La amistad entre Juan Ramón Jiménez y Juan Guerrero Ruiz contagia a los que leen y escriben en su entorno. Contrariamente a lo que suele ocurrir, Guerrero, extiende en su tierra la buena nueva de los textos de Juan Ramón, y por ellos leerse a sí mismos, de este modo muchos jóvenes, descubrirán el camino que conduce a la página verdadera, y también a su propia voz. Uno de estos jóvenes es Miguel Hernández, quien Guerrero pronto conoce y trasladará a Juan Ramón su descubrimiento.
Miguel es un caso excepcional de asimilación y transformación. Nadie en tan poco tiempo ha progresado tanto. La revolución cultural de la República: creación de centros de enseñanza, primaria, media y universitaria, Misiones pedagógicas, formación del profesorado, bibliotecas básicas, más la revolución política, yugulada casi en su nacimiento por la sublevación armada, presenta el marco en el que sucede este proceso de maduración que supone un salto cualitativo.
Todo hombre es producto de su época, aunque naturalmente, la historia, no causa en todos el mismo efecto, pues depende de cómo se sienta cada uno viviendo en ella. Miguel tiene conciencia del cambio y, al mismo tiempo, aporta la condiciones mínimas para que éste se produzca en él. Un proceso que se ha documentado en los múltiples planos que constituyen la vida durante esos años y que podemos simplificar en tres: social, religioso y cultural.
En el plano social, Miguel Hernández, pasa de ser un paleto pedigüeño en la corte a desempeñar un trabajo de investigador tanto en la Biblioteca Nacional, como de campo, con el que gana el pan que come y le permite escribir y entrar en relación con la élite literaria del momento. Sus publicaciones en Cruz y Raya, la Revista de Occidente, Caballo verde para la poesía, más su estrecha relación con Manuel Altolaguirre así lo ponen de manifiesto.
En el plano religioso, hay una ruptura con el catolicismo que practica su amigo Ramón Sijé, y que le aleja de cierta beatería temática como testimonia la carta que escribe a Juan Guerrero Ruiz, junio de 1935:
“Estoy harto de haber hecho cosas al servicio de Dios y de la tontería católica. Me dedico única y exclusivamente a la canción y a la vida de tierra y sangre adentro: estaba mintiendo a mi voz y a mi naturaleza terrena hasta más no poder, estaba traicionándome y suicidándome tristemente. Sé de una vez que a la canción no se le puede poner trabas de ninguna clase: no sé cómo explicar esto”.
Conflicto que podríamos resumir en Gallo crisis frente a Caballo verde.
En el plano político y cultural, sucede la toma de conciencia de clase, esto es, que como poeta y como hombre, se siente comprometido con la historia, pasa a ser sujeto de la misma y para ello formará parte de las Misiones pedagógicas y del Quinto regimiento, más su estancia en los distintos frentes en los que participó.
En estas notas voy a dar cuenta de una admiración: Miguel por Juan Ramón, que después será correspondida. No es extraño que el amor a la naturaleza les uniera, de ahí que comience haciendo una referencia a Platero, libro de iniciación a la lectura de las cosas que importan, recordaré el capítulo titulado XLVIII Ronsard, en el que, tras dejar suelto a Platero, el poeta leerá en voz alta un poema y, al mismo tiempo que se nos da cuenta de lo leído, describe el lugar. Simultáneamente la voz y el canto se conjugan en una simbiosis perfecta: “Arriba por las ramas últimas, salta y pía un leve pajarillo, que el sol hace, cual toda la verde cima suspirante de oro. Entre vuelo y gorjeo, se oye el partirse semillas de las que el pájaro se está almorzando”
Luego, la lectura, parece que se interrumpiera: “Una cosa enorme y tibia avanza, de pronto, como una proa viva, sobre mi hombro…Es Platero, que, sugestionado, sin duda por la lira de Orfeo, viene a leer conmigo. Leamos.”
La naturaleza y el poeta leerán al unísono y, con humor, cuenta: “Pero el pajarillo, que debe digerir aprisa, tapa la palabra con una nota falsa. “
Finalmente concluye que Ronsard “ se debe haber reído en el infierno.”
Para Juan Ramón, tan importante es el texto leído, como las circunstancias de su lectura: la soledad del campo, la voz del lector, el pajarillo y sus consecuencias, la irrupción de Platero, una hipotética reacción del autor. Sin duda la buena lectura implica al lector en todos sus sentidos.
El epistolario de Miguel Hernández, III Prosas Correspondencia, Obra Completa, Espasa Calpe, Madrid 1992, comienza, noviembre del 31, con una carta que dirige a Juan Ramón Jiménez, en la que, tras comentarle que sólo conoce su Segunda Antología, refiere el lugar donde lee de continuo:
“¿Sabe usted dónde he leído tantas veces su libro? Donde son mejores [las composiciones]: en la soledad, a plena naturaleza, yendo por antiguos senderos empolvados y desiertos entre sollozos de esquilas. No le extrañe lo que le digo, admirado maestro; es que soy pastor. No mucho poético, como lo que usted canta, pero sí un poquito poeta. Soy pastor de cabras desde mi niñez…”
He empezado por aquí, porque primero fue el lector y la lectura parece que pudiera unirlos. No tenemos noticia de que esta carta fuese contestada.
Quizá por necesidad, Miguel Hernández, se convertirá en lo que Juan Ramón Jiménez llamará un aristócrata de intemperie, “ y no por ser un salvaje sino un civilizado estricto, ha llegado, por medio de sí mismo, a lo último, es decir a lo primero, después de haber pasado y desechado todo lo inútil e inservible”.
Ahora trataré de reunir algunos de los testimonios que dan cuenta de su admiración por Juan Ramón. El 30 de octubre de 1933 escribe a Federico García Lorca y le comenta sobre un poema: “Creo que vendrá en “El Sol” un día de éstos mi “Elegía de la novia-lunada”, el crimen pasional de todos los días de España aún, que recité en el Ateneo de Alicante y me pidió Juan Guerrero para Juan Ramón y, si era posible, para el periódico de Domenchina, o el esdrújulo”.
En julio del mismo año escribe a Juan Guerrero: “Leí su tarjeta, amigo Guerrero. ¿No ha leído en La Verdad mi otra elegía de nuestro Gabriel Miró, que le dedico a su amigo Juan Ramón Jiménez?” . Guerrero es el puente entre Miguel y Juan Ramón, en enero del 36, ya se tutean, como aparece en esta triste carta que refiere los últimos momentos de su hermano Sijé, y el deseo de que su recuerdo permanezca, para lo que se propone editar Gallo Crisis: “y sacar el número final de la revista que hasta un mes me decía él volver a sacar, alentado por Juan Ramón y Manuel de Falla”. Y en el párrafo siguiente, agrega: “Ahora mismo voy a escribir a Juan Ramón dándole las gracias por su recuerdo de ayer en El Sol y a pedirle un poema, para empezar a tener con qué cubrir las páginas del número postrero de nuestra muerta revista”.
Por esos días Juan Ramón ha escrito la semblanza de Miguel Hernández que recoge Gullón en Españoles de tres mundos, ahora la admiración parece ser mutua, comienza así: “El rayo que no cesa es Miguel Hernández mismo. Si sigue así este rayo, ¿dónde llegará, con él, la poesía española de nuestro siglo?”.
Y finalmente sucede el encuentro, en abril del 36 se conocen personalmente: “Desde el sábado me encuentro en Madrid. El lunes por la tarde he visto a nuestro maravilloso poeta Juan Ramón media hora”.
La guerra, Josefina, los hijos, el frente, los viajes, ocuparán a Miguel. Entre tanto, Juan Ramón desde el exilio, recordará al poeta-soldado, al poeta encarcelado, y su muerte. En su libro, Guerra en España (editorial Point de lunettes, Sevilla, 2009) publicado de acuerdo con sus instrucciones, recoge todos los textos relacionados con el conflicto y sus consecuencias. De un tono trágico, como si quisiera purgar su conciencia, acusador, sin miedo al qué dirán, en algunas ocasiones se refiere a Miguel. La primera, 1937, de sus Diarios poéticos, con el título: Plumas de catástrofe y espectáculo, refiere la existencia de los camuflados en la retaguardia que disfrutan y de los que exponen su vida en la vanguardia, dice así: “el poeta de la guerra muere en la guerra o de la guerra: Pablo de la Torriente, Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández”. En otro texto, Poesía de la guerra, recuerda JRJ: “En las trincheras murió Pablo de la Torriente, en las trincheras se puso tísico Miguel Hernández”...
Muy interesante el artículo Jota Barba Jota, firmado por J. M. de V, en Juventud, semanario del S.E.U de Madrid, 28 de marzo de 1944, porque atribuye esta cuarteta a Miguel Hernández: El aire se serena/ y Jota Barba Jota se suicida,/ Salinas cuando suena/ “la voz a ti debida”, versos con cierta gracia esperpéntica que formarían parte del repertorio anecdótico que se constituye como leyenda negra de Juan Ramón y que éste recoge y anota con la calificación: España de Franco.
En el Epistolario I Cartas a Juan Guerrero de Zenobia Camprubí (Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2006), en la carta número 171, fechada el 4 de mayo del 42, leemos: “¡Pobre Miguel! ¡Qué pasajera la vida! ¿Nos tendrá Dios reservado el volvernos a encontrar, conocernos y querernos como antes, y mejor, y con más conciencia de todo?”.
Miguel había muerto el 28 de marzo, palabras definitivas, ese conocernos al que se aspira y querernos con más conciencia, marcan un horizonte que, aunque nunca pudo ser, habría sido, sin duda, el más hermoso contexto. Como si se tratase de una fábula diría que, por fin Platero y las cabras de Miguel, han encontrado ese camino que conduce a la eternidad, donde la lectura sucede continua, o dicho con palabras de Juan Ramón: “
Quien entrevé, lo verá”.
José Luis Martínez Valero