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martes 30 de junio de 2009

II epigrama. La colaboración

Estoy ya tan atrapado
por mil trabajos de gusto;

me tratáis con tal rigor
en vuestro enredo diario;

me guardías tan en secreto
en esa publicación;

tal es la literatura
en vuestro centón escasa;

es tan muda, tan lejana,
nuestra urbe llana y fría,

de vuestras altas montañas,
que mira, he decidido:

este año, Pepe mío
- y no lo tomes a mal-,

el relato de verano
se lo podríais pedir

al cronista de deportes
o al analista político.

Gerardo Markuleta

lunes 29 de junio de 2009

José Ballester: Escritos inéditos y autobiográficos

José Ballester
Escritos inéditos y autobiográficos
Comentarios y notas de José López Rico.



José López Rico ha estado unido a la persona de José Ballester y, tras su muerte, hace ahora treinta años, ha dedicado muchas horas a tratar de entenderlo. Una vida es un enigma que nunca resolvemos del todo.

No ha sido fácil esta tarea, en parte por la dificultad que supone la pérdida de documentos. Sólo aporta algunos textos estrictamente familiares, y por tanto inéditos, más su investigación en diferentes archivos a los que ha tenido acceso. Sin embargo, como el pescador atento, ha ido reuniendo las piezas que conforman el mosaico de la vida de José Ballester, y ha sabido ensamblar lo público y lo privado.

¿Qué hay de interés en su vida? Se trata de un hombre que ha asistido a casi todos los acontecimientos del siglo XX y lo ha hecho desde Murcia, ciudad e historia, que conoce muy bien, pues de algún modo ha sido su portavoz, ya que muchos de nuestros visitantes han dispuesto de sus guías, o lo que es lo mismo, han visto a través de su mirada; la primera aparece en 1930, editada por Espasa-Calpe.

José Ballester, ha sido escritor, periodista y Director del diario La Verdad, durante muchos años. Por oficio se ha convertido en invisible, semejante al cristal está ahí para que podamos ver a través de su testimonio. López Rico se ha colocado a la espalda del fotógrafo, y de este modo da cuenta de detalles, que no suelen figurar en los libros, pero señalan al hombre que fue.
Y, en efecto, lo primero que encontramos es a un hombre bueno, Hitler de bondad, le llamaba el pintor José María Párraga, y lo era para los suyos y para los que le rodearon. Dotado de gran amor a su ciudad, que nadie confunda con un trato localista o aldeano, en los pertenecientes a la generación del 27, eso sería un imposible, amigo de Juan Guerrero Ruiz y por tanto de Juan Ramón Jiménez, de Jorge Guillén, Raimundo de los Reyes, Antonio Oliver, Carmen Conde, Garay, Planes, Flores, Gaya y todos los que constituyeron la cultura de los años veinte y treinta, colabora en el Suplemento de la Verdad, Verso y Prosa y Sudeste, nuestras revistas míticas, labor cultural que nunca cesa, con su prosa poética, sus atinados juicios y su rigor ensayístico. Fue siempre un excelente lector de nuestra escasa vida cultural. Su mejor novela, Otoño en la ciudad, conjuga sensibilidad y cultura, aparecida en 1936, se define aquí como el hilo roto. José Ballester, no quiso molestar y cuando llega el momento de abandonar la actividad periodística, su razón de vida, se inclina, pero no se vence, poco a poco va cediendo hasta que desaparece. Hay un momento mágico en el libro que es el relato del encuentro en el sueño entre José Ballester y su yerno José López Rico.

Asomarnos a la intimidad de la cocina y sus habitantes, el espacio de la casa de su niñez, los primeros estudios, el primer escrito, sus oposiciones al cuerpo de correos, las triquiñuelas de que se vale para sortear las pequeñas torturas que el régimen médico le impone, visitar el arcón del pasado, no son un ejercicio de voyeur, por el contrario, recorremos esa intimidad que no suele aparecer en las biografías.

Aparte de documentos gráficos, fotos, autógrafos, dibujos y textos, unos inéditos, otros difíciles de encontrar, el libro incluye una relación cronológica de la obra de José Ballester, también una nota biográfica de aquellos con los que ha mantenido correspondencia.

Dedicado a sus familiares, López Rico, ha hecho un libro imprescindible para quienes hubiésemos querido compartir algunos ratos con D. José Ballester.


José Luis Martínez Valero

sábado 27 de junio de 2009

Una pequeña flor tardía

A Blas Estal


Al compañero Blas hoy me refiero,
que en sus pinturas vive y eterniza,
y la cruda existencia diviniza,
en sus poemas de corte tan sincero.

Blas, que como el otro Blas, el de Otero,
lidiaste con tus versos una liza,
intentando reducir a ceniza,
lo malo que encontraste en tu sendero.

Gran artista y poeta en mi memoria,
querido compañero en mi recuerdo
y fiel componente ahora de mi historia.

Hoy se me permitió que te ofreciera
esta pequeña flor, mustia y tardía,
con mi afecto y admiración sincera.

Carmen Martínez Falla

viernes 26 de junio de 2009

Vía cansada

Entre el pecho y la bala que lo busca
.........hay la misma distancia
que existe entre los dedos y el gatillo
.................La muerte no se mide por pulgadas.


En la tarde, la niebla
................tiene forma de adiós.
Ella está sola al lado de la vía.
Mira el tren que se aleja
.........cada vez más pequeño, cada vez más lejano
...............igual que una canción envejecida.
Puede extender la mano contra el sol del oeste.
En ese instante, el tren
...........le cabe entre dos dedos.
.........Entonces piensa: este es el tamaño
.....................exacto de la vida.


Sin embargo, ya sabe
que las cosas que el tren arrastra lejos
no cabrán nunca más
entre su pecho y el último segundo,
..................en que su corazón siga latiendo.
La vida es un asunto
que no puede medirse por pulgadas.


Es una tarde pálida. Ella sigue mirando,
inmóvil como el tiempo de los ejecutados.
Trata de calcular la lejanía
que existe entre ella misma
......................y sus mejores sueños.
La ilusión es un río
que no puede medirse con las manos.


En medio del andén, detenida en el tiempo,
una mujer aprende a marcharse
es una forma nueva de seguir estando
....................siempre en alguna parte.


Raquel Lanseros

jueves 25 de junio de 2009

Verano

Sólo tú me acompañas sol amigo.
Juan Ramón Jiménez



Las tardes del verano
son pedazos de soledad
que juegan a píola con mis sueños.




Ángela Ramos Díaz

miércoles 24 de junio de 2009

Del triunfo

Lejano y misterioso queda todo lo que el tiempo salvó de la caída. Nadie tiene otra luz, cuando la noche enhebra su aguja de cristal con la que reparar el traje usado. Brilla la desnudez, como un regalo que nadie se congratula de haber arrepentido en sus infancias, y todo se deshace entre las manos que un día fueron bailando las monedas, en el bolsillo amplio de las fiestas.

Negar lo sucedido, es negarle a la vida la razón de su farsa. Negarle, la certeza del día que nunca olvidaremos, ni la de aquél que vuelve en las noches cansadas a desdecir los sueños; agrios, como la música que habremos de escuchar cuando el límite sea. Negar lo sucedido, es arrancar el hito que un día construimos en el camino estrecho, pensando que, la suerte, te puede dar la espalda y no reconocer el regreso a tu predio.

Así, cuando la hora se estrecha en los relojes, y no nos deja ver la tarde que nos queda, es, la luz del plenilunio, la que de luz nos baña y nos invita a andar, para arrancar de nuevo; dejando el equipaje que un día nos mintió, al lado del sendero y, ligeros de todo lo superfluo, reanudar la conquista silenciosa y altiva, como la vez primera.

Lejano y misterioso queda todo, y en el amplio vacío de las constelaciones, una luz atraviesa la parte más sensible de nuestro corazón.

Antonio García de Dionisio

martes 23 de junio de 2009

El camino de los mitos


Varios autores
El camino del mito, II
Ediciones Evohé, Madrid, 2009

Ediciones Evohé ha tenido el acierto de reunir en un volumen un compendio de textos, de narrativa y poesía, publicados en la web La revelación.com . Se trata de relatos y poemas de autores actuales fascinados por el mundo del mito y su supervivencia en el imaginario de hoy. La editorial nos da, con este libro, una segunda entrega de esa especie de colección o enciclopedia de mitología creativa contemporánea que inició hace cuatro años.

En el priliminar del libro -Prómito- se nos da una explicación de la apuesta editorial por el mito. "Si bien la mitología clásica es la base en la uqe nos centramos, no deja de ser cierto que estos textos se alejan del clasicismo en la medida en que la sociedad se ha ido alejando de ellos", nos dice presentando la colección de relatos, entre los que destacamos los titulados La soledad lúcida del despertar, de Luza Roma; El mesenio, de Luis Villalón; Un lugar en el cielo, de José Ignacio Becerril; y La muerte de Alejandro, de Carlos Alberto Fernández.

El libro se completa con poemas del argentino José Luis Najenson, de Lisardo Álvarez y de Fulgencio Martínez, además de las excelentes ilustraciones de la dibujante Sandra Delgado.

El resultado es un bello volumen, en el que también han colaborado David Villar, Carlos Manuel Alba, Daniel Turbau y Abelardo Leal, y que aporta, además de las cualidades de cada escritura, las visiones en diálogo de un grupo de escritores, de América y de Europa, con un idioma común: el mito.

lunes 22 de junio de 2009

El surco que tu arado iba marcando...

El surco que tu arado iba marcando
ha quedado cortado en la besaba,
como queda la voz de la campana
que al faltarle el vigor va silenciando.

Tus pinceles dormitan sesteando
al impulso cruel de la desgana,
y al faltarles la luz de tu ventana,
tus musas, con dolor están llorando.

También hemos llorado tus amigos,
compañeros y hermanos de Ateneo,
luchando por llegar a nuestras metas.

Por eso deseamos ser testigos,
de ver tus musas ir a ese himeneo
con músicos, pintores y poetas.




José Clemente López

viernes 19 de junio de 2009

Presentación del libro de relatos "Veinte maneras de bajar al sótano"

El libro está escrito por el escritor alicantino Roque Pérez Prados, y será presentado por Francisco Javier Illán Vivas, en la FNAC a partir de las 19 horas del mañana 20 de junio, acto al que estáis todos invitados.



Una breve sipnosis del libro:

Los fantasmas de la conciencia te aguardan ahí abajo porque existe un mundo de oscuridad y temor al fondo de la escalera. Roque Pérez Prados nos invita a cruzar la puerta de nuestro propio sótano y descender hacia los miedos que permanecen en la penumbra. Allí nos ahogaremos en lugares claustrofóbicos, y seremos presa de vampiros despiadados, edificios malditos nos arrastrarán a la locura, nadaremos en aguas negras infestadas de tiburones, psicópatas ermitaños nos retendrán en sus cubículos…Porque son veinte las maneras de bajar al sótano de tus propias obsesiones.

jueves 18 de junio de 2009

Sucedáneos...

Sucedáneos entretienen la hambruna,
el cascarón de una vida a destajo;
huérfano salivar ante el dulzor
usurpado en la inercia, desvalido
resarcir de la merma al corazón,
sacar lustre a la sed y en horas bajas
jugar a hacernos sangre
con el agua aplazada.



Ricardo Hernández Bravo

miércoles 17 de junio de 2009

La dictadura del silencio

En el desierto de Gobi
bajaba muerta.
La dictadura del silencio
interrogaba mi pluma.
En la íntima calma
las rocas han dado a luz
contra una diosa-
se me fue la vida


Daniel Lacatus

martes 16 de junio de 2009

lunes 15 de junio de 2009

Elegía para un sombrerero

tu excavabas un túnel en la nieve
en alguna parte se oía con claridad el latido de un corazón minúsculo
te enganchaste a un trineo
y yo desde el útero materno me deslicé
al útero recién excavado
la nieve conmigo en el vientre como un pingüino ensangrentado
durante veinticuatro años me envolviste en un halo invisible
durante veinticuatro años viví entre vendas
pero la herida no existía
floreció pérfida y aniquiladora
............................sin posibilidad de escape
mucho más tarde, cuando aquel halo delgado
se volvió hacia ti,
lienzo blanco de casa tendido sobre tu sonrisa

cuando el grifo de garras de hierro me robaba las noches
te sorprendía el amanecer clavado en una silla
con mi mano-mariposa blanca en tu mano-hoja amarillenta
de nervios rojizos como farolas

el grifo se transformaba en un ave de hermosísimos colores,
el ave del paraíso, tal como me la mostraste en un libro
y tu mano me resultaba tan caliente y buena que yo me decía
que junto a mí dormía el ángel de la guarda

fuiste un sombrerero diestro, te cuidaste
de que mi sombrero rojo fuera ardiente,
de que ni una mota de polvo manchase el blanco,
de que el verde conservase intacta la clorofila
se te henchía el corazón cuando veías la pureza de esos colores
y como todo el tiempo pensabas que la temperatura
no me sentaba bien me envolviste en aquel halo delgado
que era tu poderío

ojalá te hubiese escuchado
cuando gigantesca tela de araña clavada entre tubos de oxígeno
gritabas: ahora voy a volar,
ojalá te hubiese abierto de par en par la ventana
y tú de verdad hubieses echado a volar
hasta convertirte en un dedo luminoso en una mano de cielo
la herida entonces floreció, pérfida y aniquiladora
.............................sin posibilidad de escape
aquel halo delgado, túnel escavado por ti en la nieve,
ave del paraíso, marsupio masculino,
se desprendió de mí como si no hubiese existido
y se volvió hacia ti,
lienzo blanco de casa tendido sobre tu sonrisa


Denisa Comănescu
Traducción de Joaquín Garrigós

sábado 13 de junio de 2009

Palabras

con mucha destreza
ella dibujaba en tu rostro
jinetes armados arcos lanzas victoria
adornaba un templo con tu sonrisa
cantaba
centauros danzaban
llovía desde el mar

alguien te amaba


Iolanda Bob
Traducción de Joaquín Garrigós

viernes 12 de junio de 2009

Una mirada ante el reflejo

Miro al mar en su extensión,
releo las rutas, escucho ecos
de marineros que zarpan ansiosos,
obligados viajeros y deseosos aventureros.
En la distancia de los años, sus voces
se convierten en fiel recuerdo de orillas
que las cómplices aguas atesoran.

Te vuelvo a mirar sin discreción
a través del intenso haz de luz
que del cielo en ronda se proyecta.
La vastedad de tu paisaje marítimo
ilumina la soledad diurna del universo.
¡Nunca brilló tanto el mar
como en este sitio de la tierra!

Cádiz, te pierdes y me pierdo
entre las orillas que te abrazan.
Desde la enceguecedora claridad de tus umbrales
eres la puerta de una España citadina,
el camino a la América tan lejana
y la redondez más infinita allá en el cenit
que se vuelca sobre mi minúscula presencia.


Maricel Mayor Marsán

jueves 11 de junio de 2009

Los verdaderos amantes de la belleza...

Los verdaderos amantes de la belleza
no la buscan con ansia:
la ven en todas partes.
Tal vez por eso no importa
dónde y cuándo nos encontremos:
la belleza está siempre
con nosotros.


Berna Wang

miércoles 10 de junio de 2009

La maldición de los Barón Biza

Soy sólo una piltrafa humana en un desierto blanco, sin horizontes, infinitamente solo.
Raúl Barón Biza

Tarde o temprano también seré sólo un texto
Jorge Barón Biza

El peso de la biografía en la exégesis de la obra de muchos autores no ofrece lugar a dudas, ¿pero pueden los hechos que jalonan una semblanza biográfica eclipsar la obra no sólo del propio escritor, sino incluso la de su más directo descendiente, hasta tal punto que libros que han sido auténticos best sellers en su época acaben por ser sepultados a ojos de la memoria? En general, las biografías de muchos escritores malditos han servido para reivindicar, complementar, justificar e inclusive promocionar sus obras; sin embargo, nos las habemos con el insólito caso de una vida que es una auténtica biografía del exceso, una biografía que ha terminado en convertir la figura y obra de su protagonista, Raúl Barón Biza, en verdaderos temas tabú en la historia de la literatura argentina contemporánea, y que además, por si fuera poco, ha acabado salpicando a la peripecia vital-literaria de su hijo, Jorge Barón Biza. En la raíz de esa oscura maldición que pesa sobre esta familia, que se ha cobrado cuatro suicidios – incluidos los de los dos autores -, cuentan el azar, el riesgo, y sin duda cuenta un acto deleznable que protagonizó Raúl Barón Biza, cuya víctima fue su segunda esposa, Rosa Clotilde Sabattini. Pero no adelantemos acontecimientos; como en toda historia, es necesario empezar por el principio, y aunque en dicha historia quede todavía enigmas por resolver, las líneas principales del argumento se conocen gracias al interés que el personaje ha suscitado en la última década en su país. El detonante fue la publicación en 1998 de la novela con obvia base autobiográfica de Jorge Barón Biza El desierto y su semilla (1), reeditada posteriormente y publicada en España en 2007 (2). Después le siguieron artículos en periódicos y en Internet – en nuestro país fue Enrique Vilas-Matas quien dio a conocer a Raúl Barón Biza en dos artículos separados en el tiempo: “Argentina” (3), de 2002, y “Enigmas variados” (4), de 2006-, un documental televisivo, un sitio web no oficial – realizado por una “Asociación de amigos de Barón Biza” -, recuperación de las obras en formato digital, pues su familia ha prohibido la reimpresión de sus obras, y, sobre todo, dos completos y recientes trabajos biográficos: Barón Biza. El inmoralista de Christian Ferrer (5) y El escritor maldito Raúl Barón Biza de Candelaria de Soto (6).

En el año del segundo centenario del nacimiento del maestro Allan Poe se cumple también el ciento diez aniversario del nacimiento del escritor argentino Raúl Barón Biza (Córdoba, 1899- Buenos Aires, 1964), hijo de los latifundistas millonarios Wilfrid Barón y Catalina Biza. Como correspondía a su más que acomodada posición social, Raúl gozó de una privilegiada educación europea y pasó gran parte de su juventud entre viajes y largas estancias en el París de la belle époque. París era una fiesta y Barón Biza la aprovechó al máximo, dando rienda suelta a su particular carpe diem, derrochando su inagotable fuente de pesos argentinos. En los años veinte, cuando ya Europa había enterrado a todos sus muertos, pero aún quedaban muchas cicatrices por cerrar, el autor argentino, ajeno a los infiernos de los otros, en pleno periplo hedonista, conoce a la bella starlet del cine alemán Myriam Stefford, con la que iniciará un apasionado romance que cristalizará en el primer gran amor de Barón Biza. De orígenes humildes, la Stefford, tras escaparse de su hogar y vagabundear por Viena y Budapest, fue redimida por el cine, más por su belleza que por su talento, llegando a trabajar en Hollywood junto a Emil Jannings. La joven aventurera fue seducida por el millonario argentino y, después de un largo idilio y permanentes vacaciones en inigualables escenarios europeos, se casan en Venecia en 1928 en una fastuosa ceremonia que fue calificada como “acontecimiento social del momento”. Tras vivir tres años en París el matrimonio se afinca en Argentina, alternando Buenos aires con la estancia Los Cerrillos que poseía Barón Biza en Alta Gracia, Córdoba. Myriam ha abandonado el séptimo arte por expreso pedido de su marido y ambos, por no hacer mudanza en su costumbre, continúan – e incluso acentúan- el desenfrenado tren de vida que heredan de Europa, alimentando las principales páginas sociales de las revistas porteñas: extravagancias (se hacen acompañar por un leopardo amaestrado llamado Gaucho); fiestas de alta sociedad oficiales, con ostentación de valiosas joyas y pieles, alternando con fiestas privadas en las que Barón Biza impone sus excéntrica normas: como, por ejemplo, que los distinguidos y opulentos invitados fueran disfrazados de obreros, ladrones y prostitutas, para después mezclarlos con sus equivalentes reales, o que todo aquel que no estuviera ebrio fuera encerrado en jaulas; orgías y una peligrosa afición a volar. Barón Biza, siempre solícito a las veleidades y caprichos de su esposa, le regaló un pequeño monoplano con el que Myriam Stefford comenzaría una aventura aeronáutica que terminaría en tragedia. El 26 de agosto de 1931, se precipitaba mortalmente cuando participaba en un ambicioso raid aéreo por las catorce provincias argentinas junto a su instructor Ludwing Fuchs en tierras de Marayes, provincia de San Juan, y no en los jardines inmensos de su propia casa, como en un primer momento indicara Vila-Matas (3). Sí fue, efectivamente, sepultada en su estancia de Alta Gracia en una colosal tumba faraónica, encargada por el viudo Barón Biza al arquitecto Fausto Newton, provista de un gran obelisco de 82 metros de altura en forma de ala de avión o, como apunta Christian Ferrer, de un “puñal de cemento apuntando hacia el cielo” (5). De esta primera parte de la historia sólo quedará – parafraseando a Ferrer en una entrevista concedida a Pablo Markovsky en El Ciudadano y la Región (7)- el altísimo mausoleo construido “a modo de ruego, de petición enviada hacia el cielo”, en cuya base hay una cripta abovedada en la que descansaron los restos de Miriam Steford, con una inscripción: “Viajero rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia quiso llegar hasta las águilas”.

La vida de Barón Biza, tras la muerte de su esposa, se polariza en torno a dos grandes pasiones: la política y la literatura. Desde el punto de vista político, se convirtió en un excéntrico militante yrigoyenista, en contacto con los sectores revolucionarios del Partido Radical que conspiraban contra los gobiernos conservadores. Tenemos, pues, el contradictorio caso de un burgués millonario con ideas comunistas y que aboga por la revolución. Combatió activamente el régimen de la Década Infame, financiando publicaciones contrarias al gobierno e incluso comprando armas para iniciar la lucha armada, lo cual le valió la persecución, el encarcelamiento y finalmente el exilio en Uruguay. Artista del exceso, llena las páginas de los diarios con sus aventuras carcelarias (huelgas de hambre, sus peticiones a gritos de botellas de champagne importado expresamente para él y sus compañeros de celda) y convoca una huelga de protesta contra los gobiernos argentino, uruguayo y brasileño. Sus soflamas revolucionarias trascienden las fronteras y despiertan tal temor que vuelve a dar con sus huesos en prisión. Esta tapa de su vida queda plasmada en su libro periodístico Por qué me hice revolucionario (8), de 1933. Es precisamente en ese año y en su estancia penitenciaria cuando ultima los trámites de publicación de la más célebre y polémica de sus obras: El derecho de matar (9). Esta novela en realidad era la cuarta obra que se autoeditaba Barón Biza, anteriormente había publicado Del ensueño (1917), Alma y carne de mujer (1921) y Risas lágrimas y sedas (1924), pero fue la primera que tuvo una fuerte repercusión social. Según las palabras del autor, es un libro escrito “para los que no tienen Dios ni hembra”, destinado “a las prostitutas sin cartilla, los presidiarios que no llevan número, los jueces y quizás las colegialas”; para terminar de provocar al “hipócrita lector” añade: “hay en él cátedra de muerte, tribuna de revolución, escuela de crimen, remansos de odio”. Y por si acaso el contenido de la historia de Jorge Morganti, su hermana Irma y su amante Cleo, tejida con un lenguaje duro y descarnado, en el que se mezcla el sexo, la filosofía – Nietzsche y Schopenhauer
en el fondo, más otros ingredientes de cuño propio como la misantropía o la misoginia - y la política - el paradójico rechazo anarco-comunista de las clases altas-, no fuera lo suficientemente provocador, la actitud del autor contribuyó al escándalo: hizo editar el libro con tapa plateada para poder enviarle un ejemplar al mismísimo Papa Pío XI, deseo que llevó a cabo, escribiéndole a su Santidad la siguiente “dedicatoria”: “Para que tus porteros lo dejen pasar, para poder atraer tu atención, para que él sea una nota discordante en el salón entristecido de tu biblioteca oscura, he revestido de plata su portada”. El gobierno de Agustín Justo ordenó el secuestro policial de la primera tirada completa de 5000 ejemplares e inició un proceso por obscenidad contra Barón Biza, quien logró con no pocas dificultades su absolución, aunque permanecería en la cárcel por razones políticas. Posteriormente publicaría una segunda versión de El derecho de matar en edición rústica para que fuera accesible al bolsillo de los obreros. Pese a no ser su mejor trabajo – en opinión de una crítica que nunca valoró el conjunto de su obra-, se convirtió en el libro más famoso de Raúl Barón Biza y la “obra maldita” por excelencia de las letras hispanoamericanas.

Tras su liberación empieza su relación amorosa con la joven de diecisiete años Rosa Clotilde Sabattini, veinte años menor que él e hija de su íntimo amigo el líder radical Amadeo Sabattini. Los dos amantes emprenden una huida que acaba en boda secreta en 1935, lo que supone la enemistad de por vida del padre de la novia y de toda la familia Sabattini. El matrimonio abandona Argentina para que la joven siguiera sus estudios en Europa, con el tiempo llegaría a ser una importante figura en el campo de la Pedagogía. En 1940 retornan a su país, pero la persecución política del gobierno peronista los obliga a exiliarse de nuevo en Uruguay. En Montevideo nacerán sus tres hijos Carlos, Jorge – el segundo protagonista de esta historia- y María Cristina. En 1941, Barón Biza publica una novela que previamente había anunciado a la prensa que sería post mortem: Punto final (10), obra de gran crudeza que le valió un nuevo proceso por obscenidad. Según Juan Baylac en su artículo “Historia de una redención” (11), se trata de “una de esas novelas que, detrás de una engañosa simplicidad, esconde algo muy profundo”, y añade que resulta fácil distraerse con el erotismo y las perversas aventuras del protagonista, pero que a medida que avanzamos en la lectura “se advierte, casi con sorpresa, que todo aquello no era un fin en sí mismo, sino que estaba al servicio de una lección moral”. En este sentido se podría hablar de una novela de tesis en la que los personajes son trasuntos alegóricos del autor (Ego), su víctima (Alma) y su redención (Vida). Para Fernando Domínguez – “Barón Biza, el régisseur” (12)- la elección de esos nombres es una cursilería, no obstante, piensa que la estructura de la novela es más arriesgada que la de El derecho de matar y que tiene momentos de una fuerza extraordinaria. No opinaba igual la crítica coetánea, un crítico de la época llegó a comentar que se trataba de la obra de un degenerado.
A finales de la década de los 40, el matrimonio Biza-Sabattini regresa a Argentina arrastrando una grave crisis. En 1950 las desavenencias son tales que Alberto Sabattini – hermano de Clotilde- se bate a duelo con Barón Biza, resultando ambos heridos de bala. Raúl, que ya contaba con otros antecedentes de duelos, es de nuevo encarcelado. En 1953 el matrimonio rompe definitivamente, Rosa marcha a Montevideo y Barón Biza obtiene un puesto de diplomático en Hungría. Durante la década de los 50 y principios de los 60, en tanto que la trayectoria vital y profesional de ella sube como la espuma, la de él conoce el declive: pasó sus últimos años como concesionario de los locales que están en el subterráneo del – ironías de la vida - obelisco porteño, en palabras de Fernando Domínguez, “su tumba era esa y estaba enterrado” (12). En 1963 publica Todo estaba sucio (13), su libro más pesimista y según cierto sector de la crítica afín a Barón Biza, su novela más conseguida. Desde el punto de vista literario, el lenguaje torrencial de sus anteriores libros aquí se ha vuelto más pulido, pero el contenido ha ganado en brutalidad, el resentimiento del escritor apunta ahora hacia el judío, alternándose oscuras reflexiones sobre el destino de la humanidad con párrafos de un feroz antisemitismo.

El último e infame episodio de esta primera historia tiene como escenario el departamento porteño de Barón Biza, ocurre el 16 de agosto de 1964, el escritor se reúne con su esposa y los abogados para tramitar el divorcio, allí también estaba su hijo Jorge. La reunión se pone tensa y Raúl ofrece whisky para calmar los nervios. Sirvió a unos y a otros, y el último vaso repentinamente lo arrojó al rostro de su mujer. Contenía ácido y le produjo graves quemaduras. Una vez que todos corrieron al hospital para atender a la herida, Barón Biza puso fin a su vida pegándose un tiro en la sien. El ácido destrozó la carne del rostro de Clotilde. Años después, tras varias operaciones de reconstrucción facial, entre llorar y volar, elegirá la segunda opción, aventurarse al vacío, a la nada, desde la ventana del maldito apartamento en que su vida quedó hecha añicos por un acto cobarde y deleznable, que borró de un plumazo ese halo romántico que rodeaba al escritor.

Si Raúl Barón Biza es la vida llevada al límite – del bien y del mal-, la materia palpitante que supera la ficción, su hijo Jorge Barón Biza (1942-2001) es simplemente la literatura que redime y que rinde cuentas a la vida. Jorge fue un prolífico escritor que trabajó principalmente en el campo del periodismo (colaborador de numerosos diarios de Buenos Aires y Córdoba) y que destacó dentro de la literatura fundamentalmente por dos títulos: El indiferente – una traducción y ensayo sobre Marcel Proust- y la ya citada El desierto y sus semilla (1), obra que, a diferencia de la producción novelística de su progenitor, contó con el elogio de la crítica, fue recibida en Argentina como una novela mayor. A pesar de esta consideración crítica, algunas voces, como señalara Manuel Crespo en su artículo “En el nombre del hijo” (14), “insistieron en soslayar la obra de Jorge Barón Biza por su proximidad con los hechos que la habían engendrado”. Efectivamente, El desierto y la semilla arranca su firme pulso narrativo con la descarga de ácido en el rostro adorado de la madre del protagonista, Mario Gageas, álter ego del propio escritor, y se extiende poco más allá del suicidio de Eligia (trasunto literario de Clotilde). La ficción autobiográfica narra el derrotero de Mario por Buenos Aires y Milán, mientras acompaña a su madre en la búsqueda de una improbable cura para su rostro calcinado, y en toda la obra siempre presente la sombra del culpable del descenso a los infiernos: Arón, esto es, Raúl Barón Biza. Ahora bien, la novela no se agota en la anécdota autobiográfica, Jorge Barón, que siempre defendió la autonomía de su obra como artefacto de ficción, narra – en palabras de Vilas-Matas (4)- “cómo fue reconstruido el rostro de su madre al tiempo que, en estructura paralela, trata de reconstruir la desgraciada historia de la desfigurada Argentina del siglo pasado”. El cuerpo de Evita descansa en algún lugar de Milán, cerca de la clínica de Eligia, la comparación entre las dos rivales políticas es inevitable: la muerta impoluta y la viva enterrada en vida detrás de una apariencia monstruosa, y al otro lado del océano un país que yace hundido en sus propias contradicciones. Para Manuel Crespo – op. cit. (14)- esta novela es “el ejemplo más definitivo de cómo la literatura puede ser transporte y justificación de toda una época”. Son muchos los aciertos de la novela de Barón Biza hijo: historia personal- enriquecida con elementos ficticios y paródicos- con proyección contextual histórico-política; la mirada de un narrador ora irónica, ora compasiva; la elección de un lenguaje literario que conjuga el lirismo y el lenguaje coloquial – los diálogos milaneses están escritos en “cocoliche”- y, sobre todo, como ha escrito María Soledad Boero (15), el “tratamiento particular que el escritor Jorge Barón Biza le otorga a la representación estética del rostro”, que le ha permitido “producir una escritura que permanece de pie, que se sostiene por sí misma, más allá de los acontecimientos que le dieron origen, más allá y más acá del incesante paso del tiempo”.

Al final de la novela, Gageac termina reconociéndose semilla del desierto de Arón y hace hincapié en la fatalidad de los genes que preside toda su vida y que forja un destino insorteable: “A los treinta y seis años me convenzo de que he malgastado todo. Si doce años atrás se había terminado para mí el tiempo de las metáforas, ahora se termina el tiempo de las excusas. En estos meses recientes no he tropezado con nada vital salvo esta decisión de volver al balcón, a la biblioteca desnuda (…). Tarde o temprano yo también seré sólo un texto; no me queda mucho más por hacer”. Jorge Barón Biza, tras años de lucha contra la depresión y los recuerdos, el 9 de septiembre de 2001 se acercó al balcón del departamento 12 donde vivía en el barrio de Nueva Córdoba y, al igual que hicieran su madre y su hermana María Cristina, emprendió su vuelo hacia la muerte. La fatalidad y la maldición, como una especie de leit-motiv familiar, gravitan sobre las vidas y la memoria de los Barón Biza. Pero, como ha escrito Fernández Cicco (16), las maldiciones necesitan de una redención para morir en paz, y ésta ha empezado con la actual recuperación de sus textos.

Joaquín Piqueras García



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BIBLIOGRAFÍA

(1) Jorge Barón Biza: El desierto y la semilla. Buenos Aires, Ed. Simurg, 1998.
(2) Jorge Barón Biza: El desierto y la semilla), Madrid, Ed. 451 editores, 2007.
(3) Enrique Vilas-Matas: “Argentina. Carta desde Barcelona”, Madrid, Letras Libres, abril 2002.
(4) Enrique Vilas-Matas: “Enigmas variados”, Barcelona, El país de Cataluña, junio 2006.
(5) Christian Ferrer: Barón Biza. El inmoralista, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2007.
(6) Candelaria de la Sota: El escritor maldito. Raúl Barón Biza, Buenos Aires, Ed. Vergara, 2008.
(7) Pablo Makovsky: “El brutal Barón Biza”, diario El Ciudadano y la Región, Rosario, mayo 2007.
(8) Raúl Barón Biza: Por qué me hice revolucionario, Montevideo, Ed. Campo, 1933.
(9) Raúl Barón Biza: El derecho a matar, Buenos Aires, Ed. de autor, 1933.
(10) Raúl Barón Biza: Punto final, Buenos Aires, Ed. de autor, 1941.
(11) Juan Baylac: “Historia de una redención”, Buenos Aires, Contracrítica, enero, 2008.
(12) Fernando Domínguez: “Barón Biza, el régisseur”, Contracrítica, enero, 2008.
(13) Raúl Barón Biza: Todo estaba sucio, Buenos Aires, Ed. Nuestra América, 1963.
(14)Manuel Crespo: “En el nombre del hijo”, Buenos Aires, Contracrítica, enero, 2008.María Soledad Boero: “Sobre rostros caídos. La construcción de una estética en El desierto y la semilla, de Jorge Barón Biza”, Cartaphilus 3, Revista de Investigación y Crítica estética, Universidad de Murcia, 2008.
(15) Emilio Fernández Cicco: “Raúl Barón Biza, el exterminador”, Bogotá, Revista Gatopardo Nº 21, 2007.

lunes 8 de junio de 2009

Criatura

Si crear un dios pudiera,
sería como tú: mujer,
benigna, bella y benévola.


Gerardo Markuleta

sábado 6 de junio de 2009

Conversaciones con... Luis Alberto de Cuenca

Nacido y criado en el barrio de Salamanca, educado en los mejores colegios de Madrid, licenciado y doctor en Filología Clásica por la Universidad Autónoma con sendos premios extraordinarios y, sobre todo, lector infatigable, Luis Alberto de Cuenca ha sido Director de la Biblioteca Nacional y del Instituto de Filología del CSIC, Secretario de Estado de Cultura y ha recibido el Premio de la Crítica en 1986 por su libro de poemas “La caja de plata” y el Premio Nacional de Traducción en 1989, pero es, además, uno de los más destacados poetas españoles del momento, sin que ninguna de estas facetas anteriores ande desgajada del resto, sino más bien, al contrario, todo en este hombre converge hacia la luz de la palabra y de su magia, como si las muchas lecturas de los clásicos, la reflexión acerca del hombre y de su destino, la vida misma, tomada a manos llenas hayan enriquecido con una multitud de factores todos y cada uno de sus libros: Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes./ Lo deciden un día, mientras los cortesanos/ discuten sobre el rito de alguna ceremonia/ que se olvidó y que debe regresar del olvido. Refinado, culto y elegante, ha convertido su expresión poética en una suerte de parapeto contra la vulgaridad y la confusión que impera en el ámbito del arte, de la literatura y del conocimiento.

Una entrevista, y comentarios- entre paréntesis- de Pascual García.

¿Va el poeta siempre e indefectiblemente de la oscuridad a la claridad? ¿Es ése siempre su afán y su viaje?
En mi caso sí se ha producido ese itinerario. No lo provoqué: se produjo. Decía Borges que era la puerta quien elegía, no el hombre. El azar elegirá para otros poetas otros itinerarios.

(Leyendo sus libros: “Elsinore” (1972), “Scholia” (1978), “Necrofilia” (1983), “La caja de plata” (1985), “El otro sueño” (1987), “El hacha y la rosa” (1993), “Por fuertes y fronteras” (1996), “Sin miedo ni esperanza” (2002), “El enemigo oculto” (2003) y “Ahora y siempre” (2004) entre otros muchos títulos de este autor prolífico y consecuente, uno no puede eliminar del todo la sombra bienhechora del inmortal Borges, de aquel argentino universal, que también profesaba la religión de los libros. No lo niega nuestro poeta madrileño, sino que más bien lo tiene a gala, aunque entre los dos escritores haya tantas diferencias como las debe haber entre dos personalidades distintas y bien definidas, nacidas a miles de kilómetros la una de la otra y cuyas existencias han seguido diversos itinerarios).

¿El carácter culto, oscuro a veces, complejo y erudito de tu poesía no implica, en el fondo, una voluntad de construir un universo personal, un territorio literario propio, que constituya un particular espacio de encuentro con determinadas lectores? ¿Acaso esa inmensa minoría a la que hacía referencia Juan Ramón Jiménez?
Empecé escribiendo desde la oscuridad, pero a partir de “La caja de plata” mis poemas son accesibles a la mayoría, teniendo en cuenta que una mayoría de lectores, tratándose de poesía, son esa inmensa minoría de cuatro o cinco mil lectores de la que hablaba Juan Ramón.

¿La ubicación del poeta en el redescubrimiento de la cultura y del mito no revela, en cierta medida, un fondo de escepticismo y de descreimiento ante la condición humana y ante la vida en general? Como si el escritor, que ha dejado de sentir el mundo, se elevara por encima y buscara otros ámbitos en el tiempo o en el lenguaje.
Es eso, es precisamente eso. Me confieso escéptico por convicción, y creo que sólo se avanza a golpe de escepticismo. Pero los viajes por el tiempo y por el lenguaje no nos libran del todo de la angustia ante el mundo, de la profunda amargura que destila la condición humana.

(También nosotros, sus lectores devotos, hemos encontrado en sus versos ese alimento ecuménico y sagrado que nos permite disfrutar del momento, conservar la memoria y mirar con disgusto el espectáculo que nos rodea, sin acogernos a otro dios ni a otra fe que a la de su palabra: Si Dios existe, Dios es alguien/ que disfruta consigo mismo).

Hay en tu actitud frente a la literatura la percepción indudable de un gran lector. En realidad da la impresión de que un lector incesante estuviese buscando el texto que desea leer de nuevo. ¿Es un punto de vista borgiano, no te parece? ¿Estás de acuerdo con mi argumento? ¿Qué puedes añadir?
Estoy completamente de acuerdo con lo que dices. Borges es mi padre, mi amigo, mi maestro. Yo también, como él, me siento orgulloso de lo que he leído, no de lo que he escrito.

¿Por qué ese viraje casi radical en lo referente a la estética y a la expresión literaria que emprendes a principios de los ochenta, ese paso de lo críptico a lo mundano, aunque matizando siempre los dos términos?
Tampoco es tan brusco ese cambio. Leyendo atentamente mis primeros libros, ya está dibujada en ellas mi estética posterior. Me gusta eso de haber pasado de lo críptico a lo mundano. Pero ni era tan críptica mi escritura inicial, ni tan “mundana” la que fui desarrollando más tarde, a partir de los años 80 del siglo pasado. En todo caso, esta última ha resultado, sí, más comunicativa, menos privada, más universal.

(Tal vez el secreto de la poética luisalbertiana resida justo en esa mezcla, bien proporcionada, del arte y de la vida, de la carga libresca y del dolor de la calle, que de una forma tan sutil reflejan sus poemas, sobre todo los de esta última época, cuando el poeta decide volverse hacia el hombre que él mismo representa y escribir sobre su condición, como si se empeñara en resolver esa vieja y manida paradoja de los grandes poetas: Pero, ¿por qué no voy a ser/ al mismo tiempo sueño y vida).


¿No existe cierta contradicción entre tu voluntad, a partir de un momento dado, de iluminar el mundo y el poema y el caos patente de la realidad que nos circunda?
Yo creo que mis poemas pueden iluminar el mundo algunas veces, pero sólo un par de minutos, como esos artefactos lumínicos que hay en las catedrales para encender las luces del altar mayor, previa inserción de una moneda. Por lo demás, tengo claro que el caos lo preside todo. Pero se deja iluminar de tanto en tanto. No puede evitar que existan la belleza y la bondad en el universo.

Toda tu andadura poética ha sido un constante posicionamiento entre los opuestos de la literatura: comunicación (vs) conocimiento, vida (vs) cultura. ¿Has conseguido, al fin, conciliarlos? ¿No serán en ti y, por ende, en tu obra una misma cosa?
Pienso que sí, que he conseguido conciliar esos (sólo aparentes) contrarios. La cultura nos enseña a vivir mejor, y el conocimiento contribuye a hacer más honda y más fecunda la comunicación entre los hombres.

(Toda su trayectoria, su biografía y sus preferencias lo han conducido hacia este extremo; de modo que no puede haber contrasentido entre lo que ha escrito desde el primer libro y el tiempo que ha invertido en gastar los años y los días que ya no tiene. Es joven todavía, desde luego, y escribirá más versos, pero no podrá ni querrá despojarse nunca de un equipaje de nombres y de fechas, de personajes y de sucesos que ya son historia: ¿Volverán algún día los héroes de su exilio/ dorado, allá en las islas donde el sol no se pone?/ ¿Dejará de reinar por doquiera el hastío?/ ¿Morderá el polvo al fin tanta melancolía).

Estoy de acuerdo contigo en que la poesía no es menos ficción que el resto de la literatura y, sin embargo, tú estarás de acuerdo conmigo en que tu poesía exhibe, de algún modo, ámbitos de tu propia vida, de tu yo más patente o más escondido. No sé si se trata de una contradicción. ¿Podrías aclarármelo?
Mi poesía es plena y absolutamente autobiográfica. Con ella en las manos, un buen psicoanalista podría ahorrarse conmigo los interrogatorios en el diván. Y, sin embargo, mi poesía es ficción. Puede parecer contradictorio, acaso lo sea, pero a mí me parece que la realidad es un espacio para la ficción: el “teatro del mundo” que acuñó Calderón en uno sus autos sacramentales más famosos.

¿El uso de la cultura grecolatina, de los moldes métricos tradicionales en un planeta desbordado por la tecnología, la ciencia y la banalidad no es, en cierto modo, una firme protesta, aunque de la manera más sutil y bajo la forma de una impresionante ironía, acerca de la vida y del hombre actuales?
Vuelves a tener razón, y nunca había reparado en ello. Va a ser verdad que cuando me sirvo de la métrica tradicional y me refugio en los autores clásicos no estoy haciendo otra cosa que protestar. Detesto la sociedad actual y, sobre todo, su paupérrimo nivel educativo.

(Resulta razonable que un escritor de su talla se permita cierto grado de evasión y con sus libros, nos invite a nosotros a elevarnos por encima de las miserias humanas de todos los días. No es obligatorio, pero la mejor poesía ha tenido muchas veces esta tentación, incluido aquel monumento místico de San Juan, y los mejores lectores hemos buscado, muy a menudo esos espacios recoletos donde escondernos de tanta fealdad y de tanto dolor: Vengo de desertar en Bouvines o de pelear en Midway,/ vengo de la victoria o de la cobardía).

¿No es a veces, muchas veces, la literatura, la poesía, el único ámbito seguro, el orden dentro del orden, el orden soñado, una suerte de sueño imposible hecho realidad?
Amplíalo a las artes todas, no sólo a la literatura. El arte es el único espacio de orden posible. Lo que nos salva, aunque sea tan sólo por un rato, del aburrido caos circundante.

Como consecuencia de la pregunta anterior ¿no sería la literatura ese paraíso perdido al que añoramos siempre regresar, el único paraíso perdido?
En mi opinión, el paraíso perdido no es la literatura, sino la infancia. Toda nuestra vida es un lamento por esa pérdida que sólo se extingue con la muerte.

¿Ha sido la poesía tu refugio interior, tu paraíso predilecto, o tal vez un cobijo, como escribes en algún momento: “Las mujeres te habían retirado / su protección, los dioses su asistencia / y la literatura su cobijo”?
Mi paraíso predilecto es, insisto, la infancia que se fue para no volver, la niñez en que no existía la muerte y aún había remedios caseros contra las pesadillas. En la literatura he buscado siempre asilo, refugio. Y me lo ha brindado, gustosa. La verdad es que la poesía ha mejorado mi calidad de vida y ha templado no pocas veces mi predisposición a la melancolía.

(Si necesitásemos justificar la literatura, en las palabras de Luis Alberto de Cuenca encontraríamos el argumento infalible. Seguramente porque la causa de todos los males del mundo, incluso los más graves, como la guerra y la insolidaridad radique en el aburrimiento, porque no hay otra existencia que la que todos los días nos viene dada, salvo que abramos un buen libro y busquemos la aventura o la escribamos nosotros: Y nos besamos como en las películas,/ y nos quisimos como en las canciones./ Cuando la realidad era el deseo/ y nuestro reino no era de este mundo).

A pesar de tanta referencia libresca, tanta cultura y tanta erudición, encuentro mucha vida en tus versos, mucho amor, mucha noche, algunos guiños canallas y un enorme sentido del humor. ¿Puede ser este último el ingrediente que más acerca al lector de a pie a tu obra?
Lo que nos diferencia a los seres humanos del resto de los animales que pueblan el planeta es el sentido del humor. La risa, recordaba Rabelais en los preliminares de su Gargantúa, es el proprium de la humanidad. Mi bisabuelo Carlos Luis de Cuenca cultivó en los periódicos de su época un tipo de poesía festiva que suscitaba adicción entre sus lectores. Ojalá pueda servirme de algo mi parentesco con él.

Yo creo que el gran acierto de la poesía luisalbertiana es instaurar el mito en el espacio más actual y cotidiano; tal vez el ejemplo que se me ocurre, así de repente, sea el poema, magnífico por otro lado, titulado “Nausícaa”. ¿Parafraseando alguno de tus títulos: es el mito siempre necesario?
Necesario y, por tanto, obligatorio. Los mitos están siempre vivos. Les pasa lo que a la materia de Newton: ni se crean ni se destruyen, tan sólo se transforman. Mi poema “Nausícaa” (en el que se habla de la hija de Alcínoo como si fuese contemporánea nuestra) y mi libro Necesidad del mito (Murcia, 2008) coinciden en esa apreciación.

(Después de leer toda la obra de Luis Alberto de Cuenca resulta evidente y natural ese logro extraordinario de reconstruir el mundo con los viejos moldes clásicos, de mezclar a Odiseo con los jóvenes de la noche capitalina, de buscar y conseguir los antiguos placeres para insistir en ese carpe diem necesario e inevitable. Pero, además, uno emerge de sus libros casi purificado, como se sale de un ritual de iniciación en los misterios de la vida.
Acabada la entrevista, me queda el privilegio de haber escuchado las palabras de un maestro, de compartir con él un pequeño resquicio de vida y ese enorme paisaje del deseo, al que unos pocos estamos entregados desde hace mucho y que tanto nos une. Lo llamamos literatura y constituye un pacto inquebrantable, casi secreto, de complicidad. Enhorabuena al poeta y mi eterna gratitud).

viernes 5 de junio de 2009

El regreso

Del desfiladero, la piel
horadada por el llanto,
la página final que todo lo anega,
la fe, la paz, el principio.
Tiempo tras la oleada
de invasiones, de gritos
en silencio. De voces apagadas
por el peso de la Historia.
Horas atravesadas por las lanzas
de lo inefable. Tú, portador
de la muerte, de todas
las muertes posibles e inevitables,
travesía falaz e inamovible,
vivida en constante afrenta.
Amante y seductor de las estrellas
que todavía brillan en el horizonte,
cálido regreso a Medina Habu,
posible paraíso iluminado.
Más allá de la última playa,
más allá del Egeo,
la única salida posible.
Navegación final,
definitivo descanso del guerrero,
en el hallazgo atemporal
de tu cuerpo.

Pilar Quirosa-Cheyrouze

jueves 4 de junio de 2009

Dibujando palabras

Al atardecer de muchos días,
cuando el perfume de la hermosura es algo más que
una sensación amiga,
vuelve el eco a interponerse en el presente.
Los pensamientos se distraen con un ir y venir de imágenes
casi perdidas,
y más que bruscamente,
pausadamente, intento volver a la vida.
Mis deseos siguen perdiéndose entre las líneas,
entre las palabras que siempre quedaron a punto de salir.
Y estuvimos, ¡tan cerca!


Llevo conmigo lo sueños despertados con brusquedad,
las ideas hechas nudos,
la fotografía doblada, para no permanecer absorta,
y sigo perdiéndome por las calles solitarias
como cuando era una adolescente,
con el miedo pegado a los talones,
con la angustia de no poder llegar,
con la ansiedad rota.

No quiero seguir dibujando huellas,
ni quiero moldear la memoria a mi antojo.
Quizá la lluvia pueda transformar el presente,
pero si no fuera así,
me conformaré con seguir dibujando palabras.





Ana Valera

miércoles 3 de junio de 2009

Del libro Poemas del amor sumiso

Si viví lo suficiente, quién lo sabe.
Si marché siempre despacio,
o si anduve más allá de mi camisa,
más profundo
que mi oxígeno y mi sangre,
más ligera.
Si viví lo suficiente,
si pacté con la premura,
si pensé que al avanzar muy por delante
de mi historia me encontraba.
Si lo supe todo pronto,
o al llegar sin más resuello a la certeza
me sembraban otras dudas las verdades.
Si llenaba los minutos,
si cuajaba el calendario
como un hambre o un deseo de estaciones.
Si broté, si conocí, si dije aurora,
si crecí como raíz en lo sediento,
o si acaso me volcaba siempre fuera
como un dardo que se lanza,
que se pierde.
Si a menudo me detuve por mirarme
y aprendí a escribirme a solas
como atándome a un presente que en el fondo
acaba por no ser ya más que un vuelo.
Si viví lo suficiente,
si viví o sólo esperé
quién sabe.


Ana Delgado Cortés

martes 2 de junio de 2009

Un poeta pintor

“La tarde se puso íntima/ como una pequeña plaza”, dijo el poeta. Así ahora estas páginas de Ágora, que quieren ser un homenaje de amistad y de alegría, por el recuerdo del trabajo y de la vocación compartida, con el ser humano que nos dejó, con el poeta pintor Blas Estal, nuestro querido amigo.

Él estuvo desde el principio en las páginas de esta revista, colaborando con sus ilustraciones, con sus versos. Cuando marchó de Murcia a su Puerto de Sagunto, nos envió un poema magistral, uno de los mejores textos publicados en estas páginas, un poema escultórico, mitológico y primitivo, lleno de fuerza poética y sensibilidad, dedicado al dios Zakintos.

Ese dios es símbolo del destino trágico del hombre y de su superación por la belleza y el arte. Cuenta el mito que, un día, Apolo y su compañero Jakintos competían en el juego del lanzamiento de disco, cuando Céfiro envidioso desvió el tiro del primero y mató al joven mortal. Apolo, desesperado, pidió que la vida de Jacinto volviese cada primavera, como símbolo de una victoria efímera y cíclica sobre la muerte.

En el poema de Blas, el mar, aliado con el viento, es el destino; y la tierra, los recuerdos y la pasión humana por la vida y el arte, el semidiós lacedemonio Yakintos o Zakintos, al que asocia nuestro amigo con su tierra saguntina. El texto está escrito en el Puerto de Sagunto.

Pido que en los viejos muros de esa ciudad se inscriba su poema, en homenaje a un hombre que, como Joan Miró, el pintor poeta de Mallorca, supo mirar con ojos ingenuos nuestro mundo y su país, la condición humana y el corazón particular que hay cada en uno de los hombres -el que había en él hasta que le falló ese pequeño disco tan resistente.

Las páginas que vienen a continuación están bañadas en corazón de los amigos y de la hermana que compartieron sus inquietudes. Sobran, pues, las presentaciones y curricula. No hemos podido incluir a todos los que han querido y hubieran podido escribir; a través de estas breves letras le transmitimos a Blas el agradecimiento de ellos y ellas, especialmente de los amigos como Andrés Salom, para quien nuestro artista diseñó la portada de su antología: Blas siempre fue generoso con sus colegas escritores.

Correspondiéndole, en una mínima parte, a esa inagotable generosidad, oigámosle de nuevo dos poemas suyos: el primero, que hemos comentado, y otro que nos devuelve, en este abril, la palabra sensible de Blas Estal Hernández.


Fulgencio Martínez

lunes 1 de junio de 2009

Francisco Javier Illán Vivas participa en un taller de literatura fantástica en Jumilla

El texto que se incluye en la presente entrada es de la página oficial del Ayuntamiento de Jumilla, que podéis consultar, si queréis AQUÍ. (Las fotografías son propiedad de Toñy Riquelme):

Como colofón del taller infantil de Literatura Fantástica que, la Concejalía de Cultura, a través de la Biblioteca Pública Municipal de Jumilla, ha llevado a cabo durante todo el mes de mayo, los participantes en el taller han asistido a una conferencia magistral a cargo del escritor especializado en esta temática: Francisco Javier Illán Vivas.



El Taller Infantil de Literatura Fantástica iba dirigido a niños entre 7 y 12 años. Han participado un total de 15 niños y se ha desarrollado desde abril hasta este mes de mayo. En este taller, un monitor ha enseñado a los niños técnicas de iniciación a esta forma género de literatura de ficción, generalmente en forma de relatos cortos. Se caracteriza porque utiliza la magia y otras formas sobrenaturales como un elemento primario del argumento, la temática o el ambiente.



Un taller organizado por la Biblioteca Pública Municipal y subvencionado por la Dirección General del Libro, Archivo y Bibliotecas de la Consejería de Cultura, Juventud y Deportes de la Comunidad Autónoma.

Francisco Javier Illán Vivas es diplomado en Criminología, Máster en Dirección de Seguridad por la Universidad Autónoma de Madrid. Es subdirector de Vegamediapress.com. En enero de 2008 entra en el consejo de redacción de la revista de creación literaria Ágora, papeles de arte gramático. En julio de 2008 pasa a dirigir la sección digital de la misma.

Tiene varios libros publicados como “Con paso lento”, “Dulce amargor”, la antología “II Jornadas de poesía sobre el Segura”, o “Crepusculario”. Además es el autor de la saga “La cólera de Nébulos”. Ha prologado varios libros, tiene publicados artículos técnicos sobre seguridad y ha llevado a cabo numerosas actividades culturales relacionadas con la Literatura.