Aureliano Cañadas
Menos nuestro dolor
Entrelineas Editores
Han pasado ya catorce años desde la primera edición de Menos nuestro dolor de Aureliano Cañadas en la colección de poesía Riomardesierto de la editorial almeriense Alcaén y se ha hecho necesaria esta reedición revisada, no porque el libro haya envejecido mal, más bien al contrario como habrá visto ya el avisado lector, sino porque se hacía preciso ajustar cuentas con algunos poetas injustamente olvidados y con otros que tuvieron una presencia, quizá, no muy acertada en aquella. De la generosidad del poeta habla su capacidad para hacer una crítica silenciosa con la discreción del sabio y recrear un mundo lírico que, al menos en su imaginación, sigue viviendo y trasmutándose.
Se dice desde antiguo que no hay nada nuevo bajo el sol e, incluso, que la cultura solo se cimienta sólida sobre la propia cultura. Buena muestra de tales cosas es la poesía que Aureliano Cañadas nos ofrece en el libro: con una profunda formación en el género lírico, basada en lecturas apasionadas y perspicaces, el autor toma como pretexto los versos de Musset, de Alfonsina Storni, de Ezra Pound, de Rilke, y de muchos otros, clásicos o contemporáneos, para tejer un tapiz de la derrota vital del ser humano. A esta actitud los críticos actuales la llaman “intertextualidad”. A los lectores no se nos obliga al conocimiento de todos y cada uno de los poetas citados, ni al de sus lenguas, sino que se nos invita sutilmente a contemplarlos bajo el prisma de una conciencia curiosa, en la que destaca notablemente la empatía que manifi esta el autor con la circunstancia vital de cada uno de los poetas, pues nada hay más humano que la necesidad de comprender a nuestros semejantes, máxime cuando nos hacemos partícipes solidarios de su dolor. En ese desdoblamiento del autor en observador y observado, que se fragua mayoritariamente en las personas gramaticales del “yo” y del “tú”, se basa la perspectiva lírica de este volumen, pequeño en extensión, pero ambicioso, por tanto, en su profundidad.
Aureliano Cañadas no pretende exponer la completa peripecia vital de los autores citados al comienzo de cada poema. Más bien, con versos breves en poemas muy condensados, nos ofrece tan solo una copa, a manera de cáliz, en la que se mezclan los placeres y los días, dejando para el trago final un poso que es preciso apurar y que tiene la amargura de la nostalgia y de la despedida. Finalmente, parece, todos y cada uno de los poetas acaban por encontrarse ante la soledad y el abandono de la muerte, voluntaria o no, y deben encararla valientemente mientras cuentan con lucidez la suma total de sus horas. Una experiencia única, pero también dolorosamente repetida a la largo de la historia de la humanidad.
El poeta es un ser individual, un ser único, bajo cuya mirada toman cuerpo y alma otras vidas, las de otros poetas, que, desde el conocimiento que otorga la palabra, nos sirven tanto para la compasión, como para la sabiduría. La gran virtud de esta poesía radica en su profunda indagación en el dolor como experiencia individual y, en consecuencia y por muy terrible que parezca, en su valor universal. Lanzados como una incógnita en el tiempo, como una flecha que fluye sin parar siempre hacia adelante, al final de nuestra carrera, si no antes, seremos conscientes de lo que ya advirtiera Jorge Manrique en sus Coplas: “cuando vemos el engaño/ y queremos dar la vuelta,/ no hay lugar”.
La de Aureliano Cañadas es una poesía elegíaca de raíz clásica. Asiste a la muerte de los personajes, como en la Edad Media se asistía a la despedida de los moribundos.
Jesús Jiménez Reinaldo