
era sólo un juguete japonés,
un capricho de niña
mimada, una molestia?















