Es mediodía en la Vega
la campana de Santo Domingo
suena sobre los tiernos huertos,
solemne marca doce campanadas.
Mientras pastan sus cabras,
recostado, Miguel, bajo una higuera
con los pies en el agua de la acequia,
lee al divino Góngora.
A este entorno traslada las palabras.
Todo, por un momento,
como un gigantesco retablo
se cubre con la luz amarilla
de aquellos siglos de oro viejo.
Hasta hace muy pocos años hablar de Miguel Hernández era levantar una bandera, poner un signo de admiración, abrir una pregunta. Pero Miguel está en la lectura, respuesta que tensa el arco y se dirige al centro, allí donde se produce el hallazgo: ¿Quién fue Miguel? ¿Cuál fue su tiempo? ¿Cumplirá otros cien años?
Hay escritores, lecturas, que nos dejan algo. Contaré lo que me ha pasado: de Ortega aprendí el espacio del pensamiento, de Jorge Guillén, la luz del aire, de Gabriel Miró, el tacto, el gusto, los ojos, el oído, la palabra, en suma, supe que todo lo que nos rodea puede ser leído; de Medina el viaje y la melancolía del regreso; ¿de Miguel Hernández? Su zozobra, ese curso de las cosas sin destino que se saben en tránsito.
Para leer a Miguel propongo un viaje: desde Murcia iremos en tren a Orihuela, todo es huerta y, si es en primavera, sin duda que huele profundamente. Orihuela, atravesada por el Segura, un río que allí se estrecha, y en sus orillas las mejores casas, al pie de un monte duro, la sierra donde pasea con Josefina, de perfil hosco, abrupto, lo que solemos llamar paisaje de cabras. Acabado el pueblo comienza el palmeral, en su tiempo espléndido, palmera necesaria, dátil. Huerta y huertos, naranjos, limoneros, ruiseñores, labriegos, barro. Pasos de Miguel con el rebaño, sendas que conducen al río. El río donde se baña casi todo el año, explanadas donde jugar al fútbol, deporte de equipo, propio de una juventud que combina la amistad y las reglas de juego.
Pero en Orihuela no sólo hay naturaleza, también hay historia, hay calles estrechas y pequeñas plazas, donde es frecuente encontrar casas solariegas, palacetes, iglesias, portalones con misterio, fachada como emblemas que piden ser interpretados. Vida presidida por un ritmo litúrgico, jesuítico, ciudad levítica. Así va conformando su experiencia, no sólo rústico pastor, cabría preguntarse si en la huerta es posible esta figura, allí donde el huertano, como dice Gaya, es un hombre embriagado de geometría, y, por otra parte, la historia, el arte, le gusto por la belleza que emana de la piedra hecha templo. Y libros de la biblioteca, clásicos de Rivadeneira, que lee mientras el ganado pasta a sus anchas, libros que devuelve a veces manchados y provocan las regañinas de la bibliotecaria doña Inocencia González-Palencia.
Cuando repasamos la historia próxima, los escritores todos parecen surgir de una clase media alta, que sin dificultades acceden a su formación, poetas profesores, ensayistas que conviven en la Residencia de Estudiantes, forman parte de una élite, organizan actos vanguardistas, participan en revistas y se integran en el cenáculo orteguiano.
Y, sin embargo, no siempre es así, algunos sólo poseían el recuerdo familiar de tiempos mejores, otros surgen de la nada. De esa nada surge Miguel Hernández, aunque esa nada diese para comer.
Recordemos lo que dice Josefina Manresa acerca de la casa donde vivió el poeta y que hoy, junto al Centro de Estudios Hernandianos, plaza con palmeras de Muher, puede ser visitada:
Nació Miguel en Orihuela (Alicante), en el años 1910, en la calle de San Juan, número 82, y cuando tenía cuatro años se trasladó la familia a la calle de Arriba, adquiriéndola en propiedad. En esta casa fue creciendo Miguel y descubriéndose él mismo aficionado a la literatura. Sus hermanos, Vicente y Elvira, también nacieron en la calle de San Juan. Su hermana Encarnación nació en la casa de la calle de Arriba.
Quisiera describir esta casa, y voy a empezar a ello ya que mi recuerdo lo considera bastante claro, casa de las calle de Arriba, número 73. En la República, fue calle de la Libertad. Después de la guerra civil recuperó su nombre primitivo. En la actualidad calle del poeta Miguel Hernández. Es una casa de una sola planta, con tejado de teja curva, que en Orihuela se denomina teja “del río”…
Muy cerca de esta casa se halla el colegio de Santo Domingo, que en ese tiempo era regentado por jesuitas, antigua universidad, dos claustros, un hermoso refectorio, iglesia, arte y estudio. Allí Miguel viene a ser un alumno aventajado, alentado por sus maestros para que prosiga estudios, que el padre impide. La relación con el padre suele ser borrascosa, no quiere oír hablar de un hijo que escribe.
Entre tanto, D. Luis Almarcha, que luego sería obispo de León, procurador en Cortes por designación directa de Franco y Consiliario Nacional de Sindicatos, del que volveremos a hablar, le deja libros, lecturas clásicas que absorbe.
Sierra, cabras del rebaño familiar, sol, sonidos cotidianos, y los amigos de la panadería, los Fenoll, Josefina Fenoll, novia de Pepito Marín o Ramón Sijé, intercambio de lecturas. En este tiempo se van acrisolando los sueños, suceden las primeras publicaciones en la prensa local y regional de Miguel, fatalmente destinado a la belleza.
En sus primeros textos, se muestra regional y modernista, predomina el dato sensorial. Mezcla motivos de la huerta y los montes de Orihuela con temas bucólicos y mitológicos.
Como el primero fue Vicente Medina, de él proceden esa cansera para vida, vista desde la otra orilla, ese sabor a destierro en todo lo que toca, porque quien ama la tierra y tiene la palabra, sólo puede cantar desde lejos, así Miguel desde Madrid, desde la guerra, desde la cárcel.
Pronto descubre Miguel que Orihuela es una trampa mortal de la que es imprescindible huir. Él, que no ha tenido una instrucción académica regular, ni una familia que estimulara su ambición literaria, orientado por instinto, decide que, ahora o nunca, ha de ir a Madrid. Es necesario salir del pueblo, donde la vida transcurre tan lenta que no alcanza a vivirla. Así con veintiún años. Alentado por la inmensa minoría de sus amigos, parte hacia Madrid, gigantesca ciudad, dispuesto a pasar hambre, a romper zapatos, a pedir favores.
Era una época en la que la familia dejaba de ser origen determinante, sin duda, los colectivos que el cine americano muestra en la pantalla van modelando una nueva sensibilidad.
En Madrid, Concha Albornoz, hija del ministro de Gracia y Justicia, lo pone en contacto con Ernesto Giménez Caballero, que realza su parte campesina y pastoril, procurándole esa imagen de patata recién salida de la tierra que le acompaña durante muchos años:
-¿Oficio?
-Guardador de cabras.
-¿Cómo se aficionó a leer y a escribir?
-Pues ya ve, cogiendo los papeles que encontraba, yéndome a la biblioteca del pueblo.
-¿Sus autores preferidos?
-Góngora, Lorca y Gabriel Miró.
-¿Amigos literarios?
-Casi ninguno. Sijé, que usted conoce en Orihuela.
Meses de lecturas, diccionario, y hambre, con vuelta a Orihuela. ¿Fracaso? No, le ha puesto cerco a la literatura y sus versos han perdido el peso provinciano, el poso local.
Por tanto, una vez recorrido el paisaje urbano de Orihuela, es imprescindible que nos traslademos al impacto que le debió producir Madrid, y que lo apliquemos a su reacción antes las estructura estróficas, octavas, sonetos…, al léxico, al libro, al periódico, la revista, la nueva arquitectura, cuadros y pintores, en suma se abría un territorio inexplorado.
Aún la poesía pura, la manera neogongorina conserva su prestigio, recordemos que la celebración del centenario ha ocurrido apenas hace cinco años. Miguel, clásico y católico, pone en juego todo su ingenio y escribe Perito en lunas, octavas herméticas, enigmáticas, hipérbatos. Es este un ejercicio necesario en el proceso hacia el poema, ahonda en la metáfora, en el ritmo, se despega del dato sensorial directo. Responde a su idea de la poesía:
El poema no puede presentarse venus o desnudo. Los poemas desnudos son la anatomía de los poemas, ¿y habrá algo más horrible que un esqueleto? Guardad, poetas, el secreto del poema: esfinge. Que sepan arrancárselo como una corteza. ¡Oh la naranja: qué delicioso secreto bajo su ámbito a lo mundo!
En 1933 es editado en Murcia para la colección Sudeste de Ediciones la Verdad, dirigida por Raimundo de los Reyes, costea este libro el canónigo don Luis Almarcha, trescientos ejemplares.
No alcanza la fama, ni el dinero, pero supone un salto cualitativo en su obra poética. Miguel va a ser el atleta que se aposta en la línea de salida, acepta las reglas del juego y comienza a pensar que hay un árbitro. Este libro hace que lo conozcan. García Lorca:
No se merece P. en lunas ese silencio estúpido.
Invitado por Antonio Oliver y Carmen Conde, el poeta-juglar lee Perito en la recién creada Universidad Popular de Cartagena, y trata de explicarlo, para ello se sirve de carteles: en una jaula encierra un limón, el canario…
Para su pueblo, Miguel sigue siento el chiflado, un bohemio que quiere hacerse notar.
En 1934, formaliza su noviazgo con Josefina Manresa. Está escribiendo una serie de sonetos, agrupados en el libro Imagen de tu huella, que forman después: El silbo vulnerado.
Se dedica a trabajos de oficina, mecanógrafo, redacta cartas, notas, pero le ahoga la mediocridad, el sinsentido lugareño y decide probar de nuevo en Madrid.
María Zambrano lo cuenta así:
Llegó a Madrid el año 34, y el llegar a mi casa de hija de familia en seguida llevado por alguno de los poetas amigos que entonces la frecuentaban, y el conocernos debió ser cosa de un instante. La acogida que le dieron de inmediato las “élites” de aquel Madrid donde efectivamente las había, esta vez no despertó en él vanidad alguna. Intacto le dejó el golpe que tan fácilmente podía haber sido anonadador; verse así acogido en modo extraordinario por quienes ejercían la hegemonía de la vida intelectual española, Ortega y Gasset, con su Revista de Occidente, y antes José Bergamín, con la revista Cruz y Raya. Y que le fuera ofrecido modo y manera de quedarse en Madrid haciendo un trabajo que nunca supe si le gustaba o no, colaborar en la Enciclopedia taurina de Espasa-Calpe, dirigida por José María Cossío, por obra de Ortega. Y toda aquella “pléyade de poetas” que le acogió como mejor podían, con la excepción de un poeta prometido al “sacrificio” en modo fulgurante, que experimentaba una especie de “alergia” por su presencia personal…
Entre tanto, su amigo Ramón Sijé dirige en Orihuela El Gallo Crisis, aparecida el día del Corpus de 1934, entre otros motivos quizá como réplica a la supresión del colegio de Santo Domingo y su conversión en instituto, revista neocatólica, barroco-conceptista, en la que Miguel colabora desde el primer número, que le permite el acceso a un nuevo registro lírico, poesía religiosa.
Miguel sufre todas la crisis en este tiempo de urgencia, donde los meses son densos como años y los años siglos. Pasa de un catolicismo ingenuo, de ritos y gestos respetuosos o dogmáticos, a un rechazo rotundo. Aún bajo la presión de la culpa, oigamos la confesión que hace a Juan Guerrero, julio del 35:
Ha pasado mucho tiempo desde la publicación de esta obra( se refiere a Quien te ha visto…), y ni pienso ni siento muchas cosas de las que digo allí, ni tengo nada que ver con la política católica y dañina de Cruz y Raya, ni mucho menos con la exacerbada y triste de nuestro amigo Sijé.
En el último número aparecido recientemente de El Gallo Crisis, sale un poema mío escrito hace seis o siete meses: todo él me suena extraño. Estoy harto y arrepentido de haber hecho cosas al servicio de Dios y de la tontería católica, me dedico única y exclusivamente a la canción y a la vida de tierra y sangre adentro; estaba mintiendo a mi voz y a mi naturaleza terrena hasta más no poder, estaba traicionándome y suicidándome tristemente.
Ha conocido a Pablo Neruda, Aleixandre, Alberti.
De Neruda y su Residencia en la tierra le viene esa fuerza que le impulsa a buscar sus señas de identidad, recupera el sentimiento panteísta de Perito en lunas, se afirma en una ideología que lo aparta del tufo a sacristía y le orienta hacia el surrealismo, la rehumanización, poesía impura del manifiesto para el Caballo verde:
Así es la poesía que buscamos, gastada por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilias, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias , sacudidas, delitos, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.
Manifiesto que termina con estas palabras que no precisan comentario: Quien huye del mas gusto cae en el hielo.
Tras el Silbo vulnerado y sin entrar en su complejo proceso de composición, publica El rayo que no cesa.
Dedicado a una mujer, que se suele identificar como Josefina:
A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya.
Aunque según otras fuentes, podría tratarse de María Cegarra, según confiesa en su Poesía completa, aparecida en la Editora Ragional de Murcia:
Deseo que la lectura de este pequeño libro deje un grato recuerdo, terminándola con los versos de El rayo que no cesa en su versión original, a mi dedicada.
Contiene poemas de amor en tiempos de crisis, que resumen el enfrentamiento Orihuela Madrid, la crisis de su noviazgo, más R. Sijé frente a Neruda y Aleixandre. En suma enfrentamiento político, religioso y poético: Gallo crisis frente Caballo verde para la poesía.
El poeta busca su voz y lo hace movilizando todos los recursos expresivos que conoce. El libro está compuesto por: primer poema en cuartetas, trece sonetos, una silva aconsonantada, trece sonetos, la elegía en tercetos encadenados, y un soneto final.
Es interesante contrastar el soneto y su contenido. Una estrofa sosegada que se desborda continuamente por la intensidad.
Miguel domina abundantes recursos expresivos, encaminados a sugerir un clima de violencia, de tormenta, sin que sea obstáculo la presencia de remansos de paz, que contribuyen a intensificar por contraste.
Determinados términos alcanzan el valor de símbolos: rayo, cuchillo-espada, toro, barro-arcilla. Otros por sinécdoque presentan a la amada: pie-talón, cuello. La culminación amorosa se sintetiza en el beso.
Se dan rasgos cultistas, propios del siglo de oro, en especial Lope, Quevedo o Góngora: sembrando a secas y pescando a solas, junto a fórmulas coloquiales, algunas irónicamente desautomatizadas.
El poema central Me llamo barro…, confirma la aspiración telúrica, la entrega a la vida de la carne, influido por Aleixandre y Neruda, así como la ruptura con el espiritualismo católico de R. Sijé. Miguel se convierte en el poeta de la materia. Barro, hombre, que quiere ser tierra, principio genesíaco, barro que no puede ser otra cosa, ya que es su profesión, cotidianidad, y destino, trascendencia, que le impulsa a manchar con su lengua, palabra, cuanto dice o quiere. La poesía queda definida como un gavilán de ala,/ de ala manchada y corazón de tierra. Su vida: una existencia amenazada. En este libro de amor, hay que agregar la elegía, que refiere la extraordinaria relación con el amigo, que se ha muerto como el rayo.
Juan Ramón Jiménez en Españoles de tres mundos comenta la aparición de este libro:
El rayo que no cesa es Miguel Hernández mismo. Si sigue así este rayo, ¿dónde llegará él, dónde llegará con él la poesía española de nuestro siglo?
No es la "fuerza" lo que quiero señalar en Miguel Hernández. La fuerza seguida cansa, como cansa la continua flaqueza. No es el ímpetu del toro, ni la honda, es la belleza fatal que va en la fuerza como podría ir en la "menos fuerza". Que la poesía, el arte, no necesita más que una fuerza suficiente. Descansamos de Bach en Mozart, de Miguel Ángel en Botticelli, de Dante en Petrarca.
El ser barro tiene un vertiente política que conduce a una conciencia de clase, que ya había aparecido en textos anteriores: Profecía sobre el campesino, Silbo de afirmación en la aldea, o bien su obra dramática Los hijos de la piedra, revolución de octubre en Asturias, anticipan ya esos días tremendos en los que se identificará con la causa del pueblo, Frente popular. Claro que, todo ha sucedido tan rápido que lo vive como una crisis, de ahí la ruptura con los supuestos políticos de su amigo Sijé, basta hojear los poemas Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda, Oda entre arena y piedra a Vicente Aleixandre, Sonreidme o Alba de hachas. Cabe pensar que de no haber muerto Ramón Sijé, se habría producido una ruptura radical.
He aquí el entusiasmo con que reacciona, enero del 1936, ante Residencia en la tierra:
Ganas me dan de echarme puñados de arena en los ojos, de cogerme los dedos con las puertas, de trepar hasta la copa del pino más dificultoso y alto. Sería la mejor manera de expresar la borrascosa admiración que despierta en mí un poeta de este tamaño de gigante.
El 18 de julio le sorprende en Madrid, poco después se marcha a Orihuela, el 13 de agosto tiene noticia del asesinato del padre de Josefina por un grupo de milicianos, el 18 de septiembre vuelve a Madrid para incorporarse al 5º Regimiento.
El poeta ha encontrado el cauce que lo religa a su clase, vive el fulgor que le llevará a Vientos del pueblo, modelo de poesía comprometida, canto épico y elegía, poesía ya revolucionaria. Algunos poemas alcanzan lo sublime, otros, testimonio documental de la época.
T. Navarro Tomás, inserta en el comienzo una semblanza, hoy imprescindible para su retrato:
Las cualidades de su estilo hallan perfecto complemento en las firmes inflexiones de su voz, en su cara curtida por el aire y el sol, en su traje de recia pana…y hasta en el carácter de su dicción, fuertemente marcada por el sello fonético del acento regional. Sus ademanes son sobrios y contenidos y su expresión enérgica, grave y concentrada. Hay una ardiente exaltación en el recogimiento de su gesto y en la fijeza e intensidad de su mirada. No es de extrañar que, como él mismo dice, su espíritu se sienta más compenetrado con el aliento de los campos de Castilla que con el de los huertos levantinos. La dignidad del tono, del ritmo y del concepto, hacen revivir en sus labios en muchos pasajes las resonancias épicas del Romancero.
El libro está dedicado a Vicente Aleixandre, hermano que junto a hermano lucha, y luchan enteros, como poetas, fatalmente convocados, así dice:
Nuestro destino será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo…Los poetas somos viento del pueblo; nacemos para ser soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres mas hermosas…
Repito, hacia las cumbres más hermosas, no hacia la ramplonería maniquea en la que caerán muchos otros.
Entre tanto contrae matrimonio civil con Josefina Manresa, y se traslada al Frente Sur, Congreso de escritores antifascistas, viaje a Rusia y escribe El hombre acecha, con tono menos optimista, desalentado, obscuros presagios. María Zambrano lo recuerda con este gesto:
Fue a la vuelta de un viaje en grupo a la Unión Soviética cuando en Valencia, en las últimas veces que le vi, aparecía vuelto hacia adentro, enmudecido. Cualquier pregunta hubiese sido improcedente, ya que la respuesta era él, él mismo a solas con aquello que dentro de su ser sucedía.
Poco después, la vida se tiñe del color gris de un tiempo de derrota. Todo es ausencia: falta de libertad, persecución, lejanía de la amada y el hijo, muerte, exilio o cárcel de los amigos, silencio y traición. Y la enfermedad, la ausencia de vida.
Suceden ahora los versos del Cancionero y romancero de ausencias, el poeta ha pasado del verde al rojo y finalmente al luto; del yo al nosotros para, definitivamente, ser un yo que sufre por todos, una vía del desencanto que es la biografía con que se inicia la posguerra.
Toda su vida, que es su obra, se resume en estos versos:
Escribí en el arenal /los tres nombres de la vida:/ vida, muerte, amor.
Una ráfaga de mar,/ tantas claras veces ida,/vino y nos borró.
Antes su rima ha sido en consonante, a veces difícil y arriesgada, ingeniosa, ahora, encuentra un tono apagado, una música tenue. Es el sentimiento, el concepto desnudo, quienes conforman la melodía. Entronca así con la mejor tradición, se oyen los siglos, la intrahistoria, el rumor de las voces que han sido.
Luego la cárcel, una, dos, tres, hasta la última.
Los días en el seminario-cárcel de Orihuela, casi los más amargos, escribe a Josefina:
A nuestros paisanos les interesa mucho hacernos notar el mal corazón que tienen y lo estoy experimentando desde que caí en manos de ellos. No me perdonarán nunca los señoritos que haya puesto mi poca o mi mucha inteligencia, mi poco o mi mucho corazón, desde luego mis dos cosas más grandes que todos ellos juntos, al servicio del pueblo, de una manera franca y noble. Ellos preferirían que fuese un sinvergüenza.
Pese a todo, al menos por carta, suele mantener el guiño de la esperanza:
Me decías en tu anterior, que guardara la ropa cuanto pudiese. No te preocupes, que si no tengo cuando salga, con ponerme una mano en el occipucio y otra en el precipicio, arreglado.
En Alicante, su última estación, el chantaje, la enfermedad y la miseria:
Almarcha y toda su familia y demás personas de su especie que se guarden muy bien de intervenir para nada en mis asuntos[…] Josefina, manda sin falta el algodón, si no quieres que me curen con trapos[…]Un día de estos pasará por ahí un sacerdote para lo del matrimonio…
Y se celebra su boda por la iglesia, para que no quede abandonada Josefina. Poco después, la muerte, era el 28 de marzo de 1942, sábado.
Quizá estos pudieron ser los últimos versos:
¡Adiós, hermanos, camaradas, amigos: /despedidme del sol y de los trigos!
En Estados Unidos, Jorge Guillen escribe a Salinas, 26 de noviembre de 1942:
He leído en los Cuadernos Americanos que el pobre Miguel Hernández murió el 28 de marzo en la cárcel, tuberculoso. ¡Otra víctima de la guerra civil! Me ha producido una verdadera pena esa noticia: Miguel Hernández era, hasta ahora, el mejor de su generación.
Y contesta Salinas, 12 de diciembre de 1942:
¡Pobre Miguel Hernández! Otro caso de esos en que uno ha tenido que dar por muerto y resucitar luego a una persona, para acabar peor. Todo idiota, idiota. ¿Por qué había de morir ese muchacho, noblote y generoso, en una cárcel, cruelmente ayudado a morir, por no decir asesinado por sus prójimos? Te diré que si el franquismo durante la guerra se me hizo odioso más se me está haciendo en la paz. Porque desaparecido el consabido "calor del combate", ahora ya la persistencia en la política persecutoria y vindicativa, es fría infamia, mala entraña, nada más.
Miguel Hernández, el poeta que encarnó al pueblo español, buscaba una estrella, que creyó al alcance de la mano, pero las estrellas, cuando son auténticas, siempre escapan hacia lo alto.
José Luis Martínez Valero