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sábado 31 de enero de 2009

Afilado vaivén de ojos oscuros

que amortiguas la noche con tu encanto.
No hay mayor placidez contra el espanto
que la sonrisa de tus labios puros

balbuceando signos que conjuros
son del dolor, leyenda contra el llanto
de la piel secular, placer de cuanto
finge, mortal, el sueño en extramuros.

Gracia tu voz, dulzura tus palabras
templadas sobre el manto del abismo.
La vida es un taller de mimetismo

con una llave azul para que abras
los duendes de la luz y tu mirada
contra el pulso del tiempo y de la nada.


Maximiliano Hernández Marcos

viernes 30 de enero de 2009

De ilusiones también se sobrevive

Si andas ligero de ilusiones,
dejas que todo siga su camino,
y todo hace que no te importe
..............................ya nada…
si reina el hastío en tu vida
y el vacío en tus bolsillos,
si dios sólo es una palabra
desgastada, que a veces da fuerzas
y otras te sume en la nada,
si la melancolía es tu pan
de cada día, amasado con penas,
pero también con alguna esperanza,

por qué no disfrutar juntos del don
de la ubicuidad.


Joaquín Piqueras

jueves 29 de enero de 2009

Reedición de Menos nuestro dolor, de Aureliano Cañadas

Aureliano Cañadas
Menos nuestro dolor
Entrelineas Editores


Han pasado ya catorce años desde la primera edición de Menos nuestro dolor de Aureliano Cañadas en la colección de poesía Riomarde­sierto de la editorial almeriense Alcaén y se ha hecho necesaria esta reedición revisada, no por­que el libro haya envejecido mal, más bien al contrario como habrá visto ya el avisado lector, sino porque se hacía preciso ajustar cuentas con algunos poetas injustamente olvidados y con otros que tuvieron una presencia, quizá, no muy acertada en aquella. De la generosidad del poeta habla su capacidad para hacer una crítica silenciosa con la discreción del sabio y recrear un mundo lírico que, al menos en su imagina­ción, sigue viviendo y trasmutándose.

Se dice desde antiguo que no hay nada nuevo bajo el sol e, incluso, que la cultura solo se cimienta sólida sobre la propia cultura. Buena muestra de tales cosas es la poesía que Aure­liano Cañadas nos ofrece en el libro: con una profunda formación en el género lírico, basada en lecturas apasionadas y perspicaces, el autor toma como pretexto los versos de Musset, de Alfonsina Storni, de Ezra Pound, de Rilke, y de muchos otros, clásicos o contemporáneos, para tejer un tapiz de la derrota vital del ser humano. A esta actitud los críticos actuales la llaman “intertextualidad”. A los lectores no se nos obliga al conocimiento de todos y cada uno de los poetas citados, ni al de sus lenguas, sino que se nos invita sutilmente a contemplarlos bajo el prisma de una conciencia curiosa, en la que destaca notablemente la empatía que manifi esta el autor con la circunstancia vital de cada uno de los poetas, pues nada hay más humano que la necesidad de comprender a nuestros seme­jantes, máxime cuando nos hacemos partícipes solidarios de su dolor. En ese desdoblamiento del autor en observador y observado, que se fra­gua mayoritariamente en las personas gramati­cales del “yo” y del “tú”, se basa la perspectiva lírica de este volumen, pequeño en extensión, pero ambicioso, por tanto, en su profundidad.

Aureliano Cañadas no pretende exponer la completa peripecia vital de los autores citados al comienzo de cada poema. Más bien, con versos breves en poemas muy condensados, nos ofrece tan solo una copa, a manera de cáliz, en la que se mezclan los placeres y los días, dejando para el trago final un poso que es preciso apurar y que tiene la amargura de la nostalgia y de la despedida. Finalmente, parece, todos y cada uno de los poetas acaban por encontrarse ante la soledad y el abandono de la muerte, volun­taria o no, y deben encararla valientemente mientras cuentan con lucidez la suma total de sus horas. Una experiencia única, pero también dolorosamente repetida a la largo de la historia de la humanidad.

El poeta es un ser individual, un ser único, bajo cuya mirada toman cuerpo y alma otras vidas, las de otros poetas, que, desde el conoci­miento que otorga la palabra, nos sirven tanto para la compasión, como para la sabiduría. La gran virtud de esta poesía radica en su pro­funda indagación en el dolor como experien­cia individual y, en consecuencia y por muy terrible que parezca, en su valor universal. Lanzados como una incógnita en el tiempo, como una flecha que fluye sin parar siempre hacia adelante, al final de nuestra carrera, si no antes, seremos conscientes de lo que ya advir­tiera Jorge Manrique en sus Coplas: “cuando vemos el engaño/ y queremos dar la vuelta,/ no hay lugar”.

La de Aureliano Cañadas es una poesía ele­gíaca de raíz clásica. Asiste a la muerte de los personajes, como en la Edad Media se asistía a la despedida de los moribundos.
Jesús Jiménez Reinaldo

miércoles 28 de enero de 2009

León busca gacela, nuevo libro de Fulgencio Martínez


La sevillana Editorial Renacimiento publicará León busca gacela, una antología poética de nuestro director, Fulgencio Martínez, que llevará el subtítulo de Poemas de séptimo alba (2002-2008).

Fulgencio Martínez es autor de los libros de poesía Trisagio, La docta ignorancia, La baraja de Andrés Acedo y Nueve para Alfeo. Fue incluido en la Antología de poesía nueva, seleccionada por Luis Rosales y Hugo Gutiérrez Vega, 1981. En Cosas que quedaron a la sombra, 2006, recogió, a modo de antología ficticia, los libros de poesía no publicados con anterioridad a León busca gacela.

Unos poemas del libro de próxima aparición:




COMO BARBO ASUSTA A LOS MUCHACHOS....



Como Barbo asusta a los muchachos
con sus tristes risas
entre las piernas de una anciana,
me asusta la Parca.

No quiero desaparecer
como un campo bajo el cemento,
ni como caña verde
en la orina de un tísico.

Por el precio de esa roca
dada a tragar al cabrón de Saturno
en el lugar del Hijo,
vino la muerte a jodernos a todos.




FUERA DE CAMPO

a Joaquín Piqueras,
por su libro Concierto non grato




Los poemas que me gustan
tienen hielo y fuego
abajo en sus bodegas
y encima de sus sílabas
entretejido el tiempo.

Un soplo de vida cotidiana
junto a un aire metafísico
que seca la boca después
de sonreír la inteligencia.

Tienen ecos invisibles, inauditos
pasillos en la oscuridad,
encienden lo que estaba,
para el ojo, fuera de campo.




CANCIÓN TARAREADA


De un momento a otro
se aproxima
y me estremece
una canción
cuya letra no puedo recordar nunca.

Sé un estribillo,
un ritmo,
el tono desnudo
de la tierra en noviembre,
que sonaba en mi primer poema.

La ternura fanática,
desusada, del mozo
con su canario mudado,
que a cantar comienza
al oído del primer deseo.




CORPO D´AMORE


Me gusta en las tardes
lentas de verano
escuchar canciones
de mis diecisiete años.

Pasear desnudo
en mi habitación
con otro cuerpo
desnudo, y vivir
lo que de adolescente
soñaba.

Entonces, y ahora
una satisfacción menor
es engañar al tiempo.




EL VASO


Tiene el vaso la frescura y la forma
que armoniza con el fluir de mi agua.

El vaso que busco toda la vida
está escondido y asoma entre borradores,
no aparecerá a escena antes ni después,
ni porque yo lo descubra.

Tiene el vaso la fiebre y el misterio
de una rama a punto de abrir flor.

El vaso que busco todo el camino
no tiene hora ni día, ni reclamo,
no aparecerá a escena antes ni después,
ni porque yo me ausente, y lo olvide,
ni porque yo lo descubra.

martes 27 de enero de 2009

Relatos hiperbreves II


El vampiro
Se sentía tan sólo en un mundo de humanos que decidió darle la vuelta a la situación.

****
La Puerta Verde
Cuando desentrañó que era onírica, durmió para descubrir qué había tras ella.

****
Rent a car
Después de tanto vivido, nunca sospechó que le abandonaría bajo el sol, en la desolada planicie, donde sólo el cartel proyectaba una efímera sombra.


Francisco Javier Illán Vivas

lunes 26 de enero de 2009

Versos del pasado (fragmentos)

I

En el paisaje habitan nuestros tiernos
recuerdos. Con cada acto de vida pagamos
tributo a la memoria. “Somos” en la medida
en que sepamos reconocer la huella imborrable
que los tiempos ya idos han dejado en nosotros.


En el vientre de una botella

Cuando contemplo el mar revivo mi pasado.
Las olas que vienen a morir en el muelle
dejan escapar un gemido tibio y distante.
Ellas no llegan solas; arrastran en su constante fluir animales, botellas y recuerdos.
¡El fornido lobo de mar que comparte con la gaviota frágil el espacio húmedo de ensueños azulados!
¡Las botellas que contienen mensajes abandonados al azar en su interior húmedo y frío!
¡Y los recuerdos!, vivos punzones que se clavan en la carne renegada.
Los lobos marinos conocen mucho mejor que yo este paisaje tardío en donde todo acaba y sigue,
en irreverente juego de espejos simultáneos.
Ellos vienen a buscar refugio en el pequeño puerto que conglomera miles y miles de individuos,
extraños y pasajeros ministros de religión ignota.
Y aquí están solos, indefinidamente solos;
y sin saberlo huyen de la muerte que en isla
cercana les aguarda.
Los lobos son escurridizamente toscos,
engañosamente inofensivos, inequívocamente veloces.
Se desplazan sobre la espuma del mar
y lanzan un reto a la naturaleza salvaje
y cruel que en medio de aplausos
frenéticos los recibe.
Hay calor, mucho calor.

De pronto, veo una botella que se acerca corcoveando
entre las olas. Es azul como el mar inmenso
y en su vientre trae un mensaje que parece
provenir de siglos cansados en donde habitamos tú y yo.
Me atrevo a leer con cuidado la nota fugaz que yace en sus entrañas; apenas si puedo descifrar
esas letras que el tiempo y la humedad
han transmutado en jeroglíficos incomprensibles.
Resaltan los términos “amor”, “prisionero” y “muerte”.
Quien la escribió vivió la dura experienciade
la cárcel y desde allí,
lanzó un grito angustioso que clamaba
por misericordia y perdón.
Fue prisionero en la isla de Gorriti
en donde violentas manos de piedra lo obligaron a sufrir.

Su delito consistió en enamorarse
de la esposa del conquistador español;
ella le respondió desde su corazón olvidado
por el amor, y los dos pagaron
—a precio de sangre— el atrevimiento de sus almas.
Él fue confinado en el paisaje
desértico de la ínsula cruel.
Ella fue consumida por la nostalgia
y en medio de lágrimas inacabables
rindió su espíritu antes de empezar a luchar.

Hoy mi corazón se conmueve con la luz del recuerdo.
No pude ignorar la llama que consumía nuestros cuerpos.
Fui tan solo un salvaje que se enamoró de ti.
Tu evocación me perseguía en tantas noches solitarias y suplicaba a mis dioses implacables
que tú supieras entender mi pasión. Y tú también pensabas en este extraño ser que, desnudo
en medio del paisaje, te ofrecía su misterioso tributo de amor. Tú pensabas en mí cuando en
brazos del conquistador violento no hallabas ni la ternura ni el afecto por el cual implorabas.
Una noche huimos juntos hacia la nada.
El misterio, el arcano secreto que separaba
nuestras vidas no nos ayudó a comprender
qué haríamos solos en un mundo
que no estaba dispuesto a aceptar
nuestro reto, a tolerar nuestra insolencia.
Apenas si besé tus labios cuando
los soldados llegaron por ti.

Solo en esta isla converso con los árboles y el mar.
Precisamente al mar le he entregado mi secreto en la tímida botella, que hoy —gracias a la
magia del renacer constante— recojo tembloroso después de tres siglos sin ti.
Tiemblo de miedo al pensar en tu destino
y espero otro mensaje que desde el mar,
la montaña o el río llegue a mí para recordarme que aún existes a pesar del tiempo y de los
espacios que al mostrarse esquivos y altaneros nos han separado para siempre.


Luis Quintana

sábado 24 de enero de 2009

Los Pecados de Pedro García Martínez

Pedro García Martínez
Pecados de Juventud
Editora Regional de Murcia, 2007


“Ego te absolvo”. Esta célebre expresión de raíces latinas quizá sea la más adecuada para perdo­nar a Pedro García Martínez por haber escrito esta su primera incursión en las lides narrativas titulada, decididamente, Pecados de juventud. Y, bajo esta común denominación, agrupa su autor una quincena de relatos con extensión variable donde descolla la trabazón entre lo realista y lo fantástico, donde lo absurdo aparece coheren­temente ligado a lo verosímil y el pensamiento convive con una actualidad concesora de un verismo actual, susceptible de ser confirmado por la realidad existente fuera de la ficción y sin embargo, transformada en literatura.

Optimista y esperanzado comparece ante sus noveles lectores este gestor de la palabra en que se ha convertido Pedro García a lo largo de estas páginas. Un examen atento de ellas des­vela la utilización de la provechosa técnica de la progresividad discursiva en cada una de las piezas narradas, cada una de las cuales guarda, bien hay que decir, su autonomía. Ciertamente, con la excepción elogiosa de que en algunos casos el autor aboga por simultanear lo onírico con lo real, pasando incluso por escenas de vigi­lia. Lo cual no es óbice para calificar “estrictu sensu” estos relatos de surrealistas. Sin embargo, sí campea el componente subversivo que llega a provocar o, cuanto menos, a favorecer el carác­ter semitrágico de no pocos de los argumentos.

La mayoría de las estampas impresas en Peca­dos de juventud aparecen localizadas en espacios reales, conocidos y visitados por el propio autor, y los argumentos trazados, aunque vividos, y en los que no pasan inadvertidas las vivencias de su etapa prejuvenil, en nada tienen que ver con un autobiografismo fácil, más al contrario, sirven para sustentar, a modo de testimonio personal, la memoria de un tiempo. Asimismo, este estadio es, precisamente, en el que se ubica la obsesión que planea a lo largo de todo el volumen y no es otra que la enigmática y seductora inclinación por la escritura literaria. La consecución de este fin se inicia ya en las páginas presentes que no son de tanteo pero sí un ejercicio a la búsqueda de una escritura con impronta propia. Naturalmente, el conjunto recolectado es variopinto y de heterogeneidad manifiesta en los diversos motivos temáticos abordados y también en la desigualdad de logros. “Desencuentros” sobresale, sin duda, entre los más conseguidos junto a “El corral de la Bulla”, donde la densidad temática, el infl ujo del medio social y ambiental, respectivamente, son tratados con magistralidad por este narra­dor “In fieri”. Otras historias guardan entre sus renglones un exhaustivo juego temporal confe­ridor de su valía, baste con citar la titulada “El vestido de comunión” concebido con la sagaci­dad de quien pretender causar el efecto sorpre­sivo en el lector y lo consigue.

No es eludible el empleo de un estilo rico en una sugerente plasticidad, propia de un autor vocacional que parece aspirar a rescatar del olvido, en lo posible, mediante palabras, sensaciones sensoriales como demuestra la vir­tuosa descripción de las moscas, en el relato homónimo, al más puro y genuino estilo kaf­kiano.

Es imposible acabar este artículo sin advertir que no está el lector ante un libro destinado exclusivamente al sentimiento sino al intelecto. Posee, por tanto, más de lectura entre líneas que de lectura lineal.


María Ángeles Moragues Chazarra

viernes 23 de enero de 2009

Traza sobre el fanal del agua

el punto equidistante de la vida,
trázalo como si fuese el gesto postrero
de la duda, tu penúltima palabra.
Verás entre sus círculos el dedo mágico
del tiempo flotar en todo lo que calla,
y entre sus ondas caer hacia el abismo la sombra
de los días sigilosamente póstuma.
Verás también la voz exánime
del sueño en el que espera, la mano
gastada por el brillo en el que habla.
Finalmente verás un hombre solo,
una sola pasión de luz y rabia,
el olvido o su tacto, un rostro
agazapado entre el ligero fluir de las miradas.

Maximiliano Hernández Marcos

jueves 22 de enero de 2009

A Gregorio Samsa le sienta bien el luto

Al despertarse esa aciaga mañana comprobó horrorizado cómo su cuerpo se había convertido en un monstruoso ser humano de conciencia cuadriculada por los latidos del tiempo, carcomida por la rutina, la servidumbre del trabajo y de la familia, los horarios, las hipotecas, los escrúpulos, el aseo diario, la timidez, la televisión...

Y añoró con infinita nostalgia su plácida e inconsciente vida anterior de cucaracha.


Joaquín Piqueras