
Vicente Cervera Salinas
El síndrome de Beatriz en la literatura hispanoamericana
Iberoamericana/ Vervuert. Madrid, 2006
"La ausencia de Beatrice fue para Dante un estímulo de proporciones excelsas e innúmeras. Con ella, con su pérdida -es decir, sin ella, realmente- recopila los materiales de un recuerdo que sustentará la vida nueva, que no es otra que la vida del espíritu. En una esfera inmaculada, dominando tronos y potestades, cual pistilo el más fecundo de una rosa de bienaventuranza, florecerá Beatrice: en un espacio postergado que la imaginación alumbra, en ese cronotopo construído por siglos de creencias en el mundo divino de las ideas y los primeros motores, cual argumento ontológico del corazón". (pag 44).
He subrayado ese cierre de la cita porque, a mi entender, expresa con claridad el calado de la incursión que propone el texto, del poeta, ensayista y catedrático de literatura hispanoamericana en la Universidad de Murcia Vicente Cervera Salinas. Su libro nos guía por un laberinto de enigmas y motivos de la más alta poesía, nos estimula a un viaje al corazón de la literatura y, más allá, al profundo anhelo de inmortalidad del hombre. Si la poesía es hermana gemela de la filosofía, como la sintió Unamuno, los más grandes poetas han sido también grandes filósofos. En la línea de Pascal y de sus razones del corazón que la razón no conoce, o en la del citado don Miguel en El sentimiento tráfico de la vida, los poetas siempre han osado representar lo imposible como posible. Dante, el genio florentino del siglo XIII, dio -nada menos- en componer un poema cuyo fin último es revivir en la eternidad a una niña, Beatrice Portinari, que murió en la flor de su juventud, y a la que Dante inmortalizó en su obra. No tiene el poeta ningún inconveniente en utilizar todo el saber de su tiempo, la filosofía, la ciencia y la religión grecolatina y cristiana: aun servirse de una astronomía ptolomaica, de una teología y escatología platónico- medieval, con su moral y psicología dualista (bien/mal; alma/cuerpo), y en introducir las necesarias variaciones y licencias en esa tradición: licencias que, como cada día se elucida más, provienen de un gnosticismo afin a Dante. Beatriz sería una hipóstasis de la gracia divina, desplaza las funciones angélicas mediadoras. Un fondo gnóstico, platónico y plotiniano. Sabemos poco de este tema. Lo importante no es tanto, aquí, el fondo gnóstico o herético, que lo tiene Dante, y que le conecta con una pervivencia del catarismo albigense en el Norte de Italia: comentarlo aun por conjetura nos desviaría del tema central del libro El síndrome de Beatriz... Más interesante, ¡aun más interesante! es resaltar que ese asunto también está al servicio, en la obra dantesca, de la recreación de Beatrice, de la persona concreta que vivió en Florencia, asomó su rostro a la corriente del Arno, y a la que amó desde niño el Dante: la "bellesima Beatrice" que casaría muy joven con otro señor y que murió en una fecha concreta, "quasi nelle fine del suo vigesimo anno", dejando una huella blanca imborrable en el alma del genio; una luz que, si por un lado oscurecía lo demás y le enfermaba de desesperación, por otro le prometía una "vita nuova"; una esperanza eternamente renovada que será el legado más extraordinario que la poesía dantesca haga a la posteridad, y en cuya estela han escrito y soñado generaciones hasta hoy.
Dante apuesta al máximo contra la Banca, supera a los poetas del dolce stil nuovo, al escribir una obra en la que, en su aliento primero y último, está el amor por un ser real, una mujer real, cuyo sentimiento de pérdida le lleva a reinventarla y revivirla.
Esa es la raíz de lo que Vicente Cervera llama el síndrome de Beatriz, o sentimiento de ausencia de lo amado y del bien, vacío que lacera continuamente la vida, que se siente como "caída del tiempo" (Cioran) y cuyo dolor genera en el poeta un artefacto creativodestructivo: una obra transciende el tiempo presente. Trasciende, es decir, anula y supera el presente -que es la única dimensión posible de lo humano, según la lógica normal, no según la logica desesperada: no, en fin, para el corazón.
El libro nos enseña como lugar de la acuñación de ese síndrome de Beatriz la Commedia dantesca, y nos ilumina sobre su huella con análisis excelentes de la literatura posterior a Dante: todos los géneros (tanto la novela, el cuento, el teatro como la poesía) modulan variaciones sobre dicho síntoma, coloreado por la sentimentalidad y la cultura de cada época y, cómo no, por el genio y personalidad de cada autor. (Interesante sería, para una continuación del libro, que Vicente Cervera incidiera en alguna sugerencia ya apuntada por él sobre la relación entre cada género literario y el modo de "cantar" el síndrome). Especialmente, se centra su ensayo, como promete su título , en la literatura hispanoamericana del siglo XIX y del XX, hasta llegar incluso a un autor actual como Ricardo Piglia, pero, además, nos introduce estudios de los principales avatares del síndrome en la sensibilidad europea, a partir del romanticismo, y en los grandes poetas y autores, ingleses, franceses, norteamericanos. No sólo en la literatura cala el libro, sino que nos regala sugerencias en campos de la música, la pintura, incluso del cine y la ciencia ficción actual (Solaris). Y siempre con un oído en la filosofía. Vicente Cervera está dotado de los talentos de un escritor y de un investigador, es un filósofo abierto a amplitud de perspectivas. Un hermeneuta.
Todo libro que se precie como tal ha de tener estos tres ingredientes para el lector: placer (que se deriva de la forma: de la sencillez, la claridad y compromiso del autor con el tema que trata); incitación a leer; e incitación a reflexionar en diálogo con sus temas.
El síndrome de Beatriz..., desde la perspectiva de este lector, tiene la virtud de estar escrito por un poeta que es a la vez un investigador y ensayista, oficio que conoce a la perfección Vicente Cervera, y donde es exigible por el lector un compromiso de estilo y de fondo con la escritura. Frente a la seca erudición de las fichas impresas en una "publicación". Frente a los libros que no están escritos, que dan patadas al lenguaje, enrarecidos de tesis ajenas y notas prestadas y curiosidades pedantes. Lo que se pide a todo aquel que se dirija a un público por la escritura, da igual el tema tratado, es que sepa escribir. Proliferan los publicadores que ignoran al lector o lo insultan con datos obvios. No es el caso de Vicente Cervera, que maneja la erudición en el justo sentido y necesario para exponer la tesis de su obra: que aclara desde el capítulo preliminar la existencia de un síndrome, en su fuente dantesca, y la constancia, revisión, incluso inversión del síndrome en los autores posteriores. Parte de una tesis clara que sostiene.
A este libro agradezco que me haya incitado a la revisitación de Dante, a leer la Commedia en italiano. Me ha provocado la inmediata vuelta a la lectura del cuento El Aleph de Borges, y de otras obras, de Baudelaire, de Poe, de Julio Cortázar, de Juan Rufo, y me ha iniciado en el deseo de autores hispanoamericanos que he descuidado, sobre todo de Onetti.
Una reflexión final, como lector: creo que dicho síndrome, identificado y estudiado con acierto por este ensayo, plantea una vía de acceso esencial al corazón de la literatura: a ese juego de espejos y correspondencias entre las palabras y las cosas, entre los libros y la vida; juego en que- nada más, y nada menos- se cifra el anhelo humano de inmortalidad: bien, la propia, bien al menos de cuanto consideramos bello y puro, bien de nuestro grito de desesperación ante la ausencia y negación de todo lo anterior.