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sábado 28 de febrero de 2009

A pie de calle: Concierto non grato


Así titulaba la reseña que Gonzalo Gómez Montero escribió en el suplemento de La Verdad, Ababol, sobre Concierto non grato, el poemario de nuestro compañero Joaquín Piqueras, el pasado 22 de noviembre de 2008.



Podéis leer la reseña original AQUÍ.

viernes 27 de febrero de 2009

Miguel Hernández de excursión

De Miguel Hernández se saben muchas cosas, casi todas se pueden encontrar en los libros. Este artículo tiene por objeto recordar su visita a Cabo de Palos y La Unión.

Si Gabriel Miró no hubiese muerto y, el pueblo de Orihuela o un reducido grupo de lectores, estimulados por Ramón Sijé, no hubiese convocado a otros lectores, entre ellos a la Universidad Popular de Cartagena, al mismo lugar donde el prosista descubrió la soledad, donde conoció la enseñanza de los jesuitas, donde experimentó sus primeros tanteos sensuales, donde encarnó todo lo que había oído contar a su madre, visto y pensado sobre los seres humanos, advirtiendo que se debe proceder a una minuciosa descripción, como si asistiéramos a un mundo recién estrenado, pues sólo existe aquello que ha sido nombrado, escritos con un dimensión ética, así la lepra no es más que una enfermedad de la carne, y la carne es la apariencia, de ahí que el obispo leproso prefiera sobrevivir en las obras.

Repito, sin Gabriel Miró probablemente, Antonio Oliver, Carmen Conde y Miguel Hernández no se habrían conocido ese día en aquella glorieta, fue el 2 de octubre de 1932, cumplido el tercer trimestre de la salida de los jesuitas, tras el decreto de expulsión promulgado a finales de enero de 1932 por el Gobierno de la Segunda República.

Se dice que Baroja, Machado, Unamuno, Azorín, son los descubridores de Castilla, o que Juan Ramón Jiménez abre la puerta para que el 27 se instale en el Sur. Pues bien, Gabriel Miró es el inventor del Sureste, nos revela la sequedad, las montañas, árboles y plantas, los rostros, ramblas, arroyos y, sobre todo, el mar. No se limita a mostrar un paisaje, sino que nos enseña a ver. En sus textos se hace visible toda la complejidad del hombre, da a la imagen una profundidad que hasta ahora desconocíamos. Basta leer el Sr. Cuenca, para que su opinión sobre la enseñanza quede ahí expuesta.

Los textos de Gabriel Miró han sido objeto de culto para algunos escritores murcianos, Juan Guerrero Ruiz, José Ballester, Raimundo de los Reyes, Andrés y María Cegarra, Antonio Oliver y Carmen Conde.

La revista Sudeste, Murcia, julio, 1930. le dedicó su primer número. Había muerto el 27 de mayo de ese mismo año. Aparece en la portada un dibujo de Garay que representa a Miró, y estas palabras: Gabriel Miró, alto prosista, con cuya muerte pierde uno de sus valores definitivos la literatura española.

En el sumario figuran estos artículos: Gabriel Miró. Sigüenza y la eternidad por Carmen Conde: Gabriel Miró, por José Pérez Bojart.

Casi dos años después, sucede este encuentro que hemos comentado, aunque sin duda ya se han conocido, pues ese mismo día disponen del Clamor de la Verdad, Cuaderno de Oleza consagrado al poeta Gabriel Miró. Orihuela, 2 de ocutubre de 1932. En recuerdo de aquel periódico de finales del siglo XIX, de ideología carlista, opuesto a La Antorcha, liberal, citados ambos en el Obispo leproso. Escriben el AntiAlbalonga, Miguel Hernández, Ramón Sijé, María Cegarra, Carmen Conde, Antonio Oliver, Raimundo de los Reyes y Julio Bernarcer.

Antonio Oliver acababa de publicar en ediciones Sudeste, Tiempo cenital, un libro optimista impregnado del nuevo aire republicano: Declaro abierto el mundo, / la rotación de las mañanas,/ hoy,/ Abril. Se trata de un texto joven, vanguardista, en el que maduran las cúpulas, se radia que el universo es diáfano, brilla un sol escolar, vuelven los días tetradínamos, las golondrinas son flechas, existen desvelos arteriales, o el sol entra en agujas. Por otra parte, Carmen Conde y Antonio están casi recién casados, 5 de diciembre del 31, y hace unos meses se ha dado la primera clase en la Universidad Popular de Cartagena, su obra. Por amor a la República se enfrenta a Giménez Caballero en el uso de la palabra y le cuesta unas horas de calabozo ese mismo día.

No es extraño que los llegados de Cartagena celebren con simpatía este encuentro con un poeta en el que descubren que ha cristalizado una ejemplar voluntad de superación, alguien que por el conocimiento quiere estar a la altura de las circunstancias del XX, rescatar al pueblo de su tradicional atraso y rescatarse de un objetivo aislamiento. De ahí la importancia que tendrá el correo, el intercambio de libros, la puesta en relación con los otros, las revistas. Además, la necesidad de trasladar a los que nada tienen, a los que nada saben, un poco de todo lo que ha sido la historia, la canción, la biblioteca, el teatro, la pintura de España…, porque en la cultura entienden está la libertad, una aspiración del XVIII, revalidada por los hombres de la Institución Libre, perfeccionada por la Junta para Ampliación de Estudios, animada por la Residencia de Estudiantes, más el Instituto Escuela y que se concreta en la propuesta de las Misiones Pedagógicas, realizada por D. Manuel Bartolomé Cossío.

Dije al comienzo que iba a relatar la visita de Miguel Hernández a Cartagena. Constan dos estancias que desarrolla en carta a María Cegarra, septiembre, 1935: Qué poco nos hemos tratado, ¿no te parece? Te conocí de pronto en Orihuela, te hable unos momentos; te vi en Cartagena después otros instantes y, por fin, este agosto pasado, inolvidables para mí los días que estuve por esas tierras, logré hablarte durante varias horas. ¿Por qué no nos veremos con más constancia? Sólo me queda de tu compañía tu libro y dos mendrugos de mineral.

En efecto, por fin han realizado esa excursión que Antonio y Carmen debieron proponerle, a la que alude tras su primera estancia, con motivo de la conferencia y recital celebrado en la Universidad Popular, el día 29 de julio de 1933: Dad recuerdos a María en la que pienso mucho y en su pueblo. Dime, Antonio -¿ves como ya no te digo de usted?-, ¿cuándo haréis la excursión para, si puedo, ir?

En esta misma carta, agosto, 1933, da cuenta del envío de poemas y de un texto en prosa a Raimundo de los Reyes sobre el campo y el mar vuestro y mío, que apareció en La Verdad el 3-8-33, texto de rasgos gongorinos, acorde con el Perito en lunas, enero 1933, que había ido a leer a Cartagena: …El puerto como un corro de colores, ronda de sol, de lino y de madera. Sin arenas, sin playas las orillas, no sin gracia…Velas a lo navajas empuñadas, cuanto más se divorcian de las márgenes más encanecen, más se transfiguran: cuanto más interponen entre nosotros y ellas más sal en situaciones turquesadas

Lo que no le impide captar el paisaje característico de los molinos: En el campo velero, el molino de vela, ¡qué pompa!, pavo real, hace la rueda a la ¡qué pompa fértil! de la era.- ¿Partirás requerido por el Mediterráneo, faro trigal, arsenal almenado de la espiga?

Del mismo tono es el soneto, Venus-marítima, que les envía con esta dedicatoria: Para mis dos amigos esposos Carmen y Antonio, yo. Miguel. Como muestra recuérdese el terceto último: Por fin, venus terrestre, entre millares/ de peces lorigados aconteces,/ concha plisada: y no, falda de perlas.

Ahora, en los días de esta excursión, 1935, el cambio es rotundo. Le trae a Cartagena, Lope. Ya ha hecho sus misiones pedagógicas, ha roto con Josefina Manresa, ha conocido a Neruda, Alberti, Aleixandre. Así se recoge en Presencia nº 4, cuaderno de afirmación de la Universidad Popular: El día 27 de Agosto de 1935 en el salón de actos del Ateneo el joven poeta levantino Miguel Hernández Giner leyó una interesante conferencia titulada "Lope de Vega en relación con los poetas de hoy" a la que siguieron lecturas de poesías de Lope, Conde de Villamediana y parte de un auto sacramental del que es autor el Sr. Hernández Giner. En este acto celebrado el día del tricentenario de la muerte de Lope de Vega el Presidente de la Universidad Popular Dr. Más Gilabert se asoció en nombre de la Institución al homenaje nacional al Fénix de los Ingenios destacando interesante aspectos de la obra del mismo.

En ese mismo número se notifica, apartado de Excursiones, la realizada el 29 de Agosto a Cabo de Palos. Ese día Miguel los acompaña. La excursión es un método de conocimiento practicado por la Institución Libre, el visitante entra en contacto directo con la realidad, una realidad enmarcada por los que la dirigen, pues no les guía el turismo, mero contacto climático, sino la inmersión, el conocimiento, la búsqueda de lo esencial.

El cabo es una lengua de tierra que cuando azota el levante puede convertirse en isla, visto desde arriba semeja un lagarto cuyas patas se apoyan en el mar. Otros dicen que se trata de un ser mítico, especie de unicornio dispuesto a saltar sobre las islas Hormigas.

Sabemos que se leyeron las Estampas del faro de Gabriel Miró, he aquí su descripción del lugar: Peñas de herrumbre, con cicatrices de pechinas; matas duras, afiladas de dedos que dan un zumo de sabor a petróleo; cantizal y arena. En lo hondo, aduares de pescadores, con las sendas negras de las redes tendidas; sogas enrolladas; nasas viejas sirviendo de jaulas a las crías de una gallina clueca. Campos de higueras; tierras rojas segadas; montes mineros, llagados por el escorial de la galena; montes de un perfil árido y exacto. En la lejanía, las montañas azules de los paisajes frescos.

Los alumnos, sentados en corro sobre el pretil que rodea la explanada de la base del faro, escuchan a Antonio Oliver que va desgranando lentamente su lectura. Ahora les habla del Sirio, al que Miró llama Sicilia, el vapor trasatlántico que naufragó junto a las islas Hormigas, esas que tenemos casi a nuestro alcance. Para aumentar la atención dramatiza con gestos serenos o trágicos, en este momento su voz impresiona:

- Son las cinco de la tarde del cuatro de agosto de 1906, el mar una lámina de plata, tarde plácida, los viajeros duermen la siesta o contemplan el faro, la tierra próxima, ¿por qué se han acercado tanto? ¿Duerme el capitán? ¿Quizá van a recoger algunos viajeros? De pronto el barco ha chocado con la cumbre de una montaña, un arrecife que se encuentra a nueve metros de profundidad, comienzan los gritos, el barco se hunde por la popa, se parte, parece que va a ser tragado por el mar. La serenidad es ahora angustia, todos quieren seguir vivos, no dejarse arrastrar hacia el fondo. Los escasos veraneantes, entre los que se encuentra Miró, están perplejos; los pescadores, los barcos que navegan cerca se aproximan, hay comportamientos heroicos, comienzan a llegar los náufragos y con ellos los ahogados.

Oliver prosigue la lectura:
Todavía se ve una ola menuda y graciosa como un cordero; es la única inquietud de blancura en el silencio del color marino.
Dicen que brinca siempre, hasta en las calmas. Es la llaga del mar, que se ha quedado abierta por la proa del Sicilia. Se hundió el barco resbalando de espaldas, y está acostado encima de otros buques. Vertiendo aceite se les ve dormidos entre pliegues de aguas hondas. Una llamarada glacial de peces va recamando las siluetas recónditas, que en seguida se juntan y se deshacen como una pasta y una bruma verdosa. Aún tiene el Sicilia los toldos tendidos, y a su umbría siguen los pasajeros volcados en los sillones de mimbre y de lona donde reposaban la siesta. Un grupo femenino va derritiéndose entre un temblor de muselinas, de telas blancas, estivales. Y una señora sigue apoyada en la borda como en el balcón de un jardín delicioso, inclinándose apasionadamente a lo profundo. Se le han desatado los cabellos entre las aguas, y se le tuercen y alisan como algas y se le abren como un loto
.

Finalmente, Antonio Oliver, les ha indicado un rodalito al pie del monte, cercado por una verja de hierro:
-Ahí está el cementerio de las monjas.

Poco después, un alumno, ha recordado la gran nevada del año anterior. Entonces María Cegarra ha dicho que ocurrió el 2 de febrero de 1934, después ha leído de su libro Cristales Míos, la viñeta 51, titulada La luz del faro (Cabo de Palos):
Comenzó como todos los días, rítmica, circular, caliente de color, robando sombras, anunciando peligros de geografía con sus gritos de luz.
Espumas dulces de las altas mareas celestes, cubrían la costa, diluían con afán el verde sorprendido de las aguas.
Tal reflejo le devolvieron a la luz del faro las playas distintas, los acantilados en total panorama sustituido, que enloqueció, despavorida de blancura.
Ella misma, ella sola, rompió su armadura y bajó sin camino, por fuera de los escalones de la lente, por dentro del junco de piedra, precipitada, suicida, buscando la otra cara de la tierra y el mar.

Oímos la voz de María que va marcando, subrayando, su lectura. En los dos primeros párrafos lo ha hecho con un tono suave, casi lírico. En el tercero, tras arrastrar lentamente ese verde sorprendido, como si ella misma hubiese sufrido el pasmo, ese tremendo susto, quiebra la voz, justo en el mismo instante en el que la tierra y el mar devuelven al faro la misma blancura, multiplicada ahora por la nieve y, la luz, enloquecida por el rayo, se precipita suicida. Todos han aplaudido, Miguel no puede ocultar su entusiasmo. María tímida sonríe.

Ahora será Carmen la que hable, ella también ha contado en su libro Júbilos, 1934, ese suceso reciente en la Hija del torrero, pero no les va a hablar de la nieve, del rayo y de los desperfectos que ocasionó, porque en enero de ese mismo año, el matrimonio, ha publicado la Antología de Andrés Cegarra, el gran inválido, el excelente escritor hermano de María, donde se recoge un cuento: Gaviota que, a su vez, da nombre a uno de sus libros. Carmen entiende, descubre que hay en este muchacho, el protagonista que vive en la más absoluta libertad, un valor simbólico. Gaviota es el escritor, cuyas alas le impiden caminar, otra versión del poema Albatros de Baudelaire. Claro que, también conviene recordar, dice Carmen muy seria, el episodio: Otra tarde, relatado por Gabriel Miró en El libro de Sigüenza, donde se cuenta la historia del zapatero y la gavina, otro nombre para la gaviota, que come los garbanzos del puchero. Los alumnos ríen, tras la ternura y el lirismo de Andrés, han comprendido la lección que encierra este episodio irónico de Miró.

Entre tanto Miguel no ha dejado de mirar a su alrededor, desde donde está sentado ha descubierto la Manga de arena, el Mar Menor, el Monte Blanco, las islas, tanto las de la albufera como las otras. Poco después irán todos a la Barra, una línea de rocas que defiende las barcas de vela latina que los pescadores varan sobre la playa donde tienden para secar sus redes. Los niños curiosos, se han acercado y recuerdan que Antonio y Carmen estuvieron con las misiones pedagógicas, les preguntan si van a echar alguna película.

Algunos deciden ir a la playa de Levante y tomar un baño, con ellos se va Miguel, quien al poco ha organizado un partido de fútbol con los más jóvenes. Luego visitan la pequeña ermita sin campana, que se encuentra a la orilla del mar. En las fiestas, cuando acuden todos, hay que meterse en el agua para seguir el culto. Una ligera brisa cimbrea las palmeras, junto a la carretera hay pinos bajos, de tronco robusto, retorcidos, como manchones expresionistas. Es el viento, ha dicho Antonio, el viento que azota día y noche, levante y lebeche. Un molino de vela próximo se ha estremecido, el agua de la balsa se ha hecho más oscura.

Desde las salinas van a contemplar la puesta de sol, junto al arenal de La Manga, las dunas vivas que el viento mueve, quizá es Antonio quien evoca la soledad del desierto, el yermo de los místicos. Carmen recuerda que muy cerca está San Ginés de la Jara, ese monte que vemos ahí enfrente, que ha sido refugio de ermitaños, monte sagrado. El sol como un gran globo rojo comienza a bajar, las balsas de las salinas se tiñen de rosa.

Al día siguiente, Miguel y los esposos, han ido a La Unión para visitar la casa de María, para conocer las minas. Miguel está sorprendido, se ha descubierto a sí mismo como un desconocido, creía que iba a ver una tierra semejante a la suya y ha encontrado otro paisaje, como si fuese otro mundo, un mundo que estando ahí, no lo vemos.

María ha salido a pasear con Miguel, quiere enseñarle su pueblo, por donde pasan les siguen los ojos de los otros, no son miradas hostiles, sólo son duras o tristes, apenas si hay trabajo. No es que las minas estén agotadas, ocurre que el mineral no tiene salida, cada vez se exporta menos, por eso muchas se han cerrado y, lo que fue, no es hoy más que una leyenda. Ernesto Giménez Caballero que ha estado allí hace muy poco lo ha descrito así:

La Unión era en verdad un pueblecito extraordinario en el Sudeste de España. La Unión como pueblo: no existía. Era el recuerdo de un pueblo. Una carretera, y unas casas, y unos hombres parados, y unos pozos muertos de minas. Era como un yacimiento de alusiones, de derribos, de cosas sidas, de chimeneas extintas. Abultaba más La Unión en mis suposiciones previas que en su realidad visible. Parecía como un cementerio egipcio, como unas ruinas arqueológicas. Ni sus casas ni sus gentes, impedían ver los cerros, el llano, el mar, el paisaje crudo. Todo era paisaje, silencio, desolación, inanidad, abandono: nada, nada.

La tierra aquí no es sólo naturaleza, en ella se revela la lucha del hombre con la tierra. El labrador, sujeto al sol y a la lluvia, cultiva la tierra, y ésta generosamente le da sus frutos; el pescador, echa sus redes, adivina donde están los bancos de peces y obtiene su pesca. El minero, va a ciegas, se adentra en la tierra, excava, busca, persigue una quimera, el minero bucea en la tierra, pero la tierra no es agua, sino angustia, sed, oscuridad, y para extraer el mineral es preciso abrir pozos que, como ojos ciegos, contemplan el cielo. El paisaje de las minas semeja un campo después de la batalla, un campo de ruinas; entonces la tierra parece más triste, más abandonada que nunca, porque está como vacía, vaciada de la inocencia primera, parece que hubiese perdido lo que tuvo de paraíso, y se convierte en escenario de pasiones, y sucede Caín.

Han llegado al final del pueblo, del patio de una de las casas, sale este cante:

..............................................Como guitarras sin cuerdas
..............................................se va quedando La Unión:
..............................................unos los mata la sierra,
..............................................otros se los lleva Dios.

Miguel estima estos cantos esenciales, profundos. Deciden componer otro entre los dos, María ofrece el primer verso: Minero, el mineral, después sigue él: como recuerda el agua / no se hace sal.

-No está mal, no está mal. Concluyen sonriendo.

María no contempla la superficie, en calma de siglos, sino que, sin decirlo, descubre ese bullir interior que suele contener la tragedia. Hay en esta tierra una dimensión geológica, algo inquietante, que sólo se entiende cuando uno pasea por las minas, cuando subimos al Cabezo Rajao. Hemos de imaginar una tierra, reseca, agrietada, empobrecida, que dentro guarda un tesoro.

Sin embargo, la tierra sigue tercamente muda, lo que dice hemos de adivinarlo en la inestabilidad de una rambla, en la lucha del esparto por sobrevivir como apuntaba su hermano Andrés. El paisaje deja de ser un telón de fondo, para convertirse en el único protagonista.

Cada cosa que ve Miguel le lleva a una pregunta. El ha sido pastor y conoce la superficie, sabe que esto es palmito, romero, lentisco, pero no está habituado al misterio de los pozos, a esa chimeneas, las vagonetas arrinconadas, la piedra gacha, las balsas de estériles, a ese olor azufrado que despiden montañas de escombros entre el marrón y el amarillo.

Se han detenido bajo los eucaliptos que hay junto a la pequeña estación, a un paso del mercado, la arquitectura de la leyenda minera, cuando La Unión fue otra California, la misma con la que se hizo la calle Mayor, la casa del Piñón, la iglesia.

Es curioso, ha caído en la cuenta de que éste es el único pueblo que ha visto, donde el mercado, un edificio civil, es más alto que la iglesia. Están contemplando la puesta de sol, un sol que parece la herida de un disparo en la sien de la montaña, se trata de un momento solemne, casi religioso, Miguel y María se han mirado.

Han de volver a la casa donde les esperan Carmen y Antonio, bajan hasta la calle Mayor y de allí a Bailén. María, ha entrado en su laboratorio, y escoge unos minerales, luego, sonriendo, le pone a Miguel un nardo en la solapa. En un instante pasan por Miguel mil imágenes, el faro y el mar, los náufragos y los mineros, el esparto, el romero, las palmeras, aquellos pinos, las dunas, las pequeñas calas. Pronto vuelve en sí, y muy serio se dirige a María:

-Gracias por estos mendrugos, siempre que los vea me acordaré de ti. Mira, aquí ha cristalizado el rojo suicida de la tarde. Este parece un paisaje con sus grutas, con sus múltiples colores. Gracias, María, por estos otros cristales de tu libro.

Después, en un gesto teatral, abiertos los brazos, como si se tratase de una despedida, dice:
-Yo soy barro, aunque Miguel me llame, vosotros, amigos, sois cristal, sal de la tierra.




José Luis Martínez Valero

jueves 26 de febrero de 2009

Mal recuerdo

Hay veces que el recuerdo
es un sollozo largo,
como una pesadilla,
como un mal sueño
que se repite
y deja el alma oscura,
crepuscular;
agotada de cauces,
sin orillas.




Josefina Soria

miércoles 25 de febrero de 2009

Antes del pecado original, Cien años de soledad

Nos es imposible ignorar la relevancia, extraliteraria incluso, de una obra como ésta, que no sólo modificó la influencia de las letras hispanoamericanas, sino también la de toda la literatura escrita en español. Cien años de soledad nos marcó a todos, lectores, escritores, críticos y profesores, seguramente para el resto de nuestras vidas y, asimismo, para la historia universal de la literatura. Conozco a detractores de la novela, a exquisitos degustadores de las bellas letras que nunca formaron parte de la barahúnda entusiasta que constituimos en los años setenta y ochenta algunos en torno a un fenómeno que parecía creado por la mano de un dios omnipotente, pero incluso éstos convienen conmigo en el impacto inexcusable que supuso. Fue una novela mágica y tuvo mágicas repercusiones, tanto es así que nadie, muy pocos, pudieron escapar de la conmoción que produjo en el ámbito de las letras universales:

La Biblia, Las mil y una noches, Don Quijote de la Mancha y los libros de caballerías tienen en común con Cien años de soledad una idea del mundo, o lo que es más importante, la creación de un universo en el interior de una novela que no para de referirse al prodigio de la propia literatura como generadora de sueños y de vida: El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
[1]

El universo de Macondo, paradigma de territorio ficticio, no puede ser otra cosa que una metáfora del mundo, de la concepción omnipotente de un espacio nuevo, donde todo parece estar por vez primera sobre la tierra y donde todavía no existen algunas cosas, ciertas personas, o terribles acontecimientos como la muerte. José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán constituyen el inicio de una saga extensa, fecunda, compleja y contradictoria que habita un espacio apartado de la civilización y son, en alguna medida, la imagen de la historia del ser humano: Se trata de romper con el tiempo convencional, de adentrarse en un territorio imaginario y de aceptar sin aspavientos que lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico. [2]

Lo que caracteriza a este libro grande es la sabia mezcla con que ha sido concebido: la literatura, la leyenda, la historia, el paisaje desbordado y tropical, el sentido del humor, la tragedia griega, las supersticiones, el crimen, el escándalo, el sexo y el amor, la soledad y el odio. Los materiales son espurios, novedosos, sorprendentes y el punto de vista del narrador es tan natural como los cuentos que la abuela de Gabriel García Márquez le contaba de pequeño. Esa naturalidad en el tratamiento de asuntos ciertamente sobrenaturales es lo que impresiona al lector recién llegado a un relato como éste.

Tal vez el secreto del éxito de la novela se fundamente en la subversión narrativa que obra el escritor con una absoluta serenidad, como si nada de lo que cuenta resultase extravagante o raro. Las maldiciones, los bebés con cola de cerdo, las ascensiones al cielo, los excesos sexuales, los muertos vivientes, las premoniciones, los amores obsesivos, los incestos, las aventuras científicas desmesuradas, las nuevas tecnologías que traen los gitanos, con Melquíades a la cabeza, uno de esos grandes personajes inolvidables de la literatura en español: Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas.
[3] Todo este caudal de imágenes, mitos, referencias y cultura procede de muy diversas fuentes que el narrador aúna en una suerte de gran mitología. En Macondo convergen la alquimia, las reminiscencias medievales, diversas fuentes librescas como los libros de caballerías, las colecciones de cuentos orientales, la magia, el cartesianismo europeo, las supersticiones indígenas, la cultura castellana. Todo es reciente y, sin embargo, todo llega de alguna parte. La pluma mágica de Gabriel García Márquez logra esta mixtura, la pasta con que se construye una novela monumental que, por encima de cualquier otra consideración, resulta muy divertida, emocionante, conmovedora y arriesgada: Se trata de romper con el tiempo convencional, de adentrarse en un territorio imaginario y de aceptar sin aspavientos que lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico.[4] Así lo expresa en el prólogo a la edición que manejamos el crítico Joaquín Marco que disecciona la obra con rigor analítico y lucidez.

Según el mencionado especialista el lector que abre las páginas de Cien años de soledad se adentra irremediablemente en un territorio encantado, en el que las reglas del espacio y del tiempo han sucumbido a la voluntad de unos personajes que conciben de nuevo el mundo y que, de nuevo, lo hacen sobre un error: Los hombres de la expedición se sintieran abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original.
[5] José Arcadio Buendía mata a Prudencio Aguilar y el muerto lo perseguirá el resto de su existencia; luego se casa con Úrsula Iguarán a la que al parecer le une un parentesco cercano. Los dos grandes tabúes de la historia de la humanidad se unen en el principio de esta fábula de aroma bíblico: el crimen y el incesto, de los que durante esos cien años se cernirán los peores augurios, la sombra de una maldición que disloca a muchos de los personajes, los sume en pozos insondables, los obliga a sufrir y, al cabo, en las últimas páginas de la novela se cumple el vaticinio de la raza maldita, de la genealogía manchada por el pecado. El nacimiento de ese último engendro de aspecto animal no sólo es el final de la novela que estamos leyendo, sino también el final del manuscrito que está leyendo Aureliano Babilonia y el término de Macondo.

La novela dentro de la novela es un recurso cervantino, un juego metaliterario de indudable sello moderno que en las novelas contemporáneas constituye un recurso muy utilizado, pero Gabriel García Márquez lo usa al viejo modo cervantino, al modo netamente libresco, puesto que la historia avanza según va leyéndola uno de sus personajes, Aureliano Babilonia, en los pergaminos de Melquíades y acaba justo cuando Aureliano termina de descifrar dichos pergaminos. En esos pergaminos esta toda la historia de la familia y es al final cuando se da cuenta.

La metáfora de la vida como una fábula, una especie de sueño literario viene de lejos y la idea de que esta vida se mantiene mientras se mantiene el interés en los acontecimientos que uno está leyendo o le están contando procede de Las mil y una noches.

La lucha del amor y de la muerte que se ha establecido a lo largo del relato es la lucha de cualquier existencia, cuyo término ya conocemos por desgracia. No nos es posible, parece decirnos el novelista colombiano, deshacernos de nuestro destino de hombres arrojados al tiempo, de nuestra inmensa soledad de hombres despiadados en un continente tan herido como el americano. Joaquín Marco escribe en el prólogo: Al tiempo que los seres de CIEN AÑOS DE SOLEDAD se relacionan por el amor, intentan alejar la sombra de la muerte.
[6]

A estas alturas de las muchas interpretaciones, infinidad de lecturas y múltiples comentarios de la novela, no nos cabe la menor duda de que el autor se propuso contar una historia extraordinaria, la historia de una familia perseguida por una maldición y hostigada por su propio afán de emerger de esa ciénaga junto a la que fundan su territorio, Macondo. Los gitanos traen las novedades científicas y José Arcadio Buendía dedica buena parte de sus horas al estudio febril de la ciencia y de la técnica en el intento de salir de la ignorancia, del aislamiento y de la ruina humana. Macondo y la familia no pueden ser otra cosa que el trasunto de la propia historia americana, la metáfora de un continente apartado, heroico y distinto, pero a la vez, y aquí reside la grandeza del libro, es asimismo el referente del hombre y de la vida, de su condición y de sus circunstancias, porque no es posible reducir la historia a unas coordenadas de tiempo y de espacio, sino que no tenemos más remedio que otorgarle una dimensión universal. Y, a la vez, es una novela llena de acontecimientos, peripecias y sucesos que no responden a una lógica racional, sino que llegan de un ámbito mágico, primitivo, anterior a la modernidad. Joaquín Marco lo apunta de este modo en las palabras que sirven de presentación a la edición que manejamos: Macondo, el espacio novelesco, es una auténtica región encantada. En ella se producen hechos extraordinarios, que van más allá de las fuerzas de la naturaleza, auténticos milagros.[7]

Pero el milagro para las letras en español lo fue esta novela, publicada en 1967 en
Buenos Aires por la Editorial Sudamericana con un tiraje inicial de ocho mil ejemplares. Hasta la fecha se han vendido más de treinta millones de ejemplares y ha sido traducida a treinta y cinco idiomas.


Pascual García





[1] GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel, Cien años de soledad, Ediciones Austral, Espasa Calpe, Madrid, 4ª edición, 1983. p. 59.
[2] Ibídem, p. 19.
[3] Ídem, p. 63.
[4] Ídem, p. 19.
[5] Ídem, p. 68.
[6] Ídem, p. 44.
[7] Ídem, o. 30.

martes 24 de febrero de 2009

Camino la oscuriá

(Pregones y Rumba)

Y dijo Pepe Marchena, antes de morir:
"No, no cierres la ventana, que me
queda mucha oscuridá que ver"


Ver l´ahí
como quiero mecerme en el arco
por última vez.




José Luis Ortíz Nuevo

lunes 23 de febrero de 2009

Jugar a contar: revisión crítica de Juegos de amor y muerte de Luis Quintana Tejera

Luis Quintana Tejera
Juegos de amor y muerte
Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca, 2006

Jugar a contar puede llevarnos del amor a la muerte en 22 instantes, esto es, en el número de relatos con los que se compone Juegos de amor y muerte, de Luis Quintana Tejera. En este libro, el amor y la muerte son una pareja indisoluble: mientras el tiempo se encargue en mantenerlos juntos, con mayor intensidad se manifiestan sus nostalgias, miedos, tristezas y dolores.

Aunque los relatos no están distribuidos por grupos, nos parece que en una parte de los textos prevalece la atención hacia el Otro. La vida cotidiana ha dejado de tener importancia, excepto para quien observa; hay algo en las acciones de los personajes que para el testigo es importante llevar consigo. Nos importa lo que está sucediendo en la conciencia del narrador-testigo. Los espectros lo atormentan, lo llaman, sin embargo, éstos no se encuentran en ningún sitio, sino en aquel mundo inventado por un sujeto que necesita contar algo para mantenerse con vida.

De esta manera, aunque dicho testigo pasa desapercibido para los demás, pareciera que sus vidas se han estancado en una conciencia que los condena a repetirse, que los aferra a una existencia que ya no les pertenece. La vida del narrador tendrá sentido, ya no tanto por él mismo, sino por los acontecimientos que los demás le conceden, o más bien, por todo aquello que él supone que se ha apropiado.

La técnica narrativa se vuelve interesante: aunque el narrador lo llamemos testigo y cumpla la función de informarnos, con certeza y de manera verosímil, acontecimientos que debieron ser "reales" o incuestionables, los mencionados sucesos no ocurrieron en el pasado. Los hechos y sus participantes existirán, y serán "reales" mientras haya una voz que los mencione. En este tipo de relatos, el protagonista marca la pauta de las acciones -su nombre, a la manera de las hagiografías, nos establecerá la pauta a seguir. Intertextualidad, pues, con los escritos, o más bien, con la forma de contar la vida de los santos. Luis Quintana, valiéndose de esa particular forma de contar, se permite plantear ambientes y caracterizar a los personajes, que, con su naturaleza un tanto "inocente", enfrenta a una moral que no es otra sino la conciencia culpable del narrador.

El narrador desea, furiosamente, vivir las diversas situaciones que relata; le gustaría intervenir en las diferentes acciones, es más, por momentos pareciera que hay un ansia por ser el sujeto que merece su atención. Pero como bien sabemos que eso es imposible, entonces asume para sí mismo los "pecados" de los demás, y no porque el narrador se considerase un santo, sino porque su ausencia de vida le exige que sea alguien, aunque la vivencia sea ajena.

De ese grupo de narraciones destacamos "Marcolfa". Curiosamente la que es denominada como la guardiana de la casa. Sin embargo, dicho hogar no es una construcción, sino la conciencia. Marcolfa será quien cuida, y vito: "las sombras de un ayer que no queremos reconocer como nuestro". Por lo tanto, la vigilante es quien cuida que la locura no llegue demasiado lejos.

Por otra parte, entre los actantes de las narraciones debemos incluir al mismo Luis Quintana. En Juegos de amor y muerte, el autor le permite a un doctor Luis Quintana Tejera que proponga que proponga algunas palabras introductorias a su libro. Citemos sus comentarios: "En la geografía uruguaya, hay muchos pueblos de extraña condición. Maldonado es uno de ellos, que se integra en tantos espacios de mi vida, que no sólo representan el pasado, sino también el presente presuroso revitalizado, cuando menos lo pienso, por esquemas de ayer".

El autor Luis Quintana crea a un prologuista llamado Luis Quintana, quien, a su vez, nos advierte que hablará de sus recuerdos. La voz de este segundo Quintana será quien trate de ordenar las diferentes historias que se cuentan en su libro Juegos de amor y muerte. Ya no será necesario que a lo largo del texto nos exprese su identidad, porque se trata de un hombre medio fantasmal, ya que es el único al que los demás no hacen referencia.


Todos los personajes se conocen entre sí, o mantienen una más o menos cercana relación, excepto con Luis. Ninguno habla de él y, de manera cruel, Luis sí hace referencia a ellos, Luis quiere ser parte de ellos, Luis anhela seguir viviendo en ellos. ¿Por qué hay este distanciamiento? Será porque alguna de las partes sólo existe por medio de la palabra. Mientras alguien nos mencione, siempre habrá posibilidad de seguir con vida.

Maldonado -la remota provincia uruguaya de donde el escritor extrae sus cuentos- se vuelve un lugar mítico a la manera de Santa María de Onetti, en donde al parecer todos han caído en una especie de purgatorio en el que han sabido adaptarse con cierto desinterés por lo que les pudiera ocurrir.

La gente del Maldonado literario, de un Maldonado visto desde la perspectiva del narrador, acepta o rechaza, se inconforma o se adapta, a las circunstancias propias y ajenas. La mirada del otro cobra una singular importancia, tanto en los personajes, pero principalmente en el narrador. El libro es un diálogo constante con la conciencia propia, aunque para dialogar se valga de otros nombres; en el interior de los relatos, escuchamos el dolor íntimo de una voz que se oculta entre los diversos personajes que, a su vez, son presentados desde diferentes perspectivas. Desde los primeros relatos, nos enteramos que iremos siguiendo la saga de una familia: padres, hijos, hermanos, y con quienes, en un momento dado, se vincularon con ellos. La conclusión de la peripecia de un personaje en uno de los cuentos no significa que ese personaje haya alcanzado la tranquilidad individual; más adelante lo veremos en diferentes circunstancias, como juez y víctima, como testigo y participante de las acciones, como un sujeto frío ante sus emociones y como estoico aceptador de su dolor individual. Bajo este panorama, en el libro de Juegos, los juegos son posibilidades de mirar los interiores crueles de los individuos; en el libro del Amor, para el amor no hay tregua porque sus participantes son feroces y egoístas arrebatados de la felicidad; y en el libro de la Muerte, esa muerte, la querida y anhelada muerte, no es una simple conclusión de la vida, ni siquiera una salvación para las existencias atormentadas, sino que se trata del brutal destino con el que los dioses castigan a los mortales, porque la muerte los y nos convierte en eternos testigos de la naturaleza humana.


Juegos de amor y muerte
enfrenta a un Yo que es visto y juzgado por los demás; trata de un Yo dividido por los amores que no lo complacen y por la muerte que no termina de seducirlo; trata de un Yo que se juzga constantemente, porque se encuentra en un purgatorio infranqueable; el personaje principal es un Yo que me mira, se mira, nos mira desde ese lugar que se encuentra entre el cielo más cercano al infierno. Y eso Yo al que me refiero está representado por el narrador que, a mi parecer, es el mismo que se mantiene durante todos los relatos.

Finalmente, Juegos de amor y muerte nos deja una reflexión sobre el hecho de que sólo enfrentando las culpas ajenas es como se adquiere personalidad. Trata del problema de la memoria como un grito desesperado para continuar con vida, para recuperar un mundo que nunca existió; es la triste y desesperada necesidad de pertenecer y permanecer, en un territorio o en el corazón de un alguien que, con el tiempo, dejamos de importarle; es la madre silenciosa que sabe que ha traído al mundo a un atormentado.

La muerte juega al amor, juega con amores destructivos vivos; nos hace creer que, algún día, más allá de la vida, habitaremos en ese imaginario, perfecto, al que nos han acostumbrado a pensar que, si expiamos nuestras culpas, posiblemente seamos parte de la felicidad. Pero como dije anteriormente, sólo es un cuento que sirve par apaciguar, momentáneamente, nuestros espíritus. A ustedes, lectores, les queda jugar con el libro; al libro, tratar de moverse entre las conciencias adormiladas; y al autor, intentar que le libro de sus fantasmas le permitan sobrevivir en esos jugos de amor y de muerte.


Jesús Humberto Florencia Zaldívar

domingo 22 de febrero de 2009

El amarillo

(Fandango)
Ya no me queda rencor
ya pasó su tiempo de luto
sólo me queda el picor
desagradable del humo
del rescoldo que dejó.

A la luna le pedí
de tu querer olvidarme
pero no lo conseguí
hasta que dejé de odiarte
y me liberé de ti.


José Luis Ortíz Nuevo

sábado 21 de febrero de 2009

León busca gacela en A la ribera del Thader


El programa radiofónico A la ribera del Thader tuvo entre sus lecturas, uno de los poemas de Fulgencio Martínez, de su libro León busca gacela, que, ya os adelanto, será presentado el próximo día 16 de marzo, en la Biblioteca Regional de Murcia, a partir de las 20 horas, acto donde José Luis Martínez Valero introducirá al autor y su obra.

Fue programado el pasado 4 de febrero, y podéis escucharlo AQUÍ, pinchando en el programa de la fecha señalada.

viernes 20 de febrero de 2009

Presentación del nuevo libro de Eduardo Segura

El próximo 26 de febrero, en la Biblioteca Regional, se presentará la última obra de Eduardo Segura, el experto tolkieniano, que lleva por título J.R.R. Tolkien: mitopoeia y mitología, reflexiones bajo la luz refractada. Se trata de una colección de ensayos sobre la filosofía, y sobre la literatura, del genial autor de El señor de los anillos. Ensayos que tratan de explicar, como no se ha hecho hasta ahora en lengua española, las claves para entender la literatura de unos de los escritores más importantes y más incomprendidos del siglo XX.

El acto comenzará a partir de las 20 horas, y será presentado por el compañero del Taller de Arte Gramático, Francisco Javier Illán Vivas.

jueves 19 de febrero de 2009

Notas para la poesía futura

Nos recuerda Eco que Lamartine se jactaba de haber escrito uno de sus mejores poemas de una tirada, durante una noche de termoenta y en medio de un bosque. Una proeza. Sin embargo, una vez fallecido resultó que los manuscritos de correcciones con los que fue puliendo esa creación era ciertamente numerosos. Y es que una cosa es escribir poesía y otra repentizar.

Veo al poeta como un joyero (igual que al novelista como constructor) porque debe aquilatar cada palabra para engarzarla en su justo lugar, porque su labor es menuda, porque la emoción que despierta su arte se mide en kilates y no en kilómetros. Al contrario de lo que se cree comúnmente, el poeta es un observador más riguroso que el novelista. No vive en las nubes del Parnaso, si no, ¿cómo podría extraer la esencia de lo que se ve e, incluso, de lo que no se ve? Por eso pienso que sus anotaciones cotidianas sobre las experiencias que sufre son, tal vez, las reflexiones más heterogéneas, ricas y sinceras que podamos leer.

Kostas Karyotakis, un poeta griego de atormentada vida, intentó suicidarse adentrándose en el mar en 1928. Con menos habilidad que Alfonsina Storni diez años más tarde, esa mañana no consiguió más que unas horas de agonía entre las olas. Tras el fracaso anotó: "aconsejo a cuantos sepan nada que no intenten jamás suicidarse tirándose al mar. Durante diez horas me estuve peleando con las olas. Tragué una enormidad de agua y, sin saber cómo, de vez en cuando subía a la superficie; cuando tenga oportunidad, escribiré las sensaciones de un ahogado". No se dio tiempo, al día siguiente se descerrajó un disparo en la cabeza perseguido por la melancolía, el infortunio y la locura hija de la fífilis. En su última nota escribió: "cada realidad me es repulsiva". Ya no quedaba poesía en su pluma.

Boleros murcianos
Hablar a estas alturas dy en esta revista de la París-Murcie (que he tenido entre mis manos gracias a la amabilidad de Amparo Iborra) puede parecer una extravagancia. Sin embargo, no he podido resistirme a hacer algunas observaciones sobre un acontecimiento que he conocido hace poco y que, precisamente, no ocurrió con motivo de esa magna y humanitaria iniciativa.

El hecho es, como todos saben, que políticos, nobles, empresarios (incluidos los regidores de casas que todavían existen: Nestlé, Guerlain, y de otras desaparecidas o absorbidas, como la aseguradora L´Urbaine, que pagó la indemnización correspondiente al icendio del teatro Romea en 1877) y, sobre todo, periodistas, artistas y literatos franceses colaboraron de forma desinteresada en la edición del número único de una revista con cuya venta se recaudaron hasta seis millones de pesetas (¡de la época!) que sirvieron para paliar los efectos de la catastrófica riada de Santa Teresa en Murcia, allá por 1879.

En la nómina de participantes figuraron personalidades de la cultura de la talla de Garnier, Sarah Bernhart o Jacques Offenbach así como las más prestigiosas plumas encabezadas por Victor Hugo, Émile Zola, Alexandre Dumas, Frédéric Mistral, Théodore Aubanel y Alphonse Daudet. Pocos de los grandes, pues, dejaron de arrimar el hombro, pero hubo alguien que no quiso estampar su firma autógrafa, parece que por desídia, por comodidad o por la lejanía de esos españoles exóticos que en nada participaban del refinamiento, civilización y grandeur de la France.

Es Javier Marías quien, en su Literatura y fantasma, nos recuerda que en la correspondencia entre dos bon vivants como fueron Flaubert y Turgueniev podemos conocer los motivos por los que el primero, tras ser invitado a participar en la obra solidaria, declinó el honor con un "no iré a París sólo por los españoles, sería una tontería" y, abundando en el tema (quizá urgido a la acción por sus allegados), aún comentó a una maiga que él no sabía bailar el bolero ni tocar la guitarra. "Los actuales murcianos pueden esgrimir un motivo de rencor retrospectivo hacia pluma tan insigne", comenta Marías. Lo seguro es que Flaubert no fue ese anunciante de la página de avisos de la revista quien, entre la confusión de textos publicitarios y de forma rigurosamente católica y conmovedoramente sencilla, mandó poner "UN ANONYME... 40 francs". La mejor literatura para el momento.

Por qué nos gustan las mujeres.
Acabo de leer un libro, editado por Funambulista, que comparte título con este apartado. La obra destila un suave erotismo (más cercano al amor y la ternuda que al porno) y consta de veinte relatos que el autor, Mircea Cartarescu, publicó sucesivamente en la edición rumana de la revista ELLE. "El protagonista de todas las historias- dice Cartarescu- es una mujer, pero no se trata de retratos de mujeres, es un retrato de la condición femenina. Lo publiqué todo en un sólo volumen de casualidad, un azar que se reveló afortunado: es mi único bestseller".


En Rumanía fue el libro más vendido del 2004 y se mantiene con un número alto de ventas: sólo en su pañis (de apenas dos millones y medio de habitantes) ha ventido más de 150.000 ejemplares. Pero no sólo es preferido en su tierra. Parece que entre sus vecinos serbios, húngaros, búlgaros, checos y eslovacos despierta tanto interés como para llevarlo tambiém a los primeros puestos en ventas (con el permiso de PAulo Coelho, cuya obra es una pandemia).

Cartarescu, ha sido traducido ya a numerosas lenguas y llegará a ser, probablemente, el primer Premio Nobel de literatura rumana. Nacido en 1956 ha trabajado como profesor de su lengua materna, editor de la revista Caiete Critice (Cuadernos críticos) y lector en las Universidades de Ámsterdam y Bucarest. Es un todoterreno de las letras con trabajos premiados en poesía, novela, relato y crítica literaria y colabora habitualmente en prensa a la que, acerca de la obra que nos ocupa, ha declarado: "Me sirve para honrar a la mejor parte de este mundo. Y también para expresar la parte femenina de mi personalidad. La feminidad no pertenece sólo a las mujeres, del mismo modo que la masculidad no es sólo cosa de hombres."

El último capítulo, que da nombre al libro, es una tierna recopilación de motivos en un delicioso intento de abarcar una parte del espectro de sentimientos- desde lo pueril hasta lo sublime- que despierta una mitad del mundo en la otra. Termino escribibiendo aquí unas cuantas razones escogidas de entre esas cuarenta y cuatro que ha imaginado Cartarescu (que me parecen pocas pero bien traídas). No sé porqué me sorprendo cada vez que leo las palabras de otros- sobre todo de los "otros" lejanos en el tiempo, el espacio o la costumbre- y las identifico como propias. Eso es también la poesía.

"Porque pasan con un valor inesperado por encima de todas las servidumbres que les imponen sus anatomías delicadas.

Porque dicen "te quiero" justo cuando menos te quieren, como una especie de compensación.

Porque el momento más bonito del día es el café de por la mañana, una hora entera royendo galletas y poniendo verde a todo el mundo.

Porque en las películas nunca se duchan antes de hacer el amor, pero sólo en las películas.

Porque se toman la vida en serio, porque parece que crean verdaderamente en la realidad".




Cailes.

miércoles 18 de febrero de 2009

El añil

(Soleá)

Mi locura era mu mala
reinando siempre en lo mismo
de la noche a la mañana.

Vete ya de mí, malina,
que no me dejas vivir
ni en la cumbre ni en la sima.

Déjame que vaya al valle
en donde crecen las flores
y huele tan bien el aire.

José Luis Ortíz Nuevo

martes 17 de febrero de 2009

Febrero poético

Varios autores
Febrero poético 2006
Ayuntamiento de Fuente Álamo, 2007

En el campo de Cartagena hay, cuentan los lugareños, un hada madrina de la poesía que, varita en ristre, las cuaresmas del invierno las convierte en flores y, éstas, una vez exhalada su fragancia, finalmente transfigura en poemas esparcidos por el viento, esta es su manía. Por esta razón si paseamos en silencio por los montes o los campos, podremos escuchar como armonías, ecos lejanos de sugerentes y extrañas músicas, canciones remotas y olvidadas en el tráfago urbano de la vida, palabras que sugieren cosas de ésas que difícilmente se nombran. Esta hada se llama Paquita Martínez Merinos, y es mi amiga; pero, corrijo, es amiga de todos los poetas y de todos aquellos que, aún sin serlo, disfrutan con la poesía. Por esta razón organiza actos, favorece encuentros, impulsa libros donde el denominador común es la materia de lo poético; así se vence la tiniebla en la luz y en ella se transmuta, y desde el caos de lo amorfo surge, irredenta, la forma.

La forma que aquí contemplamos es un bello librito, Febrero poético 2006, que, además de bello, es un lujo. Lujo, en su fisicidad, como objeto; portada de composición inteligente y sugestiva, ciento cuatro páginas de poesía intensa y, alternando con ellas, fotos a todo color. Lujo por su apertura y cierre, realizados respectivamente, por dos de las voces poéticas de más trascendencia en la Región de Murcia y fuera de ella, me refiero a Dionisia García y a Soren Peñalver. Lujo por los poetas que en él participan; una nómina de veinte (omito nombrarlos para no privar al lector del placer de su descubrimiento), unos más conocidos, otros menos, pero todos ellos con voz propia, y con calidad añadida. Pero hay algo más, lujo por los auspicios con que allega a la luz; el de dos fuertes presencias, angélicas y benévolas, que se dejan translucir fugazmente entre sus páginas, como corresponde, pero que sin su interés e implicación no hubiera sido posible. Aletean ahí la gracia la belleza de Maribel Martínez Olmedo, concejal de cultura del Ayuntamiento de Fuente Álamo, y el entusiasmo y preocupación hasta el detalle de José Celdrán Peñalver, Patxi, coordinador de sala y dispositor de la ermitilla de San Roque, lugar donde se celebraron las jornadas poéticas de las que el libro es reflejo.

El lector de Febrero poético 2006 encontrará entre sus páginas un pulso a la poesía. Los veinte poetas que en él participan suponen un elenco variado y suficientemente representativo, en cuanto a edades, sexo o tendencias poéticas, de lo que hoy en día, en referencia al quehacer poético, se está haciendo en la Región de Murcia. No en vano está dedicado al Club de los Poetas Vivos.

Una vez más los locos, estos poetas, los cofrades del hada, erre que erre con sus versos. Pero esta vez con versos que anuncian la primavera, el renuevo de las flores en los viejos y rugosos almendros del campo de Cartagena, y más concretamente, en Fuente Álamo, convertido en fiesta de las palabras, bellas, transidas de vuelo, a veces ácidas o picantes, más indulgentes siempre, emocionadas. Sábado a sábado de febrero de 2006, fieles a la convocatoria, en la ermitilla de San Roque (eje sobre el que en su momento ha gravitado el mundo de la poesía), a modo de obligación de cantos han desgranado el rosario de su emoción. Algo hay que perdura.

Jesús Cánovas

lunes 16 de febrero de 2009

El verde

(Bamberas y Alegrías)

En sintiéndome a tu vera
a mí se me van los males
yo no conozco a la pena
ni temo a los temporales.

Acuérdate de aquel día
cuando te corté la flor
y andabas enloquecía
del gustillo que te dio.


José Luis Ortíz Nuevo

domingo 15 de febrero de 2009

Reflejos memorables


José Luna Borge
Pasos en el agua
Llibros del Pexe, 2007

Conocí a José Luna Borge a través de La mirada, y nunca mejor dicho, porque el poeta y escritor transmite esa manera de mirar que algunas personas nos conceden como refugio y comprensión, como apuesta y entendimiento. Para no confundir al lector aclararé (a pesar de mi gusto por la ambigüedad) que Luna Borge dirigía entonces las páginas literarias del periódico El correo de Andalucía, cuyo título es el escrito en la primera línea. Mi primer contacto fue de agradecimiento por la aparición en el periódico de un comentario a uno de mis libros. En números sucesivos pude leer dichas páginas, y llamó mi atención ver publicados fragmentos de diarios que, para mí, tenían un interés especial: pertenecían a un espacio interior bien habitado, donde la belleza iba dando paso a unas vivencias sencillas que habían superado todos los filtros para manifestarse en su esencialidad con palabras que iluminaban los espacios elegidos por el autor, ya fuera la casa labradora de la infancia, la naturaleza mencionada desde los más primigenios matices o los espacios urbanos. Tensa todos tratados en voz baja, huidos de la exterioridad. Me parecieron, y siguen pareciéndome ahora, diarios secretos, atados a su autor por una alta obligación, por una obediencia a su impulso interior.

Bajo la denominación unificada de Veleta de la curiosidad, han aparecido tres volúmenes. El de nuestro comentario va presidido por el título Pasos en el agua, y abarca en el tiempo desde el 1 de enero de 1996 hata el 31 de diciembre de ese mismo año, con algunos días no recogidos por no significar nada o no tener qué decir, condición de buen diarista que huye de cubrir página, de elevar lo banal a categoría. Selecciona el autor los acontecimientos de la propia vida y da luz a la memoria, guardadora de tesoros que el escritor sabe abrir para contemplar y recuperar en presente, el tiempo ido. Son pequeños o grandes homenajes a los lugares que fueron, a las personas amadas. Para el lector de estos diarios, Oviedo, Salobreña, los regresos a Sahagún sobre todo, pasan a ser ese lugar real y de la memoria donde la figura paterna- y de la madre- alcanza un alto relieve, desde la cotidianidad, desde ese carpe diem tan enriquecido por las costumbres y el preciso lenguaje para nombrar las cosas. Es como si un trozo de mundo se engrandeciera por la belleza y la verdad que logra la palabra ("El arte es moral por que hay belleza sin verdad"- escribe André Maurois). El pasaje de la cuna azul ampara toda esa evocación de comienzos de vida, donde la madre joven (de ojos "vagabundos" después) apoyaba la mano para mecer a sus hijos desde el amor; también desde la necesidad de trabajar, mientras dormían, en las obligadas tareas de la casa labradora.

En los días continuos y alternos, y en cualquier momento, puede brotar la emocionada lectura por esa impregnación que Luna Borge consigue a través de la palabra, como sucede al decir de su asistencia a un concierto para oír interpretar La pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach. Parece que el recuerdo de la obra y los instrumentos mencionados por el escritor (oboe, violín y flauta), contienen la fuerza suficiente para mover nuestra sensibilidad hasta el disfrute. En otros momentos, es una lectura el impulso que contribuye a nuestra integración en la belleza; ejemplo vivo, Flores en la nieve, de Gregor von Rezzori. En este mismo pasaje se alude a Joseph Roth, al que menciona entre otros “derrotados” y merecedor, como sabemos, de un poema de José Luna Borge recogido en Los días inciertos, dado que el autor camina con su mundo, el que ha construido y está presente en sus escritos, en ese espacio que, con dignidad y méritos indiscutibles, ha sabido crear. Lleva a cabo su tarea profundizando más y más, de tal manera que los resultados aportan nuevas luces, nuevos momentos capaces de acrecentar nuestra atención.

Decir que el tiempo en Pasos en el agua tiene un protagonismo principal, es una obviedad, puesto que el libro, en su telón de fondo, es tiempo, singularizado, de manera especial, como soporte de fragmentos del Diario. Entre ellos, el anotado el 14 de noviembre de 1996, donde no sólo se palpa el tiempo, sino también la emoción suma. En un encuentro del escritor con los sueños, escribe: “Mirándonos a los ojos, me digo ¡Cómo os he traicionado! Aquel que marchó de aquí, el que siempre partía, es el que hoy regresa con la vida partida y los sueños maltrechos”. Sólo el tiempo puede manejar tanto desencanto. Sin duda, hay un sentimiento de pérdida en varios pasajes de este libro; sentimiento acompañado de conformidad y melancolía que logran ennoblecer el presente e iluminarlo con una nueva realidad.

El libro recoge Sahagún y sus regresos, el lugar de origen del escritor que, como ningún otro de los citados en estas páginas, encierra tesoros: los veranos y recolección de cereales, la contrata de los “veraneros” por el labrador; en él, la figura del padre engrandecido, y unos ojos niños que miraban con asombro cuanto ahora escribe la firme y sensible pluma de Luna Borge, que logra vivificar cuanto pasó en un tiempo pretérito. Lo lleva a cabo de tal manera que consigue implicar al lector en un laberinto de sensaciones.

Encontramos hallazgos en las sugerentes páginas de Luna Borge, como apreciamos en las anotaciones del 4 de agosto de 1996, donde Goethe- que se anticipó al tiempo, a nuestro tiempo- sabe que vive al final de una época, y escribe: “Nuestro siglo es claramente un siglo para las cabezas astutas, para hombres sencillamente prácticos. Probablemente seremos los últimos de una época que no ha de volver jamás”. Luna Borge escribe sobre la vigencia de estas palabras en el siglo XX (aplicables al siglo XXI con intensidad peligrosa e imparable). El diarista excelente que es Luna Borge, podría decir con André Gide: “No intento ser de mi época, intento desbordar mi época”.

No podía faltar el crítico en estos diarios. El autor de Bazar de lecturas posee una afilada percepción para “comprender” (ese comprender al que se refiere Ramón Gaya). Desde tal cualidad, Luna Borge ha dedicado buena parte de su tiempo a la crítica, a escribir sobre la obra ajena, por decirlo con palabras de Baroja, presenten este libro. También con alguna llamada de atención, necesaria, sin duda, para mantener vigilante al autor y que los ya considerados no se confíen.

Su ironía y el humor tienen presencia en estas páginas, junto a ese paisaje diferente y de todos los días, que José Luna Borge, uno de los mejores diaristas actuales, ha querido hacernos llegar.




Dionisia García

sábado 14 de febrero de 2009

Quien escribe presiente el vacío o su huella,

la nada que se abre
como el libro secreto de la muerte.
Escribir es trazar las líneas del olvido.


...dice silabas exactas, atraviesa el olvido.
Antonio Gamoneda. Libro del frío.


Luis Martínez-Falero

viernes 13 de febrero de 2009

Epitafio

Aquí yacen los versos
de un hombre que jamás
dejó de percibir
con un gesto de asombro
cuanto la vida amable le ofreció.
En el tálamo núbil de sus días
copularon sin tregua
la zozobra y el júbilo.
De esa contemplación
eterna y fascinada
queda una cicatriz en estas líneas.
El temblor de la tinta coagulado
como un escalofrío.




Juan Ramón Barat

jueves 12 de febrero de 2009

El violeta

(Seguiriyas y Tonás)

No me des más penas,
ni me des más hambre;
dame tú un cachito, de lo que te sobra,
y tendré bastante.

En una cuneta
estoy arrecío,
como es que nadie, se para y me ayua,
a quitarme el frío.


Yo no quiero vivir más
que ya bastante he vivido
yo quiero irme al silencio
a las cuevas del olvido.


José Luis Ortíz Nuevo

miércoles 11 de febrero de 2009

La poesía en vaqueros


Luis García Montero
Poesía (1980-2005)
Tusquets, Madrid 2006


Uno, en su camino hacia la madurez, intenta encontrar defectos en sus ídolos, ir desmoronando los mitos forjados en la adolescencia. Se trata de una acción obligada para caminar hacia un sólido y verdadero autoconocimiento. Sin embargo, proponerse una tarea de desmitificación con Luis García Montero parece una misión imposible. Hablemos claro: Monterono es sólo el poeta español más reconocido, popular e internacionalmente en la actualidad. A esto hay que sumarle su condición de personaje involucrado, desde la cultura, en el ámbito político, que aparece con frecuencia en los medios de comunicación, que es respetado por ellos y- por qué no lo vamos a decir- envidiado, muy envidiado por sus éxitos. También podemos añadir el hecho de que carga una leyenda que, a menudo, a él mismo se le escapa de las manos. A veces se repasa la biografía de este poeta como se repasa la de un músico de rock o de un actor de cine.

En la carrera de García Montero hay una infancia de tardofranquismo impregnada de lecturas primeras, de los colores, olores y visiones del paisaje granadino; hay una juventud de madrugada y discos iniciales de Sabina, alcohol y universidad, agitación, revuelta, provocación estética, amor y marihuana, filosofía y discoteca, bibliotecas y humo, mucho humo, por que detrás de esa humareda hubo un incendio cultural, propagado desde la ciudad de Granada, al calor de mucha gente- el profesor Juan Carlos Rodríguez entre ellos-, pero con una tríada protagonista que, como digo, ya es leyenda: el mismo Luis, Álvaro Salvador y Javier Egea, cuyo suicidio en 1999 no ha hecho más que, de puertas afuera, aumentar el valor del movimiento de la otra sentimentalidad.

Todos los que nos dedicamos a la escritura lo hacemos porque primero hemos sido lectores y porque de muchachos nos hemos sentido deslumbrados con unos libros en la mano. Uno de esos libros, por la parte que me corresponde, fue Habitaciones separadas, publicado en 1994. Su importancia sintomática en la poesía española es comparable al disco Nevermind de Nirvana o a la película Pulp Fiction de Tarantino. Para la generación que, por ejemplo, yo represento, es decir, la llamada generación del socialismo, la generación nacida en la Transición, la que fue educada con La Bola de Cristal, la que fue amamantada por la cultura punk de finales de los ochenta y perdió la virginidad en el nihilismo de los 90, una generación, en fin, de un escepticismo político patente. García Montero representa un poeta bien distinto de lo que puede representar para un coetáneo suyo o para las generaciones de lectores ancianos. Es, por tanto, un autor de interpretación poliédrica. Eso es una virtud, creo.

Así, desde la perspectiva de estos veinticinco años dedicado al trabajo del decasílabo, el primer libro que publicó, Y ahora ya eres dueño del puente de Brooklyn, era de un tono muy de la época de la Granada de los años setenta, en la que Montero militaba en el Partido Comunista, leía todo lo que había que leer entonces de marxismo, Althusser, el psicoanálisis, Freud, la literatura oficial, que era entonces la literatura de vanguardia, etc. Estaba, con sus compinches de La Tertulia, recuperando el surrealismo. Y a esa coctelera añadamos los gustos personales del mismo autor, al que le apasionó durante dicha década la novela negra. Luego fue aprendiendo tonos distintos de la mano de Ángel González y Jaime Gil de Biedma. Y hasta hoy.

El auténtico impacto del capitalismo y de la mentalidad industrial en la poesía ha tenido sus consecuencias: como el poeta fue dándose cuenta de que la sociedad no se interesaba por la poesía, fue invitado a pagarle con la misma moneda y a escribir versos que no se interesaran por la sociedad, se fue encerrando en un lenguaje propio y no de la sociedad, y a escribir como poeta y no como ser humano. El verdadero peligro de la poesía a lo largo del siglo XX ha sido su sacralización. Pero todo esto a Montero le sigue trayendo sin cuidado, porque desde el principio hasta el final ha atado el lema "la poesía en vaqueros" al cinturón de libros como (1987), Diario cómpliceLas flores del frío (1991), Completamente viernes (1998) o La intimidad de la serpiente (2003).

Con Poesía (1980-2005) comprobamos que García Montero se ha ido haciendo como persona a medida que iba creciendo y haciéndose como poeta y que la elaboración de un personaje literario es también la elaboración de un carácter, de una mirada, de alguien que se quiere formar de una manera determinada. Él cree en la poesía como un género que reivindica la conciencia individual en una época de homologaciones donde cada vez existen mecanismos más complejos para liquidar o controlar las conciencias y para imponer corrientes de opinión. Cree en el poema como ejercicio que produce espacios públicos- la ficción-, donde es posible que se establezca el diálogo entre dos conciencias individuales, la del autor y la del lector. ¿Y nosotros? ¿Aprendemos la lección?



Juan de Dios García

martes 10 de febrero de 2009

Respiración

I
Hombres que susurran a la muerte en cada paso
mujeres que callan sus penumbras bajo luminosos vestidos
ruidos mortales, cotidianos... humo y multitudes ciegas

II
La ciudad en donde vives es grande y triste
está llena de penumbras y de muerte
está llena de nadie y de todo
está llena de ti



José Manuel Martínez Sánchez

lunes 9 de febrero de 2009

Invierno en proyección

Mañana la voy a ver
será ese destino múltiple
lleno de avenidas silenciosas
lo que destile
voluptuoso
mi deseo.


José Manuel Martínez Sánchez

domingo 8 de febrero de 2009

Debates actuales sobre la educación: Educación frente a violencia de género

«Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el
marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su
cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las
casadas lo estén a sus maridos en todo.»
Efesios 5, 22-24.

Cada 18 segundos una mujer es maltratada…
Los agresores son en su mayoría parejas o ex parejas de las víctimas…



En el mes de septiembre de 1995, se aprueba en la IV Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre la Mujer, “la Plataforma de Acción de Beijing”; describiéndo­nos la violencia de genero como un acto social, extendiéndolo a todo acto, acción, estrategia, comportamiento, manifestación o conducta que produzca un daño o un sufrimiento físico, psicoló­gico y/o sexual, incluso provocando la muerte, en una persona, siendo su radio de acción tanto el ámbito privado como el público.

La realidad social es un constructo elaborado, producto de las interrelaciones humanas, en función de ellas, adquirimos los roles, parece claro por tanto, que se aprende a ser hombre o mujer. En consecuencia el género es una cons­trucción simbólica y aprendida, asignada de forma jerárquica y artificial a los sexos.

Nuestro modelo de sociedad garantista y solidaria debe reinterpretar críticamente deter­minadas parcelas de la misma, ya que aún hoy día, podemos ver como el sistema de patriar­cado, mantiene comportamientos y conductas que reproducen las relaciones asimétricas y jerárquicas de poder entre los sexos, asumiendo cómo natural, patrones de subordinación y control del uno sobre el otro. Este desequili­brio en la asignación de valores a las estructuras simbólicas de los roles, han sido argumentados a lo largo de la historia por postulados misógi­nos desde los diferentes ámbitos de la sociedad como la religión, la costumbre, el derecho, la ciencia etc.

Es evidente que si hablamos de sociedad y de roles para comprender mejor estos mecanis­mos que reproducen las diferencias entre sexos, tenemos que hablar de la escuela.

La escuela es una agencia socializadora com­pleja y dinámica, es la principal transmisora de valores entre generaciones (Durkheim) y debe ser un laboratorio de los valores democráticos (Dewey).

La escuela propone un modelo de conoci­mientos y creencias, favorece determinados sentimientos y preferencias e impulsa aquellas conductas que considera adecuadas, recha­zando otras.

Por otro lado la misión principal de la disci­plina escolar es crear en el hombre la necesidad de autolimitacion. Esto induce en las personas, una internalización de los valores que la socie­dad propone como idóneos, de tal forma que se evolucione de la sanción externa en forma de premio o castigo a la sanción interna.

En ella se transmite un modelo de persona que coincide con el modelo de sociedad a través del currículo formal. Pero se dan también otro tipo de aprendizajes que pueden no coincidir con la propuesta formal, sucediendo incluso que estén enfrentados.

Estos formarían, lo que hace tiempo se denomino currículo oculto, surgiendo este de la socialización del currículo formal. Esta con­formado por los mensajes, creencias, normas, rituales que se transmiten sin intención expli­cita, de forma consciente o no, que refl ejan una escala de valores determinada, que no siempre va a coincidir con los ideales de convivencia.

Por eso en la escuela aprendemos a ser alum­nos, pero también a ser hombres o mujeres con una determinada carga ideológica.

Un instrumento para combatirlo es la coedu­cación. Algunos aspectos ya se han conseguido al menos en los países occidentales, me estoy refiriendo al acceso de la mujer a la educación, la legislación de una enseñanza mixta, la igualdad de derechos y oportunidades, la educación sexual en los contenidos curriculares, la educación para la no discriminación por razón de sexo como valor transversal curricular o la eliminación de un lenguaje sexista en la didáctica o en los libros de textos Pero se hace necesario el ir más allá, algo fundamental es la inclusión de las mujeres en el currículo (mujeres en la historia e historia de las mujeres), análisis de los estereotipos de los mass-media, nuevos modelos de masculini­dad empaticos y solidarios con el otros sexo y desarrollo de una afectividad basada en el res­peto, la comunicación y la elección libre.

En definitiva un modelo de educación que enfatiza la sumisión, y la afectividad en un sexo, castrando al otro impulsando tan solo la competición es un modelo erróneo y falso. Es necesario un discurso educativo que desde la independencia de los genios, fomente capa­cidades en un contexto de igualdad, respeto y tolerancia.

Manuel Cutillas

sábado 7 de febrero de 2009

La poesía

Todo comienza en Grecia, mediado el siglo VII antes de nuestra era. El mundo mítico llega a su fin y surge una nueva sensibilidad de orden individual y subjetivo. La explicación irracional del universo mediante héroes y dioses cede paso a nuevos argumentos lógicos.

El hombre se sabe indefenso y limitado frente a oscuras fuerzas que no comprende y esta situación existencial será el origen de toda manifestación poética, que se hará realidad mediante diferentes vías, desde la fatalidad y la rebeldía hasta la resignación y el goce.

La palabra “poesía” es un término griego que significa “creación”. Y se opone al vocablo “arte” que aludía a todo aquello que el hombre puede desarrollar mediante un determinado adies­tramiento. La poesía, pues, en sentido estricto, tiene vinculaciones divinas. El vate está legiti­mado para desvelar el significado oculto de las cosas mediante la palabra sagrada.

Pero, además, el rito poético exige desde el primer momento el acompañamiento musical. Los versos se ajustan a un esquema melódico, siguen un compás rítmico para ser cantados o declamados. Hay un principio de armonía y orden que es indiscutible. El poeta lo sabe y su prestigio depende de su habilidad para ajus­ tar las palabras al guión musical. Esta particu­ laridad se denominará “métrica” que signifi ca “medida”. La poesía, pues, desde el principio, es cadencia, ritmo, música, palabra trascendente, expresión armónica de lo inefable.

Bécquer decía que la poesía es “espíritu sin nombre, / indefinible esencia”. Es decir, juris­dicción del alma. Misterio puro. Tal vez, esa vibración interior que todo hombre experi­menta cuando se sabe solo frente a la belleza. O frente a sí mismo.

Pero, seguramente, hay más. Antonio Machado nos trataba de convencer de que la poesía es “palabra en el tiempo”. Palabra que perdura en la consciencia viva de los hombres, que atraviesa la tupida red de la memoria colec­tiva y permanece.

Lo que parece claro es que la creación poética es una actividad inherente al ser humano, pues está presente en cualquier cultura y civilización. Tal vez, precisamente, porque es indefinible y misteriosa, y parece poseer los secretos resortes de la magia. La palabra poética tiene talante de oración, sortilegio o conjuro. De alguna forma, penetra en el territorio inmaterial de lo sagrado y queda vinculada con la eternidad.

Bardos, aedos, rapsodas, cantores, juglares, trovadores. Los poetas suelen caminar extravia­dos en este mundo frívolo y mezquino donde todo es verdad y todo es mentira, bordean el bullicio y la barbarie, y el norte que persiguen es siempre la luz. Escriben versos para evitar la soledad, para burlar todos los días la locura de vivir en el vacío de la historia y perpetuar el pensamiento y la emoción más allá de su efí­mera existencia.

Seguramente, nada hay más profundo ni más hermoso para el hombre.


Juan Ramón Barat