Arte y verdad. Poesía y verdad. Era para él la única forma de comprender la vida, de reconciliarse con ella tras su primera muerte, tras su primer corazón gastado: su pintura, su escultura, su arte, no era otra cosa que poesía. Sólo aquél que ha regresado de la muerte (o un genio) puede penetrar en la esencia poética de la vida, fundir realidad y poesía, poesía y verdad, como necesidad orgánica, como única experiencia vital. No, no es escribir un poema. No es un simple acertar con el lado poético de las cosas. Es prestar el aliento a la poesía, ponerle piernas y caminar. Es, en fin, "ser" un poema. Su segundo corazón, su vida, se le iba en sus cuadros, y sus cuadros le daban vida y corazón. Y entonces Blas podía haber dicho con Goethe: "
no soy yo quien hace los poemas, sino ellos los que me hacen a mí".
En esa vida poética siempre ha sido posible encontrar el ofrecimiento, la comunión (en su más antropológico sentido, ah!, paelllas del espíritu), la complicidad, el socorro, la palabra y la alegría del amigo. Y en la amistad, una baudelairiana embriaguez del alma estaba siempre presente, como una niebla.
Vida y Poesía. Razón y niebla, los padres del poema, los hijos de la vida. La poesía es la niebla.
Cuando el poema sufre el martirio de la lucidez, se acerca a la razón, dijo la Zambrano. Por eso Blas prefirió la claridad de la niebla. La niebla como faro, la luz inexacta que deslumbra. Así era. ¿Y hoy? Bueno,
navigare necesse, vivire non necesse. No vive ya, pero navega. La niebla continúa en mares infinitos.
E il naufragare t´e dolce in questo mare. Tu naufragio es el mío, el mar ¿distinto? Poesía, tu vida, lucidez de lo absurdo. Tu luz siempre, eternamente, amigo.
Una tela, un corazón,
y el fuego en que se cuece el infinito.
Un pincel que late nuevo,
y esa niebla imprescindible
para los que ya hemos muerto.
Yo tiendo hacia ese sol que no es un sol
como hacia el único faro perdido.
Ya Homero encontró a sus dioses
entre sucios matorrales,
y en serena amistad
Horacio desbrozó la metafísica.
Bendita niebla en que me debato,
perdido faro,
paella eterna entre felices vinos,
cuando, amigo, me llamas
al mundo de la vida,
al corazón olvidado de mi verdadero pecho.
Hasta mi última melancolía había creído, con Pessoa, que la metafísica era una consecuencia de sentirse indispuesto. He comprobado después que su fuerte músculo no sólo ha sobrevivido al neopositivismo rampante, sino a la ética de los indispuestos. Frente a la vida desatenta y la muerte enamorada hay quien deshabita hospitales y tumbas, hace el nido en los elevados peñascos de las cumbres y planea a lo macho como el águila por sobre los residuos pestilentes de los valles. Por que la metafísica (lo siento, Pessoa) no es sólo dolor o conciencia. Es también color, aunque para encontralo se necesiten ojos que traspasen los días hacia el universo de lo humano sin tiempo. Hay quien no ha entendido nunca los relojes grises de la costumbre. La mediocricidad del ojo impávido convierte la sangre en leche abovinada. Sólo los ojos conflagrados como valientes supernovas son capaces de hacer estallar la metafísica del color o el color de la metafísica. Dalí lo hizo a veces; Magritte, siempre (también desde otro planeta, Van Gogh y Much). Y hubo quien inventó, con idéntica valentía, el surrealismo conceptual (¿recuerdas, Blas?). Y al final del camino, allá a lo lejos, la maestría, su maestría, comprendiéndolo todo: la ética del color, la ética de la estética. He ahí la alquimia que convierte el color y la conciencia, como mundos inconexos, en la conciencia del dolor ajeno, como suprema dimensión, desgajada del suelo con las alas del otro, con el vuelo de lo humano. Así, África estuvo en su corazón y le bombeó una sangre en forma de óleo. En su corazón habitaron gritos, dolor de placentas, mendigos y guerras, religiones y anacoretas, y lo desgarraron, y el desgarro le subió a los ojos (y a los nuestros), y los ojos brillaron, y mancharon de vida la aséptica blancura de la muerte, ésa que, tal vez por eso, una vez (y sólo una) le perdonó.
Hubo tardes en ti como gotas de tigre,
y tu ojo urdió rostros gaviota
como si fuera un limpio azul sin mar
que gritara con otro sol, con otras bocas.
Hubo rojos plata y verdes oro,
y una canción de plomo flotó de tu nostalgia,
porque aquella isla sin mar
guardó las playas de luna para tantos astronautas.
Enramadas rugientes hubo en África
y destierros desolados en el cielo de enfrente.
Cuántas cuerdas han atado tu tierra prometida,
como su sueño de hombre,
como un limpio disparo después de la muerte.
Hubo caminantes con huellas de tu talla,
porque el vientre nos toca con su última placenta.
Cuántos centros derramados por esquinas,
cuánta sangre nacida como un ónfalo.
Hubo unos ojos nocturnos, hubo miembros, y una guerra,
y un cayado que no calla, y un abrazo como un gato,
que maulla con un dedo anacoreta
o araña el ocaso con un brazo moribundo.
Has alcanzado, ahora sí, la unidad definitiva: poesía y verdad. Y yo, con obsesivo balanceo de demente, indago en tus cenizas como en el polvo en que quedó mi antigua lozanía, y me conozco. Compañero del alma, Blas, amigo. Espejo inmenso y ya sin tiempo... tan temprano.
Murcia. 24 de enero de 2009
Manuel Navarro