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miércoles 30 de septiembre de 2009

Nuevos proyectos


Ágora, papeles de arte gramático, revista de creación literaria, puede que en las próximas fechas sorprenda a sus lectores con importantes novedades que afectarán a su versión digital, a la versión en papel y a una nueva versión bimensual en pdf que se remitirá a sus contactos y a quienes deseen recibirla.

Posiblemente también para entonces tenga su sitio en la red social facebook, como otras revistas, con vinculación a twitter, todo ello con la pretensión de llegar a más posibles lectores y lectoras.

Por el momento seguimos trabajando en estos proyectos a fin de que puedan ver la luz lo antes posible.

martes 29 de septiembre de 2009

La aventura de traducir a Denisa Comănescu y a Nicolae Prelipceanu

Conocí a Denisa Comănescu el año 2000, con ocasión de un encuentro de traductores literarios de rumano en Neptun, celebrado bajo los auspicios de la Unión de Escritores. Allí me regaló uno de sus libros y el impacto de su poesía inteligente, refinada y profunda me llevó a plantearme su traducción al español.

Eso era una novedad para mi, o un reto, como se prefiera, pues yo no me considero traductor de poesía sino de prosa. Considero que solo un poeta puede traducir con éxito poesía pues a diferencia de la prosa, donde traducimos de un idioma a otro, aquí hay que hacerlo de un lenguaje poético a otro, hay que crear poesía. Es decir, que aparte de las dificultades propias de la semántica y estructura de una lengua, el traductor ha de elaborar un lenguaje poético que produzca en el lector de la lengua de destino el mismo impacto que en el de la lengua de partida. Las palabras en la poesía no funcionan como en la prosa; hay que penetrar en otro universo tanto fonético como semántico. Por eso hay quienes niegan la posibilidad de que la poesía sea traducible. He visto demasiadas traducciones fallidas de poesía, incluso de reputados traductores, para aventurarme por tan procelosos mares.

Pero el mundo poético de Denisa era una continua tentación, al menos para hacer algún pinito. Por suerte, en la poesía de Denisa cuenta menos la forma que el fondo, es decir, no hay rima, no hay métrica, jitanjáforas o efectos sonoros que busquen una mera belleza formal, y hace un uso muy frecuente de la lengua coloquial. El meollo es el mensaje, la comunicación intelectual pero, naturalmente, sin renunciar a la belleza de la palabra o la expresión.

Y esos primeros pinitos empezaron con algún poema suelto en revistas literarias; poemas que conseguía doblegar y poder expresar en español con la misma sutileza y belleza con que ella lo hacía en su lengua. Era una lucha individual con cada verso hasta que entendía que el poema se sostenía, o sea, cuando me sentía satisfecho al cien por cien de lo que salía. Los poemas gustaron y algunos directores de revistas me pidieron más material de Denisa, lo cual me indicaba que iba por el camino correcto. A otros no logré domeñarlos y no vieron la luz de la imprenta.

El hecho es que poco a poco el nombre de Denisa se fue extendiendo como una mancha de aceite por el panorama poético español. Revistas españolas prestigiosas de poesía como Empireuma, Milenrama, Ágora, The Barcelona Review, Cuadernos del Ateneo o Vasos comunicantes dieron entrada en su páginas a poemas de Denisa. Luego vino el salto a Méjico con la revista Casa del tiempo o el suplemento del diario Jornada, de la capital. A ellos siguió el inevitable plagio en bastantes sitios literarios de Internet. El terreno se iba preparando para un libro.

Al igual que en Rumania, publicar poesía en una editorial española es tarea poco menos que heroica para un poeta desconocido, sobre todo si no escribe en inglés o si su nombre no tiene resonancias anglosajonas. Pero una editora y también poetisa que no vive de la literatura sino “para la literatura” leyó la poesía de Denisa y se aventuró a su publicación, Carmen Escudero, de la editorial Adamar, de Madrid, con la colaboración del Instituto Cultural Rumano.

Pasamos horas y horas de labor conjunta para ampliar el número de poemas y revisar el resultado, poema por poema, palabra por palabra, un trabajo codo a codo con un autor.

Era esta una primera experiencia para mí en el mundo de la traducción y resultó ser una tarea apasionante, pues discutimos inclusos los signos de puntuación, todo hasta que ambos estuvimos plenamente satisfechos con el resultado.

Ese resultado fue una espléndida edición bilingüe que, dada la proximidad de nuestros dos idiomas, permite al lector seguir el original y compararlo con la versión española. El libro además contó con un prólogo del también poeta rumano Octav Soviany que analizó para el lector los valores estéticos de la poesía de Denisa.

El volumen, con cuarenta y tres poemas de Denisa y que lleva el título de uno de ellos, Regreso del exilio, se presentó en el Centro de Arte Moderno de Madrid ante un nutrido público y la presentación corrió a cargo de Mario Merlino, poeta y presidente de la Asociación de Traductores Literarios de España.

Como colofón a todo este proceso o, si se quiere, a toda esta carrera de obstáculos, el libro de Denisa fue amplia y positivamente reseñado en la prensa literaria, hecho insólito para un libro de poesía publicado por una editorial exclusivamente de poesía. Que el suplemento literario del diario ABC de Madrid le dedicase una página firmada por el crítico Jaime Siles titulada “Diamante enloquecido” no es un hecho menor.

El encuentro con Nicolae Prelipceanu fue bastante posterior, allá por 2004. Era un encuentro inevitable dado el doble maridaje jurídico y poético entre Denisa y Nicolae. El impacto poético fue similar, solo que Denisa le llevaba la delantera varios años en el mundo hispánico y su recorrido ha sido, pues, mayor.

El primer poema que leí de él me dejó atónito, Qué hiciste en la noche de San Bartolomé, donde Prelipceanu, sirviéndose de un humor corrosivo, hace una sutilísima y mordaz crítica del sistema totalitario de la Rumania del momento, como solo un gran artista de la pluma puede hacer. Claro que el censor, estúpido como todos los censores, ni se enteró. Su lectura continuada me descubrió un poeta excepcional con poemas antológicos como Metáfora o Las apariencias, dignos de figurar en una antología de la poesía rumana moderna.

También Nicolae Prelipceanu sigue las huellas trazadas en su día por Denisa. Se han publicado algunos de sus poemas por distintas revistas literarias de España (todavía no ha dado el salto del charco) y no descarto que en un futuro próximo vea también aparecer un libro.



Joaquín Garrigos

lunes 28 de septiembre de 2009

Fulgencio Martínez recita en Blanca

Fulgencio Martínez recitará mañana, martes 29 de septiembre, en Blanca, dentro de los actos de la Semana de literatura independiente (SELÍN) de Blanca, con motivo de los actos que se desarrollan por Blanca de Libro.

Será a partir de las 21 horas.

viernes 25 de septiembre de 2009

El desencuentro espesa mi alegría...

El desencuentro espesa mi alegría
y un vano conqueteo hace de puente
hoy que no es firme el agua donde piso
y mi apagón se extiende a lo que toco.
En esta cercanía sin contagio,
sin vuelco que me vuelva navegable,
a cuestas con mi fe,
prevalezco a pesar de lo que amo.


Ricardo Hernández Bravo

jueves 24 de septiembre de 2009

Génesis, el ritual Rosacruz


Patrick Ericson
Génesis, el ritual Rosacruz.
Edita: Nowtilus, Barcelona, 2008.

Esta novela trata de la piedra filosofal, pero también de los misterios que preocupan a la humanidad desde hace siglos. Está situada en 1780, en Francia, más concretamente en París y en una región tan mágica y celta como Languedoc. Y en ese año, y en esos lugares, se suceden violentos crímenes, uno de ellos en la mismísima Notre-Dâme, una catedral como ninguna otra en el mundo de la literatura donde es posible imaginarse las escenas que el autor nos invita a vivir.


Crímenes que se enlazarán, inevitablemente, con otros que vienen ocurriendo desde hace dieciocho años, tras una tormentosa noche de lluvia que casi sumerge a París bajo las aguas. Y, alrededor de todo ello, como es costumbre ya en Patrick Ericson, las logias, en esta ocasión los Rosacruces, depositarios del secreto de Rosarium Philosophorum.

Seguro que cualquier desconocido lector de este comentario conoce de qué va el misterio de la piedra filosofal: una sustancia que según la alquimia tendría propiedades extraordinarias, como la capacidad de transmutar los metales vulgares en oro; con dos variedades, la roja, capaz de transmutar metales innobles en oro, y la blanca, cuyo uso transforma dichos metales innobles en plata. La roja se obtiene empleando la Vía Seca; la blanca a través de la Vía Húmeda; en ambos casos el elemento de partida es la pirita de hierro.

Esta piedra o elixir de la vida ha sido algo ansiosamente buscado, y codiciado, por otra virtud que se le supone: otorgar la inmortalidad. Una característica del oro es que se oxida más lentamente que otros metales; es decir: el oro es "inmortal"; por lo tanto, si descubrían cómo formar oro a partir de otros elementos, tal vez podrían hacer que el pobre cuerpo mortal se volviera inmortal, que es uno de los misterios que veremos a lo largo de esta novela, personalizado en el conde de Saint-Germain, el Maestro.

Hay vertientes más místicas de la alquimia que creen que, en realidad, la obra y la piedra filosofal no son realidades físicas, sino metáforas del perfeccionamiento espiritual, aspecto desarrollado en la novela de Patrick Ericson.

Ya he comentado que se buscó para prolongar la vida del hombre. Y aquí quiero haceros conocedores de un caso documentado, por que es importante para la reflexión final: una pareja y un boticario. Éste, cierto día, descubrió la piedra y preparó el elixir de la vida, del que bebió una cucharada y le dio a beber también a un amigo, el cual sólo bebió unas gotas ya que fue interrumpido por la aparición de su amada. El resultado de ello fue que el alquimista murió (se supone que la cantidad ingerida fue excesiva) mientras que su amigo experimentó los efectos de consumir el elixir de la larga vida: pérdida de pelo, uñas y dientes. Pero a los pocos días, reaparecieron con mayor fuerza. Hay quienes dicen que falleció a los 123 años, y que parecía más joven aún. Escritos de investigadores de alquimia señalan que no necesitó volver a comer para vivir, y que excretaba sus necesidades biológicas a través de la transpiración, una característica que Patrick no se olvida de recordar en la figura de uno de los más enigmáticos personajes de su novela.

Como veis, es necesario saber mezclar los elementos en su justa medida y tomar la dosis precisa, y en ello, el autor ha sido un perfecto alquimista. ¿Por qué os digo esto? Veréis, la naturaleza del enigma consiste en decir cosas reales, añadiendo cosas imposibles. Se añade a esto la expresión en verso, o en prosa poética, y una serie de recursos lingüísticos como la repetición (de sonidos, palabras y estructuras), el uso de la segunda persona del singular y un tono solemne y arcaizante: y con ello estamos en una forma antiquísima de comunicar la voluntad divina.

Todos estos elementos encontraremos en Génesis, el ritual Rosacruz. Una novela que, además, nos traerá recuerdos de ese París enigmático, secreto, profundo, casi de catacumbas, que Víctor Hugo nos presentó en Los miserables y en Nuestra Señora de París. ¿Y la poesía? ¿Dónde está la prosa poética, me podréis preguntar?

Os leeré unas breves frases de la página 318: jamás había experimentado nada igual en su vida... explicarle a un ciego la magia infinita de los colores... no todos los días era seducido por un ángel.

Escribe el autor, pag 214, que el poder del amor reside en el espíritu y proviene de Dios. Yo lo único que hago es mediar entre el hombre y el Cielo..., pues bien, con todo cuanto os he dicho, he cumplido mi objetivo, que os apuntaba al principio, contaros de qué va la novela sin que sepáis de qué va la novela, pues como el mismo personaje que acabo de citar dice, Y ahora, olvida cualquier cosa te haya dicho, pues lo que encontrarás en esta novela es una forma de resolver el misterio de la piedra filosofal que nunca antes había sido tratado por nadie. Patrick Ericson, ha llegado más allá que Creso, quien quiso desafiar la sabiduría divina y probar el funcionamiento de los misterios.

Hay momentos en esta novela que todo parece tan real, que me atrevo a asegurar que lo ha conseguido, por lo que deberemos estar pendientes los años próximos a ver si Patrick envejece o no envejece.

Nos contentaremos, por ahora, con los datos reales del escritor. Patrick Ericson nace en Alhama de Murcia en 1962. Es gestor inmobiliario que compagina éste trabajo con sus aficiones literarias, que debe a su tía Concha Fernández-Luna, escritora de cuentos infantiles. Lector infatigable, tiene editadas las novelas Baile de dríadas, y Génesis, el ritual Rosacruz y La escala masónica, así como un poemario, De profundis. Colabora con la revista sociocultural Entrelíneas.


Francisco Javier Illán Vivas

miércoles 23 de septiembre de 2009

La poesía de Joaquín Piqueras, traducida al inglés

Los poemas de Joaquín Piqueras, que ya conocieron algunos de ellos traducciones al portugués, están siendo traducidos de manera magistral a la lengua de Shakespeare por AURELIO MARTÍNEZ ( filólogo inglés, escritor, músico, compositor, dramaturgo). Tarea, sin duda, ardua y laboriosa, pero también - según palabras del traductor - placentera, a la que el autor de los poemas le estará eternamente agradecido.
Una muestra:
.
MEMORIES OF NEVERLAND

"A past moment,
a life doesn't last longer."

...............................................Giuseppe Ungaretti

i was in Neverland and remembered you,
silence of memory,
anemic emotion of memories,
fitting days like pieces
of a puzzle,
and never die,
darkness that is smothered in the long
flights of desire

what can my hands show
but scars,
holes of ourselves,
pieces of a puzzle
in a world
that is alien to us

i was in Neverland and remembered you

(Traducción de Aurelio Martínez)
.
.
RECUERDO DE NEVERLAND

Un instante pasado,
no dura más una vida.

...............................................Giuseppe Ungaretti

estuve en Neverland y me acordé de ti,
silencio de la memoria,
emoción anémica de los recuerdos,
encajando días como piezas
de rompecabezas,
y no morir jamás,
tiniebla sofocada en los largos
vuelos del deseo

qué no pueden mostrar mis manos
sino las cicatrices,
agujeros de nosotros mismos,
piezas de rompecabezas
en un mundo
que nos es ajeno

estuve en Neverland y me acordé de ti
.
[recuerdo de neverland, Antología del desconcierto.
Ilustración de Fulgencio Saura Mira]

martes 22 de septiembre de 2009

Para Blas

No hay fronteras cuando se despierta tu recuerdo mi querido Blas.
La primera vez que escuché tu voz, las veces que acompañé tus paseos al médico distrayéndote y haciéndote reír cuando te hablaba de esa mujer que te hacía enloquecer con su talento.
Recuerdo los dos riendo, mientras vos frente al ordenador los leías y yo en una playa de Galicia te escuchaba con admiración, toda la cultura que desatabas en tus interminables charlas...
Aún imagino cómo te hubiera pintado; me lo habías pedido, supongo que bailando sobre un lienzo.
Aún imagino esa comida juntos, muertos de risa, hablando de cómo mezclar el oleo con el acrílico... de cómo escribir cada una de las luchas...
Imagino el enorme placer que hubiera sido cruzar pinceles a tu lado, mirando el puerto y bebiendo en ese futuro incierto que es la vida...
Quiero decirte gracias por ayudarme a cada momento; y lo que me dijiste una vez... quedará en nosotros, pero lo llevaré como un regalo.


Marina

lunes 21 de septiembre de 2009

Raquel Lanseros gana el XIII Premio Internacional de Poesía de Baeza


Raquel Lanseros, nuestra compañera del Taller de Arte Gramático, con el poemario 'Croniria', ha ganado el XIII Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza, que organiza el Ayuntamiento de este municipio jiennense.

La siguiente información está sacada de la imagen de arriba:

El jurado destacó que la obra combina la frescura y audacia en los poemas con la solidez y la penetración en el mundo propio de la autora.

El escritor y secretario del jurado, Manuel Urbano Pérez Ortega, fue el encargado de comunicar que el jurado, por mayoría de sus miembros, acordó conceder el galardón a la obra 'Croniria', presentada bajo el mismo lema y correspondiente a la autora jerezana Raquel Lanseros Sánchez, que reside actualmente en León, según precisó en un comunicado el Consistorio.

Por su parte, el presidente del jurado, el escritor y editor de la Editorial Hiperión, Jesús Munárriz Peralta, explicó que tras un intenso trabajo de lectura, selección y relectura de los 249 originales presentados, el jurado ha resaltado en la obra premiada "la frescura y audacia de unos poemas, si de mano joven, no por ello faltos de solidez y penetración, además de hacer partícipe al lector de un mundo propio y propio de su época, con hallazgos verbales que van más allá del mero juego literario".

La concejal de Cultura de Baeza, Lola Marín, agradeció a los integrantes del jurado su colaboración al tiempo que dio la bienvenida a la poeta María Rosal Nadales, primera mujer participante en él. Además, aludió a la labor desempeñada durante ediciones anteriores a Rafael Juárez, poeta e hispanista que este año no pudo asistir a su habitual cita con la poesía en Baeza por motivos profesionales.

El resto de integrantes del jurado son el poeta y profesor titular de Métrica en la Universidad de Granada, Antonio Carvajal Milena, el profesor titular de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Antonio Chicharro Chamorro y el poeta y profesor, Francisco Castaño Clavero.

Leed más AQUÍ.

viernes 18 de septiembre de 2009

Arte y literatura: La muerte de Lucrecia


..................................................I
El argumento que nos ocupa, a pesar de su interés y grandeza, no es propiamente mitológico, pues está extraído de las crónicas del historiador Tito Livio y marcó, por su dramatismo y por la coyuntura política en que tuvo lugar, el fin de la monarquía romana y la proclamación de la república.

El rey Tarquinio Severo, apodado el Soberbio, séptimo y último de los reyes de Roma, mientras ponía asedio a la ciudad de Ardea, reunió en su tienda a sus generales, entre los que estaba Colatino, casado con la bellísima Lucrecia. Para pasar el tiempo, jugaron a apostar quién tenía una esposa más abnegada y fiel. Con el fin de comprobar el resultado, enviaron mensajeros a los hogares de todos y únicamente encontraron en casa a la esposa de Colatino, mientras que las demás se habían ido de fiesta o de banquete, aprovechando la ausencia de sus maridos. Todos quedaron asombrados de la discreción de la mujer, pero en el hijo del rey, Sexto Tarquino, este asombro degeneró en pasión y enamoramiento.

Llevado por estos sentimientos, el príncipe se las ingenió para ser el invitado como huésped a la mansión de Colatino. Al caer la noche, empujado por la pasión ciega, irrumpió en la habitación de Lucrecia y, a pesar de los ruegos y súplicas de la mujer, la violó con brutalidad, regresando antes del amanecer con los demás generales. A la mañana siguiente, Lucrecia envió cartas a su esposo Colatino y a su propio padre Lucrecio, que acudieron acompañados de Publio Valerio y Lucio Junio Bruto, parientes ambos, con ideales políticos contrarios a la monarquía reinante y ansiosos por instaurar un régimen republicano más justo.

Reunidos todos en la alcoba de Lucrecia, ésta juró a su marido que, aunque su cuerpo había sido violado, no así su alma que le seguía perteneciendo por completo. Anegada en lágrimas sacó de entre su ropa un puñal y se lo clavó en el pecho, asegurando antes de morir que le resultaba imposible soportar la vergüenza sobre su conciencia y pidió venganza. Lucio Julio Bruto, primo de Colatino, cogió el puñal, lo blandió en alto y proclamó: "Por esta sangre pura, yo juro delante de los dioses que perseguiré a Lucio Tarquino Soberbio y a toda su cruel familia con fuego, hierro o de la manera que pueda y que ninguno de esos, ni otro alguno, será de hoy en adelante rey de Roma". Y así fue.

Un argumento tan dramático no podía por menos que atraer la atención y el interés de los artistas, ansiosos por encontrar historias cargadas de sentimiento para poder dar rienda suelta a su capacidad de expresión. Pintores de distintas épocas han llevado al cuadro la trágica historia de esta heroína. William Shakespeare, por su parte, escribió un larguísimo poema - La violación de Lucrecia (The rape of Lucrece)- narrando en sentidas estrofas la crueldad de Sexto Tarquino y el desgraciado aunque noble final de la mujer. En los párrafos siguientes vamos a intentar analizar este relato de la antigüedad desde ambas perspectivas, pictórica y literaria, buscando al menos algunas concordancias entre ellas.



.................................................II
El gran maestro del Renacimiento italiano Tiziano Vecellio dedicó dos obras a esta historia. En la primera de ellas, titulada escuetamente Tarquinio y Lucrecia, vemos una Lucrecia a medio vestir que escucha atenta y resignada los propósitos de Sexto que la amenaza con que, si no cede a sus deseos, la acusará de haber tenido relaciones adúlteras con un muchacho. Él personalmente testificará que los sorprendió y, por supuesto, nadie se atreverá a dudar de la palabra del mismísimo príncipe de Roma. A pesar de encontrarse en una situación comprometida, percibimos en el rostro de Lucrecia una capacidad de decisión por encima de toda duda. Se ha jurado ser fiel a su esposo y nada ni nadie podrá quebrar su voluntad. Tarquinio la sujeta por el brazo izquierdo, junto al borde de la camisa que se ha deslizado del hombro, en su afán por ser convincente y rendirla por las buenas, pero ella tiene ya en su mano derecha un puñal que, llegado el momento, acabará con su vida, dando a entender simbólicamente su irrevocable decisión de matarse antes que faltar a sus votos matrimoniales. Es una maravilla pictórica esa camisa de tejido transparente que deja entrever la redondez del pecho y el leve vestido de raso que apenas acierta a cubrir.


En la segunda obra de Tiziano, de título igual a la anterior, la situación se ha vuelto mucho más tensa. Tras un rato prolongado de resistencia por parte de Lucrecia, Sexto está empezando a perder los estribos y recurre a la violencia física, amenazando a la mujer con matarla si no cede a su pasión. La echa sobre la cama a empujones y, desesperado, hace amago de clavar un puñal en el cuerpo de la desgraciada. Ante tal acoso, Lucrecia no puede por menos que abandonar su resistencia y dejarse violar sabiendo que, en su interior, su alma y su pensamiento siguen estando con Colatino, su marido, a quien ama y espera ardorosamente. El rostro asustado de la mujer contrasta con la expresión y la actitud amenazantes del príncipe, que apoya su rodilla sobre la cama, justo entre las piernas de ella- una sutil y recatada metáfora visual de la violación-, para mejor afianzar el golpe. Uno de sus ayudantes, junto al borde izquierdo del caudro, asiste a la escena, ignoramos si temeroso o cómplice.



Trescientos años más tarde, ya en la segunda mitad del siglo XIX, Castro Plasencia pinta un lienzo de gran tamaño -4,28 x 6,90 metros- con un asunto gráfico inspirado en esta misma historia. Tiene el extenso título de Origen de la República Romana, año 598 antes de la era cristiana. El artista -en una época en que los salones de arte al uso volvían su mirada hacia los grandes temas ejemplarizantes de la Antigüedad griega y romana-, en ningún momento se plantea hacer una obra intimista, sino un gran cuadro-espectáculo, muy acorde con la corriente historicista y grandilocuente tan en boga en su tiempo. Después de la muerte de Lucrecia, sus familiares llevaron el cuerpo a la Ciudad Eterna y allí fue expuesto a la pública veneración. Este es el momento elegido por Plasencia para situar la escena. En la escalinata de un edificio público, el padre, el marido y los otros dos parientes, acompañados por dos mujeres que hacen de plañideras, llaman la atención del pueblo sobre un comportamiento tan digno y destacan este gran ejemplo de fidelidad conyugal. Publio Junio levanta con su izquierda el puñal de Lucrecia y clama venganza contra los Tarquinios y, de rebote, contra todo tipo de régimen de tipo dinástico.

El pueblo responde enfervorizado, bramando contra unos gobernantes injustos y reivindicando otra forma de gobierno. Todos levantan la mano derecha en señal de adhesión a una causa común. El hecho ocurre ante una escultura de la loba capitolina que amamanta a Rómulo y Remo, símbolo de la Roma más justa e igualitaria. Bajo la escultura luce el rótulo S.P.Q.R. (Senatus Populus Que Romanus, El Senado y el Pueblo Romano), distintivo y lema del que, años más tarde, sería el mayor imperio del mundo.

A pesar de los innegables valores plásticos y artísticos, basados sobre todo en un dibujo meticuloso que, en ocasiones, queda demasiado evidente y algo manido, este gran lienzo tiene mucho de declamatorio y teatral. En la escena, además de los gestos algo forzados de la gente y de sus piernas abiertas tan firmemente asentadas en el suelo -una actitud repetida en exceso-, el esquema compositivo en L deja ver, bajo el cielo, una panorámica de la ciudad, que actúa como un inmenso decorado. Las figuras resulta minúsculas al lado de las gigantescas columnas iniciadas a la izquierda. El imponente edificio del fondo actúa como una barrera para nuestra mirada y nos invita a regresar y a concentrarnos en la escena del primer plano. Sin él nuestra vista naufragaría por las suaves colinas de la campiña romana y nuestra atención perdería la referencia del luctuoso hecho que nos ocupa: una mujer se ha quitado la voluntariamente la vida por negarse a cargar con la vergüenza de haber sido deshonrada en contra de su voluntad. Una víctima más de lo que hoy llamamos violencia de género.

A la derecha, un grupo de mujeres que llevan niños cogidos de la mano aportan al conjunto un toque de humanidad, transmitiéndonos la sensación de que, incluso en los momentos que, por su transcendencia, han sido claves para cambiar el curso de la historia -y éste es sin duda uno de ellos- la vida- la real, la cotidiana, la del trabajo y la rutina- sigue fluyendo por encima de todo y de todos. Un detalle anecdótico, sin duda, pero curioso.


El siguiente cuadro, aun narrando el mismo argumento, es totalmente distinto. Su título es Muerte de Lucrecia, y está firmado en 1871 por Eduardo Rosales, que invirtió en la obra cinco años de intenso trabajo. En ella, el artista huye de la monumentalidad artificiosa del cuadro anterior, evita las connotaciones políticas y se centra con todo su ardor en el drama humano. Para empezar la escena, evitando los espacios abiertos, se desarrolla en la misma alcoba de la protagonista, que acaba de suicidarse. A la izquierda vemos el lecho conyugal que ha sido ultrajado por un huésped cegado por la pasión. Nada de muchedumbres enfervorizadas ni de grandes escalinatas; nada de columnas estriadas de tamaño descomunal. Sólo Lucrecia y los cuatro protagonistas: su padre Lucrecio, su marido Colatino y los dos parientes, Valerio y Bruto. Éste último alza el arma que ha provocado la tragedia y clama venganza contra toda una casta de monarcas degenerados. Junto a la cama, normalmente oculta a los ojos de los visitantes por unas grandes cortinas, Valerio cruza los brazos ante el rostro en señal de dolor y de desesperación. Ambos personajes constituyen la primera parte de la anécdota, la de matiz político e histórico.

Pero, inteligentemente, y para concentrar nuestra atención en lo que más le interesa, la parte humana, Rosales sitúa en el centro mismo de la composición el grupo más directamente afectado por la tragedia: la víctima, Lucrecia, pálida ya y cuyo cuerpo, como un fardo, se apoya sobre la rodilla de su padre que, con una mirada entre asombrada y despavorida, escruta el rostro inerte de su hija; su marido Colatino, la sujeta por el brazo izquierdo, mostrando en la expresión de su perfil que no acaba de dar crédito a lo que está presenciando. Las tres cabezas, hábilmente situadas por el artista, componen estructuralmente los tres vértices de un triángulo (ver detalle) que actúa como un vórtice alrededor del que giran los demás detalles domésticos: la silla, la cama y ese discreto altar en el que reciben culto los lares o dioses protectores de la familia.

Tres niveles percibimos, pues, en esta obra, en lo referente a la expresión de los sentimientos y los tres se ordenan en progresión ascendente: la inexpresividad pálida de Lucrecia, recién capturada por la muerte y cuyo brazo se alarga inerte como la hoja blanquecina de una guadaña; el dolor contenido de su padre y de su marido, que expresan en sus caras, sin aspaviento alguno, la tragedia que les corroe por dentro y, por último, los gestos enfáticos de Publio y Valerio, que dan salida a sus sentimientos mediante actitudes teatrales y melodramáticas. Un camino que va de la inmovilidad al énfasis, pero sin llegar a rozar en ningún momento el paroxismo. El dolor auténtico se contiene; el dolor fingido se manifiesta y, en muchos casos, se exagera de cara a la galería. Las dos figuras de los extremos -Valerio y Publio Junio- alcanzaron gran repercusión histórica y política en su época y provocaron con su actitud beligerante -necesaria sin duda- la caída de la monarquía y el comienzo de la república. Las figuras del centro tuvieron y siguen teniendo repercusión humana; conmovieron a la gente de su tiempo y siguen emocionando a todos aquellos que contemplan el cuadro y llegan por él a conocer la historia de una mujer capaz de valorar su fidelidad y su honor por encima de su propia vida.

Pero no olvidemos que hablamos de arte, no sólo de historia y de belleza, no de política. Antes que nada el lienzo de Eduardo Rosales -genio truncado que murió a los 37 años, después de pasar muchos de ellos vapuleado por una enfermedad crónica- es una lección de pintura, de la mejor puntura que se ha hecho sobre suelo español. La soltura de las pinceladas, la precisión de las veladuras para crear el ambiente de penumbra, las anatomías fiel y naturalmente estructuradas, la sobriedad del color y un dibujo sometido en todo momento al servicio del volumen hacen que esta obra sea irrepetible y una de las cumbres del arte del siglo XIX. Alguien se atrevió a decir que marca una línea divisoria y que nadie podrá ya pintar como antes después de haber visto este lienzo que, por otro lado, tantos quebraderos de cabeza trajo a su autor, amargado por la incomprensión que su obra provocó por parte del público, debido a su modernidad y a lo novedoso de su técnica pictórica.


................................................III

Pasemos a la otra orilla. También Shakespeare -ya lo hemos sugerido con anterioridad- puso el pincel de su palabra al servicio de la historia de esta extraordinaria mujer de la antigüedad romana, escribiendo un extenso poema que, aparte de narrar el argumento -coincidiendo en lo esencial con todo lo contado hasta ahora-, se centra con especial interés en hacer que afloren, usando unos u otros recursos, los sentimientos, las pasiones y las angustias que los protagonistas generan en su interior en cada paso de la historia.

La lectura de una obra pictórica es prácticamente simultánea y un cuadro no precisa hacer un recorrido físico por toda su extensión -por grande que sea-, para ir tomando conciencia de los personajes que lo llenan y de los detalles que lo encuadran en un tiempo, suceso o escenario concreto. En la primera pintura de Tiziano, por ejemplo, vemos a Tarquinio intentando seducir a Lucrecia -el inicio del drama- y, sin embargo, ésta ya tiene en su mano el puñal con el que terminará quitándose la vida -conclusión y cierre del mismo. Y éste es sólo un detalle, insignificante pero claro.

El ojo, normalmente percibe el argumento pictórico como un todo, como una instantánea fotográfica que apresa un instante y lo congela. En una primera visión rápida captamos una idea del conjunto y sólo después, si el tema nos atrae -o la técnica pictórica, según los intereses de cada uno- nos acercamos a recorrer con mayor o menor curiosidad y atención los distintos rincones topográficos, los detalles anecdóticos o las expresiones dramáticas de las figuras que llenan el lienzo. Bien es cierto que, en todos los casos, para una comprensión total se precisa de un conocimiento previo, al menos en grado suficiente, que habrá sido preciso obtener recurriendo a la literatura o a la historia.

En cambio, una narración literaria -poética o en prosa- se estructura como una sucesión en el tiempo, organizada según un orden normalmente cronológico o argumental. Una estrofa sucede a otra, como un río que fluye sin parar y sólo al final de la lectura tenemos una idea completa de la trama y de las vicisitudes y pasiones de los protagonistas. No precisa de un conocimiento anterior, pictórico, fotográfico o cinematográfico en que apoyarse -aunque tampoco lo desdeña- y en este sentido es un medio de expresión más independiente. Y más aún en el caso de la escritura de William Shakespeare, cargada de imágenes y con un léxico ajustado capaz de describir -pintar con palabras- tanto el aspecto exterior de sus personajes como sus más profundos anhelos. Espiguemos el poema intentando captar -aunque sea de forma fragmentaria- la fuerza expresiva de un lenguaje llevado a su máxima depuración formal.

Con verbo acertado, el autor destaca la hermosura de Lucrecia y su no inferior discreción: "Cuando la virtud se alababa, la belleza enrojecía de pudor; la virtud, por despecho, trataba de borrar este oro con un blanco de planta". Con similar acierto dibuja, unas estrofas más adelante, el estado en que se encuentra Sexto Tarquinio, víctima de pasión lujuriosa: "Y ahora el voluptuoso príncipe salta de su lecho, échase bruscamente el manto sobre el brazo y se agita febril entre el deseo y el temor". El mismo violador, después de su denigrante acción, cuenta al lector cómo se siente en su núcleo más profundo: "...Ahora pronuncia contra sí mismo esta sentencia: que se halla por siempre envilecido; que, además, el soberbio templo de su alma está profanado y que, sobre sus tristes ruinas, se congregan legiones de inquietudes para preguntar a esta princesa mancillada en qué estado se encuentra". Sin duda alguna, en el lenguaje de Shakespeare, los sustantivos son las imágenes y las figuras que intervienen en la acción, los verbos nos expresan sus actitudes y su situación formal y los adjetivos son los colores que, utilizados inteligentemente con intención simbólica, cargan la acción de dramatismo. El conjunto de todos los elementos es lo que, de manera resumida, llamamos pintura verbal, de la que nuestro autor -al menos para quien esto escribe- es uno de los máximos exponentes.

El poema sigue narrando las vicisitudes de los protagonistas y los sentimientos que embargan a cada uno de ellos en los diferentes momentos de la acción. La misma noche del crimen es dibujada por el poeta como si se tratase del fondo lejano de un cuadro romántico, salvado el anacronismo: "Ya se deslizan las horas en el centro de la amortecida noche, donde un sueño pesado cierra los ojos mortales. Ninguna confortable estrella presta su luz". El traidor sopesa, aunque con el alma intranquila, los pros y los contras de su decisión: "¿Qué es lo que gano, de alcanzar lo que busco? Un sueño, un soplo, la espuma de un gozo furtivo (...)¿Quién destruirá la viña por un solo dulce racimo?". Cuando la mujer ve entrar en su alcoba al atacante, percibe que comienza: "No recompenses la hospitalidad con el negro pago que te has propuesto; no enturbies la fuente que te da de beber". Monólogo que acaba con una súplica desesperada: "¡Hacia ti, hacia ti tiendo mis manos levantadas, no hacia la lujuria seductora, tu temeraria confidente!(...) Así, haz de tus pensamientos vasallos sumisos de tu poder".

Apenas un instante después de la violación, ambos perciben que nada volverá a ser igual: "...Ella ha perdido una cosa más cara que la vida y él ha ganado lo que quisiera perder ahora(...) La pura castidad ha sido despojada de su tesoro y la lujuria que lo ha robado queda más pobre que antes". Lucrecia sigue llorando su oprobio en numerosas estrofas repletas de imágenes y metáforas que logran llegar a ser, en ocasiones, auténtica pintura escrita. Antes aun de enviar un mensaje a Colatino, su esposo, descarta con decisión -pues ya tiene in mente urdido el desenlace- la más remota posibilidad de quedar embarazada: "Este injerto bastardo no alcanzará nunca desarrollo. El que manchó tu raíz no dirá, alabándose, que eres el tierno padre de su propio fruto". Después garabatea con trazo nervioso unas líneas sobre un papel que mete en un sobre, en cuyo exterior escribe: "Para mi marido, con la mayor urgencia. Ardea". Cuando, por fin, Colatino regresa a su hogar, "halla a su Lucrecia vestida de negro luto; alrededor de sus ojos, marchitos por las lágrimas, se dibujan dos círculos azules, como arcos iris en el firmamento".

Lucrecia hace a su esposo una extensa y sentida descripción de la desgracia que le ha sobrevenido la noche anterior y, cerca del final, tras pronunciar el nombre de quien tan vilmente la ha ultrajado, "da por vaina su seno inocente a un culpable cuchillo, que arrebata su alma a la vaina de su cuerpo, golpe que libra al espíritu de la profunda angustia de la prisión impura en que respiraba". Una vez muerta la heroína y ya identificado el causante de su muerte, "todos juntos se arrodillan; Bruto repite el voto solemne que acaba de proferir y juran todos cumplirlo". Todo lo prometido -concluye Shakespeare- "realizóse con diligencia rápida y los romanos dieron con aclamación su consentimiento a la expatriación perpetua de los Tarquinos". Así concluye el poema.

.................................................IV.

Acabamos de leer en las páginas anteriores un mismo argumento narrado por el arte y por la literatura. Dos lenguajes complementarios que se necesitan. Pintura y palabra como dos armas cargadas de futuro, al decir de Gabriel Celaya. Una dispara con imágenes icónicas y la otra con imágenes verbales. La primera nos transmite la forma exterior de las cosas y las personas y la segunda nos ayuda a captar con una mayor profundidad lo que les bulle por dentro. El arte deleita nuestros ojos, abriendo nuestros horizontes más allá de lo cotidiano y la literatura acaricia nuestros oídos, haciéndonos percibir sonidos inusuales allende la lógica de lo natural.

El mismo Leonardo da Vinci equiparaba ambas disciplinas, a lo largo de varias páginas, en su discusión sobre las diferencias entre la poesía y la pintura: “La pintura es poesía que se ve y no se oye y la poesía es pintura que se oye y no se ve”. Un poco más adelante apoya nuestra tesis de que la pintura es simultánea y la poesía -literatura- sucesiva: “Por lo que toca a los lectores, ocurre con frecuencia que no leen, por falta de tiempo, sino una pequeña parte de sus obras –del poeta-, en tanto que las obras del pintor son comprendidas de inmediato por sus contempladores”. Ambas disciplinas se basan en idénticos caracteres y normas: invención y medida. Y ambos lenguajes son capaces de inducir al hombre al amor y, en ocasiones, al deseo aunque –y aquí aflora la conciencia de pintor por encima de la de poeta- una pintura puede conseguir “que a ella acudan generaciones desde diversas provincias, desde los mares orientales incluso y pedirán socorro a la tal pintura, que no a la escritura”. Una diferencia, sin duda, meramente anecdótica y con un curioso matiz turístico.

Discusiones bizantinas aparte, lo cierto es que ambas disciplinas surgen de un mismo tronco y son ramas del árbol común de la sensibilidad y la belleza. Las dos son aptas para tocar el corazón del hombre y lograr de él una superación y una inmortalidad a la que todos aspiramos. Una dirige sus mensajes al ojo mientras que la otra lo hace esencialmente al oído, pero ambos medios receptivos convergen por fuerza en el cerebro, donde residen las claves de la compresión de cualquier fenómeno y, por último, en el corazón, de donde emanan las respuestas sensibles capaces de entablar un diálogo a nivel de sensibilidad con el mensaje recibido. El verdadero arte, sea pintado o escrito, es siempre para la persona sensible a su lenguaje un fenómeno motivador que nos impulsa a llegar más allá del campo en el que habitualmente nos movemos.

Y, por último, las dos –pintura y literatura- consiguen, cada una por su lado y en ocasiones a la par, que la vida cotidiana resulte más soportable.


Ignacio García García

PD: Para las notas y puntualizaciones del autor, remitimos a los lectores a la revista en papel.



.

Lucrecia, enero de 1750, por Andrea Casali

jueves 17 de septiembre de 2009

Salmo

pienso en Ti como
si no existieras

dias enteros sin palabras interiores
noches oscuras como es debido
certidumbres en cadena
engullidas lentamente desde el borde de un plato

me escribes como si yo no existiera
con los ojos cerrados en la pantalla desnuda
electrón formal en una revelación
frugal

duermo


Iolanda Bob
Traducción de Joaquín Garrigós

miércoles 16 de septiembre de 2009

Poesía capital: Antología reciente de la poesía escrita en Madrid


Poesía capital
Antología del Madrid Contemporáneo

Ediciones Sial (MAdrid)
Antólogo, Pepe Ramos

Poesía capital es una antología que pretende mostrar una instantánea de lo que se está conciendo en el panorama poético de Madrid, en estos instantes. No es una recopilación que pertenezca a un determinada cuerda lírica; en ella está reflejada toda la diversidad estética que se produce en estos días en la capital. Tampoco se trata de otra compilación en la que solo podremos encontrar autores consagrados, ya que este trabajo refleja además las sorpresas que ofrece el foro fuera del papel impreso y nos presenta poetas que han demostrado sobradamente su capacidad de hacer vibrar al público que frecuenta los recitales del círculo madrileño. Eso ha propiciado que algunos inéditos figuren junto a firmas muy reconocibles ofreciendo algo que no es nada común en este tipo de misceláneas.

El número de autores que conforman la nomina de la antología es veintiocho y casi la mitad ha nacido fuera de la Comunidad de Madrid, dato que nos pone sobre la pista del carácter abierto de la selección y del mestizaje formal y cultural que impera en sus páginas. Nombres ya conocidos para los aficionados al género como Jordi Doce, Cecilia Quílez, Óscar Martín Centeno o Ernesto Pérez Zúñiga convoven con otros que comienzan a asentarse dentro del panorama: Ana Delgado Cortés, Miguel Pastrana, Aurora Pintado, Aarón García Peña o Déborah Vukusic,- por citar algunos- todos ellos tan capaces como deseosos de hacernos sentir un vértigo capital en el alma.

El antólogo y encargado de la edición, Pepe Ramos, ha publicado los poemarios Samsara, La copa rota, 5 formas de dar pena y los volúmenes colectivos de relatos Sobras Incompletas y Tres Pájaros. Ha representado a España en los Primeros Encuentros de Poesía Joven de la CEE y aparece en las antologías Poemas para cruzar el desierto, Agua: símbolo y memoria, New spanish poetry, Siete samurais II y Poesía para bacterias. Actualmente prepara La ansiedad del escapista, otro poemario que verá la luz muy pronto.

lunes 14 de septiembre de 2009

A mano, a casa, de regalo

Regala, o bien no lo hagas,
cofres, cajones, cajitas
o mejor mira regala billetes de tren.

Rellena, si te parece bien,
cuadernos, álbunes, carpetas,
o bien ve rellenando horas.

Échales mano, si a mano
están, a maletas pequeñas,
alacenas frágiles y antiguas,
a minucias de piel o de madera.

Regala, tú veras lo que haces,
mapas, puzzles, calendarios
o regala quizá viajes por mar.

Rellena, si tienes la suerte,
postales, pliegos, agendas
o emborrona lienzos y pantallas.

Tráete a casa, si acaso la tienes,
viejos armarios recuperados,
baldas, cómodas, aparadores
y algún escondrijo parlanchín.

Regala, si te va mejor, recipientes
con cuentos, poemas, canciones
o con risas variadas.

Echa mano, tráete a casa, regala
objetos que se puedan llenar
y vaciar una vez y otra vez,

esas cosas que se pueden ordenar
al detalle y después otra vez
sacudirlas, y volver a empezar.


Gerardo Markuleta

viernes 11 de septiembre de 2009

Lugar común

La expresión en este país, suena desde Larra como el paradigma del caos, son palabras que tildan, connotan, de tal modo que, cuando se comienza por esta entradilla, el objeto aparece ya expuesto en la picota, sometido a todos los dicterios del grupo, donde varios sujetos tratan de abordar un tema al que llaman asunto nacional. Sucede entonces que, el diálogo cristaliza en una melodía que limita toda conversación y sólo se oyen arbitrariedades o propuestas maximalistas, paralizantes como cantos de sirena. Todos coinciden en este lugar.

El lugar común posee una gran ventaja, no es necesario idear nuevas combinaciones, apuntar otra idea, y permite ser aceptado por todos los que, a su vez, tampoco desean remover los cimientos de su diccionario particular.

En este país, suele ir acompañado de un tono entre irónico y sarcástico, a menudo despectivo, último de la fila, desastre administrativo, absurdo. Situación que lo hace blanco de tiro en barraca, espectáculo de feria. Recordemos a Machado y sus Meditaciones rurales, en aquella tertulia de Almazán, seguro que no distinta de la también conocida como la Agonía, porque tanto en una como en otra, el ritmo estacional y la falta de agua de los campos, son temas casi exclusivos y, donde se mezclan, junto a alcaceles y habares, los controvertidos temas políticos, entre el tópico y el exabrupto.

Quizá lo más difícil es cambiar de tono, escribimos sobre lo que otros han dicho. Las palabras, aunque pasan, conservan la huella de sus pasos y, a menudo semejan una salmodia aprendida ya en las nanas, avisos con que las madres anuncian los males de este mundo, restos quizá del canto original que nos expulsó del paraíso.

Si Mariano José de Larra se hubiese limitado a contar con gracia las costumbres de los españoles, puede que hubiese sido sólo uno más, pero he aquí que inventa una manera de hacer periodismo: no renunciar a su opinión crítica en un tiempo de silencio. Actitud que lo convierte en pieza única, como si partiese de la última estrofa del poema Al dos de mayo, de su colega y amigo Espronceda: ¡Oh! En el dolor eterno que me inspira,/ el pueblo entorno avergonzado calle,/ y estallando las cuerdas de mi lira,/ roto también mi corazón estalle, pues todo el esfuerzo ha sido en vano, nada ha cambiado. De ahí que, cuando formula este compromiso, aparezca siempre su yo como conciencia vigilante.

En tiempos como éstos los hombres prudentes no debe hablar, ni mucho menos callar. Ese decir no diciendo al que tanto aspiraron nuestros místicos, en Larra se desacraliza y, convertido en potente ariete, derrumba los muros de una inquisición ya no real, pero todavía instalada en el coro que impide oír las voces de fuera, como si el estar encerrado, fuese el estado natural del hombre. De ahí que dé con la calle como lugar de encuentro, para que de nuevo, la plaza, recupere el espíritu democrático de los antiguos griegos.

Fue entonces cuando el escritor bajo a la calle y descubrió que apenas había personas, aunque estuviese atestada de gente, y nadie se asomaba a las ventanas.

¿Qué pasaba en esa calle? Recordaréis que Larra hablaba del cementerio de Madrid. La ciudad le parecía un inmenso cementerio, el lugar donde definitivamente todo permanece fijado, las clases sociales, el dominio de unos sobre otros, los panteones o los edificios sujetos a un determinismo del que no se podía desertar. De tal modo que mirase donde se mirase, no descubría un arranque de cambio, a no ser que fuese a peor. El país, en este país, había emprendido una errática caminata al borde de un abismo y, poco a poco, se veían caer rendidos o precipitados. Sin embargo, pese a todo, sin que nadie adivinase por qué, la vida continuaba, una vida sin esperanza alguna. Los que querían liberarse de ese destino tenían que salir afuera. España se encontraba lejos, muy lejos de ese otro mundo, semejaba un asteroide que vagase indefinidamente por el espacio.

Esta estampa romántica, tan dramática y tan real al mismo tiempo, ya la habíamos visto antes, se parecía a lo pintado por Quevedo, la desolación era la misma:

Entré en mi casa, vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo y menos fuerte,
vencida de la edad sentí mi espada
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte
.

En la historia de España se han sobredimensionado las opiniones políticas, en parte porque han sido causa de exilio o muerte, en parte porque hemos carecido de una burguesía activa, creativa, capaz de operar sin el proteccionismo de los distintos gobiernos, eso nos ha acostumbrado a que las soluciones han de venir de arriba, espacio casi teológico.

Pero era el hombre lo que Larra buscaba, era otro hombre nuevo que aún tardaría en llegar muchos años y después, a veces, cuando ha estado presente, ha sido objeto de una irónica sonrisa por parte de los mandarines de turno. Ese hombre ya estaba en el inventario de Cartas Marruecas:

Entre ser hombre de bien y no ser hombre de bien, no hay medio.

Quizá fuera el romanticismo junto a una formación clásica lo que le llevó a la equivalencia entre escrito y verdad, porque, pese a la censura, nunca dejó de decir lo que no se debía decir, porque al denunciar el silencio impuesto, enunciaba. Tomó la escritura como si de su ser mismo se tratara, lo que puede que le impidiese seguir viviendo, cuestión ésta que, probablemente, nunca será resuelta.



José Luis Martínez Valero

jueves 10 de septiembre de 2009

Y el mar

El mar, La mar
El mar. ¡Sólo la mar!
Rafael Alberti

Y supimos
amarnos y desamarnos
en los instantes huecos del verano.
Allí,
donde el metálico mar nos ofrecía
la última realidad de su presencia,
el inquieto tejido
de su piel de oleaje.


Ángela Ramos

miércoles 9 de septiembre de 2009

La muerte se encuentra siempre al norte

En 1969 ó 1970 observaba de pie la carretera
desde dentro del Autobús Autobianchi Primula 65C azul marino,
matrícula TF-48840, que mi padre conducía
por la Autopista del Norte.
Por la conversación intuyo que algún familiar lejano,
que había vivido más de noventa años,
acababa de morir y que íbamos a su duelo.
Realicé mentalmente una operación
y me di cuenta de que me quedaba casi toda una vida
antes del fin; de que no había nada de qué preocuparse.
Hoy tengo 43 años y ya no puedo otear la carretera
desde dentro de aquel coche.


Coriolano González Montañez

martes 8 de septiembre de 2009

Me vuelves...

Me vuelves a la edad de las cornisas,
a esa primera vez desbarandada.
Por ti el niño se suelta de la mano,
se alonga aún
para salvar mis ojos.



Ricardo Hernández Bravo

lunes 7 de septiembre de 2009

Un poema de Ginés Jiménez Sánchez

En 1986, con motivo de la publicación de la obra titulada Voces penúltimas, aparecida en la Editora Regional de Murcia, que por entonces dirigía Eduardo Carrasco, se me encargó realizar una breve presentación de Ginés Jiménez, uno de los escritores que participaban en la antología. Tengo el libro frente a mí, con una original portada de Juanevangelista, y compruebo los nombres de los otros escritores que formaron parte de tamaña empresa: Aurelio Guirao, Aurelio Serrano, Pedro A. Martínez Robles, Antonio Marín Albalate, Carmelo Vera, Jesús E. Fernández Marín, Dionisio Espejo y Juan Guardiola, amén del ya citado Ginés Jiménez, compañero de estudios en la Universidad de Murcia. Entre los prologuistas, Fuensanta Muñoz-Clares, Juana J. Marín Saura, el desaparecido Asensio Sáez, Javier Díez de Revenga, y un servidor.

Buena parte de lo que allí apunté aún sigue vigente. Aseguraba que Ginés Jiménez es uno de los poetas que más me ha sorprendido, de entre los vivos y muertos, clásicos y actuales. Tenía, y aún tiene, un don especial para la literatura, como si ya la llevara impresa en el corazón antes de expresarla por escrito. Lector de primera hora de autores, no tan celebrados por entonces, como José Antonio Goytisolo o José Manuel Caballero Bonald, que una profesora de la Universidad de Murcia, discípula de Víctor Polo- de tal palo, tal astilla-, sin duda alguna ignorante de la exsitencia del escritor jerezano, pronunciaba "Monard". ¿Recuerdas, Ginés?

Seguidor de Miguel Hernández, Nerura y, sobre todo, de Juan Ramón Jiménez, del que se sabía poemas completos de memoria y por el que sentía auténtica devoción sin que ninguno de sus amigos, a años luz de su curiosidad innata y su vasta cultura, nos explicáramos la razón. Ginés escribía por entonces, a principios de los ochenta, un libro que iba a titularse Los años y el corazón, que no sé con certeza si llegó a acabar del todo. Se granjeó la amistad, que aún sigue viva y es vigorosa, de Eloy Sánchez Rosillo. Y ganó algunos premios literarios de cierta importancia, al tiempo que vio publicada su obra Los sonetos del sordo, que apenas tuvo repercusión porque el editor no le dio la difusión que se merecía.

Ginés Jiménez sigue viviendo en Bullas, su lugar de nacimiento. Apenas escribe. Apenas lee. Apenas sale a la calle. Casi nadie sabe de su existencia. Sólo unos pocos como yo, que recibo de vez en cuando una carta suya. Tiene cincuenta años y una enfermedad que no le permite soñar con un futuro medianamente esperanzador.

El poema que ahora sale a la luz fue escrito hace más de veinte años, cuando Ginés era lector de español en una ciudad de Italia. Es, según él mismo me dice en su carta de 10 de noviembre de 2008, "una aproximación al poema IX de los Versos sencillos de José Martí, que cuenta la historia que el poeta cubano mantuvo con María Granados, la niña de Guatemala: "Quiero, a la sombra de un ala,/ contar este cuento en flor:/ la niña de Guatemala,/ la que murió por amor".

José Belmonte Serrano


La niña de Guatemala, obispos, embajadores, yo y uno que fue al entierro


Si no ocurrió en París, bien poco importa.
Aunque pudo ocurrir, allí o en Lima.
Pero las cosas tristes siempre ocurren
donde mascan los pobres su fatiga.
Fue una tarde, por Dios, lluviosa tarde
en el que el otoño bajaba a las campiñas.
Sobre las anchas llanuras de mi tierra
no caen sino la lluvia y la desdicha.
El campo estaba mustio en su noviembre,
como mi corazón, medio hecho trizas.
Menos mal que el alma se consuela
pensando que son cosas de la vida.
Me extraña, sin embargo, que sea injusta
de esa manera tan cruel e inmerecida:
a unos tanta pena en el camino
y a otros tanta risa y alegría.
¿Qué consuelo queda en nuestro pecho
si al perder la ilusión nace esa herida
que no la curan versos ni esperanzas,
sino que se va rompiendo igual que un cisma?
Porque tú, María Granados, dejaste abierto
mi corazón como un pozo de avaricia.
Detrás de tu disfraz iba la muerte
andando tras los pasos de un suicida.
De amores y quimeras está llena
la casa del dolor, y andan dormidas
por la alcobas tristes de mis sueños
las dulces soledades de otras niñas.
De penas se alimentan los poetas
y así suena de pronto aquella lira
que rasga mi corazón cuando en la noche
se apaciguan mis afanes y doctrinas.
Recuerdo bien la sala y los jardines
donde yo te conocí. Tú eras la misma
criatura de mis años juveniles,
cuando empecé a sufrir por esta isla.
Dos patrias tuve yo: Cuba y la noche.
Ahora diría que tres. Y tú, María.
Porque en tus ojos limpios vi el misterio
que me enseñó a luchar contra la insidia.
Si te hubiera conocido en ese tiempo,
tal vez tu hermoso nombre existiría,
no en la lóbrega historia de los libros,
sino en la del corazón, clara y sencilla.
Porque yo también, María, amé tu frente
con la pasión más pura y más legítima.
Desde la misma tarde en que te vio
mi pecho respiró una herida antigua.
Veinte años tenías, yo veinticuatro.
Tú llevabas el sol y a mí querían
las sombras rodearme para siempre,
buscando loco rey que las presida.
Sola en tu caja tú, con tu silencio
y mi pesar como única compañía.
Las gentes mientras tanto deseando
besar de los prelados las sortijas.
Qué triste carnaval el de este mundo:
la verdad, la honradez ¿no son mentira
o tan solo palabras que el tirano
para calmar al siervo untó en saliva?
Besando anillos, cruces y otros fierros
los pobres se confortan. Arduo enigma
de resolver, cuando está visto
que a ellos nunca hay dios que los bendiga.
Sólo los niños acaso entienden algo
de esta mísera farsa, y en la misa
prefieren tocar, más que otra cosa,
de los purpúreos padres la ancha mitra.
Rezos, honores. Qué loca mascarada
la del humano vivo. Se maravilla
ante la muerte ajena. Párecía el nuncio
que te iba a preservar de ser ceniza.
De qué servían allí órdenes, méritos,
ni las bandas doradas, ni las cintas
cruzadas sobre el pecho. Frías medallas
con que la fatuidad decoró la vida estúpida.
Ni el ilustre embajador de Petersburgo,
ni el señorial ministro de Florida,
tuvieron más misión ante tu cuerpo
que hincarse temblorosos de rodillas.
Se quitaron las mitras los obispos,
los cónsules quedáronse en camisa,
y portaron tu féretro a los hombros
con cuatro generales que gemían.
Lloré tu muerte azul, tu adiós callado,
mi soledad sin fin, tu alma dormida.
Desde aquel mismo instante sólo fui
el cónsul general de tu agonía.
Me despedí de ti con un suspiro,
con un llanto mortal. A cuántas niñas
la pena de mis ojos fue regando
hasta florecer un rosal en sus pupilas.
Porque se fue una diosa inmaculada,
una princesa dulce y sensitiva,
que nunca quiso ofrenda más que el sol,
sólo del corazón la fruta rica.
Colgarte al cuello esclavos mis amores
quisiera, y un rumor de golondrinas,
de esas que no vuelven a los sitios
donde sintió el corazón tanta desdicha.
No me olvides aún. Toma esta rosa
de abril. La pena es alegría
cuando con orgullo el hombre bebe
el cáliz de su muerte y la hace digna.
Qué importa caer joven. Mira el árbol
hermoso del futuro: nació de una semilla
de sangre apasionada, que fue entrega
del hombre que tú soñaste un día.
Yo guardaré pena siempre en mi memoria
la eterna claridad de tu sonrisa.
Y el beso agradecido que mi boca
no supo ayer dejar en tus mejillas.
Si el tiempo nos robó el amor, los sueños,
nos dio a cambio la estrella que ilumina.
De aquel río sólo queda el agua amarga
y tu nombre y mi alma por las viñas.


Ginés Jiménez Sánchez

viernes 4 de septiembre de 2009

Un lenguaje diferente

De qué clase de invasores somos
sino de una que sólo toma al enemigo
las cometas de siluetas de dragón
abandonadas en la arena.


Pedro Flores

jueves 3 de septiembre de 2009

Franjas

el mundo elegante de las aleaciones
reproduce memorias colectivas
muertos y vivos a la vez señales psíquicas inolvidables
miles de tránsitos
embriones estacionarios
pañuelitos orgásmicos en un andén desierto.



Iolanda Bob
Traducido por Joaquín Garrigós

miércoles 2 de septiembre de 2009

El punto


Porque todo lo que es, surgió de un punto...
Porque todo lo que no es, lo es en el punto.



Mar y piedra abrazando las armonías del aire
-cálido y cambiante-
que aún callan sus colores incendiados
en los límites resquebrajados de las aguas
repudiando olores amargos de lunas ocultas de sí mismas
infinitos vaciados en las ignorancias saturadas de olvidos
-ausencia de nostalgia-.


Mar y piedra... fuego y aire
fundidos en la transparencia del espacio
en los límites del tiempo
en el verso lamido por la lava de Vulcano
fraguas abrasadas en las honduras del principio
infiernos sacudidos por las aguas desplomadas
sobre los cielos abiertos
cielos lentos
cielos tiernos
cielos cálidos
sobre el amor asomado al abismo de la existencia


Mar y piedra
surgidos de los densos núcleos de los vientos
resucitados ante los ojos –sabios- de Zakynthos
para rescatar el azul de los años succionados en el no ser
atizado el verbo en el espíritu del yunque
que forjó la mar y moldeó la piedra

Zakynthos y Vulcano juntaron las grietas del vacío
apagando y extinguiendo los silencios absolutos de la luz
para arrancar un matiz

Recuerdos besados por las cenizas de los barros
aglutinantes del color...
materia de la transparencia

Color encendido en la sangre lavada de Zakynthos
-memoria viva depositada en los centros del tiempo
por los ritmos del martillo-

Color sumergido en el alma del polvo
Mar y piedra... fuego y aire
sedientos de Vulcano... para converger en el golpe
en el yunque
en la configuración del Punto
en el poema comenzado en la soledad profunda del blanco
en la vibración permanente de la nada
-esencia de la síntesis-
Mar y piedra... fuego y aire
y el verbo asomado
al recuerdo preservado en la primavera húmeda de la Vida
Luego... el Color envolvió la Palabra

Blas Estal Hernández
Puerto de Sagunto, agosto 97

martes 1 de septiembre de 2009

Caravaggio, la flagelación


Hay tantas cosas que podían haber sido dichas.

Con tu talento, podrías haber imaginado cualquier escena, paisajes amplios con ríos rumorosos de cuyas aguas el hombre surgiera renovado, destinado a abrazar la tierra toda, los troncos de árboles imponentes, a beber la savia viscosa en cuya linfa transporta la eternidad. Con tu maestría, don inigualable con el que una cabeza tuya respira más hondo que cualquiera de los seres que pasan por la calle, con tu destreza infalible, habrías convocado a todos los dioses de la mitología y quién sabe, quizá hasta hubieras hecho sombra al divino Tiziano, a su bellas diosas de enjundiosos colores. Eres aún tan joven, para este oficio cuyos frutos más granados asoman sólo en la vejez, cuando una larga experiencia de las pasiones ha consumido los impulsos, hasta dejar sólo aliento para lo esencial. Podrías hacer aún cuanto quisieras. Con tu atrevimiento, con tu arte audaz que a todos impresiona, bastaría que lo quisieras.

Y, sin embargo, me has elegido a mí.

Has borrado todo el mundo a mi alrededor. Un mundo de colinas, de cielos azules al mediodía. Y nubes deliciosas que consuelan tras la dura fatiga o anuncian la lluvia que discurrirá por el río serpenteante. Me has privado de los rebaños dóciles, del tintineo de las esquilas, del grupo de labriegos, allá a lo lejos en los campos, afanados en las mieses. Me has robado esta compañía que mitigaba mi dolor.

De todo ese mundo que me antecedió, sólo has dejado una gran columna. Un enorme fuste que se yergue desnudo y sujeta el vacío de inmensas construcciones.

¿Por qué me has encerrado en este sótano lóbrego?

Y ahora, ¿cómo me dirigiré a Betania, quién bajo el emparrado verterá sobre mi cabeza el nardo perfumado y me señalará con ungüentos? Y, cuando con sello de plomo, se cumpla el recitado de los profetas y me vea aparecer aquel que en el agua purifica, ¿cómo proseguiré mi camino? Ni siquiera la púrpura me has dejado. Como vestigio, yace en el suelo sobre las losas frías. Un manto solo, una prenda de abrigo que se juegan a los dados.

Apareces entre las tinieblas, brotas de la oscuridad y tu cuerpo llena el vacío de inquietud.

Tu cuerpo, rotundo, de hombre fuerte, me acompaña en el deseo y me despierta, febril, en mitad de la noche. Así te he hecho. He hecho en ti un retrato de lo que amo. De cuanto anhelo en el calor de las siestas de agosto y eres también el respaldo sobre el que se apoya mi nostalgia. Pero nada de todo esto importa si se abre la distancia, si te encaminas al castigo. En tu rostro donde perlea el azafrán de las espinas leo la aceptación. Los seres que quedaron a medio, aquellos que imperfectos yacen postrados y quienes nada saben de ti o te han odiado sin motivo. Por todos ellos se levanta el látigo o el espino. Hay momentos en que yo también me siento uno de ellos. Y, entonces, creo entender la determinación de tu rostro abatido. Todo para ellos. Para que una mano recoja la pequeña rosa cortada. Para que los labios violetas que libaron el néctar fenecido conozcan ahora el bálsamo de tu mirada. Para que nombres a cada uno de los ignorados. Para ellos. Tu carne turbadora, para ellos.

Al mendigo que has recogido para tu retrato te liga una cadena que no se ve, unas ligaduras atan al rufián que pinta a un hombre que era dios.

Una columna delante de otra columna. Así te veía en mi imaginación. Saliendo de la oscuridad que todo lo niega, donde ni el más humilde gorrión podría echar a volar. Tu cuerpo se adivina aún macilento, aún conmovido por los estragos del nacimiento y la coronación. Delante de la inerte masa de piedra, sin embargo, no deberías tener ya la compostura de un rey al que todos rodean y atienden en su majestad. Tenías que entrar de lleno en el mundo. Un sayón te propina una patada en la pierna y desaparece el equilibrio que te mantiene recluido en tu serenidad, aura de lo divino. Para que tu aceptación, enturbiada, olvide el origen y el centro de tu propia persona.

Con gritos, le zarandean. Entre sornas, le han pegado en la cabeza con una vara, le dan una patada. En la cabeza y en la frente le han clavado espinas.

Castigos previos a la tortura, que van quebrando la voluntad y la entereza. Los tres verdugos, que gesticulan y giran en torno, le asedian físicamente y acorralan su espíritu, para que entre castigo y castigo, entre dolor y dolor, no quede un instante de reposo, un lugar donde el alma se pueda recoger y sustraer a la persistencia del dolor.

Quieren los esbirros llevarte a un estado de sordera, de ceguera, de embotamiento, donde el espíritu se pierda. Abrumado por el flagelo permanente, alelado el espíritu.

A este estado de embrutecimiento te he querido llevar, también yo.

No era que me ensañe contigo, hombre quebrado ante la columna. Te pinto así porque así sufren los hombres. La furia y el rencor de los sayones los reconozco todos los días en los garitos de Nápoles donde voy a beber y jugar. Y las peleas que de continuo se traban por una trampa o el honor ofendido -¡tanto amor propio a flor de piel!-, hacen correr esa misma sangre tuya.

Leo en tu rostro la aflicción contenida. Un gesto cansado por el dolor ha tensado tus facciones, dejando un rictus que atestigua de tu aceptación. Serena, tu alma, sufre en su abandono. Ni un grito, ni un gemido has exhalado. Frente a la sorda presencia de tu cuerpo, tan carnalmente iluminado, el retraimiento quedo de tus facciones. Un muro de nobleza y silencio opones a la ira en los rostros desencajados, a la determinación ciega en los músculos que te han de mortificar.

De todo me has desposeído. Era mi voluntad, bien lo sé. Nada has añadido a cuanto estaba escrito. Pero has ido más allá. Has querido que conociera, en el óleo de tus pinceles, la flor abyecta que germina en la ofuscación, el deseo tenaz con su sabor ácido que envenena el espíritu.

Pero, olvidado el rostro del amor, ¿en qué aire podré respirar?

Miro la cara del Cristo y unas lágrimas no expresadas se insinúan en su mente; dentro de él, en un lugar que no se deja ver, se forma el caudal de un llanto. Por lo que aparece y luego sucumbe, por la belleza siempre pasajera, por la inocencia y la alegría sin tiempo. También la mirada que no sabe detenerse en lo que mira y aquellos que pasan de largo y se sumen innominados en la oscuridad.

Llanto de una víctima por todas las víctimas. Arden inmoladas en reconocimiento de un dios, porque es sagrado lo que procede un dios y, también, la carne que asciende consumida en el fuego.


Bartolomé Fuentes
Mayo, 2008